Tumbas
excavadas en la roca en el paisaje cacereño
La
Tierra de Cáceres conserva uno de los conjuntos más elocuentes y a la vez más
enigmáticos del occidente peninsular: centenares de tumbas excavadas
directamente en la roca granítica. Diseminadas en colinas suaves, afloramientos
de lanchares y bolos, junto a cursos de agua o próximas a antiguas vías de
comunicación, estas estructuras constituyen un testimonio material que, pese a
su aparente simplicidad formal, encierra una complejidad histórica notable.
El
fenómeno no es exclusivo de Extremadura. Las tumbas excavadas en la roca
constituyen uno de los vestigios arqueológicos más abundantes de la Península
Ibérica, con hallazgos que se extienden desde Cataluña hasta Andalucía,
quedando al margen determinadas zonas del Norte Cantábrico. Sin embargo, en la
Tierra de Cáceres su densidad, variedad tipológica y estado de conservación
convierten el territorio en un auténtico laboratorio para el estudio del
tránsito entre el mundo romano y el medieval.
La
tierra aparentemente silenciosa revela, a quien la observa con detenimiento,
las huellas de comunidades que eligieron inscribir su relación con la muerte
directamente en el paisaje. Desde un punto de vista académico, el desafío es
aún mayor: interpretar cronológicamente y funcionalmente estructuras que, en su
inmensa mayoría, han perdido el contexto arqueológico que permitiría una
datación precisa.
Uno
de los rasgos más llamativos de estas tumbas es que casi ninguna ha conservado
restos humanos. Carecen igualmente de ajuares funerarios y aparecen
arqueológicamente descontextualizadas. Esta circunstancia complica cualquier
intento de adscripción cronológica firme. El vacío -probablemente consecuencia
de expolios antiguos, reutilizaciones o del simple deterioro por exposición a
la intemperie- impide realizar dataciones absolutas y limita el análisis
antropológico.
La
historiografía tiende a considerarlas como características del medievalismo
peninsular, encuadrándolas entre los periodos post-romano y altomedieval, en
contraste con las prácticas funerarias plenamente romanas o las ya
feudalizadas. A partir del siglo IV, en el contexto de la transformación del
Imperio romano y de la progresiva cristianización, se observa una alternancia
de ritos y cambios estructurales en la inhumación. El abandono paulatino de la
cremación en favor del enterramiento inhumatorio, la orientación este-oeste
vinculada a la esperanza escatológica cristiana y la sencillez del rito son
elementos que conectan con este tipo de estructuras.
En
la Tierra de Cáceres, además, la presencia visible de restos de villas romanas
-sillares bien escuadrados, fragmentos de cerámica común y de construcción- y
la identificación de posibles estructuras soterradas asociadas a hábitats
altomedievales sugieren una continuidad o, al menos, una superposición de
ocupaciones. Nos encontramos ante un territorio donde el final del mundo romano
no supuso una ruptura abrupta, sino una transformación progresiva de las formas
de poblamiento.
La
hipótesis más plausible sitúa el origen de muchas de estas necrópolis en la
época tardorromana, definida en términos generales por la preponderancia de
estructuras asociadas a comunidades rurales. Se trata de asentamientos en zonas
llanas o ligeramente elevadas, vinculadas a explotaciones agrícolas y,
especialmente, ganaderas. El hábitat tardoantiguo y altomedieval en la Tierra
de Cáceres parece haber estado vertebrado en torno a núcleos relativamente
pequeños, compuestos por focos de ocupación interconectados, con una
disposición laxa y flexible.
Este
modelo podría estar relacionado con el proceso de abandono de determinadas
áreas centrales de época romana en beneficio de espacios periféricos, en un
contexto de crisis del sistema vilicario. No obstante, la ausencia de
excavaciones sistemáticas y de datos estratigráficos impide afirmar con
rotundidad esta interpretación. La conexión sincrónica entre los posibles
hábitats y las necrópolis no ha sido demostrada fehacientemente.
Cabe
plantear, como hipótesis razonable, que algunos de estos lugares experimentaron
una remodelación en época tardoantigua, transformándose en espacios funerarios
tras el abandono o reestructuración de edificaciones romanas. En este proceso,
antiguas estructuras pudieron convertirse en centros de culto, reflejando
cambios profundos en el sistema social y en la articulación del estatus. La
cristianización del paisaje no sólo modificó los ritos, sino también la forma
en que las comunidades se relacionaban con el territorio.
