viernes, 8 de mayo de 2026

 

Historia de las Hermandades del Trabajo: de las corporaciones antiguas a la fundación de las Hermandades del Trabajo de Abundio García Román

 

La historia de las hermandades del trabajo constituye una parte esencial de la evolución social, económica y religiosa de Occidente. Desde las primeras asociaciones profesionales de la Antigüedad hasta las organizaciones obreras contemporáneas, las comunidades de trabajadores han buscado proteger sus intereses, transmitir conocimientos, fomentar la solidaridad y otorgar dignidad al trabajo humano. A lo largo de los siglos, estas agrupaciones adoptaron diversas formas: colegios romanos, gremios medievales, cofradías religiosas, sindicatos modernos y movimientos apostólicos obreros. Todas ellas respondieron a una necesidad común: la organización colectiva del trabajo y la defensa de quienes vivían de él.

En España, esta tradición alcanzó una expresión singular con la fundación de las Hermandades del Trabajo en 1947 por el sacerdote Abundio García Román, quien impulsó una obra orientada a la recristianización del mundo obrero y a la promoción integral de los trabajadores. Su iniciativa nació en un contexto histórico marcado por las tensiones sociales, la industrialización, la secularización y las profundas heridas dejadas por la Guerra Civil española. Para comprender plenamente el significado de esta fundación, resulta necesario recorrer previamente la larga evolución histórica de las hermandades y organizaciones laborales desde la época romana hasta la contemporaneidad.

En el mundo romano existieron formas tempranas de organización profesional conocidas como collegia. Estas asociaciones agrupaban a artesanos, comerciantes, marineros, constructores y otros trabajadores que compartían un mismo oficio. Los collegia tenían una función económica, social y religiosa, ya que además de regular aspectos laborales, promovían cultos comunes, celebraciones y ayudas mutuas entre sus miembros.

Los trabajadores romanos encontraban en estas corporaciones una forma de protección frente a las dificultades económicas y sociales. Los collegia ofrecían apoyo funerario, asistencia a las familias y cierta representación ante las autoridades imperiales. En muchos casos, funcionaban como auténticas fraternidades basadas en la solidaridad y en el sentido de pertenencia colectiva.

Durante el Imperio romano, especialmente a partir del siglo I d. C., estas asociaciones adquirieron una gran relevancia urbana. Sin embargo, el poder imperial vigiló estrechamente su funcionamiento, temiendo que pudieran convertirse en focos de oposición política. A pesar de estas limitaciones, los collegia sentaron las bases de futuras organizaciones gremiales y fraternales.

Con la expansión del cristianismo, muchas de estas asociaciones comenzaron a incorporar elementos religiosos cristianos. La Iglesia primitiva valoró positivamente la dignidad del trabajo y fomentó la ayuda mutua entre los fieles. Esta concepción cristiana del trabajo como vocación y servicio influiría decisivamente en el desarrollo posterior de las hermandades medievales.

La caída del Imperio romano y la formación de la sociedad feudal transformaron profundamente las estructuras económicas y laborales. A partir del siglo XI, con el resurgimiento urbano y comercial en Europa, surgieron los gremios medievales, instituciones fundamentales en la organización del trabajo artesanal.

Los gremios agrupaban a personas dedicadas a un mismo oficio: carpinteros, herreros, tejedores, panaderos o albañiles. Su principal objetivo era regular la producción, garantizar la calidad de los productos y proteger los intereses de sus miembros. Los gremios establecían normas sobre salarios, horarios, aprendizaje y acceso a la profesión.

La estructura gremial se organizaba en tres niveles: aprendices, oficiales y maestros. El aprendiz recibía formación bajo la tutela de un maestro; el oficial ejercía el oficio de manera remunerada; y el maestro, tras superar determinadas pruebas, podía abrir su propio taller. Este sistema garantizaba la transmisión del conocimiento técnico y la estabilidad económica de la profesión.

Sin embargo, los gremios no eran únicamente organizaciones económicas. Poseían también un profundo carácter religioso y comunitario. Cada gremio solía tener un santo patrono, celebraba festividades religiosas y mantenía estrechos vínculos con la Iglesia. Muchas veces, las agrupaciones gremiales adoptaban la forma de cofradías o hermandades piadosas, dedicadas tanto a la ayuda mutua como al culto religioso.

Las hermandades medievales desempeñaron importantes funciones sociales. Asistían a los miembros enfermos, ayudaban a viudas y huérfanos y organizaban entierros dignos para sus asociados. De esta manera, el trabajo quedaba integrado dentro de una visión cristiana de la sociedad, en la que la solidaridad y la fraternidad ocupaban un lugar central.

En España, los gremios alcanzaron gran desarrollo durante los siglos XIII al XVI. Ciudades como Toledo, Sevilla, Burgos o Barcelona contaron con poderosas corporaciones artesanales que influyeron decisivamente en la vida urbana. Estas instituciones contribuyeron a la cohesión social y a la estabilidad económica de las ciudades medievales.

La Edad Moderna introdujo profundas modificaciones en las estructuras laborales tradicionales. El crecimiento del comercio internacional, el desarrollo del capitalismo mercantil y el fortalecimiento de los Estados modernos debilitaron progresivamente el sistema gremial.

Durante los siglos XVI y XVII, las monarquías absolutas comenzaron a intervenir cada vez más en la economía. Aunque muchos gremios conservaron privilegios y funciones regulatorias, su autonomía fue reduciéndose. Al mismo tiempo, aparecieron nuevas formas de producción que escapaban al control gremial, especialmente en el ámbito manufacturero.

La Ilustración del siglo XVIII criticó duramente las limitaciones impuestas por los gremios. Los pensadores ilustrados defendían la libertad económica y consideraban que las corporaciones tradicionales obstaculizaban el progreso y la competencia. Como consecuencia, numerosos Estados europeos iniciaron procesos de supresión de los gremios.

En España, las reformas borbónicas impulsaron cierta modernización económica, aunque los gremios mantuvieron influencia hasta comienzos del siglo XIX. La llegada del liberalismo y las desamortizaciones aceleraron la desaparición definitiva de muchas estructuras corporativas tradicionales.

No obstante, aunque los gremios desaparecieron jurídicamente, la necesidad de solidaridad obrera no desapareció. La industrialización del siglo XIX generó nuevas formas de explotación laboral, largas jornadas de trabajo y condiciones de vida extremadamente precarias para millones de trabajadores. En este contexto surgieron las asociaciones obreras modernas y los primeros sindicatos.

La Revolución Industrial transformó radicalmente el mundo del trabajo. La mecanización de la producción y el crecimiento de las fábricas provocaron importantes cambios sociales. Grandes masas de población campesina emigraron a las ciudades industriales, donde trabajaban en condiciones muy duras.

Frente a esta situación, nacieron movimientos obreros de inspiración socialista, anarquista y sindicalista que buscaban mejorar las condiciones laborales y defender los derechos de los trabajadores. Las huelgas, asociaciones mutualistas y sindicatos se extendieron rápidamente por Europa durante el siglo XIX.

La Iglesia católica observó con preocupación tanto la explotación obrera como el avance de ideologías anticlericales y revolucionarias. En respuesta, el papa León XIII publicó en 1891 la encíclica Rerum Novarum, considerada el inicio de la doctrina social de la Iglesia. Este documento defendía la dignidad del trabajador, el derecho a un salario justo y la legitimidad de las asociaciones obreras cristianas.

A partir de entonces surgieron múltiples iniciativas católicas destinadas al mundo laboral: círculos obreros, sindicatos católicos, cooperativas y asociaciones de ayuda mutua. Estas organizaciones pretendían ofrecer una alternativa cristiana tanto al capitalismo liberal como al socialismo revolucionario.

En España, el catolicismo social tuvo especial desarrollo durante finales del siglo XIX y comienzos del XX. Se crearon sindicatos agrarios, mutualidades y movimientos apostólicos dirigidos a los trabajadores. Sin embargo, las tensiones políticas y sociales del periodo dificultaron frecuentemente la consolidación de estas iniciativas.

El siglo XX español estuvo marcado por una profunda conflictividad social y política. La expansión industrial, las desigualdades económicas y la creciente polarización ideológica provocaron fuertes enfrentamientos entre distintas corrientes políticas y sindicales.

Durante la Segunda República española (1931-1936), las tensiones entre sectores católicos y movimientos obreros revolucionarios se intensificaron notablemente. Muchos trabajadores identificaban a la Iglesia con las clases privilegiadas y mostraban un profundo alejamiento religioso.

En este contexto aparece la figura de Abundio García Román, sacerdote profundamente comprometido con el mundo obrero. En 1931 se hizo cargo de un Patronato de enseñanza que contaba con un colegio en el barrio madrileño de Entrevías. Allí entró en contacto directo con los trabajadores y sus familias, conociendo de primera mano sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones.

Esta experiencia marcó profundamente su vocación apostólica. García Román percibió no solo las dificultades materiales de los obreros, sino también el rechazo que muchos de ellos sentían hacia Cristo y hacia la Iglesia. Comprendió que existía una profunda ruptura entre el mundo trabajador y la fe cristiana.

Tras la Guerra Civil española, el obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, le nombró consiliario de la Acción Católica del Trabajo y posteriormente asesor eclesiástico en la Delegación Provincial de Sindicatos de Madrid. Desde estos cargos desarrolló una intensa actividad apostólica entre los trabajadores.

Sin embargo, su labor encontró numerosas dificultades. Sus iniciativas despertaron recelos tanto dentro de la Organización Sindical del régimen como entre algunos compañeros sacerdotes. A pesar de las críticas y oposiciones, García Román permaneció fiel a la misión encomendada por su obispo y continuó trabajando por la evangelización del mundo obrero.

Impulsado por estas circunstancias y respaldado por el obispo Eijo Garay, Abundio García Román fundó en julio de 1947 las Hermandades del Trabajo junto a un grupo de seglares comprometidos. La nueva organización nació con un objetivo claramente definido: convertirse en “un instrumento de recristianización del mundo del trabajo”.

Las Hermandades del Trabajo pretendían integrar formación religiosa, promoción social y defensa de la dignidad obrera. Su finalidad no era únicamente espiritual, sino también humana y cultural. Buscaban acercar la Iglesia a los trabajadores mediante el diálogo, la solidaridad y la promoción integral de la persona.

La obra impulsada por García Román desarrolló centros educativos, actividades culturales, formación profesional y espacios de convivencia para trabajadores y sus familias. Las Hermandades aspiraban a construir una comunidad cristiana obrera capaz de responder a los desafíos sociales del momento.

El pensamiento de García Román se apoyaba en la doctrina social de la Iglesia y en la convicción de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la dignidad humana. Para él, la evangelización del mundo obrero exigía comprender sus problemas reales y compartir sus condiciones de vida.

Con el paso de los años, las Hermandades del Trabajo se expandieron por diversas regiones españolas e incluso por otros países. Aunque las transformaciones sociales y políticas posteriores modificaron profundamente el panorama laboral y religioso, la obra de García Román dejó una huella significativa en el apostolado obrero católico del siglo XX.

La fundación de las Hermandades del Trabajo en 1947 representó la culminación de una larga tradición histórica y cristiana de compromiso con el mundo laboral. Abundio García Román supo interpretar las necesidades espirituales y sociales de los trabajadores españoles de su tiempo, ofreciendo una respuesta basada en la fe, la solidaridad y la promoción humana.

Su obra constituye un ejemplo significativo de la relación entre cristianismo y cuestión social en la España contemporánea. Más allá de su contexto histórico concreto, las Hermandades del Trabajo representan un intento de reconciliar el mundo obrero con los valores cristianos, defendiendo siempre la dignidad de la persona y el valor humano del trabajo.

jueves, 7 de mayo de 2026

 

Las capillas callejeras de Trujillo

 

Las representaciones a Nuestra Señora, estaban reservadas para el escudo de la ciudad, repartidos en puertas de acceso a la villa, bóvedas de las iglesias, etc.

El escudo de armas de la ciudad fue confirmado por el rey Fernando III, según la venerable leyenda que nos cuenta que la Virgen auxilió a las tropas cristianas en la conquista definitiva acaecida el 25 de enero del año 1232. En el escudo de armas aparece: "En campo de plata una imagen de Ntra. Sra. de la Victoria, puesta encima de la muralla almenada de dos torres, todo de gules y mazonado de plata".

 

Como ya hemos indicado, Ntra. Sra. de la Asunción, titular de la iglesia de Santa María, sería la imagen que recibiría culto y sería la más venerada hasta la fecha citada. Tuvo muchas alhajas y ricos vestidos como se desprende del Inventario realizado en 1729[1]. Esta imagen desapareció en 1809. Su lugar en el retablo le vino a ocupar una imagen de Ntra. Sra., actual titular de la parroquia, obra del escultor Modesto Pastor, natural de Valencia[2].En un Libro de Cuentas de la parroquia podemos leer: "Es tradición que en la invasión francesa del presente siglo desapareció la imagen de Ntra. Sra. de la Asunción, patrona de la iglesia de Santa María; llevándose los preciosos vestidos de su uso al extranjero, algunos se pudieron rescatar. El camarín quedó sin imagen, cuya falta se suplió en el año mil ochocientos diez y siete por el Sr. Marqués de Santa Marta que donó un magnífico lienzo a la iglesia, representando el misterio de la Asunción de Ntra. Sra., se colocó en el centro del retablo mayor desde lo alto del tabernáculo hasta cubrir el escudo final de aquel ocultando por sus dimensiones, el camarín y siete cuadros más del retablo. En mil ochocientos ochenta y dos se trasladó este lienzo y hoy está colocado en la nave del baptisterio frente a la ventana grande de Mediodía[3] y puesta en el camarín una imagen de talla que representa dicho misterio estando la Virgen sentada sobre una nube, subida por dos mancebos preciosos, circuida de rayos dorados en grupo de unos dos metros y treinta centímetros de altura, por uno y doce de ancho, es obra del escultor de Valencia del Cid don Modesto Pastor, encargada por el cura párroco de esta iglesia y costeada por los fondos de la fábrica, siendo su coste nueve mil reales. Llegó esta imagen a Trujillo a últimos de abril de 1882; estuvo, hasta su traslado en procesión, en la casa del presbítero don Agustín Solís, en la calle Nueva, quien había concebido el pensamiento de traer esta imagen en el tiempo que fue ecónomo de esta parroquia"[4].

 

En un recorrido por las calles trujillanas nos vamos a detener a contemplar algunas de las capillas callejeras que aún existen en Trujillo, aquellas que recibieron las oraciones de los fieles transeúntes.

 

De las siete puertas que abrían la cerca de murallas, mirando hacia la ciudad, existieron varias capillas que albergaron una imagen titular. Por ejemplo, en el arco de Santiago hubo una imagen de Santiago Matamoros, en la puerta de las Palomitas o San Juan, una imagen de San Juan que dio nombre a la puerta y que fue realizada por Jerónimo González en el año 1554; y, en la del Triunfo, una capillita que albergaba una imagen pictórica de la Virgen de la Victoria, que había ejecutado el pintor Muriel Solano en 1575, acorde con la tradición de que allí se apareció la Virgen a los ejércitos cristianos en la reconquista de la villa. En la actualidad, hay una escultura de la Virgen de la Victoria, moderna.

 

También quedan las capillas callejeras emplazadas que el Cañón de la Cárcel donde hubo una pintura de la Virgen de la Victoria ejecutada en 1575 por Muriel Solano[5], calle de Afuera donde se dio culto a una imagen de Nuestra Señora de mármol que actualmente conserva la familia que vive en la casa en cuya fachada está la hornacina (la que está en la hornacina es una copia) o la capilla que hubo en la calle de Sillería, de la que no queda rastro alguno. Retablos callejeros que unían la plaza mayor con la villa.

Hemos de mencionar la hornacina practicada en la Puerta del Triunfo, arco apuntado,  donde se venera una imagen de piedra de la Virgen de la Victoria, ejecutada en 1960 por el cantero trujillano Antonio Serván y donada por el sacerdote don Manuel Rubio Cercas. Puerta por la que según una leyenda venerable entraron las tropas cristianas en la reconquista definitiva de 1233. Los escudos de los Bejaranos, Altamirano y Añascos campean en el Arco en su muro interior y, en el paramento exterior, el escudo de los Reyes Católicos con el águila tenante de San Juan (la puerta fue restaurada a finales del siglo XV). El gobierno de la ciudad y su tierra se confía en un principio a los Altamiranos, Bejaranos y Añascos, que recibirían privilegios de población y señorío sobre casa-solar con importantes rentas y tierras en el territorio[6]. La distribución de los cargos es una recompensa por parte de la corona a las más importantes familias que participaron en la reconquista. El concejo estaría formado por dos alcaldes y dos alguaciles durante un período bianual, después serán los regimientos en un total de ocho regidores y una duración de cuatro años. A principios del siglo XVI[7], el gobierno municipal se encuentra detentado por caballeros que, divididos en los tres linajes citados, controlan y acaparan los cargos concejiles. Los regidores, a quienes se confía el gobierno de la ciudad y su tierra, son elegidos de entre una serie de familias y adquieren unas posibilidades de enriquecimiento y control que proporciona el poder, distribución entre los linajes que se extiende igualmente a cargos menores que integran el gobierno local: fieles, mayordomos, procuradores, etcétera[8].


 

1.- La Virgen del Reposo

 

La capilla de la Virgen del Reposo se encuentra en el ábside de la iglesia que se alza majestuosa en la Plaza Mayor. Ostenta el nombre del santo obispo de Tours.  Próxima a dos torres vigías (el Castillejo y otra en el camino de Fontalba), y en el inicio de la calle Ballesteros (el gremio de fabricación de ballestas). Aquí se encontraba ya un primer centro de un dinamismo social. El lugar, cercano a los arrabales de Huertas y Belén, donde habitaba una población netamente agraria-ganadera, sería el más adecuado para obtener una asistencia importante de los campesinos, a quienes interesaba vivamente los temas tratados en aquel concejo, y no nos extraña que esta práctica no fuera del todo novedosa, sino consecuente con una tradición de origen árabe.

 

Este primitivo núcleo urbano, mercado-iglesia, junto al que pronto se añadirían las Casas Consistoriales, será el epicentro virtual de una ciudad, que desde aquí y siguiendo los caminos se expandiera por irradiación.

 

La primera noticia sobre construcciones en la primitiva  plaza del mercado, luego Plaza Mayor, data del 18 de mayo de 1353. Aquel día se reúnen el Concejo cerca de la iglesia de San Martín "para tratar del amojonamiento del Berrocal que en este año hizo González Fernández Añasco"[9]. Al igual que ocurriera en la Edad Media con la iglesia de Santiago Apóstol, la de San Martín fue durante cierto tiempo el lugar donde se reunía el Concejo de Trujillo.

 

En un documento de 1526, se indica que se había iniciado la construcción de una cabecera más amplia para cuya fábrica se solicita subvención pública: "que por estar en la plaza desa Cibdad corre a ella muchas gentes, los dichos parroquianos movidos por caridad y celo de servir a Nuestro Señor, acordaron juntamente con al dicho cura, beneficiados e clérigos, la obra de la dicha capilla mayor de la Iglesia, y con las limosnas que para ello dieron, se comenzó a labrar y está comenzada aquélla..."[10]. En 1529 aún no se había terminado la obra por lo que se reitera la petición de ayuda al Concejo argumentando "...que dicha Iglesia es de las principales de la dicha Cibdad y que por estar en la plaza todos los forasteros y la mayor parte de los vecinos desaCibdad van a oir misa a dicha Iglesia y que por esta causa tiene necesidad de se reedificar acrecentar para que el culto divino se pudiese celebrar con la reverencia y acatamiento debido  y porque es muy pobre...".

 

En el siglo XVI se lleva a cabo las obras de ampliación de la pequeña ermita de San Martín hasta convertirla en un majestuoso templo. Al crecer el vecindario tras muros de la Villa, la ermita de San Martín quedaba pequeña para atender a los actos litúrgicos ampliándose la fábrica desde el ábside, en 1526, desapareciendo el cementerio que se encontraba en las cercanías del templo[11]. Desde el año 1538 interviene en su fábrica el gran maestro trujillano Sancho de Cabrera[12], interviniendo también en ella los canteros Diego de Nodera, Juan de Fradua, Pedro Hernández y Pedro Vázquez, el día 2 de octubre de 1540 se terminaba de cerrar la capilla mayor. En 1544 ya se inició la construcción de la torre de las campanas, bajo la cual se situaba la capilla bautismal[13]. Cabrera se ocupó de la fábrica el coro entre el 30 de enero y el 21 de octubre de 1553; consta que en distintas fechas trabajaban en esta obra del coro, bajo la dirección de Cabrera, Alonso Becerra y su hijo Francisco Becerra- al que ahora se llama "el moço"-, primera referencia artística del que sería gran arquitecto americano[14].

 

En el ábside de la iglesia de San Martín de Tours se encuentra una pequeña hornacina de la Virgen del Reposo. Se trata de una capilla callejera, abierta a la plazuela, paso obligado del camino de Castilla antes de acceder a la Plaza Mayor. Bajo un arco conopial se alberga la hornacina, escoltada por dos columnas abalaustradas que sustentan el entablamento y un frontón triangular de sencillo molduraje. Sobre un pedestal de capitel corintio, en versión del siglo XVI, aparece la Virgen coronada con el Niño desnudo. Viste la Virgen María túnica y manto, inclinando suavemente la cabeza y posando sus pies sobre un serafín de alas explayadas. El paramento exterior se anima con esgrafiados geométricos y temas vegetales. El conjunto estaba guarnecido por un tejaroz corrido entre los dos contrafuertes, conformando una capilla abierta. Esta capilla mariana estaba guarnecida por un tejaroz corrido entre los dos contrafuertes de la iglesia, conformando una capilla abierta. Presenta el frontal bellos esgrafiados con trama romboidal y motivos geométricos  y vegetales entrelazados[15].

 

Es obra de 1566, según nos refiere un Acuerdo capitular del 2 de abril, en que el concejo trujillano ordenaba la colocación de una imagen de Nuestra Señora del Reposo. Obra realizada por el maestro Pedro Hernández Tripa, autor de la cruz de la calle del Estudio (desaparecida), y diseño de Sancho de Cabrera, que por aquellos años remataba las obras del templo de San Martín. Pronto surgió la devoción a la Virgen del Reposo entre los convecinos, de hecho, en 1569 en el testamento de Francisco de Sotomayor, una de las cláusulas especificaba: “Item mando que se eche un chapitel de madera forrado de hoja de lata en la imagen de Nuestra Señora del Reposo que está a las espaldas de la capilla de Sant Martín de tal manera que la ymajen no reçiba daño con el hostigo del agua y que se pague lo que para ello fuere menester”.

 


Bibliografía

 

 

FERNÁNDEZ, fray Alonso: Historia y Anales de la ciudad y obispado de Plasencia. Cáceres, 1952.

 

SÁNCHEZ RUBIO, M. A: El concejo de Trujillo y su alfoz en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna. Badajoz, 1993.

 

SANTA CRUZ, José de: Crónica de la Provincia franciscana de San Miguel. Colección “Crónicas Franciscanas de España”, núm. 19. Reproducción facsímil de la única edición de 1671. Ed. Cisneros. Madrid, 1989.

 

SOLÍS RODRÍGUEZ, C.: "El arquitecto trujillano Sancho de Cabrera". Actas del V Congreso de Estudios Extremeños, 1976.

 

SOLÍS RODRÍGUEZ, C: "El arquitecto extremeño Francisco Becerra: Su etapa extremeña". Revista de Estudios Extremeños. Tomo XXXIX. Badajoz, 1973.

 

 

TENA FERNÁNDEZ, J: Trujillo, histórico y monumental. Gráficas Alicante, 1967.

 

 

 



[1]Libro de Inventario y Rentas de Santa María, 1729. Archivo parroquial de Santa María.

[2]Libro de Cuentas, 1852-1889. Archivo parroquial de Santa María, fols. 53 y 53 vº.

[3]En la actualidad ha sido restaurado (abril, 1992) por el equipo de restauración madrileño de don Javier Bacariza, está colocado en el crucero de la iglesia de San Francisco de Trujillo, filial de Santa María.

[4]Libro de Cuentas de Fábrica, 1852-1889. Archivo parroquial de Santa María de Trujillo, fol. 53 vº.

[5] También pintó y doró la imagen de San Gregorio para las Casas Consistoriales que realizara Juanes de la Fuente en 1582. Libramiento, 6 diciembre de 1582: “ en este día se mandaron librar a Juanes de la Fuente, diez ducados para la  fechura de una imagen de San Gregorio que fizo para la sala del Ayuntamiento”. Archivo Municipal de Trujillo. “El 6 mayo de 1583 mandaron librar a Muriel Solano, pintor, 14 ducados porque pintó y duró la imagen de San Gregorio para la capilla del Ayuntamiento”. Libramiento. Archivo Municipal de Trujillo.

 

 

[6] FERNÁNDEZ, 1952, 356.

[7] Es importante destacar que en algunos documentos existentes en el Archivo Municipal, fechados en el siglo XV, se hace ya referencia a la “plaça del arraval”. Por lo que atañe al desarrollo urbanístico, las Casas Consistoriales desde el año 1428 ya estaban situadas  en "la Facera de la plaza", en tiempos de los monarcas católicos se van a reformar por indicación de la Reina Isabel I. En 1485, trabajaban en ellas el maestro Juan Martínez Tostado el viejo. En documentos de finales del siglo XV se hace referencia a la iglesia parroquial de San Martín, situada en la “hazera de la plaça della” lugar en el que “se reunía el conçejo a canpana tañida so el portal de la yglesia de sant Martin de la dicha çinbdad”. Carta de poder del concejo de Trujillo a Diego Alonso de Tapia y Álvaro de Loaisa, regidores, para que, junto con los representantes del monasterio de Guadalupe, solucionen y lleguen a un acuerdo sobre los diferentes pleitos y debates que tienen ambos sobre tierras y ganados en Madrigalejo (10 octubre de 1488). Archivo Municipal de Trujillo, legajo 3. 1, fols. 210 r- 211 v; Real Provisión del príncipe don Juan al corregidor de Trujillo para que le envíe la información que éste recabe sobre el derecho que pretenden tener Juan de Chaves y Juan de Vargas a elegir los alcaldes de la Hermandad (5 julio de 1496). Archivo Municipal de Trujillo, legajo 3. 1, fols. 38v- 39v.

[8] SÁNCHEZ RUBIO, 1993, 105.

[9] Archivo Municipal de Trujillo, legajo 5, documento 1.

[10] Archivo Municipal de Trujillo, Acuerdos, número 18, 1525-1526, fols. 86-87 vº.

[11] Fueron necesarias por parte del Ayuntamiento la compra de algunas casas Véase el importante trabajo de SOLÍS RODRÍGUEZ, 1976, 143.

[12] Sería una importantísima obra para el maestro, avecindado en sus proximidades y quedando constancia en su Testamento de su voluntad de ser enterrado en la citada iglesia. Testamento de Sancho de Cabrera, 31 de mayo de 1574. Archivo de Protocolos de Trujillo. Francisco de Villatoro, 1574, legajo 19, fols. 334-336. En Apéndice documental. Documento 1.

[13] Véase documento 5. Apéndice documental.

[14] Archivo de Parroquial de San Martín, Libro de Cuentas de Fábrica (1538-1590). Gasto de la obra del coro, 1553. Véase el trabajo de SOLIS RODRIGUEZ, 1973, 22.

[15] Según el profesor Sanz Fernández, esgrafiados de compleja trama de clara ascendencia gótico-mudéjar. SANZ FERNÁNDEZ, 165.2011.








 

La ermita de San Lázaro  de Trujillo

 

La relación de Isabel con Trujillo ya comenzaría aún siendo princesa, colmando de especiales atenciones a algunos de sus más aguerridos caballeros, tal es el caso de Luis de Chaves, considerado en Trujillo como el más fiel servidor de los monarcas católicos.

 

A partir de la  paz en Castilla, los Reyes Católicos se dedican a administrar y gobernar sus ciudades, prueba de ello es el mayor número de documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Trujillo dedicados a regular la vida trujillana: el concejo, sus oficiales y competencias, la elección de sus cargos, el comercio, la artesanía y los oficios, la explotación del término así como datos esenciales sobre el urbanismo y la fundación de nuevos conventos como La Encarnación, San Miguel, San Francisco y ermitas como San Lázaro.

 

Trujillo por su parte siguió participando en los acontecimientos más  importantes que ocurrieron durante este reinado, tal es el caso de la participación activa en la Guerra de Granada (1482-1492).  Los llamamientos a la guerra conservados en el Archivo Municipal de Trujillo corresponden a los años que van entre 1483 y 1488. La cooperación que se pidieron los monarcas fue en hombres, peones que combatían a pie en sus especialidades de espingarderos, ballesteros, lanceros o simplemente iban con palos de hierros o azadas. También se pidió dinero en maravedíes para los gastos generales de la guerra. En cada campaña se especificaba el número de hombres, que varía según los años y también el dinero que para los años comprendidos entre 1483 y 1486 fue aproximadamente de medio millón. Se han conservado dos comunicaciones por parte de los reyes al concejo de Trujillo sobre los éxitos de las campañas la toma de Ronda (1485) y la toma de Granada.

 

El 20 de mayo de 1496 los Reyes Católicos en una provisión integraron en el infantazgo de su  hijo el príncipe Juan, la ciudad de Trujillo junto con Alcázar, Salamanca, Logroño, Jaén, Úbeda, Baeza, Ronda, Cáceres y Toro. Se posesionó de ella en su nombre Domingo Gómez  Dávila, en un concejo que se celebró  en la iglesia de San Martín el 7 de julio de1496. Tomó los cargos y nombró por orden del príncipe, corregidor y demás oficiales.

 

La Cofradía de San Lázaro en febrero de 1498 estaban buscando un lugar para construir una ermita con la aprobación del concejo, en marzo piden permiso para hacer una casa en el camino de La Coronada y en mayo licencia para hacer la obra[1].

 

La ermita de San Lázaro fue construida en las afueras de la ciudad en los años finales del  siglo XV, según testimonio documental, la cofradía de San Lázaro, que ya existía, estaba buscando en 1498 un lugar para construir una ermita con la aprobación del Concejo de Trujillo. En el mes de marzo del año 1498 piden permiso para hacer una casa en el camino de La Coronada y en mayo la licencia para las obras de la ermita[2]. Además, algunos de los restos que aún se conservan, atestiguan algunos detalles decorativos de la fábrica, como  ligero apuntamiento de los arcos y, sobre todo,  los motivos de bolas o besantes que decoran las columnas del pórtico  y del arco del presbiterio. Sin embargo, ha sido objeto de numerosas reformas, especialmente en la techumbre y en el pavimento.

 

Fue fundada en un lugar alejado de la población ya que fue utilizada como un lazareto destinado a albergar a los enfermos de la peste, procedentes  de lugares afectados por tal enfermedad. En los años finales del siglo XV la peste hizo estragos en España. En Trujillo existieron algunos hospitales como Santa María, Santa Lucía -situado en el arrabal de San Clemente-, San Lázaro y La Caridad. Severas medidas se tomaron a fin de que Trujillo no se contagiara, como cercar con altas tapias los barrios de la ciudad edificados y blanquear los muros de muchos templos. Así se impedía que alguno contagiado entrase en la población y era muy frecuente exigir carta de sanidad.

 

Para  la asistencia de la ermita existió una Cofradía que reza en los documentos como "Cofradía del Señor San  Lázaro" -a cuyo título se añade también  "y de San Blas "-. La entrada de nuevos miembros a la dicha cofradía era muy rigurosa, baste citar un documento que existe en el Archivo Municipal de Trujillo del año 1703, en el cual se especifica la limpieza de sangre realizada por don Alonso de Villegas Cuevas para su ingreso en la Cofradía de San Lázaro y San Blas, de los Caballeros de Trujillo.

 

Era costumbre en todas las poblaciones de alguna importancia tener dispuesto tener dispuesto en las afueras y próximo a las entradas más concurridas  de ellas un establecimiento hospital para los lacerados o sea los transeúntes  contagiados de lepra  u otra enfermedad infecciosa y  allí  se  les  detenía  y  curaba  en  conformidad  con  lo  que   prescriba  la  higiene   de  aquellos  tiempos. De los enfermos de este lazareto de Trujillo habla el testamento, fechado en 31 de julio de 1565, de Beatriz de Paredes, mujer de Diego Pizarro, quien lega una pequeña cantidad a favor de los lacerados de San Lázaro, legando una parte de sus bienes a favor de los enfermos de San Lázaro.

El  Concejo el 4 de agosto de l564, cometía a Sancho de Carvajal que mandase aderezar el caño que estaba cabe San Lázaro, y en consecuencia, al siguiente año mandaba librar al Sr. Barahona nueve mil maravedíes por la obra del caño de San Lázaro[3].

 

Diez años más tarde se hicieron obras de ampliación en esta fuente, pues el Concejo, el l7 de octubre de l575, acordó que Melchor González busque un artífice para finalizar el caño que se hace junto a la ermita de San Lázaro, y que sea persona tal, para que la obra se acabe como conviene y con brevedad.

 

De esta ermita fue principal patrono la familia  Paredes-Tapia. A lo largo de los siglos sufrió la fábrica de la ermita las acometidas de las guerras, sobre todo en la época decimonónica.

 

El primer  Conde de Canilleros que vino a Trujillo fue don Pedro Bernardo  de Porres  Acuña, el cual fue el primer patrono de esta iglesia, cuyo patronato vinculó en su familia, tal y como se observa en el frente de la  portada con el escudo nobiliario de los condes de Canilleros, adornado con lambrequines, colocado sobre un águila bicéfala y con corona imperial, obra de la primera mitad del siglo XVII (la existencia de un águila bicéfala y la corona imperial es por concesión de Carlos V a Diego García de Paredes en el año 1530).

 

Este título procede de la localidad cacereña de Brozas a mediados del siglo XVIII. El citado señor se casó en Trujillo con doña Inés Ventura de Eraso, hija de don Miguel de Eraso  y doña Gertrudis Roco de Godoy, señores de Plasenzuela, aunque de reciente asiento en la población trujillana se captaron pronto las simpatías de la nobleza por sus muchas virtudes y ocuparon puestos de significada  influencia tanto el hijo primogénito de éstos, que fue don Diego Antonio de Porres y Eraso, casado con doña Ignacia María de Arévalo, como su nieto don Pedro Porres y Eraso.

           

La Cofradía de San Lázaro y San Blas poseía bienes con los que atendía a los  lacerados y al culto, existe un Acuerdo del Concejo del día 14 de Diciembre de l7O9 en el cual se daba licencia a la  Cofradía de San Lázaro y San Blas de los Caballeros de Trujillo, para que en una cerca que tiene en el berrocal de ella y al sitio que dicen del Caño, camino de Jaraicejo, la puedan incorporar un pedazo más de tierra.

 

En el año 1823, solicitó el Jefe del Batallón de voluntarios que se formó en Trujillo, la cesión de la ermita de San Lázaro para almacén de pólvora, el Ayuntamiento se lo negó  alegando que esta ermita era propiedad de los Condes. En el año 1827, dejaron de vivir en Trujillo con la consiguiente desaparición del patronato, quedando la ermita a merced de la devoción popular. 

 

A mediados del siglo XIX la asistencia hospitalaria en Trujillo prácticamente había desaparecido, en parte por el daño que habían sufrido los edificios hospitalarios durante la invasión francesa y también, y de manera más decisiva, por la falta de medios económicos para su sostenimiento, ya que las instituciones de beneficencia estuvieron incluidas entre las que se vieron afectadas por la Ley de Desamortización promulgada en 1855 y que hizo que estos establecimientos se vieran privados de su posesiones, las cuales constituían su mayor fuente de ingresos; el número de fincas rústicas enajenadas a los establecimientos de beneficencia trujillanos representó un 8% del total provincial, situándose en segundo lugar de la provincia, siendo superado únicamente - aunque a mucha distancia- por las enajenadas a las instituciones benéficas de Plasencia.

 

A mediados del siglo XIX, Madoz, al referirse a los establecimientos hospitalarios de la ciudad, sólo menciona la enfermería de Agustinos y el uso provisional que había tenido el convento de San Miguel como hospital militar, actividad que tuvo lugar durante la guerra de Independencia, cuando las monjas fueron expulsadas y se habilitó el coro para atender en él a los soldados heridos. Paralela a esta fuente, Francisco de Coello elaboró los planos de varias ciudades extremeñas, entre las que se incluyó Trujillo, en el cual se observa que la enfermería de  Agustinos, que resultó muy dañada durante la invasión francesa.

           

El abandono de la ermita se confirma en varias ocasiones en la mitad del siglo XIX. El Concejo ordena que los vecinos no extraigan las  baldosas del templo pues se necesitan para pavimentar  parte  del  Portal  del  Paño  de  esta  ciudad,  se  acuerda  que  se    comisión  a los  señores   don   Antonio  Vicente  Vázquez y  a  don  José  Moreno,  regidores,  y  al  Procurador  Síndico,  para  que  éstos  se  entrevisten  con el administrador  de  la ermita, para que de la licencia oportuna  para  extraer las expresadas  baldosas  y ser trasladadas al  sitio  referido.

 

Este abandono se confirma con otro acuerdo concejil del 14 de julio de 1858, en que consta que el corregidor comunicó al gobernador que a la entrada de la ermita de San Lázaro habían descubierto a unos chiquillos que desenterraron unas balas de cañón y  hecho  las pertinentes  exploraciones en el terreno, se encontraron  124 granadas de mano y trece balas de grueso calibre, que fueron trasladas al castillo. El corregidor sigue diciendo en su informe que ninguna noticia cierta se pudo adquirir del origen y época del expresado depósito, si bien existía el convencimiento entre los vecinos de haberlas enterrado en 1823 las tropas constitucionales que salieron precipitadamente de esta ciudad perseguidas por el Ejército francés, fundando este convencimiento en que se recordaba bien por los vecinos los innumerables cajones de cartuchos y otros efectos que aquel ejército arrojó en las lagunas situadas a la salida a Badajoz.

 

En la actualidad, la Cofradía del Cristo de la Salud se encarga del ornato y acrecienta la devoción al patrono de Trujillo junto con el clero parroquial. El cuidado de la misma lo ostentan la familia Murillo-Durán que desde hace varios años ponen todo su esmero para que la ermita y el entorno natural estén con decoro para el deleite de los fieles devotos que cada día visitan al Santísimo Cristo de la Salud. La ermita está rodeada de un atrio con bancales de granito. Frente a la misma, un artístico crucero de piedra. Hemos de destacar que Trujillo aún conserva el nombre de la calle de las Cruces, que recibía por la existencia de un Calvario del que tenemos noticias documentales y que se alzaba y se extendía por la citada calle y terminaba en la Cruz casualmente se encuentra junto a la ermita de San Lázaro: “Por el diputado don Manuel Díaz se hizo presente el despotismo que andaba en el Vía Crucis o Calvario con motivo de ir a aquel sitio a tirar la barra, de forma que iban arruinando las cruces, por lo que el señor Corregidor mandó se publicase un bando con multa para que no se volviese a tirar a la barra de jugar en dicho sitio, comisionándose por el Ayuntamiento a dos diputados para que lo celen, y que precedido reconocimiento se compongan las  Cruces que lo necesiten a costa del fondo de Propios”[4]. Es importante destacar que la calle paralela a la de las Cruces recibió el nombre del Mayor Dolor, porque se realizaban en los días de la Semana Santa actos religiosos de flagelantes el Viernes Santo, ante la imagen del Crucificado el procesionaba desde la iglesia de la Vera Cruz hasta la Encarnación, próxima a la calle del Mayor Dolor.

 

Este Calvario era un lugar de oración y penitencia. Las cruces estaban talladas en piedra. Hoy solamente queda la cruz existente en el Paseo de San Lázaro y, lugar conocido otras épocas como  Campo de San Juan, y que se ejecutó en el año 1774 según un Acuerdo del Ayuntamiento: “Se hizo presente por el señor don José de Orozco haberse obligado los maestros que están componiendo las calles de esta ciudad a poner una efigie de Nuestro Redentor Crucificado en la Cruz que se halla en el Campo de San Juan[5].

 

Consiste en una cruz elevada sobre triple graderío circular. Aún se conserva el ábaco de una columna poligonal prismática, en mal estado de conservación se encuentra la imagen de Cristo yacente en los brazos de su Madre o V Angustia, del que resta tan solo la figura del yacente en la cruz de brazos cilíndricos, sobre un hermoso capitel de hojas de acanto y volutas.

 

La ermita de San Lázaro es un edificio de mampostería, al que se accede por los pies del templo, con puerta de arco conopial sobre sencillas impostas, precedida de un pórtico con arcos de medio punto rebajado, al que flanquean columnillas ilustradas con bolas. Sobre la clave del arco se muestra un blasón con las armas de los patronos  Paredes-Tapia, con yelmo y lambrequines. La cubierta rematada en una espadaña que fue construida por don Agustín Lozano el 20 de abril del año 1884, para dos campanas que fueron fundidas por don Francisco Carvajal, que tenía su taller en Medina de las Torres.

 

Tras un pequeño pórtico presenta nave única rectangular a la que se añade la cabecera ochavada, menos ancha. La nave es de tres tramos, marcados por arcos diafragma ligeramente apuntados, que arrancan  a baja altura del muro; por la disposición de los arranques de los muros, suponemos que en un principio estuvo cubierta de directamente con  techumbre de madera a dos aguas, pero hoy tiene bóveda de cañón con lunetos, con dos tramos entre cada parte original, fruto de mejoras practicadas en el siglo XVII. La cabecera se inicia con un arco triunfal de medio punto sobre  pilastras ilustradas con bolas, de tipo gótico; el ábside es ochavado, precedido por tramo recto, cubiertos éste como la nave y aquél con  bóveda de tres paños, fruto también de la reforma indicada.

 

Carecen de importancia los bienes muebles conservados en la ermita. En la nave tiene una lámpara de hierro forjado, decorada con motivos geométricos y vegetales, regalo de don Enrique Cortés a la ermita en el año 1945. En el ábside  hay un discreto retablo con columnas de tipo clásico, realizado en el año 1927 para albergar la imagen del Cristo de la Salud. El sagrario y el manifestador son obra del año 1907. El transepto está cerrado por una verja de hierro, y en 1927 se practicaron dos ventanas.

 

En estas obras de 1927, se descubrieron en la bóveda del transepto unos frescos muy estimables que hábilmente tratados, allí están para belleza de este santuario. Han sido restaurados en sucesivas ocasiones por pintores y restauradores locales: los maestros Tamayo y Juan A. de la Cruz, y más recientemente, en el año 1982 por el taller de restauraciones artísticas de José Antonio Dejea.

 

La imagen del Cristo de la Salud es objeto de gran devoción hasta el punto de ser sacada en rogativas ante las abundantes sequías, tal y como se decidió el 1 de marzo del año 1770. En los laterales del altar mayor, se abren sendas hornacinas laterales para alojar otras dos imágenes, populares, que representan a San Lázaro, talla en madera policromada del siglo XVIII, y a Nuestra Señora del Buen Fin, obra de vestir del siglo XVIII[6]. El Santo titular del templo, que no se corresponde con Lázaro el de Betania, hermano de Marta y María, resucitado por Cristo. El que aquí aparece representado es Lázaro, relacionado con la enfermedad de la leprosería. Junto a él, está el perro del rico Epulón que le lamía las heridas. Los artistas en multitud de obras siempre han confundido iconográficamente a Lázaro, representándolo con un perro como si se tratase de su símbolo parlante, cuando en realidad, la parábola de Jesús nos dice que el pobre Lázaro cogía las migajas de pan que el rico Epulón echaba a su perro. San Lázaro, que no tiene nada que ver con el anteriormente citado y representado en Trujillo, es el de Betania, hermano de Marta y María, resucitado por Cristo. Su atributo personal es el bordón con doble cruz, propio de los primeros evangelizadores de una región, y un féretro.

 

En el año 1880 se realizaron las obras del trono para la escultura del Cristo, los nichos para la Virgen del Buen Fin y San Lázaro.

 

En la sacristía se conserva un cuadro exvoto con la representación de Francisco del Rosal cayéndose desde las murallas del castillo, por intercesión del Cristo de la Salud no murió, y dedicó dicho presente. En el lienzo aparece la leyenda: "Iº de enero de 1872. Caída de Fco. del Rosal".  La palabra exvoto es un término culto procedente del latín que designa el objeto ofrecido a Dios, la virgen a los santos como resultado de una promesa por favor recibido. Es decir, una promesa materializada en un objeto. Para definirse como tal exvoto ha de tener varias notas diferenciadoras. Ante todo ha de ser público, como es el caso de este lienzo de la ermita, pues da a conocer el favor recibido haciendo constar las circunstancias y datos que permiten conocer la acción benefactora de un ser sobrenatural. Las ofrendas se hacían para ser expuestas en los altares o camarines de las imágenes benefactoras. Es muy probable que este lienzo, al no existir camarín del Cristo de la Salud, estuviera expuesto en una de las paredes de la ermita, para que todos los devotos puedan reconocer las actuaciones milagrosas. Este lienzo es -por tanto- un pregón perpetuo de una determinada imagen y sus poderes sobrenaturales.

 

Las  pinturas votivas de carácter popular conservadas en los santuarios actuales -no hay que descartar que en la ermita de San Lázaro hubiesen existido otros exvotos, de hecho en algún otro templo trujillano existen lienzos votivos-, proceden fundamentalmente de los siglos XVIII y XIX, siendo numéricamente más importantes en este último siglo. Se observa una reducción radical a partir del segundo tercio del siglo XX.

 

De las otras formas de exvotos apenas quedan muestras, dado que la acumulación y el envejecimiento se resuelva con la periódica destrucción de los mismos. La importancia  de los exvotos en Trujillo como fuentes de conocimientos  para la historia cultural de las sociedades, es especialmente valiosa en el área  ideológica de las creencias  y valores;  aunque  son una fuente  en algunos casos  única, para el conocimiento de la cultura material, es decir, aquellas  creaciones humanas de las que se sirven la sociedad como objetos tangibles. En la ermita de San Lázaro se han conservado representaciones de miembros humanos realizadas con cera, como peticiones de salud al Santísimo Cristo. En Extremadura existen otros templos en los que se repite este sentir del devoto tal es el caso de la iglesia Ntra. Sra. de la Antigua en Valverde de Burguillos; en Santibáñez  el Bajo en la ermita del Cristo de la Paz; la iglesia de la Virgen de Carrión de Alburquerque; la de la Soterraña en Barcarrota; Ntra. Sra. del Ara en fuente del Arco;  Ntra. Sra. de Piedraescrita en Campanario o la ermita del Santísimo Cristo de la Reja en Segura del León.

 

Es de destacar -como ocurre en la ermita de San Lázaro de Trujillo- el predominio de exvotos ofrecidos por causas de accidentes sobre los donados por enfermedad y que hasta hace pocos años hemos podido ver realizados en cera y colgados de las paredes de la ermita. En cuanto al valor histórico y etnográfico del lienzo ofrece una serie de datos de gran valor para analizar con más profundidad la devoción trujillana al Santísimo Cristo de la Salud, especialmente de la vida diaria, difícil de encontrar en otros documentos. De todas formas puede decirse que la riqueza iconográfica de la pintura es pobre. Desde el punto de vista compositivo hay que señalar la destacada posición del Cristo dentro del conjunto, situado en un lateral sobre un montículo, observando la caída de devoto.      

 

En 1949, el Ayuntamiento realizó las obras de la explanada de un amplio paseo desde la carretera de Badajoz hasta el acceso al atrio de la ermita, embelleciendo los espacios laterales con jardines que, en los últimos años, se han convertido en un pequeño parquecillo, que sirve de descanso a los devotos que diariamente visitan esta ermita.

 

En Trujillo, en los últimos tres siglos la devoción cristológica primordial ha ido encaminada hacia dos imágenes, concretamente, al Cristo de las Aguas y al Cristo de la Salud. Ambas esculturas han salido frecuentemente en desfiles procesionales en solicitud de la bendita lluvia para aliviar la sequia, en una tierra agrícola-ganadera[7].

 

El primero de los crucifijos citados se conserva en la iglesia parroquial de Santiago, en una capilla del muro del Evangelio, aunque este no fue su primitivo emplazamiento, conocida popularmente como Cristo de las Aguas, ya que es la imagen -como hemos citado- que la ciudad de Trujillo sacaba en procesión en épocas de sequias[8].

 

Siempre han sido conflictivos los períodos de sequía, que suponían la amenaza de la peste con la consecución de importantes pérdidas humanas. Como medida preventiva,  entre los años 1507-1508, el Concejo de Trujillo ordenó limpiar las fuentes de la ciudad y sus alrededores (Carbonera, Almohalla, Zarzuela, Olalla, Fuente Alba, Marcinillos, Añora).

 

Los trujillanos siempre han profesado especial devoción al Cristo de las Aguas, son varios los documentos existentes en el Archivo Municipal (referentes a procesiones por sequías) o en el parroquial que hacen referencias al mismo.

 

Solamente, podemos contar con dos Libros de Cuentas de Fábrica, ambos pertenecientes al siglo XIX, los restantes libros parroquiales han desaparecido. El Cristo de las Aguas tenía sus ornamentos personales, que consistían en siete enaguas de seda y otras dos de lienzo, dos lámparas que se mantenían siempre encendidas y dos toallas; una relación muy corta, ya que mucho se perdió durante la invasión francesa[9].

 

Es un Cristo doloroso sobre una cruz de gajos, encuadrado en la escuela castellana, por ser el área castellana donde se ubican la mayoría de los crucificados que responden a la misma tipología que el Cristo de las Aguas, obra maestra en su género.  Es un Cristo del Dolor, clavado sobre cruz de gajos o "ecotée", mostrando una gran fuerza dramática acrecentada por el rostro alargado acentuado por una larga barba rizada y bífida que le cae por el pecho; al contrario, el cabello es liso y estirado, cayéndole por los hombros y la espalda. Presenta una estructura recta del tórax y marcadas costillas, así como rasgos geometrizantes en el plegado del perizoma, dejando ver la rodilla izquierda, y una expresión triste, con los ojos caídos y la boca entreabierta que deja ver sus dientes. Sin duda, fechamos a este magnífico Crucificado, entre los años 1370-1375.

 

En el siglo XVIII y en la primera mitad del siguiente, salía en procesión en solicitud de lluvias el Stmo. Cristo de la Salud. La imagen del Cristo de la Salud es ligera, novohispana, de papelón y caña de maíz, fechable en la década de los años 70/80 del siglo XVI. Es obra de molde, aunque condicionada por ciertos aditamentos que se le añaden en su ejecución, tiene muchos de los elementos principales definitorios de estos moldes. Tratamiento anatómico, especialmente en el torso y disposición del arco de las costillas, tratamiento de la cabeza, morfología del rostro, diseño de la barba, manera de discurrir el cabello en el lateral izquierdo, y hasta los dos bucles que desgajados del otro lado se trenzan caprichosamente y discurren por el pecho.

 

A continuación relatamos un milagro que el sacerdote e historiador Tena Fernández recogió en 1960 de la tradición oral y que se remonta al siglo XVIII. Pertinaz fue la sequía que martirizó los campos trujillanos en el año 1767. Después de un verano caluroso y seco llegó el otoñó triste y reseco. Los campos tostados, los ganados transidos y los corazones angustiados suspiraban al amanecer los horizontes brumosos sin promesas de nubes ni esperanzas de lluvia.

 

Tema obligado en las plazas y veladas era la tremenda seguía que presagiaba ruinas en las cosechas y mortandad en los ganados. Los más piadosos vecinos empezaron a invocar la ayuda de Dios. Pero sus plegarias no lograron romper la oquedad celeste. Era preciso lanzar un fuerte bombardeo de millares de plegarias que impetrasen, humildes y confiadas, tercas y  piadosas, en milagro de la benéfica y  salvadora lluvia.

 

Los templos trujillanos se llenaron de fieles. Manos inocentes de niños,  cariñosas de madres fecundas y callosas de curtidos labriegos se alzaban ante Dios demanda en demanda del agua para los campos sedientos y los corazones apenados. Quizá fallaba la fe en las almas y el cielo parecía cada vez más hermético y broncíneo. Entonces decidieron hacer una procesión de rogativa con la venerada imagen  de Jesús Nazareno. Avanzaba el mes de octubre. Empezaba la sementera polvorienta y caliente. Los cabildos  celebraron sendas reuniones. Dos comisiones, una civil y otra eclesiástica, organizaron y  detallaron los actos según el  rito tradicional y escrito. Y el 26 de octubre recorría las calles de la ciudad una devota y penitencial procesión sembradora de esperanza. Presidían el cortejo el Abad de los cabildos eclesiásticos y el Regidor Decano del Ayuntamiento. Pasaron los días de la esperanza; pero el cielo estaba sordo. Y las nubes lluviosas no se presentaban. Desconfiar era un pecado.

 

Era preciso reavivar la fe y multiplicar la oración fervorosa. De nuevo comisiones parlamentaron preocupadas y ansiosas de aplacar la justicia divina con públicas penitencias. Y decidieron organizar otra procesión austera y penitente. Pero esta vez acudieron a la ermita de San  Lázaro. Era el día 15 de noviembre de 1767. El devoto cortejo salió de la Parroquia de Santa  María. Al llegar a la ermita se inició el respetuoso traslado de la imagen del Santísimo Cristo a la iglesia de San Martín para implorar con más fe la gracia urgentísima de la lluvia fecunda. Se respiraba ambiente de súplica ferviente en toda la ciudad. Aquella puede afirmarse que fue la oración  todo un pueblo. Dios parecía ya complacido. Al día siguiente ante la ansiada sorpresa de todos, aparecieron unas nubes en el cielo. Tenían un color plomizo y tristón. Pocas horas después la lluvia regaba suavemente los campos ardientes y hacia derramar lágrimas de inmenso gozo a todo  el pueblo agradecido.

 

De la devoción de Trujillo al Cristo de la Salud dan testimonio varios acuerdos del Concejo. Han sido muchos los mecenas que han sufragado gastos en la ermita y que aún continúan atendiendo a las necesidades del culto en la misma. Desde 1850 a 1880 en que murió, fue párroco de San Martín, D. Francisco Reglado, quien supo conquistar la devoción de los fieles al Cristo de la Salud con el triste motivo de los focos endemoepidémicos, consecuencia de las guerras del siglo XIX y que llevaban la peste por todas partes[10]. A  este  fin  escribió  la  novena  que  hasta  hoy  reza  Trujillo  al  Señor  de  la  Salud.  Otro  Sacerdote,  para  quien  siempre  tenemos   un  entrañable  recuerdo  de  veneración  y  gratitud, don Pedro  Trancón, último  párroco  de la iglesia de Santiago,   realizó  en el año  1881  algunas  reparaciones  de  la  Ermita  de  San  Lázaro. 

 

En 1884, para sufragar los gastos de construcción de la nueva espadaña y la fabricación de dos campanas, contribuyeron los Sres. Condes de Canilleros, la Sra. Viuda de don Enrique Zuasti y doña Jacoba Pérez Aloe de Secos, cuyos gastos ascendieron a la cantidad de 1521 Reales de Vellón.

 

Doña Margarita de Iturralde, sufragó los gastos del entarimado cuyo coste ascendió a 1384 pesetas en el mes de marzo del año 1911. También, los prelados se han preocupado por la ermita de San Lázaro, de hecho el obispo de Plasencia don Ángel Regueras López, concedió el 29 de abril de 1921 cincuenta días de indulgencias a todos los fieles por cada vez que devotamente rezasen un credo ante la imagen del Cristo de la Salud.

 

En 1945, don Enrique Cortés Pérez, regaló la lámpara de hierro que cuelga de la bóveda en el centro de la ermita. Los fieles también contribuyeron con sus donativos a sufragar los gastos del piso de cantería que se colocó en agosto del año 1950.


 

 



[1] Archivo Municipal de Trujillo, leg. 2-3, 385-35.

[2] Archivo Municipal de Trujillo, leg. 5, fol. 56vº-58.

[3] Archivo Municipal de Trujillo, Libro de Acuerdos, 1569-1576. Acuerdo del 17 de octubre de 1575.

[4] Acta del Concejo con fecha 4 abril del año 1800. Archivo Municipal de Trujillo.

[5] Acuerdo del Ayuntamiento con fecha 15 julio del año 1774. Archivo Municipal de Trujillo.

[6] Se citan efigies como la del Cristo de la Salud, Nuestra Señora del Buen Fin, la de San Lázaro, un Crucifijo de metal y una imagen pequeña de mármol de Nuestra Señora del Pilar (desaparecida). Libro que contiene el Inventario de alhajas y cuentas de la ermita de San Lázaro, mandado formar por el Archipreste don Gregorio Ildefonso Cidoncha en la Santa Visita que de ella hizo en el año 1859.

[7] Archivo Municipal de Trujillo. Libro de Cuentas del Concejo, 1505-1508, 8, 24. La preocupación por el abastecimiento de agua a la ciudad, es un hecho especialmente significativo si tenemos en cuenta las características geográficas en las que se inscribe Trujillo, con frecuentes períodos de sequía.

[8] En 1512, se amplía la capilla mayor en la cual estaba el Cristo de las Aguas, para lo cual el Concejo aportó 12.000 maravedíes. Archivo Municipal de Trujillo, 8-24. A los que hay que añadir los 15.000 maravedíes que se conceden en 1517. Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, memoriales, leg. 126, núm. 95, 24 de abril de 1517.

[9] Es muy explícita la nota de don Manuel Lebrón cuando se hace cargo de la parroquia de Santiago. Manifiesta no encontrar inventarios ni libros parroquiales. Libro de Cuentas de Fábrica de la yglesia parroquial de Santiago de Trujillo, 1849.

[10] Libro que contiene el Inventario de alhajas y cuentas de la ermita de San Lázaro, Visita de 1859, fol. 32.