La ermita de San Lázaro
de Trujillo
La relación de Isabel con Trujillo ya
comenzaría aún siendo princesa, colmando de especiales atenciones a algunos de
sus más aguerridos caballeros, tal es el caso de Luis de Chaves, considerado en
Trujillo como el más fiel servidor de los monarcas católicos.
A partir de la paz en Castilla, los Reyes Católicos se
dedican a administrar y gobernar sus ciudades, prueba de ello es el mayor
número de documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Trujillo
dedicados a regular la vida trujillana: el concejo, sus oficiales y
competencias, la elección de sus cargos, el comercio, la artesanía y los
oficios, la explotación del término así como datos esenciales sobre el
urbanismo y la fundación de nuevos conventos como La Encarnación, San Miguel,
San Francisco y ermitas como San Lázaro.
Trujillo por su parte siguió
participando en los acontecimientos más
importantes que ocurrieron durante este reinado, tal es el caso de la
participación activa en la Guerra de Granada (1482-1492). Los llamamientos a la guerra conservados en
el Archivo Municipal de Trujillo corresponden a los años que van entre 1483 y
1488. La cooperación que se pidieron los monarcas fue en hombres, peones que
combatían a pie en sus especialidades de espingarderos, ballesteros, lanceros o
simplemente iban con palos de hierros o azadas. También se pidió dinero en
maravedíes para los gastos generales de la guerra. En cada campaña se
especificaba el número de hombres, que varía según los años y también el dinero
que para los años comprendidos entre 1483 y 1486 fue aproximadamente de medio
millón. Se han conservado dos comunicaciones por parte de los reyes al concejo
de Trujillo sobre los éxitos de las campañas la toma de Ronda (1485) y la toma
de Granada.
El 20 de mayo de 1496 los Reyes
Católicos en una provisión integraron en el infantazgo de su hijo el príncipe Juan, la ciudad de Trujillo
junto con Alcázar, Salamanca, Logroño, Jaén, Úbeda, Baeza, Ronda, Cáceres y
Toro. Se posesionó de ella en su nombre Domingo Gómez Dávila, en un concejo que se celebró en la iglesia de San Martín el 7 de julio de1496.
Tomó los cargos y nombró por orden del príncipe, corregidor y demás oficiales.
La Cofradía de San Lázaro en febrero
de 1498 estaban buscando un lugar para construir una ermita con la aprobación
del concejo, en marzo piden permiso para hacer una casa en el camino de La
Coronada y en mayo licencia para hacer la obra.
La ermita de San Lázaro fue construida
en las afueras de la ciudad en los años finales del siglo XV, según testimonio documental, la
cofradía de San Lázaro, que ya existía, estaba buscando en 1498 un lugar para
construir una ermita con la aprobación del Concejo de Trujillo. En el mes de
marzo del año 1498 piden permiso para hacer una casa en el camino de La
Coronada y en mayo la licencia para las obras de la ermita.
Además, algunos de los restos que aún se conservan, atestiguan algunos detalles
decorativos de la fábrica, como ligero
apuntamiento de los arcos y, sobre todo,
los motivos de bolas o besantes que decoran las columnas del
pórtico y del arco del presbiterio. Sin
embargo, ha sido objeto de numerosas reformas, especialmente en la techumbre y
en el pavimento.
Fue fundada en un lugar alejado de la
población ya que fue utilizada como un lazareto destinado a albergar a los
enfermos de la peste, procedentes de
lugares afectados por tal enfermedad. En los años finales del siglo XV la peste
hizo estragos en España. En Trujillo existieron algunos hospitales como Santa
María, Santa Lucía -situado en el arrabal de San Clemente-, San Lázaro y La
Caridad. Severas medidas se tomaron a fin de que Trujillo no se contagiara,
como cercar con altas tapias los barrios de la ciudad edificados y blanquear
los muros de muchos templos. Así se impedía que alguno contagiado entrase en la
población y era muy frecuente exigir carta de sanidad.
Para
la asistencia de la ermita existió una Cofradía que reza en los
documentos como "Cofradía del Señor San
Lázaro" -a cuyo título se añade también "y de San Blas "-. La entrada de
nuevos miembros a la dicha cofradía era muy rigurosa, baste citar un documento que
existe en el Archivo Municipal de Trujillo del año 1703, en el cual se
especifica la limpieza de sangre realizada por don Alonso de Villegas Cuevas
para su ingreso en la Cofradía de San Lázaro y San Blas, de los Caballeros de
Trujillo.
Era costumbre en todas las poblaciones
de alguna importancia tener dispuesto tener dispuesto en las afueras y próximo
a las entradas más concurridas de ellas
un establecimiento hospital para los lacerados o sea los transeúntes contagiados de lepra u otra enfermedad infecciosa y allí
se les detenía
y curaba en
conformidad con lo
que prescriba la
higiene de aquellos
tiempos. De los enfermos de este lazareto de Trujillo habla el
testamento, fechado en 31 de julio de 1565, de Beatriz de Paredes, mujer de
Diego Pizarro, quien lega una pequeña cantidad a favor de los lacerados de San
Lázaro, legando una parte de sus bienes a favor de los enfermos de San Lázaro.
El
Concejo el 4 de agosto de l564, cometía a Sancho de Carvajal que mandase
aderezar el caño que estaba cabe San Lázaro, y en consecuencia, al siguiente
año mandaba librar al Sr. Barahona nueve mil maravedíes por la obra del caño de
San Lázaro.
Diez años más tarde se hicieron obras
de ampliación en esta fuente, pues el Concejo, el l7 de octubre de l575, acordó
que Melchor González busque un artífice para finalizar el caño que se hace
junto a la ermita de San Lázaro, y que sea persona tal, para que la obra se
acabe como conviene y con brevedad.
De esta ermita fue principal patrono
la familia Paredes-Tapia. A lo largo de
los siglos sufrió la fábrica de la ermita las acometidas de las guerras, sobre
todo en la época decimonónica.
El primer Conde de Canilleros que vino a Trujillo fue
don Pedro Bernardo de Porres Acuña, el cual fue el primer patrono de esta
iglesia, cuyo patronato vinculó en su familia, tal y como se observa en el
frente de la portada con el escudo
nobiliario de los condes de Canilleros, adornado con lambrequines, colocado
sobre un águila bicéfala y con corona imperial, obra de la primera mitad del
siglo XVII (la existencia de un águila bicéfala y la corona imperial es por
concesión de Carlos V a Diego García de Paredes en el año 1530).
Este título procede de la localidad
cacereña de Brozas a mediados del siglo XVIII. El citado señor se casó en
Trujillo con doña Inés Ventura de Eraso, hija de don Miguel de Eraso y doña Gertrudis Roco de Godoy, señores de
Plasenzuela, aunque de reciente asiento en la población trujillana se captaron
pronto las simpatías de la nobleza por sus muchas virtudes y ocuparon puestos
de significada influencia tanto el hijo
primogénito de éstos, que fue don Diego Antonio de Porres y Eraso, casado con
doña Ignacia María de Arévalo, como su nieto don Pedro Porres y Eraso.
La Cofradía de San Lázaro y San Blas
poseía bienes con los que atendía a los
lacerados y al culto, existe un Acuerdo del Concejo del día 14 de
Diciembre de l7O9 en el cual se daba licencia a la Cofradía de San Lázaro y San Blas de los
Caballeros de Trujillo, para que en una cerca que tiene en el berrocal de ella
y al sitio que dicen del Caño, camino de Jaraicejo, la puedan incorporar un
pedazo más de tierra.
En el año 1823, solicitó el Jefe del Batallón
de voluntarios que se formó en Trujillo, la cesión de la ermita de San Lázaro
para almacén de pólvora, el Ayuntamiento se lo negó alegando que esta ermita era propiedad de los
Condes. En el año 1827, dejaron de vivir en Trujillo con la consiguiente
desaparición del patronato, quedando la ermita a merced de la devoción
popular.
A mediados del siglo XIX la asistencia
hospitalaria en Trujillo prácticamente había desaparecido, en parte por el daño
que habían sufrido los edificios hospitalarios durante la invasión francesa y
también, y de manera más decisiva, por la falta de medios económicos para su
sostenimiento, ya que las instituciones de beneficencia estuvieron incluidas
entre las que se vieron afectadas por la Ley de Desamortización promulgada en
1855 y que hizo que estos establecimientos se vieran privados de su posesiones,
las cuales constituían su mayor fuente de ingresos; el número de fincas
rústicas enajenadas a los establecimientos de beneficencia trujillanos
representó un 8% del total provincial, situándose en segundo lugar de la
provincia, siendo superado únicamente - aunque a mucha distancia- por las
enajenadas a las instituciones benéficas de Plasencia.
A mediados del siglo XIX, Madoz, al
referirse a los establecimientos hospitalarios de la ciudad, sólo menciona la
enfermería de Agustinos y el uso provisional que había tenido el convento de
San Miguel como hospital militar, actividad que tuvo lugar durante la guerra de
Independencia, cuando las monjas fueron expulsadas y se habilitó el coro para
atender en él a los soldados heridos. Paralela a esta fuente, Francisco de
Coello elaboró los planos de varias ciudades extremeñas, entre las que se
incluyó Trujillo, en el cual se observa que la enfermería de Agustinos, que resultó muy dañada durante la
invasión francesa.
El abandono de la ermita se confirma
en varias ocasiones en la mitad del siglo XIX. El Concejo ordena que los
vecinos no extraigan las baldosas del
templo pues se necesitan para pavimentar
parte del Portal
del Paño de
esta ciudad, se
acuerda que se
dé comisión a los
señores don Antonio
Vicente Vázquez y a
don José Moreno,
regidores, y al
Procurador Síndico, para
que éstos se
entrevisten con el
administrador de la ermita, para que de la licencia
oportuna para extraer las expresadas baldosas
y ser trasladadas al sitio referido.
Este abandono se confirma con otro
acuerdo concejil del 14 de julio de 1858, en que consta que el corregidor
comunicó al gobernador que a la entrada de la ermita de San Lázaro habían
descubierto a unos chiquillos que desenterraron unas balas de cañón y hecho
las pertinentes exploraciones en
el terreno, se encontraron 124 granadas
de mano y trece balas de grueso calibre, que fueron trasladas al castillo. El
corregidor sigue diciendo en su informe que ninguna noticia cierta se pudo
adquirir del origen y época del expresado depósito, si bien existía el
convencimiento entre los vecinos de haberlas enterrado en 1823 las tropas
constitucionales que salieron precipitadamente de esta ciudad perseguidas por
el Ejército francés, fundando este convencimiento en que se recordaba bien por
los vecinos los innumerables cajones de cartuchos y otros efectos que aquel
ejército arrojó en las lagunas situadas a la salida a Badajoz.
En la actualidad, la Cofradía del
Cristo de la Salud se encarga del ornato y acrecienta la devoción al patrono de
Trujillo junto con el clero parroquial. El cuidado de la misma lo ostentan la
familia Murillo-Durán que desde hace varios años ponen todo su esmero para que
la ermita y el entorno natural estén con decoro para el deleite de los fieles
devotos que cada día visitan al Santísimo Cristo de la Salud. La ermita está
rodeada de un atrio con bancales de granito. Frente a la misma, un artístico crucero
de piedra. Hemos de destacar que Trujillo aún conserva el nombre de la calle de
las Cruces, que recibía por la existencia de un Calvario del que tenemos
noticias documentales y que se alzaba y se extendía por la citada calle y
terminaba en la Cruz casualmente se encuentra junto a la ermita de San Lázaro:
“Por el diputado don Manuel Díaz se hizo
presente el despotismo que andaba en el Vía Crucis o Calvario con motivo de ir
a aquel sitio a tirar la barra, de forma que iban arruinando las cruces, por lo
que el señor Corregidor mandó se publicase un bando con multa para que no se
volviese a tirar a la barra de jugar en dicho sitio, comisionándose por el
Ayuntamiento a dos diputados para que lo celen, y que precedido reconocimiento
se compongan las Cruces que lo necesiten
a costa del fondo de Propios”.
Es importante destacar que la calle paralela a la de las Cruces recibió el
nombre del Mayor Dolor, porque se realizaban en los días de la Semana Santa
actos religiosos de flagelantes el Viernes Santo, ante la imagen del
Crucificado el procesionaba desde la iglesia de la Vera Cruz hasta la
Encarnación, próxima a la calle del Mayor Dolor.
Este Calvario era un lugar de oración
y penitencia. Las cruces estaban talladas en piedra. Hoy solamente queda la
cruz existente en el Paseo de San Lázaro y, lugar conocido otras épocas
como Campo de San Juan, y que se ejecutó
en el año 1774 según un Acuerdo del Ayuntamiento: “Se hizo presente por el señor don José de Orozco haberse obligado los
maestros que están componiendo las calles de esta ciudad a poner una efigie de
Nuestro Redentor Crucificado en la Cruz que se halla en el Campo de San Juan”.
Consiste en una cruz elevada sobre
triple graderío circular. Aún se conserva el ábaco de una columna poligonal
prismática, en mal estado de conservación se encuentra la imagen de Cristo
yacente en los brazos de su Madre o V Angustia, del que resta tan solo la
figura del yacente en la cruz de brazos cilíndricos, sobre un hermoso capitel
de hojas de acanto y volutas.
La ermita de San Lázaro es un edificio
de mampostería, al que se accede por los pies del templo, con puerta de arco
conopial sobre sencillas impostas, precedida de un pórtico con arcos de medio
punto rebajado, al que flanquean columnillas ilustradas con bolas. Sobre la
clave del arco se muestra un blasón con las armas de los patronos Paredes-Tapia, con yelmo y lambrequines. La
cubierta rematada en una espadaña que fue construida por don Agustín Lozano el
20 de abril del año 1884, para dos campanas que fueron fundidas por don
Francisco Carvajal, que tenía su taller en Medina de las Torres.
Tras un pequeño pórtico presenta nave
única rectangular a la que se añade la cabecera ochavada, menos ancha. La nave
es de tres tramos, marcados por arcos diafragma ligeramente apuntados, que
arrancan a baja altura del muro; por la
disposición de los arranques de los muros, suponemos que en un principio estuvo
cubierta de directamente con techumbre
de madera a dos aguas, pero hoy tiene bóveda de cañón con lunetos, con dos
tramos entre cada parte original, fruto de mejoras practicadas en el siglo
XVII. La cabecera se inicia con un arco triunfal de medio punto sobre pilastras ilustradas con bolas, de tipo
gótico; el ábside es ochavado, precedido por tramo recto, cubiertos éste como
la nave y aquél con bóveda de tres
paños, fruto también de la reforma indicada.
Carecen de importancia los bienes
muebles conservados en la ermita. En la nave tiene una lámpara de hierro
forjado, decorada con motivos geométricos y vegetales, regalo de don Enrique
Cortés a la ermita en el año 1945. En el ábside
hay un discreto retablo con columnas de tipo clásico, realizado en el
año 1927 para albergar la imagen del Cristo de la Salud. El sagrario y el
manifestador son obra del año 1907. El transepto está cerrado por una verja de
hierro, y en 1927 se practicaron dos ventanas.
En estas obras de 1927, se
descubrieron en la bóveda del transepto unos frescos muy estimables que
hábilmente tratados, allí están para belleza de este santuario. Han sido
restaurados en sucesivas ocasiones por pintores y restauradores locales: los
maestros Tamayo y Juan A. de la Cruz, y más recientemente, en el año 1982 por
el taller de restauraciones artísticas de José Antonio Dejea.
La imagen del Cristo de la Salud es
objeto de gran devoción hasta el punto de ser sacada en rogativas ante las
abundantes sequías, tal y como se decidió el 1 de marzo del año 1770. En los
laterales del altar mayor, se abren sendas hornacinas laterales para alojar
otras dos imágenes, populares, que representan a San Lázaro, talla en madera
policromada del siglo XVIII, y a Nuestra Señora del Buen Fin, obra de vestir
del siglo XVIII.
El Santo titular del templo, que no se corresponde con Lázaro el de Betania,
hermano de Marta y María, resucitado por Cristo. El que aquí aparece
representado es Lázaro, relacionado con la enfermedad de la leprosería. Junto a
él, está el perro del rico Epulón que le lamía las heridas. Los artistas en
multitud de obras siempre han confundido iconográficamente a Lázaro, representándolo
con un perro como si se tratase de su símbolo parlante, cuando en realidad, la
parábola de Jesús nos dice que el pobre Lázaro cogía las migajas de pan que el
rico Epulón echaba a su perro. San Lázaro, que no tiene nada que ver con el
anteriormente citado y representado en Trujillo, es el de Betania, hermano de
Marta y María, resucitado por Cristo. Su atributo personal es el bordón con
doble cruz, propio de los primeros evangelizadores de una región, y un féretro.
