miércoles, 15 de julio de 2026

 

Evolución histórica, arquitectónica y funcional del castillo de Santibáñez el Alto

El castillo de Santibáñez el Alto constituye uno de los principales complejos fortificados del norte de la actual provincia de Cáceres. Situado en una posición topográfica dominante, en las inmediaciones del núcleo urbano homónimo, su evolución histórica estuvo estrechamente vinculada al control territorial y a las transformaciones políticas experimentadas por el sector occidental de la península ibérica durante la Edad Media. La fortificación aparece asociada en las fuentes medievales a las denominaciones de «Maṣkar-As» o «Maṣkaras» en el ámbito andalusí y «San Juan de Mascoras» en la documentación cristiana.

La ocupación del cerro sobre el que se asienta Santibáñez el Alto parece remontarse a periodos anteriores a la Edad Media. Las investigaciones arqueológicas más recientes plantean la posible existencia de un asentamiento de cronología calcolítica, sucedido posteriormente por una ocupación de carácter prerromano. Estos antecedentes permiten interpretar el emplazamiento como un espacio de interés estratégico desde épocas tempranas, favorecido por sus condiciones naturales de defensa y por su amplio dominio visual sobre el territorio circundante.

No obstante, la configuración del enclave como centro fortificado debe situarse, con mayor seguridad, en los primeros siglos de al-Andalus. Entre los siglos VIII y IX habría existido un modesto ḥiṣn, probablemente relacionado con comunidades de origen bereber asentadas en el territorio. Este primer establecimiento defensivo constituiría el núcleo inicial de un complejo arquitectónico que experimentó numerosas modificaciones durante los siglos posteriores.

La importancia del lugar se explica fundamentalmente por su posición geoestratégica. El enclave se encontraba integrado en un territorio políticamente inestable y sometido a la competencia de diferentes poderes peninsulares. Desde época emiral, el control de la fortificación debió de adquirir una notable relevancia dentro de las estrategias de dominio territorial y vigilancia de las vías de comunicación regionales.

Entre los siglos IX y XI, la evolución de Maṣkaras estuvo condicionada por la política territorial del Emirato y, posteriormente, del Califato de Córdoba. Las noticias conservadas sobre el enclave se relacionan fundamentalmente con los intereses del poder cordobés y con las campañas militares desarrolladas durante el periodo de Almanzor. Aunque las referencias documentales son fragmentarias, permiten situar la fortificación dentro de las dinámicas políticas y militares del occidente andalusí.

Tras la desintegración del Califato de Córdoba y la formación de los reinos de taifas, el territorio experimentó una creciente inestabilidad. La expansión de la monarquía leonesa hacia el sur convirtió esta región en un espacio fronterizo sometido a frecuentes cambios de dominio. Resulta significativo que las crónicas cristianas mencionen el enclave de manera relativamente escasa, pese a su evidente importancia estratégica.

La posterior presencia almorávide y, especialmente, almohade supuso una nueva fase de transformación de las estructuras defensivas. A este último periodo parece corresponder una de las manifestaciones arqueológicas más relevantes conservadas en el castillo: el gran aljibe situado en el patio de armas.

Durante la expansión leonesa de la segunda mitad del siglo XII, Fernando II alcanzó este territorio acompañado por contingentes vinculados a la Orden del Temple. Estas operaciones, desarrolladas aproximadamente entre 1166 y 1170, se produjeron en un contexto de enfrentamientos y negociaciones con el poder almohade. El posterior acuerdo con el califa Abū Yaʿqūb Yūsuf I permitió mantener una situación política temporalmente estable hasta aproximadamente 1173.

Pese a la presión cristiana, Santibáñez permaneció bajo dominio almohade hasta las campañas de Alfonso IX de León. La conquista definitiva del enclave se produjo en 1212 con la participación de la Orden de Alcántara. A partir de este momento comenzó una nueva etapa política, administrativa y arquitectónica.

Tras la conquista cristiana, el castillo quedó integrado en las estructuras territoriales de la Orden de Alcántara. Su proximidad a la frontera portuguesa incrementó considerablemente su valor estratégico, circunstancia que favoreció la creación de una encomienda con sede en Santibáñez.

La implantación de la administración alcantarina modificó progresivamente la función del antiguo recinto militar. Sin perder completamente su carácter defensivo, el castillo comenzó a transformarse en una fortaleza-palacio destinada a residencia de los comendadores. Este proceso implicó la construcción y remodelación de dependencias domésticas, administrativas y representativas.

La complejidad arquitectónica actualmente observable es consecuencia de las numerosas fases constructivas desarrolladas durante la Edad Media. Sobre el primitivo establecimiento andalusí intervinieron sucesivamente poderes leoneses, almorávides, almohades y, finalmente, la Orden de Alcántara. La posible presencia templaria durante las campañas de Fernando II constituye igualmente un episodio relevante dentro de la evolución histórica del enclave.

La arquitectura del castillo se encuentra profundamente condicionada por la orografía del cerro. La necesidad de adaptar las estructuras defensivas a un terreno abrupto determinó la configuración de una planta irregular. Desde una perspectiva arquitectónica, el conjunto puede definirse como un complejo fortificado compuesto por tres recintos concéntricos claramente diferenciados.

