viernes, 6 de febrero de 2026

 

La muralla de Badajoz, la más larga de Europa

 

La muralla de Badajoz constituye el recinto fortificado continuo más extenso de Europa, con una longitud total de 6.541 metros, un sistema defensivo compuesto por 85 torres y un complejo entramado de baluartes, fosos, revellines y fuertes exteriores. Esta estructura monumental no solo representa un hito arquitectónico y militar, sino también un documento histórico vivo que condensa más de mil años de conflictos, intercambios culturales y transformaciones urbanas.

Desde una perspectiva científica, la muralla puede entenderse como un palimpsesto histórico, en el que cada época dejó su huella material sobre las anteriores. Desde su origen islámico en el siglo IX hasta su adaptación a la guerra moderna en los siglos XVII y XVIII, el recinto defensivo ha evolucionado al ritmo de los avances tecnológicos, las tensiones geopolíticas y las necesidades estratégicas de la frontera hispano-portuguesa. Desde una óptica periodística, la muralla sigue siendo hoy un elemento identitario de la ciudad, un espacio de memoria colectiva y un recurso patrimonial con proyección de futuro.

El origen de la muralla de Badajoz se remonta a la fundación de la ciudad en el año 875, cuando el muladí Ibn Marwan al-Yilliqi estableció una nueva medina en un enclave estratégico junto al río Guadiana. La primera fortificación tuvo un carácter eminentemente defensivo y se construyó con tapial, una técnica habitual en la arquitectura andalusí, basada en tierra compactada reforzada con cal y grava.

En este primer periodo se levantó la Alcazaba, núcleo originario del sistema defensivo y uno de los recintos islámicos más grandes de Europa. Su función no era únicamente militar, albergaba también espacios residenciales, administrativos y religiosos, actuando como centro de poder político y símbolo de autoridad. La muralla primitiva delimitó el crecimiento urbano inicial y condicionó de manera decisiva la morfología de la ciudad.

Tras la conquista cristiana de Badajoz en 1230, la muralla fue objeto de sucesivas reformas. La ciudad pasó a convertirse en un enclave estratégico de primer orden dentro del reino de Castilla, especialmente por su cercanía con Portugal. Esta nueva realidad geopolítica transformó a Badajoz en una ciudad-frontera, expuesta de manera recurrente a conflictos bélicos.

Durante la Baja Edad Media se reforzaron los lienzos, se elevaron torres y se reorganizaron las puertas de acceso. Sin embargo, la verdadera transformación del sistema defensivo se produciría siglos después, con la aparición de la artillería de pólvora, que volvió obsoletas las murallas medievales altas y delgadas.

Entre los siglos XVII y XVIII, Badajoz fue adaptada al sistema abaluartado, siguiendo los principios de la ingeniería militar moderna desarrollados en Europa. Este modelo, caracterizado por muros bajos y gruesos, baluartes angulados y defensas escalonadas, permitía resistir el impacto de la artillería y ofrecer fuego cruzado contra el enemigo.

En este contexto se construyeron elementos fundamentales como el Baluarte de San Pedro y el Baluarte de San Roque, ejemplos sobresalientes de fortificación moderna. A estos se suman revellines, contraguardias y fosos que convierten la muralla de Badajoz en un auténtico tratado de ingeniería militar al aire libre.

Un elemento clave del sistema defensivo fue el Fuerte de San Cristóbal, situado en una colina al norte de la ciudad. Su función era dominar visual y artilleramente el entorno, evitando que el enemigo pudiera establecer posiciones elevadas desde las que bombardear el recinto principal. Este fuerte exterior demuestra la concepción global del sistema defensivo, que trascendía la muralla urbana propiamente dicha.

Uno de los episodios más trágicos y decisivos en la historia de la muralla tuvo lugar durante la Guerra de la Independencia Española. La noche del 6 de abril de 1812, las tropas británicas comandadas por el duque de Wellington lanzaron un asalto frontal contra las defensas francesas de Badajoz.

El ataque fue extremadamente violento. Se estima que entre 800 y 1.500 soldados británicos murieron en pocas horas, muchos de ellos abatidos en los fosos o en las brechas abiertas en la muralla. La magnitud de la masacre convirtió el asedio de Badajoz en uno de los episodios más sangrientos de la guerra peninsular.

Los cuerpos de los soldados fueron enterrados de manera apresurada en fosas comunes dentro del propio foso de la muralla. Como gesto de recuerdo, se incrustaron proyectiles de cañón en uno de los lienzos, formando la fecha del asalto. Este singular memorial permaneció visible durante más de un siglo, integrándose en el paisaje urbano como testimonio silencioso de la tragedia.

 

Pérdida y recuperación de la memoria histórica

 

En 1914, coincidiendo con el estallido de la Primera Guerra Mundial y la consiguiente escasez de materiales metálicos, los proyectiles incrustados en la muralla fueron retirados y vendidos al peso. Este acto, motivado por razones económicas, supuso una pérdida simbólica significativa del patrimonio histórico y de la memoria colectiva.

No fue hasta 2012, con motivo del bicentenario del asedio, cuando los proyectiles fueron restituidos en un gesto consciente de recuperación de la memoria histórica. Esta acción refleja de manera ejemplar la relación de la ciudad de Badajoz con su muralla: una relación marcada por el respeto al pasado, pero también por la voluntad de reinterpretarlo y preservarlo para las generaciones futuras.

 

Puertas, urbanismo y conexión con la ciudad contemporánea

 

La muralla de Badajoz cuenta con diez puertas históricas, entre las que destaca la emblemática Puerta de Palmas, situada junto al puente más antiguo de la ciudad sobre el río Guadiana. Estas puertas no solo cumplían una función defensiva y de control, sino que estructuraban el crecimiento urbano y regulaban el tránsito de personas y mercancías.

Lejos de convertirse en un obstáculo, la muralla ha facilitado históricamente el diálogo entre el casco antiguo y las áreas de expansión urbana. Hoy, estos accesos actúan como elementos simbólicos que conectan pasado y presente, integrando la fortificación en la vida cotidiana de la ciudad.

Actualmente, la muralla de Badajoz conserva aproximadamente el 80 % de sus torres, lo que la sitúa en un estado de conservación excepcional en comparación con otros recintos europeos. Su valor patrimonial es múltiple: histórico, arquitectónico, arqueológico y paisajístico.

Desde un punto de vista científico, la muralla es un laboratorio para el estudio de la evolución de las técnicas defensivas. Desde una perspectiva social, es un espacio de memoria y de identidad colectiva. Y desde el ámbito periodístico y cultural, representa una oportunidad para el desarrollo del turismo sostenible y la divulgación histórica rigurosa.

La muralla de Badajoz no es únicamente la más larga de Europa: es también una de las más complejas, mejor conservadas y cargadas de significado histórico. A lo largo de más de mil años ha sido testigo de conquistas, asedios, innovaciones técnicas y transformaciones urbanas. Su presencia sigue moldeando la ciudad, recordando que el pasado no es una reliquia inmóvil, sino una estructura viva que dialoga constantemente con el presente y proyecta su sombra hacia el futuro.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario