LAS “PEÑAS SACRAS” DE TRUJILLO
El berrocal de Trujillo ofrece
abundantes paisajes, algunos de extraordinario interés, que siempre han atraído
al hombre, como debió suceder en tiempos prehistóricos, cuando las formas
extrañas de esos berrocales y de otras peñas formarían parte de una visión
animista del paisaje, que en algunos casos ha perdurado en el folklore hasta
nuestros días, tema que suscita creciente atracción.
En consecuencia, en estos
últimos años se han multiplicado los estudios y publicaciones sobre estas
“peñas sacras” en Extremadura[1], dentro del interés general
surgido actualmente en España hacia los sacra saxa, término aplicado a las
peñas asociadas a ritos, hoy prácticamente perdidos, que revelan su carácter
sacro y sobrenatural[2]. Estas peñas sacras
contribuyen a conocer creencias y ritos de origen prehistórico, pero también el
carácter “mágico” o sobrenatural del paisaje en el imaginario y en la
cosmovisión de los pueblos prerromanos de la antigua Hispania, hecho hasta
ahora escasamente valorado a pesar de su evidente interés, ya que no se
considerada probada su antigüedad[3].
1.- PEÑAS RESBALADERAS
En esta línea de trabajo, se
ofrece este análisis, necesariamente preliminar, de las “peñas resbaladeras” de
Trujillo. Las “peñas resbaladeras” se caracterizan por ofrecer la huella
producida por repetidos deslizamientos realizados sobre su superficie inclinada
a lo largo de los siglos. En Trujillo tenemos varios ejemplos en el jardín del
convento de Santa Clara, en la finca de los Arcabuces, en “el resbaladero” de
Huertas de Ánimas; en el cancho frente a la Casa Museo Pizarro y en Huertas de
la Magdalena[4].
En algunos pueblos de
Extremadura era muy popular el juego del resbaladero, que recibía distintos
nombres según las localidades: rebaliza, resbaladera, revalaera, refalaera,
etc.[5], ya que estas peñas pasaron
a ser toboganes en los que jugaban niños y jóvenes, que en ocasiones usaban
para resbalarse escobones y posteriormente, plásticos o chapas para evitar el
deterioro de la ropa.
Las “peñas resbaladeras” se
relacionaron desde el siglo XIX con ritos de fecundidad, por lo que fueron
estudiadas junto a otras “peñas sacras “por los folkloristas y arqueólogos de
la época dentro del interés de los anticuarios hacia los monumentos “celtas”,
entre los que se incluían las construcciones megalíticas y las peñas sacras
asociadas a ritos ancestrales. Estos estudios fueron sintetizados por el
etnólogo y folklorista francés Paul Sébillot[6]y
por el arqueólogo Salomon Reinach[7],posteriormente seguidos por
Pierre Santyvez[8]y recogidos desde entonces en
obras generales[9].
En España estos estudios
tuvieron seguidores, como Manuel de Assas en 1857[10]
y años después Joaquín Costa[11],quien los recogió entre los
cultos celtas de la Naturaleza, idea seguida por Marcelino Menéndez Pelayo[12].. De manera
paralela fueron valorados en Portugalpor José Leite de Vasconcelos[13],especialmente en su notable
estudio sobre el Culto a las piedras, seguido de otros estudiosos, como
Francisco Martins Sarmento y Teófilo Braga[14].
En el siglo XX estos estudios
prácticamente se abandonaron al caer en creciente descrédito al no hacerse
estos estudios con metodología adecuada, pues los arqueólogos no sabían cómo
datarlos ni tenían seguridad para interpretar estos monumentos, ya que carecen
de contexto arqueológico y cultural, mientras que etnólogos y antropólogos los
recogían de pasada como elementos de la religiosidad popular, pero sin abordar
nunca el un tema tan esencial el de su origen. En consecuencia, apenas se
prosiguió su estudio, salvo algún caso aislado, como Julio Taboada[15].
Este panorama ha cambiado en los
últimos 30 años. Los trabajos de Benito del Rey y Grande del Brío desde el
decenio de 1990 valoraron los santuarios de la zona de Salamanca y Zamora en la
línea tradicional[16], pero fue el
altar rupestre de Lácara, situado junto al famoso dolmen de corredor, la
primera “peña sacra” estudiada como monumento arqueológico[17].A
partir de entonces se han suscitado en el último decenio nuevos estudios y la
publicación cada vez más abundante de las peñas que se descubren, lo que
permite disponer de una documentación cada vez más sistemática de estos
monumentos que se extienden por toda la Península Ibérica.
Las “peñas resbaladeras” de Trujillo son peñas que ofrecen una
superficie lisa e inclinada, donde se observa una acanaladura, que es la huella
del desgaste por roce producida al haberse resbalado miles de veces por esa
superficie de la peña. Esta acanaladura es el elemento que caracteriza las
“peñas resbaladeras”, pues permite identificar el rito practicado en ellas,
para el que se aprovecha la altura y la inclinación de la pared, cuyo uso
prolongado ha producido esa acanaladura.
Estas peñas resbaladeras son
características de las áreas graníticas, abundantes en Trujillo, puesto que las
rocas de granito parecen ser las más propicias para el rito.
Resulta bastante explícita la
tradición conservada en la localidad de asociar las peñas resbaladeras con el
embarazo, como indicaría el dicho popular “esta chica ha pasado por la piedra”,
con el sentido de que se ha quedado embarazada. Una idea parecida se
sobreentiende al asociar el dicho popular de “tener un resbalón” con la idea de
quedarse embarazada, por lo que, ambos dichos, tan populares hasta hace poco en
muchas zonas de España, se relacionarían con la tradición ritual de estas
“peñas resbaladeras”. Aunque estos casos pudieran ser referencias descriptivas
en general, las denominaciones citadas deben considerarse como indicios del
rito originario, actualmente perdido, que consistiría en deslizarse las mujeres
jóvenes por la roca poniendo en contacto directo sus glúteos con la piedra para
lograr tener hijos, tal como documentan los testimonios recogidos en Francia en
el siglo XIX[18].
Estos datos confirman la
relación de las peñas resbaladeras con ritos de fecundidad, celebrados casi en
las mismas fechas, relacionadas con el Lunes de Pascuas, lo que confirma que
las peñas resbaladeras se relacionan con ritos de fecundidad asociados a las
fiestas de primavera.
El origen de estos ritos debe considerarse
anterior a las creencias cristianas, musulmanas y romanas, respecto a las que
resultan del todo extraños, lo que de nuevo obliga a considerarlo originario de
tiempos prehistóricos ancestrales. El rito de deslizarse por una peña de
superficie inclinada es característico de muchas regiones de Europa,
especialmente de las zonas graníticas de la Europa Atlántica. Como se ha
señalado, tenía la finalidad de favorecer la fecundidad, ya que antiguamente se deslizaban por estas peñas las muchachas
jóvenes para casarse en el plazo de un año y las mujeres para tener
descendencia. Sin embargo, en la Península Ibérica apenas se han conservado
testimonios este interesante rito, pues las peñas resbaladeras han pasado a ser
usadas como toboganes para jugar los niños, práctica hoy día también ya casi
abandonada que representa el final de su uso milenario.
2.- EL MENHIR DE TRUJILLO
El menhir está a
unos 2 km de la gasolinera saliendo de Trujillo por la antigua carretera a
Mérida. A unos doscientos metros de la fuente del Plato, sale una calleja a la
derecha y a unos cien metros está el menhir.
Los menhires son grandes piedras
verticales que se encuentran principalmente en Europa, especialmente en
regiones de Bretaña (Francia), las Islas Británicas y partes de España. Su
significado religioso y ritual ha sido objeto de interpretación en diversas
culturas prehistóricas.
En términos religiosos, los
menhires se asocian con prácticas espirituales y ceremoniales de las
comunidades neolíticas, aunque su propósito exacto sigue siendo un tema de
debate entre los arqueólogos. Sin embargo, algunas teorías sugieren lo
siguiente:
Muchos investigadores creen que
los menhires representaban símbolos de fuerzas divinas o de los antepasados,
actuando como un puente entre el mundo humano y el espiritual. Estos monumentos
podrían haber sido erigidos en lugares sagrados para marcar eventos
celestiales, como solsticios o equinoccios, lo que refleja una vinculación con
la observación astronómica y la religión relacionada con la naturaleza[19].
En algunas culturas
prehistóricas, se pensaba que los menhires servían para rendir homenaje a los
muertos o a los ancestros. Esto podría estar relacionado con creencias sobre la
vida después de la muerte y la conexión espiritual con aquellos que ya no
estaban presentes físicamente.
Algunos estudios proponen que
los menhires podían haber tenido un simbolismo relacionado con la fertilidad,
dado su tamaño y forma fálica. Esta interpretación se apoya en la relación
entre ciertos elementos de la naturaleza, como la tierra y la fertilidad, que
muchas culturas prehistóricas adoraban.
Los menhires a menudo forman
parte de complejos megalíticos junto con otros monumentos como dólmenes y
círculos de piedras, lo que sugiere que eran usados para ceremonias religiosas
y rituales, posiblemente relacionados con el culto al sol, a la luna o a las
fuerzas naturales.
En resumen, el significado
religioso de los menhires parece estar vinculado a su papel en la conexión
espiritual y ritual, en un contexto donde la naturaleza, los ancestros y los
fenómenos astronómicos eran fundamentales para las creencias religiosas de las
sociedades prehistóricas.
3.- PEÑAS BAMBOLEANTES
La Dehesilla, la
cerca de la Encina y lo poco que queda del Pradillo está repleto de Peñas
Bamboleantes u Oscilantes.
En 1920, José Ramón Mélida en su trabajo
“Monumentos megalíticos en la Provincia de Cáceres” en la Revista de
Archivos, Bibliotecas y Museos[20], señala la existencia
de piedras bamboleantes en Cáceres. En ese estudio dedica un pequeño capítulo a
las Piedras bamboleantes, todas prácticamente desaparecidas en la
actualidad, a excepción del Cancho que se menea de Montánchez, que
también fue destruido, aunque ha sido remontado recientemente, pero sin
recuperar el movimiento que le daba singularidad.
Estos megalitos estarían directamente
relacionados con las creencias religiosas de los hombres prehistóricos,
menester es recordar con don Marcelino Menéndez Pelayo
“que la
litolatría es una de las formas más antiguas del culto naturalista”[21] y que, en general, se
considera que estas piedras debieron estar consagradas a la adivinación y
destinadas, por tanto, a ser utilizadas como oráculos según el número de
oscilaciones u otra circunstancia de ellas cuando se pusieran a prueba. A esta
costumbre se refiere Estrabón (III,1) por referencia de Artemidoro, cuando, al
hablar del Promontorio Sacro, habla de unas piedras que allí se veían tendidas
de tres en tres o de cuatro en cuatro, a las que hacían dar vuelcos las gentes
que allí llegaban. Respecto de que las piedras bamboleantes deban considerarse
como obra del hombre, sin olvidar que, aunque lo sean de la Naturaleza, no
excluye esto, antes confirma la idea de culto, es de notar que, aunque en la
mayoría de los casos se crea fenómeno natural el equilibrio de tales piedras,
no deja de admitirse que “la mano” del hombre haya intervenido para facilitar o
regularizar el trabajo caprichoso de la Naturaleza, como dice Dechelette[22].
Las prácticas “mágicas” en piedras
oscilantes o caballeras son habituales en todo el Occidente como su nombre
indica, servía para pronosticar el matrimonio a los novios que conseguían
moverla. En algunos lugares tendría función adivinatoria, por lo que fue
utilizada en juicios y litigios para averiguar la culpabilidad o inocencia del
acusado, según fuera capaz o no de mover la roca, práctica que se mantuvo hasta
el siglo XIII; que servía para probar la inocencia del acusado si la hacía
abalar y la culpabilidad en caso contrario. A estas se pueden añadir otras
diversas peñas que cumplían con otros ritos o invenciones fabulosas, rituales
de adivinación en juicios ordálicos.
Mélida consideró que estas peñas
oscilantes estarían consagradas a la adivinación y a servir como oráculos[23]. En Francia, donde las
peñas oscilantes se conservaron mejor hasta el siglo XX y donde fueron mejor
estudiadas721,
en muchos lugares se denominan peñas de adivinación (pierres de dévination)
o peñas de la suerte (pierres du sort), que suele ser la denominación
más popular, pues cumplían las mismas funciones, aunque el rito fuera
diferente, que las peñas de deseos en la Península Ibérica.
4.-LAS PEÑAS PROPICIATORIAS
Las peñas propiciatorias y de
adivinación son características de las áreas graníticas de la antigua Hispania
y corresponden a un substrato “lusitano” originario del Campaniforme que se
desarrolló a lo largo de la Edad del Bronce y se mantuvo entre los pueblos
prerromanos galaico-lusitanos y vetones, substrato relacionado con las áreas
atlánticas451, donde este rito tiene precisos
paralelos en Bretaña e Irlanda, y donde, como en España, ha perdurado
cristianizado casi hasta nuestros días.
Estas interesantes peñas sacras son
relativamente raras, pues su número no alcanza el centenar en toda la Península
Ibérica. En Extremadura, por ahora sólo se han identificado 5, si bien deben
existir otros casos aún desconocidos. Las escasas peñas propiciatorias de
Extremadura todas están en la provincia de Cáceres. Quizás la más conocida, al
menos localmente, sea La Porra del Burro de Valencia de Alcántara. Esta
peña está situada en una dehesa, propiedad de José Manuel Márquez Gavanches,
vecino de Valencia de Alcántara, a unos 7 km al noroeste de la población, zona
en la que existen numerosos dólmenes, como el del Caballo, situado no lejos de
la “Porra del Burro”.
Restos de este rito
también conservaba el Cancho Gordo, en la zona de los “Canchalejos” del
barrio de Belén, a unos 4 km de Trujillo. Es un afloramiento granítico con
formas redondeadas, que se yergue con paredes casi verticales, situado en el centro
de un anillo de rocas de menor altura a unos 10 m de un abrigo con pinturas
esquemáticas. Su parte superior es una gran plataforma plana de unos 13 m2 levemente inclinada hacia el este y uno de los lados del bolo
muestra 12 pequeñas entalladuras, aunque no pudieron servir como escalones dado
la pendiente de sus paredes. Hasta mediados del siglo XX, los quintos o mozos
que iban al servicio militar ponían en una piedra del río el nombre de la
chica a la que querían y la arrojaban a lo alto del gran bolo; si la piedra
quedaba arriba, se consideraba que conseguirían casarse, si se caía, indicaba
lo contrario. Otra posible peña propiciatoria es el Cancho Pinocho,
situado en Huertas de Ánimas, al norte de Trujillo, desde el que se ve esta
ciudad y la Sierra de Santa Cruz. Es una gran peña de granito fungiforme, pero
con forma de cabeza humana, pues en un lado tiene una prolongación horizontal
que recuerda la nariz de Pinocho. A esta peña iban las parejas de novios a
jurarse amor eterno y se cuenta que, en caso de que no dijeran la verdad,
crecía la “nariz” de la peña, lo que la relaciona con las rocas que crecen,
bien conocidas en el mundo bretón[24].
5.- LOS ALTARES DE SACRIFICIO
Las “peñas sacras” se pueden clasificar
teóricamente según su función, que es el aspecto más importante de estos
monumentos, aunque en algunas peñas sacras esa función pueda ser compleja, lo
que dificulta su clasificación. En este sentido, se deben diferenciar los altares
rupestres, teóricamente destinados a sacrificios, de las peñas sacras
propiciatorias, de adivinación, curativas y de otras peñas con funciones menos
frecuentes, como servir de trono, medir el tiempo, etc. Dentro de las peñas sacras
destacan los altares, que, en los casos bien documentados, se pueden
identificar por ofrecer inscripciones, por tener escaleras o entalles para
subir a su cumbre o por haberse retallado las cazoletas o los canalillos de
evacuación para los ritos sacrificiales que en ellos se celebraban.
Destacamos tres en Trujillo,
concretamente en La Molineta, Las Calderonas y en El Pradillo.
El altar busca generalmente para sus
emplazamientos grandes bolos de granito aislados a los que la erosión provocada
por los agentes atmosféricos ha dado típicas formas redondeadas. Si bien pueden
presentar paredes verticales, por alguno de sus lados la pendiente se suaviza
formando una especie de rampa que desde la misma base llega hasta la parte
superior, que culmina en una plataforma más o menos plana. En dicha plataforma
suelen observarse oquedades naturales, a veces grandes bañeras, formadas por
la acción del agua, cuya escorrentía ha excavado canalillos que vierten hacia
la base de la roca.
La acción antrópica sobre estos bolos
suele ser poco llamativa. En algunos casos se allanan las plataformas superiores,
en otros se retocan los bordes de las cubetas o se tallan cazoletas a modo de lacus.
Pero en todos estos altares se aprecian los mismos o parecidos entalles que,
alineados o en zigzag, ascienden por la rampa hacia la parte superior de la
roca. Sus formas son muy diversas, normalmente ovaladas, pero también los hay
circulares, triangulares y rectangulares. Hay peñas que ofrecen más de una
línea de entalles, pero solo una de ellas parece cumplir con su cometido de
escalinata, pues el resto no se sabe si tendrían una función más de carácter
simbólico, decorativo o de apoyo.
El altar del Cancho del Moro o de La Molineta, ubicado en la
ladera de un monte gemelo del que ocupa el solar de la antigua ciudad de Turgalium,
al este de la calzada romana ab Emerita Caesaraugustam. Es un gran bolo
de granito con formas redondeadas de unos 4 m de altura que en su lado oriental
suaviza su pendiente y sobre él se han practicado una decena de entalladuras
rectangulares que dan acceso a la cima, mientras que en la parte superior de
la roca se aprecian dos concavidades naturales, comunicadas entre sí por
canalillos que vierten al pie del altar, que el agua ha ido horadando con el
tiempo. Este altar ofrece características típicas de los altares tipo Lácara,
pero sus escalones rectangulares son más propios del tipo Ulaca, por lo que
quizás hayan sido retallados en época posterior para utilizarlo como punto de
vigilancia sobre la vía que discurre a sus pies. Una suave rampa rodea la roca
por el sur, donde se han practicado unos rebajes que parecen servir como apoyo
a una estructura, posiblemente de madera, que llevaba al arranque de una
escalera. Ascendiendo por la ladera se yergue otro gran bolo de granito, de
caprichosa forma, que parece imitar una esfinge. Se aprecia perfectamente un
rostro desdibujado, pero que aún conserva sus rasgos más distintivos. Y en la
cima se conservan los restos de una atalaya de época árabe, que no deben
confundirse con el altar271,
cuyos materiales fueron aprovechados en el siglo XVIII para la construcción de
un molino que ha dado nombre al lugar[25].
Las viejas herramientas de cobre y
bronce dificultaban el desbaste en el duro granito de los grandes bolos sobre
los que se realizaban los ceremoniales religiosos. La introducción del hierro,
mucho más duro, permitió la talla de superficies más amplias de la roca con
planos perpendiculares, por lo que los pequeños entalles dan paso a auténticos
escalones que conforman el acceso. Es más, la talla no se limita a la propia
escalinata, pues en ocasiones se extiende a buena parte de la superficie de la
roca. Aparecen grandes lacus o cubetas perfiladas que se utilizaban en
los rituales de agua y sangre que acompañarían a los sacrificios de las
víctimas y algunas de estas rocas, como la existente en la finca Las
Calderonas de Trujillo, adquiere un cierto carácter ornamental en relación
con los rituales practicados en ella.