El primer recinto corresponde al alcázar o núcleo principal, situado en el punto de mayor elevación de la colina, hacia el sector noroccidental. El segundo espacio puede identificarse con la alcazaba o qaṣaba, posteriormente ocupada en parte por el antiguo cementerio municipal. Finalmente, un tercer recinto estaba constituido por la muralla urbana, tradicionalmente denominada de manera imprecisa «barbacana». Esta estructura se proyectaba principalmente hacia el este y protegía el caserío desarrollado bajo la fortaleza.

La conservación de estos sectores es desigual. Mientras determinados lienzos y estructuras defensivas mantienen parcialmente su configuración histórica, el recinto principal se encuentra profundamente alterado. El expolio secular de materiales constructivos y, especialmente, la construcción de un depósito de agua hacia 1973 provocaron una importante destrucción de sus restos arqueológicos.

El alcázar constituía el núcleo político, militar y residencial del conjunto. Su organización interna experimentó sucesivas transformaciones a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna. Una parte significativa de nuestro conocimiento sobre este sector procede de la documentación relativa a las obras dirigidas por el arquitecto Pedro de Ibarra durante el siglo XVI.

La construcción más destacada era la torre del homenaje, organizada en tres niveles. La documentación menciona igualmente una «Sala Grande», cocinas y diversas dependencias domésticas. Entre las estructuras defensivas aparece citada la denominada «torre vana», identificada con una torre albarrana.

Las diferentes dependencias se distribuían alrededor de un patio central empedrado. Otros documentos conservados en el Archivo Histórico Nacional describen la existencia de una «casa fuerte», expresión que parece referirse a una residencia organizada mediante varias crujías en torno a un espacio central. En estas estructuras existían dormitorios, salones, chimeneas y otras dependencias destinadas a la vida cotidiana de los comendadores y su entorno doméstico.

Esta organización arquitectónica evidencia la progresiva transformación del castillo medieval en una residencia fortificada de carácter señorial y administrativo.

El segundo recinto concentraba diferentes construcciones vinculadas al funcionamiento cotidiano del castillo. La documentación histórica señala la existencia de habitaciones destinadas al personal, caballerizas, graneros y una tahona.

En este sector se encontraba asimismo una iglesia o capilla dedicada a Santa María de los Milagros. Durante los siglos XIX y XX se incorporaron a sus inmediaciones estructuras relacionadas con la función funeraria del recinto, entre ellas un depósito de cadáveres y un panteón organizado mediante nichos.

El acceso al recinto se realizaba a través de diferentes puertas, entre las que se mencionan la «Puerta de Hierro» o puerta de Poniente y una puerta meridional. Las fuentes documentales citan igualmente la «Torre de la Campana» y la «Torre del Gallo».

En la actualidad, gran parte de estas construcciones ha desaparecido. Únicamente son reconocibles algunos restos de la antigua iglesia en el sector sureste. Tanto el recinto principal como el segundo recinto estuvieron originalmente coronados por sistemas de almenado, reforzando el carácter militar del conjunto.

Uno de los elementos arqueológicos más singulares del castillo es el gran aljibe semienterrado situado en el patio de armas. Su importancia no deriva únicamente de su función hidráulica, esencial para garantizar el abastecimiento de agua durante situaciones de aislamiento o asedio, sino también de la presencia de una inscripción árabe ejecutada en escritura cursiva.

La decoración epigráfica se encuentra acompañada por elementos ornamentales, entre ellos una rosácea y pequeños arquillos. Por sus características formales y estilísticas, la inscripción ha sido relacionada con el contexto almohade del territorio cacereño y fechada aproximadamente entre 1178 y 1196.

La inscripción fue identificada en 2003 por la investigadora Sophie Gilotte. Una primera propuesta de lectura permitió reconocer una fórmula religiosa islámica iniciada mediante la basmala: «En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso…».

Las actuaciones arqueológicas y de restauración desarrolladas entre 2021 y 2023 permitieron revisar la interpretación epigráfica. La nueva propuesta de lectura reconoce diversas expresiones de carácter religioso y teológico: «En el nombre de Dios, mandé (…) Todo pertenece a Dios (…) Dios es majestad (…) Dios es Señor de los mundos».

La inscripción constituye un testimonio excepcional de la fase almohade del castillo y aporta información directa sobre la monumentalización del enclave durante las últimas décadas del dominio islámico.

El tercer recinto defensivo corresponde a la muralla urbana, tradicionalmente identificada como «barbacana». Sin embargo, desde un punto de vista arquitectónico y funcional, esta denominación resulta inexacta, puesto que la estructura constituía un auténtico cinturón defensivo destinado a proteger el núcleo habitado.

La muralla presenta una planta aproximadamente semicircular y se encuentra reforzada mediante cinco cubos defensivos de planta semicircular. Su construcción se sitúa entre 1337 y 1340, durante el maestrazgo de Gonzalo Martínez de Oviedo.

Las fábricas combinan sillarejo y mampostería, técnicas constructivas ampliamente utilizadas en la arquitectura militar medieval de la región. La documentación de mediados del siglo XVI refleja el avanzado deterioro de determinados sectores de la muralla y la necesidad de realizar sucesivas campañas de reparación.

El recinto contaba con al menos tres accesos. La denominada Puerta Principal o Puerta de la Villa constituye el ingreso de mayor relevancia y presenta características arquitectónicas de tradición renacentista. Al norte se situaba la «Puerta de Gata», mientras que en el sector noroccidental existía un pequeño postigo próximo al espacio actualmente ocupado por la plaza de toros.

Durante la segunda mitad del siglo XVI se desarrollaron importantes trabajos de reparación destinados a detener el progresivo deterioro del conjunto. Los informes y pliegos de obras conservados muestran la existencia de numerosos problemas estructurales tanto en las murallas como en las dependencias interiores.

Sin embargo, desde finales del siglo XVII o durante la primera mitad del siglo XVIII, el castillo comenzó a perder definitivamente su función residencial y administrativa. Los comendadores dejaron de habitar la fortaleza y las estructuras entraron en un proceso progresivo de abandono.

La documentación municipal digitalizada permite conocer la existencia de un informe fechado en 1739 en el que se describía el estado de ruina del conjunto. En este contexto se autorizó el aprovechamiento de materiales constructivos procedentes del castillo. Esta práctica favoreció el expolio sistemático de sillares y otros elementos arquitectónicos.

Las transformaciones políticas y económicas posteriores, incluidas las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX, pudieron contribuir al deterioro del conjunto y a la ausencia de medidas efectivas para su conservación.

A comienzos del siglo XIX se produjo una profunda modificación en las prácticas funerarias españolas. En 1813 se remitieron disposiciones a los ayuntamientos destinadas a fomentar la construcción de cementerios fuera de los templos y de los principales espacios habitados. Estas medidas respondían fundamentalmente a criterios sanitarios y a la necesidad de mejorar las condiciones higiénicas de las iglesias.

En Santibáñez el Alto, el antiguo recinto fortificado comenzó a utilizarse como cementerio municipal probablemente hacia 1835. La transformación del castillo en camposanto modificó considerablemente la organización interna del segundo recinto y provocó la construcción de nuevas estructuras funerarias.

El cementerio permaneció en funcionamiento hasta 1983-1984. La falta de espacio disponible motivó la construcción de un nuevo camposanto en las inmediaciones de la localidad. Desde entonces, tanto las estructuras medievales como las instalaciones funerarias quedaron prácticamente fosilizadas, configurando un paisaje histórico resultado de la superposición de diferentes usos.

El castillo es actualmente propiedad del Ayuntamiento de Santibáñez el Alto. Su protección jurídica deriva de la declaración genérica establecida mediante el Decreto de 22 de abril de 1949 y de las disposiciones de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español.

Entre 2021 y 2023 se desarrollaron diversas actuaciones de consolidación arquitectónica y excavación arqueológica. Estos trabajos tuvieron como objetivo principal estabilizar los sectores afectados por desprendimientos y reducir los riesgos derivados del deterioro estructural. Paralelamente, las intervenciones permitieron avanzar en el conocimiento arqueológico de las diferentes fases de ocupación del castillo.

A finales de 2023 se procedió a la retirada de las estructuras y elementos vinculados al antiguo cementerio. Esta actuación respondió a una doble finalidad: facilitar futuras investigaciones arqueológicas en el interior del recinto fortificado y trasladar los restos funerarios al cementerio moderno, reuniéndolos en un espacio acondicionado para su conservación y visita por parte de los familiares.

 

domingo, 12 de julio de 2026

 











ERMITA DE SANTA LUCIA (CACERES)

 

 

La ermita se encuentra situada a 4 kms. de la capital, siguiendo un camino que sale desde Aldea Moret, depende de la parroquia de San Eugenio. Es un edificio popular de finales del siglo XV, esta típica ermita se encuentra en medio del campo. En  los siglos XVII y XVIII se da en este  lugar una gran actividad devocional,  como  lo  demuestran  las  numerosas  limosnas  ofrecidas  en  agradecimiento de  los milagros ocurridos con  relación a  las enfermedades propias de la vista, y que queda constancia en los libros de cuenta que han  llegado hasta nuestros días. Se acompaña de la vivienda del ermitaño, hoy usada de sacristia-almacén.

Según Corrales Gaitán, poca documentación se conserva de esta construcción, solamente el Libro de  Cuentas del período comprendido entre 1655 y 1868, y un Inventario de las cuentas y documentos, de la Visita del año 1703. Quedando constancia en ellos los numerosos arreglos y obras de restauración de todo el edificio, así como los gastos propios de la tradicional fiesta, con sus ofrendas y favores. También se hace referencia a los gastos propios de la colocación de su retablo en el año 1690.

Se accede al interior por una puerta que se encuentran los pies de la ermita, se abren arco de medio punto enmarcado por un alfiz y resguardado por un pórtico con arcos de medio punto sobre pilares cuadrados, apareciendo las enjutas de los arcos tres escudos nobiliarios en piedra de las familias Ovando, Mogollón y Pereros. Remata la ermita una sencilla espadaña. Adosada está la antigua dependencia donde vivían los ermitaños, hoy utilizada como sacristía.

La nave está dividida en tres tramos por arcos apuntados apoyados en anchos pilares achaflanado son de granito. la cabecera es poligonal, de bóveda ojival estrellada sobre ménsulas y con clave central, toda la cantería, destacando el ábside sobre el resto, y al exterior los contrafuertes: a diferencia de la nave, que se cubre con techumbre de madera a dos aguas.

En el presbiterio hay un retablo barroco de finales del siglo XVII, de un cuerpo como hornacina encuadrada por columnas salomónicas y ático; en la hornacina se conserva una imagen barroca de Santa Catalina; en el remate, una pintura sobre lienzo que representa a una Santa con la palma de martirio, del siglo XVII. Detrás  de  este  retablo se encontraron unas pinturas que representan distintos motivos de la Pasión, anónimas y fechadas en la segunda mitad del siglo XVI.

 

 

 

 




 

ERMITA DE SANTA GERTRUDIS  (Cáceres)

 

 

Está ubicada en la calle Santa Gertrudis, al final de la popular calle “Barrio Nuevo” el aspecto actual del templo dista mucho del que tuviera en sus orígenes. Fue construida en el siglo XVII, perteneciendo a la jurisdicción de la iglesia de San Juan. Debido a su mal estado de conservación se cerró al culto en el siglo XIX, trasladándose a la iglesia de San Juan sus bienes muebles. En el año 1889 se abrió nuevamente al culto, y para su cuidado se autorizó que allí se asentasen las religiosas de la comunidad Amantes de Jesús, que regentaron una Escuela-Hogar (actual Colegio de San José) para niñas pobres, la ermita pasó a ser la iglesia del centro religioso.

El templo conserva las siguientes imágenes: el Cristo del Amor, del año 1930, procedente de los talleres de Olot; Ntra. Sra. de la Caridad, obra del siglo XVIII y el Señor de las Penas, obra de estimable valor artístico del siglo XVI, sale en procesión el Viernes de Dolores y el Domingo de Ramos (por la tarde) con los hermanos cofrades de la Cofradía del Cristo del Amor al igual que las dos restantes imágenes citadas, el Jueves Santo. La ermita pertenece a la parroquia de San José y es sede de la cofradía del Cristo del Amor, fundada en 1989. La escultura de mayor valor artístico que se venera en esta ermita es la del Señor de las Penas, restaurada con esmero por varios restauradores en diferentes fases.

En una primera fase: Tallado de la parte posterior, peana y sujeción a ésta, así como de varios dedos de las manos y los pies: Realizado por el escultor sevillano don Antonio Gibello. 

En una segunda fase: Consolidación, restitución de la pigmentación perdida, limpieza y policromado en los añadidos: Realizado en el Taller Cacereño Gótico: por doña María Ángeles Penis Rentero y doña Gracia Sánchez-Herrero Rosado.

Fase III. Nuevas veladuras, encarnaduras y retoques realizados por don Juan J. Camisón.

Fase IV. Nuevo diseño y retallado, dorado y policromado del manto, así como de la corona y de algún detalle de la cara. : Realizada por don Eduardo Álvarez y don Juan J. Camisón.

Estamos ante una figura que representa a Jesús ante Pilatos tras haber sido flagelado y befado por los sayones. Este Ecce Homo o Cristo Varón de Dolores, como es de uso que se denomine a tal iconografía de Cristo, aparece desnudo, coronado de espinas, ensangrentado, maniatado, con la carne tumefacta por las marcas dejadas por los latigazos y bofetadas, y portando una clámide roja que le cubre la espalda y arrastra hasta el suelo. Están sus ingles cubiertas por el consabido paño de pureza y lleva entre las manos maniatadas una caña, símbolo absoluto de burla y escarnio. La expresión de su rostro es altamente dramática y congestionada, contrastando con el casi derrumbamiento que todos los miembros de su cuerpo están a punto de sufrir. Pero es, sin duda, en esa mezcla de impotencia y majestuosidad donde radica su indudable belleza.

Es una escultura de bulto redondo, realizada en madera de cedro. Nunca fue pensada para ser procesionada, sino que debió de formar parte de un retablo de altar originalmente. El ahuecamiento de la parte posterior que presentaba y la factura así lo atestiguan. Habría que situarla entre finales del XVI y muy principios del XVII. Por una parte, la clámide rectilínea, nada barroca, el aspecto compacto de todo el conjunto de la imagen, su macicez, su tronco musculoso, su morbidez, el giro lastimoso de su cabeza, la S que prefigura todo su cuerpo humillado, abatido y aún aguantando con brío la dureza del castigo, nos hacen pensar en el movimiento manierista heredado de Italia y tan en boga en España (escuelas burgalesa y vallisoletana principalmente) en los finales del XVI como una reacción a la estética renacentista, pero por otra parte la gran expresividad del rostro, el dramatismo, el fuerte modelado de los volúmenes y un cromatismo muy significativo nos conducen hacia un tipo de escultura que, sin duda, anuncia ya a los grandes imagineros del Naturalismo castellano. A pesar de la antigüedad, el estado de conservación de la pieza es bueno. Ésta es una descripción pormenorizada del mismo. La encarnadura original del siglo XVI ha desaparecido casi por completo por haber sido repintada la pieza en el siglo XVIII, debido posiblemente al mal estado en que se encontrara la que se realizó en origen. La que actualmente presenta es más clara que la primera y menos sanguinolenta (dato que hemos apreciado a través de ciertos desconchones en el repinte), pero no por ello menos importante. Sin embargo, el resto de la policromía es la original: estofados de la capa, rajado del paño de pureza, veladuras del rostro, pigmentación de la corona de espinas, de la cuerda que lo maniata, de la cabellera y de la barba..., a excepción de los retoques realizados en la actualidad allí donde se consideró necesario hacerlos para una digna presentación en público de la imagen. De la misma manera que ha habido que retallar partes de la clámide, de los dedos, de las manos y de los pies, de la corona y de la cabellera que habían desaparecido.

La escultura está documentada y certificada (documentación en poder de la Cofradía) como obra del escultor Pedro de la Cuadra, tallista de la escuela castellana que trabajó en Valladolid y sus alrededores desde el 1595 al 1624. Empezó su labor siguiendo las directrices escultóricas manieristas del momento y que marcaron maestros como Gaspar Becerra y Esteban Jordán, pero pronto su arte había de cristalizar en el naturalismo de los grandes imagineros del siglo XVII. Esta evolución artística se debe sin duda a la estrecha amistad que le unió a Gregorio Fernández, del que recogió, evidentemente, su mensaje escultórico al menos en lo formal, pues no hay que ocultar que si bien el parecido de la imaginería de Pedro de la Cuadra con la de Gregorio Fernández es obvio (al menos en los trabajos realizados dentro del siglo XVII)[1] sin embargo nunca llegó nuestro tallista a lograr la espiritualidad del gran maestro, dotado, amén de su notabilidad escultórica, con una unción espiritual y religiosa en su calidad de devoto creyente, inigualable, rasgo en el que no destacó precisamente Pedro de la Cuadra. En esta obra del Cristo de las Penas, se observa la calidad de imaginero, un gran sentido de la composición en el que el equilibrio de las masas y el equilibrio de la fuerza expresiva se armonizan logrando el sentido plástico que debe presidir toda obra de arte[2].

 

 






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Vid. GARCÍA. CHICO, E., Pedro de la Cuadra, Valladolid, 1960; ALONSO CORTES, N: Datos para la biografía artística de los siglos XVI y XVII. Boletín de la Real Academia de la Historia, Madrid, pp. 129-135.

[2] Agradecemos la colaboración desinteresada de don Juan J. Camisón.

sábado, 11 de julio de 2026

 

El castillo de Portezuelo

 

Es una de las mayores fortalezas de nuestra región, construido sobre un promontorio rocoso. Defendía un desfiladero abrupto, abierto entre dos montañas, por el que pasaba la vía Dalmacia, de gran importancia estratégica, porque era camino de reserva para unir los pasos meridionales de la Transierra con las tierras de Ciudad Rodrigo y Salamanca.

El castillo, ubicado en una posición dominante y estratégicamente para aquellos tiempos de un valor incalculable, es de triple reducto, y está flanqueado al exterior por torres redondas, es la seña de identidad del municipio, conocido popularmente como castillo de Marmionda, nombre que se debe a una princesa mora, hija del señor del castillo y entorno a la que gira una leyenda según la cual la fortaleza tenía un alcaide famoso en toda la zona, más que por sus éxitos guerreros, por su bella, hija, la hermosa Marmionda, enamorada de un capitán cristiano que guerreaba contra las tropas de su padre. Correspondida en su amor por el capitán cristiano, los enamorados elucubran la manera de pasar la vida juntos, hasta que un mal día,  durante una batalla, Marmionda cree ver, desde sus habitaciones, como su amado cae muerto a los pies del cerro, y no pudiendo soportar el dolor,  se arroja por los ventanales de su aposento, con tal fuerza que su cuerpo, rodando, va a caer junto a la roca donde yace su amado. Pero el caballero no está muerto, solo inconsciente, así que cuando recobra el sentido se encuentra  a sus pies el cadáver de la bella  Marmionda. Al darse cuenta de la crueldad del destino, el capitán se atraviesa con su propia espada y muere junto a su amada, mezclándose la sangre de ambos en un arroyo carmesí.

 

El castillo está situado sobre un cerro que dominaba el desfiladero por donde pasaba la antigua calzada romana de la Dalmacia, ramal de la vía de la Plata. Vía que une la Sierra de Gata con la Vía de la Plata.Esta calzada “(...) era la senda utilizada por los reyes de León en sus incursiones para reconquistar las plazas de Medina Cauria, Al-Kántara y Al-Cáceres, y más tarde para enlazar las tierras leonesas con la importante fortaleza reedificada por los templarios junto a la vieja Túrmulus, cuyas ruinas evocadoras se alzan sobre un cerrillo en la ribera derecha del Pater Tagus, junto al puente de Alconétar, en uno de los escasos sitios favorables para cruzar el escabroso y difícil río en la provincia de Cáceres”.

Los orígenes del castillo hemos de buscarlos en la ocupación musulmana de la Península Ibérica, muy reformado por la Orden de Alcántara. El cerro del castillo se inicia en el llamado Puerto Negro, por donde pasa el arroyo del Castillo y la carretera a Ciudad Rodrigo. Es un tajo alto, estrecho y formado por cuarcitas verticales. Por la parte septentrional tiene un suelo de cantos sueltos, depósito de derrubios donde se han encontrado piezas con restos fosilíferos de cruzianas, concretamente huellas de reptación de trilobites en los fondos marinos del Paleozoico. Por la parte meridional las cuarcitas próximas al castillo tienen rumbo norte 74° oeste y buzamiento sur 70°. Estas cuarcitas se prolongan hacia el este en estratos normales, presentando de pronto un punto donde aparecen cortadas transversalmente según sistema de fisuras finas, numerosas y paralelas.