En el año 1880 se realizaron
las obras del trono para la escultura del Cristo, los nichos para la Virgen
del Buen Fin y San Lázaro.
En la sacristía se conserva un cuadro
exvoto con la representación de Francisco del Rosal cayéndose desde las
murallas del castillo, por intercesión del Cristo de la Salud no murió, y
dedicó dicho presente. En el lienzo aparece la leyenda: "Iº de enero de 1872. Caída de Fco. del Rosal". La palabra exvoto es un término culto
procedente del latín que designa el objeto ofrecido a Dios, la virgen a los
santos como resultado de una promesa por favor recibido. Es decir, una promesa
materializada en un objeto. Para definirse como tal exvoto ha de tener varias
notas diferenciadoras. Ante todo ha de ser público, como es el caso de este
lienzo de la ermita, pues da a conocer el favor recibido haciendo constar las
circunstancias y datos que permiten conocer la acción benefactora de un ser
sobrenatural. Las ofrendas se hacían para ser expuestas en los altares o
camarines de las imágenes benefactoras. Es muy probable que este lienzo, al no
existir camarín del Cristo de la Salud, estuviera expuesto en una de las
paredes de la ermita, para que todos los devotos puedan reconocer las
actuaciones milagrosas. Este lienzo es -por tanto- un pregón perpetuo de una
determinada imagen y sus poderes sobrenaturales.
Las
pinturas votivas de carácter popular conservadas en los santuarios
actuales -no hay que descartar que en la ermita de San Lázaro hubiesen existido
otros exvotos, de hecho en algún otro templo trujillano existen lienzos votivos-,
proceden fundamentalmente de los siglos XVIII y XIX, siendo numéricamente más
importantes en este último siglo. Se observa una reducción radical a partir del
segundo tercio del siglo XX.
De las otras formas de exvotos apenas
quedan muestras, dado que la acumulación y el envejecimiento se resuelva con la
periódica destrucción de los mismos. La importancia de los exvotos en Trujillo como fuentes de
conocimientos para la historia cultural
de las sociedades, es especialmente valiosa en el área ideológica de las creencias y valores;
aunque son una fuente en algunos casos única, para el conocimiento de la cultura
material, es decir, aquellas creaciones
humanas de las que se sirven la sociedad como objetos tangibles. En la ermita
de San Lázaro se han conservado representaciones de miembros humanos realizadas
con cera, como peticiones de salud al Santísimo Cristo. En Extremadura existen
otros templos en los que se repite este sentir del devoto tal es el caso de la
iglesia Ntra. Sra. de la Antigua en Valverde de Burguillos; en Santibáñez el Bajo en la ermita del Cristo de la Paz; la
iglesia de la Virgen de Carrión de Alburquerque; la de la Soterraña en
Barcarrota; Ntra. Sra. del Ara en fuente del Arco; Ntra. Sra. de Piedraescrita en Campanario o
la ermita del Santísimo Cristo de la Reja en Segura del León.
Es de destacar -como ocurre en la
ermita de San Lázaro de Trujillo- el predominio de exvotos ofrecidos por causas
de accidentes sobre los donados por enfermedad y que hasta hace pocos años
hemos podido ver realizados en cera y colgados de las paredes de la ermita. En
cuanto al valor histórico y etnográfico del lienzo ofrece una serie de datos de
gran valor para analizar con más profundidad la devoción trujillana al
Santísimo Cristo de la Salud, especialmente de la vida diaria, difícil de
encontrar en otros documentos. De todas formas puede decirse que la riqueza
iconográfica de la pintura es pobre. Desde el punto de vista compositivo hay
que señalar la destacada posición del Cristo dentro del conjunto, situado en un
lateral sobre un montículo, observando la caída de devoto.
En 1949, el Ayuntamiento realizó las
obras de la explanada de un amplio paseo desde la carretera de Badajoz hasta el
acceso al atrio de la ermita, embelleciendo los espacios laterales con jardines
que, en los últimos años, se han convertido en un pequeño parquecillo, que
sirve de descanso a los devotos que diariamente visitan esta ermita.