Las
tumbas excavadas en los lanchares graníticos presentan una notable variedad
tipológica. La orientación suele estar condicionada por la disponibilidad de
superficie apta, lo que explica su aparente distribución anárquica. No obstante,
en determinados conjuntos se aprecia cierta regularidad.
Podemos
distinguir varias formas principales:
*
Rectangulares.
*
Ovaladas o fusiformes, conocidas como “de bañera”.
*
Antropomórficas, que reproducen la silueta del cuerpo humano, con ensanchamiento
en la zona de los hombros y rebaje para la cabeza.
Estas
últimas reciben el nombre de “olerdolanas”, denominación derivada de su primera
documentación en el yacimiento de Olèrdola. El rito de inhumación asociado a
estas tumbas se relaciona con prácticas cristianas autóctonas: el cadáver era
lavado y ungido, envuelto en una sábana de lino y depositado directamente en la
fosa excavada en la roca. Posteriormente se cubría con arena y se sellaba con
lajas de piedra. La ausencia de ajuares responde a una concepción cristiana de
la muerte que prescinde del acompañamiento material característico de épocas
anteriores.
Algunos
investigadores han sugerido que comunidades cristianas tempranas pudieron
quedar aisladas y dispersas en la región incluso en tiempos de plena dominación
romana, manteniendo prácticas funerarias diferenciadas que se consolidarían en
etapas posteriores, incluida la visigoda.
El
debate historiográfico sigue abierto. Hay quienes defienden una procedencia
exclusivamente visigoda o medieval para este tipo de yacimientos. En algunos
casos, la aparición de elementos asociados -escasos fragmentos cerámicos o
estructuras cercanas datables en esos periodos- permite sugerir al menos un uso
prolongado hasta los siglos VIII al X, momento que probablemente marcó el
apogeo de esta forma de enterramiento.
Es
posible que el final de estas necrópolis coincida con la consolidación del
poblamiento aldeano y el establecimiento de la parroquia como centro de culto y
eje de articulación rural. La institucionalización del cementerio parroquial
habría desplazado los espacios funerarios rupestres, integrando la muerte en un
marco eclesiástico más estructurado.
Sin
embargo, la prudencia metodológica obliga a reconocer las limitaciones: la
ausencia de ajuares, la falta de dataciones absolutas y la posible
reutilización de los espacios impiden una atribución cronológica uniforme. Tal
vez no sea prudente considerar un fenómeno homogéneo algo que se presenta con
manifestaciones tan variadas.
Más
allá del debate cronológico, estas tumbas poseen una poderosa dimensión
simbólica. Suelen situarse en pequeñas elevaciones que dominan el entorno
inmediato, en parajes condicionados por la humedad de arroyos cercanos y por un
clima que modela la vegetación circundante. Su proximidad a vías locales -hoy
convertidas en carreteras o caminos entre aldeas- sugiere una relación
consciente con los ejes de tránsito.
Donde
hay tumbas, el paisaje se transforma en memoria. La roca, material permanente,
fue elegida para fijar una impronta que trasciende generaciones. Cada sepultura
tallada representa una decisión colectiva, una inversión de tiempo y esfuerzo
que refleja la importancia concedida al tránsito entre la vida y la muerte.
Desde
el punto de vista periodístico, recorrer estos lugares es experimentar una
sensación de extrañeza y continuidad: la certeza de hallarse ante un territorio
donde el ser humano plasmó en la piedra su concepción más íntima del más allá.
Desde el análisis académico, constituyen uno de los ejemplos más elocuentes de
transformación social en la transición del mundo romano al medieval.
La
Tierra de Cáceres ofrece, así, una casi inagotable fuente de conocimientos
arqueológicos e históricos. Cada tumba vacía no es un silencio, sino una
pregunta abierta. Y en esa pregunta reside su valor: obligarnos a repensar las
categorías de ruptura y continuidad, de centro y periferia, de paganismo y
cristianismo, en un territorio donde la roca conserva, aún hoy, la memoria de
quienes la tallaron para hacer eterna su despedida.




.jpg)
.jpg)
.jpg)