El castillo se encuentra actualmente en muy mal estado de conservación, fruto de los numerosos asaltos que ha sufrido a lo largo de su historia, desde que fue construido por los musulmanes, descartado definitivamente por Alfonso IX de León en el año 1213 y los muchos avatares que ha sufrido hasta nuestros días.

Las primeras referencias documentales que hemos encontrado corresponden al año 877, no hay referencia alguna anterior, en el cual ya se cita dicho castillo[i], por lo tanto consideramos que fue construido en esa época, respondiendo a una estructura cuadrangular. La fortaleza sirvió durante gran parte de la Alta Edad Media como defensa contra la expansión cristiana y como una de las principales defensas de la ciudad de Coria, aunque tras la definitiva conquista cristiana siguió teniendo una función similar. Según avanzaba o retrocedía la reconquista fue ocupada tanto por cristianos como por árabes. Portezuelo pasó a manos cristianas por primera vez cuando en el año 914 Ordoño II se introdujo en tierras de moros arrasando todo lo que encontraba a su paso por la vía de Dalmacia[ii]. En el año 997, Almanzor cruzó el puente de Alconétar, tomó Coria y llegó hasta Santiago de Compostela. En esta gesta debió conquistar Portezuelo.

El castillo fue reconquistado en 1167 por el rey Fernando II de León, pasando a manos de la Orden del Temple. Volvió a ser recuperado por los árabes en el año 1196, tras la victoria de Alarcos sobre Alfonso VIII, con el emir almohade Abu Jacob, y rescatado definitivamente por las tropas cristianas del rey Alfonso IX de León en el año 1212 y cedido a la Orden de Alcántara en detrimento de la Orden del Temple, teniendo como consecuencia una continua disputa entre las dos órdenes militares, ya que los Templarios fueron sus antiguos propietarios, hasta la desaparición de esta orden en 1310. Durante estos años y conforme la frontera con los musulmanes se alejaba, mantuvo su función defensiva pero, esta vez, contra las posibles incursiones del Reino de Portugal.  Fueron varios los asaltos y asedios que sufrió este castillo y por tales motivos la Orden de Alcántara comenzó su reconstrucción a partir del siglo XIV, ya que la orden alcantarina constituyó aquí una encomienda, con sede en este castillo, añadiendo paulatinamente construcciones de tipo doméstico, residencial y administrativo. Un dato interesante es la celebración en este castillo del capítulo de la Orden de Alcántara que celebró el último maestre de la misma don Juan de Zúñiga a finales del siglo XV.

Los comendadores del castillo en los siglos XIV y XV fueron: Fray Gonzalo Roco, Esteban Martínez, Bernardo Alonso Pantoja, Diego Rodríguez, Martín González, Diego Fernández. En el siglo XV: fray Alvar  Gómez, Juan de Soto, Gutiérrez de Sotomayor (maestre de la Orden), Andrés López del Castillo, Fernando Carrillo, fray Gutierre de Solís, conde de Coria; Gómez Suárez de Moscoso.

Durante el siglo XVI el estado del castillo llegó a rozar la ruina. El 2 de abril de 1548 se le encargó a Pedro de Ybarra que realizase las obras, siendo rematadas por Alonso Hidalgo. Todas estas obras se llevaron a cabo siendo comendador de Portezuelo don Fadrique Enríquez y donde aparecen de una manera tanto directa como indirecta otros maestros de obras, de canterías o de albañilerías. Dichas reformas se hicieron para adaptar la fortaleza a las nuevos métodos defensivos y a las armas de fuego. Gracias a las encomiendas durante la baja Edad Media y hasta su abandono en la segunda mitad del siglo XVII, disfrutó de gran riqueza. En el siglo XVI, además de don Fadrique Enríquez de Guzmán, fueron comendadores: Domingo Fernández de Velasco, conde de Haro. Durante el siglo XVII, el marqués del Freno y don Luis de Velasco; y en el siglo XVIII, el marqués de Salas, duque de Montealegre. no habiendo referencias de ningún otro más. el castillo estuvo habitado hasta el siglo XVII, segun reza en un documento del archivo parroquial, fechado en el año 1617, segun comunicación al alcaide de la fortaleza que ha sido nombrado visitador de la iglesia de la Villa don Felipe de Trejo Carvajal, señor de las Corchuelas y del castillo de Monfragüe. Al comendador de Portezuelo le correspondía la provisión de curato en la villa del Pedroso, y en El Arquillo.

El castillo, en su forma primitiva, fue el que construyeron los árabes a modo de alcazaba con grandes muros coronados por almenas y sin la torre de homenaje, tal y como era costumbre en la arquitectura morisca. Fue una vez que la fortaleza estuvo definitivamente en manos cristianas, bajo el control de la Orden Militar de Alcántara, iniciándose el programa de reformas que llevaría al edificio hasta su aspecto actual. El Castillo de Portezuelo está cimentado sobre altas y ariscas rocas de pizarra lo que aporta gran solidez al Castillo y explica que su trazado primitivo no necesitara para su defensa de recintos perimetrales, muros de excesivo espesor, ni torres en las esquinas.