En Trujillo, en los últimos tres
siglos la devoción cristológica primordial ha ido encaminada hacia dos
imágenes, concretamente, al Cristo de las Aguas y al Cristo de la Salud. Ambas
esculturas han salido frecuentemente en desfiles procesionales en solicitud de
la bendita lluvia para aliviar la sequia, en una tierra agrícola-ganadera.
El primero de los crucifijos citados
se conserva en la iglesia parroquial de Santiago, en una capilla del muro del
Evangelio, aunque este no fue su primitivo emplazamiento, conocida popularmente
como Cristo de las Aguas, ya que es la imagen -como hemos citado- que la ciudad
de Trujillo sacaba en procesión en épocas de sequias.
Siempre han sido conflictivos los
períodos de sequía, que suponían la amenaza de la peste con la consecución de
importantes pérdidas humanas. Como medida preventiva, entre los años 1507-1508, el Concejo de
Trujillo ordenó limpiar las fuentes de la ciudad y sus alrededores (Carbonera,
Almohalla, Zarzuela, Olalla, Fuente Alba, Marcinillos, Añora).
Los trujillanos siempre han profesado
especial devoción al Cristo de las Aguas, son varios los documentos existentes
en el Archivo Municipal (referentes a procesiones por sequías) o en el
parroquial que hacen referencias al mismo.
Solamente, podemos contar con dos
Libros de Cuentas de Fábrica, ambos pertenecientes al siglo XIX, los restantes libros
parroquiales han desaparecido. El Cristo de las Aguas tenía sus ornamentos
personales, que consistían en siete enaguas de seda y otras dos de lienzo, dos
lámparas que se mantenían siempre encendidas y dos toallas; una relación muy
corta, ya que mucho se perdió durante la invasión francesa.
Es un Cristo doloroso sobre una cruz
de gajos, encuadrado en la escuela castellana, por ser el área castellana donde
se ubican la mayoría de los crucificados que responden a la misma tipología que
el Cristo de las Aguas, obra maestra en su género. Es un Cristo del Dolor, clavado sobre cruz de
gajos o "ecotée", mostrando una gran fuerza dramática acrecentada por
el rostro alargado acentuado por una larga barba rizada y bífida que le cae por
el pecho; al contrario, el cabello es liso y estirado, cayéndole por los
hombros y la espalda. Presenta una estructura recta del tórax y marcadas
costillas, así como rasgos geometrizantes en el plegado del perizoma, dejando
ver la rodilla izquierda, y una expresión triste, con los ojos caídos y la boca
entreabierta que deja ver sus dientes. Sin duda, fechamos a este magnífico
Crucificado, entre los años 1370-1375.
En el siglo XVIII y en la primera
mitad del siguiente, salía en procesión en solicitud de lluvias el Stmo. Cristo
de la Salud. La imagen del Cristo de la Salud es ligera,
novohispana, de papelón y caña de maíz, fechable en la década de los años
70/80 del siglo XVI. Es obra de molde, aunque condicionada por ciertos
aditamentos que se le añaden en su ejecución, tiene muchos de los
elementos principales definitorios de estos moldes. Tratamiento anatómico,
especialmente en el torso y disposición del arco de las costillas,
tratamiento de la cabeza, morfología del rostro, diseño de la
barba, manera de discurrir el cabello en el lateral izquierdo, y hasta los
dos bucles que desgajados del otro lado se trenzan caprichosamente y discurren
por el pecho.
A continuación relatamos un milagro
que el sacerdote e historiador Tena Fernández recogió en 1960 de la tradición
oral y que se remonta al siglo XVIII. Pertinaz fue la sequía que martirizó los
campos trujillanos en el año 1767. Después de un verano caluroso y seco llegó
el otoñó triste y reseco. Los campos tostados, los ganados transidos y los
corazones angustiados suspiraban al amanecer los horizontes brumosos sin
promesas de nubes ni esperanzas de lluvia.
Tema obligado en las plazas y veladas
era la tremenda seguía que presagiaba ruinas en las cosechas y mortandad en los
ganados. Los más piadosos vecinos empezaron a invocar la ayuda de Dios. Pero
sus plegarias no lograron romper la oquedad celeste. Era preciso lanzar un
fuerte bombardeo de millares de plegarias que impetrasen, humildes y confiadas,
tercas y piadosas, en milagro de la
benéfica y salvadora lluvia.
Los templos trujillanos se llenaron de
fieles. Manos inocentes de niños,
cariñosas de madres fecundas y callosas de curtidos labriegos se alzaban
ante Dios demanda en demanda del agua para los campos sedientos y los corazones
apenados. Quizá fallaba la fe en las almas y el cielo parecía cada vez más
hermético y broncíneo. Entonces decidieron hacer una procesión de rogativa con
la venerada imagen de Jesús Nazareno.
Avanzaba el mes de octubre. Empezaba la sementera polvorienta y caliente. Los
cabildos celebraron sendas reuniones.
Dos comisiones, una civil y otra eclesiástica, organizaron y detallaron los actos según el rito tradicional y escrito. Y el 26 de
octubre recorría las calles de la ciudad una devota y penitencial procesión
sembradora de esperanza. Presidían el cortejo el Abad de los cabildos
eclesiásticos y el Regidor Decano del Ayuntamiento. Pasaron los días de la
esperanza; pero el cielo estaba sordo. Y las nubes lluviosas no se presentaban.
Desconfiar era un pecado.
Era preciso reavivar la fe y
multiplicar la oración fervorosa. De nuevo comisiones parlamentaron preocupadas
y ansiosas de aplacar la justicia divina con públicas penitencias. Y decidieron
organizar otra procesión austera y penitente. Pero esta vez acudieron a la
ermita de San Lázaro. Era el día 15 de
noviembre de 1767. El devoto cortejo salió de la Parroquia de Santa María. Al llegar a la ermita se inició el
respetuoso traslado de la imagen del Santísimo Cristo a la iglesia de San
Martín para implorar con más fe la gracia urgentísima de la lluvia fecunda. Se
respiraba ambiente de súplica ferviente en toda la ciudad. Aquella puede
afirmarse que fue la oración todo un
pueblo. Dios parecía ya complacido. Al día siguiente ante la ansiada sorpresa
de todos, aparecieron unas nubes en el cielo. Tenían un color plomizo y
tristón. Pocas horas después la lluvia regaba suavemente los campos ardientes y
hacia derramar lágrimas de inmenso gozo a todo
el pueblo agradecido.
De la devoción de Trujillo al Cristo
de la Salud dan testimonio varios acuerdos del Concejo. Han sido muchos los
mecenas que han sufragado gastos en la ermita y que aún continúan atendiendo a
las necesidades del culto en la misma. Desde 1850 a 1880 en que murió, fue
párroco de San Martín, D. Francisco Reglado, quien supo conquistar la devoción
de los fieles al Cristo de la Salud con el triste motivo de los focos
endemoepidémicos, consecuencia de las guerras del siglo XIX y que llevaban la
peste por todas partes.
A este
fin escribió la
novena que hasta
hoy reza Trujillo
al Señor de
la Salud. Otro
Sacerdote, para quien
siempre tenemos un
entrañable recuerdo de
veneración y gratitud, don Pedro Trancón, último párroco
de la iglesia de Santiago,
realizó en el año 1881
algunas reparaciones de
la Ermita de
San Lázaro.
En 1884, para sufragar los gastos de
construcción de la nueva espadaña y la fabricación de dos campanas,
contribuyeron los Sres. Condes de Canilleros, la Sra. Viuda de don Enrique
Zuasti y doña Jacoba Pérez Aloe de Secos, cuyos gastos ascendieron a la
cantidad de 1521 Reales de Vellón.
Doña Margarita de Iturralde, sufragó
los gastos del entarimado cuyo coste ascendió a 1384 pesetas en el mes de marzo
del año 1911. También, los prelados se han preocupado por la ermita de San
Lázaro, de hecho el obispo de Plasencia don Ángel Regueras López, concedió el
29 de abril de 1921 cincuenta días de indulgencias a todos los fieles por cada
vez que devotamente rezasen un credo ante la imagen del Cristo de la Salud.
En 1945, don Enrique Cortés Pérez, regaló
la lámpara de hierro que cuelga de la bóveda en el centro de la ermita. Los
fieles también contribuyeron con sus donativos a sufragar los gastos del piso
de cantería que se colocó en agosto del año 1950.