La configuración de la fortaleza se basa en un recinto fortificado irregular, cuyos muros no están perfectamente alineados y están coronados por almenas, dentro de los cuales se agrupaban en torno a un patio central las distintas estancias para alojar las caballerías, los bastimentos y la guarnición. En el subsuelo del patio se sitúa un aljibe cubierto con bóveda de cañón. Las dos torres que presenta el baluarte se realizaron en tiempos de la Orden de Alcántara: la llamada torre del Homenaje, en el ángulo noreste, y la torre del ángulo noroeste. La primera en ser realizada fue la torre del Homenaje, datada por el profesor Navareño Mateos a finales del siglo XIII o comienzos del XIV, la cual fue reparada a mediados del siglo XVI. La otra torre, enmarcada en el ángulo noroeste como ya hemos dicho, se realizó a mediados del siglo XVI sobre una torre anterior. Las condiciones de la obra las ejecutó Pedro de Ybarra.

La fortaleza es una construcción de planta en polígono irregular y oblongo (más largo que ancho), de triple muro de fábrica de mampostería y argamasa, con muros rematados en almenas piramidales y cuenta con dos cubos cilíndricos, la torre del homenaje y, en el frente contrario, un cubo cilíndrico. El castillo se compone en la actualidad de tres recintos que en el año 1544 ya se citan como barrera, adarve y alcázar. De la primera barrera los restos son casi imperceptibles y se cree que nunca estuvo acabada. En cuanto al adarve o segundo recinto, la parte mejor conservada es la que mira al este, donde todavía se pueden apreciar el andén y los pretiles, realizado todo en mampostería. En este segundo muro, en su parte noreste, debió existir  una puerta pues sus restos son patentes y que según el profesor Navareño Mateos cree identificar con la denominada “puerta falsa” que aparece en un documento. De igual manera, es en este segundo recinto donde se ubica la denominada, por algunos documentos, como puerta Principal y hoy en día conocida como la puerta del Sol, situada en su ángulo sureste y realizada por alarifes mudéjares: Está realizada en ladrillo, y contiene en su fachada exterior un arco apuntado, mientras que en el interior tiene doble arco. El bajo corresponde al de la fachada de fuera, mientras que el que alberga es de mayores dimensiones. El espacio comprendido entre ambos está formado por fajas de ladrillo y mampostería. Es una de las pocas obras que se encuentran en la región de estas características, correspondiente a las obras llevadas a cabo por la Orden de Alcántara en el siglo XIV. El bajo corresponde al de la fachada de fuera, mientras que el que alberga es de mayores dimensiones. El espacio comprendido entre ambos está formado por fajas de ladrillo y mampostería. Es una de las pocas obras que se encuentran en la región de estas características.

El castillo recibió una importante restauración entre los años 1545 y 1553,por Gaspar López[iii], según proyecto de Pedro de Ybarra, que redacta en 1548 las condiciones para reparar la torre del homenaje y los muros, maestro mayor de las obras de la Orden de Alcántara que continuará con las obras entre los años 1550 y 1565, redactando las condiciones para reparar otros elementos defensivos como almenas, antepechos, torre del homenaje y algunas garitas. La obra fue rematada por Alonso Hidalgo, maestro de carpintería y albañilería, vecino de Alcántara, por un precio de 90.000 maravedís. Las obras fueron realizadas por Pedro Villega en nombre de Alonso Hidalgo. Todas estas obras se llevaron a cabo siendo comendador de Portezuelo don Fadrique Enríquez y donde aparecen de una manera tanto directa como indirecta otros maestros de obras.

El 19 de septiembre de 1561, Hernando de Zárate, mayordomo de la encomienda de Portezuelo, realizó una detallada descripción de la fortaleza, lo que nos permite saber exactamente cual era su estado en esos momentos. Estas descripciones eran realizadas por personas de la confianza del comendador un tiempo antes de que los referidos comendadores tomaran posesión de las encomiendas tal y como ordenaban las Definiciones de la orden.

La fortaleza  se encuentra bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949. Debido al mal estado de conservación de las murallas, la barbacana y la puerta, el torreón cilíndrico macizo para la defensa, se llevó a cabo una intervención arquitectónica dentro del Proyecto "Alba Plata" entre los años 2000-2001, que consistió en la consolidación de los muros, centrándose de una manera puntual en la coronación de los mismos, en el paso de ronda y la consiguiente evacuación de las aguas hacia el exterior. Así como la consolidación de las almenas, la base de los muros y la reconstrucción de la torre del ángulo noroeste. Así como las intervenciones realizadas en el castillo por Adesvalentre los años 2005 y 2006.

 

Desde el punto de vista arqueológico se ha realizado una pequeña actuación consistente en varios sondeos. Uno de ellos se ubicó en el patio de armas, adosado a la cara interna del muro norte del castillo. La exhumación de una sencilla pavimentación en esta zona, induce a pensar que pudiera conservarse este suelo en todo el patio de armas, cuyo acceso desde el exterior, se realizaría a través del muro sur. 

 

















 

 



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CRUCES DE TÉRMINO Y CRUCEROS DE ACEITUNA (CACERES)

 

 

Municipio de la provincia de Cáceres localizado entre los 40° 09’ de latitud norte y los 6° 19’ de longitud oeste. La extensión del término municipal este 41 km² y el casco urbano está situado 472 m de altitud. El término municipal se asienta en el piedemonte de la Sierra de Santa Bárbara, resultando un relieve quebrado, incrementándose las cotas en sentido noroeste.

En el término municipal de Aceituna se ha encontrado un altar de sacrificios y varios petroglifos[1].

De época romana son dos epígrafes rupestres de aparición reciente que documentan una operación de delimitación territorial entre comunidades. Están grabados sobre granito y se localizan respectivamente en los municipios de Aceituna y Montehermoso.

No volvemos a tener noticias históricas del municipio hasta la Baja Edad Media, tan solo destacar la existencia de varias tumbas antropomorfas, posiblemente visigodas.  Aceituna como aldea medieval fue fundada en el siglo XIII como aldea del Señorío de Galisteo, concretamente en el año 1290, figura en un acta notarial fechada en Plasencia. En aquella época Aceituna era aldea sujeta al señorío de Galisteo. Dicho señorío lo componían, además de Galisteo y Aceituna, las localidades de Aldehuela del Jerte, Carcaboso, Guijo de Galisteo, Holguera, Montehermoso, Pozuelo, Riolobos y Valdeobispo.

    En 1429, el rey Juan II hizo donación del Señorío de Galisteo a Don García Fernández Manrique, Conde de Castañeda y Osorio, uno de cuyos herederos obtuvo en 1451 el título de Conde de Galisteo, título que se elevó a Ducado en 1631. A él pertenecen los pueblos de Pasarón, Pozuelo, Torremenga, Montehermoso, Baños, Riolobos, Holguera, Aldehuela, Carcaboso, Valdeobispo, Aceituna.

Aceituna se emancipó como municipio en el año 1837, junto con el resto de los pueblos del señorío.  A la caída del Antiguo Régimen la localidad de constituye en municipio constitucional en la región de Extremadura (Partido Judicial de Granadilla), entonces conocido como Aceytuna.

 

I.- Cruz de la ermita del Cristo de las Angustias

 

La ermita del Cristo de las Angustias es una sencilla construcción del siglo XVI, frente a la portada de acceso a la misma se eleva una cruz del siglo XX, según consta en la leyenda inscrita en su base: “COLOCO SIENDO PARROCO, AÑO DE 1919”. Sobre una piedra circular de cantería que es una piedra de contrapeso reaprovechada  se eleva la cruz con fuste de sección cuadrado que se apoya en una base cúbica de cantería y sobre un pedestal redondeado.

 

 

II.- Cruz del Agua

La pobreza artística de esta cruz/crucero no está en consonancia con la riqueza de tradiciones que se daban en torno a ella, según el vulgo popular y la peculiaridad de haber sido tallada en la misma roca en su culminación. Podemos decir que más que de un crucero debemos hablar de una cruz sencilla  de sección cuadrada que se levanta sobre una roca natural de la que nace directamente.  No solo los dólmenes son objetos de cristianización, también los menhires como el sorprendente caso que nos ocupa, colocándose una cruz en su cima. Desde la Edad Media  algunos dólmenes y menhires  han sido cristianizados. Es difícil establecer una fecha aproximada para catalogar esta cruz, observamos en un lateral del pedestal o base de la misma un círculo labrado en la misma piedra, presumiblemente pieza de acarreo reutilizada y que es muy semejante al resalte circular que servía en las prensas olearias para soportar el capacho contenedor de las aceitunas sobre el que actuaba la potencia del brazo con contrapeso. Hemos de tener en cuenta que en Aceituna se han localizado restos de la Prehistoria y de la Protohistoria, sobre todo en el paraje conocido como “las Lagunas de Tejares”, así como piedras mojones o hitos en los caminos, concretamente  una lápida sepulcral ha sido reutilizada como mojón de término, próxima a la ermita y cuya transcripción es: “ICI /BORA / FLACI / NOSA / UTE / UTI / DREC / ISCE /TER” (la piedra está partida, por ello, su texto está incompleto)[2]. 

 



[1] PAULE RUBIO, Á: “Tumbas antropomorfas, santuario y petroglifos de Aceituna”. Actas de los XXXII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2002.

 

[2] Buscando los paralelos de este epígrafe. Según una delimitación territorial de época de Vespasiano, formada por dos inscripciones rupestres, la una en el término de Montehermoso y la otra en el término de Aceituna, concretamente al sitio de la Dehesa de Navalaguija (Publicación de Enrique Ariño y Ángel Paule en la revista francesa Aquitanie). Una delimitación de términos exige más de dos mojones epigrafiados. Esta piedra totalmente amputada en su materia y texto, no sería muy difícil pensar que en su día ocupó un lugar de delimitación. Estos epígrafes son bastante crípticos. Con las dos rocas epigrafiadas y, si esta fuera una tercera, definiría el trazado de un límite y con ello restituir el trazado del “finis”.  Vid. PAULE RUBIO, Á: “Tumbas antropomorfas, santuario y petroglifos de Aceituna”. Actas de los XXXII Coloquios Históricos de Extremadura, op. cit.