La adscripción cronológica de estos
altares plantea no pocas dificultades, puesto que estos monumentos carecen de
estratigrafía y de un contexto arqueológico preciso. En Extremadura, como en el
resto de la Península Ibérica, se han venido asociando estos altares de “tipo
Ulaca” a poblados de la II Edad del Hierro, pero curiosamente la ubicación de
los mismos difiere sensiblemente de los lugares de emplazamiento de los
castros, al menos los de la región extremeña, pues estos normalmente se sitúan
en espigones fluviales a lo largo de la cuenca del Tajo y sus afluentes. Los
altares rupestres aquí referenciados se encuentran en paisajes graníticos
habitados durante distintas etapas de la Edad del Bronce o de la Edad del
Hierro I. Al Calcolítico o Edad del Bronce se remonta el poblamiento del
berrocal de Trujillo y a estas mismas etapas hay que adscribir el complejo
cultural de Los Barruecos. En la sierra de Santa Cruz, aunque también remonta
su poblamiento al periodo Calcolítico, hay evidencias de hábitat en el Bronce
Final y Edad del Hierro I, que en el norte de Extremadura se solapa con el
periodo Orientalizante tartésico. Al igual que Rincones de Pata, situado
en las proximidades de poblados con materiales del Bronce Final y Edad del
Hierro I, como el de La Muralla. Y a estas mismas fechas habría que
remontar el altar de Las Calderona[26]s a juzgar por la
aparición en las proximidades de una estela de guerrero o el de El Huerto
del Cura, como así aconsejaría su ubicación en altura y los petroglifos a
él asociados, en los que parecen representaciones de escudos como los de las
estelas.
En consecuencia, si bien los orígenes de
estos altares rupestres proceden de la Edad del Bronce, los de tipo Ulaca
perdurarían hasta la Edad del Hierro II, cuando es lógico que se tallaran los
escalones, que parecen labrados con instrumentos de hierro. Esta evolución
tipológica la confirma otro detalle que ratifica su diferente cronología. Los
altares de “tipo Lácara”, datados en la Edad del Bronce, ofrecen para su acceso
pequeñas oquedades o entalladuras a modo de peldaños dispuestos en zigzag y en
ellos predominan oquedades naturales y cazoletas, mientras que los altares de
“tipo Ulaca”, ya con peldaños rectangulares a modo de escalinatas, ofrecen
cubetas artificiales generalmente rectangulares.
[1]Almagro-Gorbea,
M. y Jiménez Ávila, J. “Un altar rupestre en el Prado de Lácara (Mérida). Apuntes para la
creación de un parque arqueológico”, El Megalitismo en Extremadura (Homenaje
a Elías Diéguez Luengo) (Extremadura Arqueológica 8), Mérida, 2000, págs.
423-442; Correia Santos, Mª J.
“El santuario rupestre del Pico de San Gregorio, Santa Cruz de la Sierra,
Cáceres “, Paleohispanica, 14, 2014, págs. 89-128; Esteban Ortega, J., Ramos Rubio, J. A. y San
Macario, O. de. “El Complejo arqueológico de San Juan el Alto de Santa
Cruz de la Sierra”, Revista Alcántara,
79, 2014, págs. 11-28; ID., "La Peña Buraca
y el entorno arqueológico", Tabularium, 4,1, 2017a, págs. 77-79; IID., "El complejo arqueológico de La Zafrilla (Malpartida de Cáceres).
Parajes en torno a los Barruecos, parte III", Revista D&M, 62, 2017b, págs. 12-15; Ramos,
J. A., Esteban, J. y San Macario, O. de. “Ruta Arqueológica por tierras de
Malpartida de Cáceres”, Revista Alcántara
81, 2015, p. 11-33; Rodríguez Plasencia,
J. L. “El Santuario de la Virgen de Navelonga, de Cilleros ¿un lugar
mágico”, Alcántara, 79, 2013, págs. 83-96. (http://ab.dip-caceres.org/export/sites/default/comun/galerias/galeriaDescargas/archivo-y-biblioteca-de-la-diputacion/Alcantara/05-078-alc/05-078-007-El_Santuario.pdf; consultado 28.7.2018), p. 95 s.; etc.
[2]Almagro-Gorbea,
M. y Gari, A.(eds.).Sacra Saxa. Creencias y ritos en peñas sagradas, Huesca, 2017.
[3]Almagro-Gorbea, M., Barriga, J., Martín Bravo, A.
Mª., Perianes, E., Díez González, V. “El ‘paisaje sacro’ de
Garrovillas de Alconétar (Cáceres)”, Revista
de Estudios Extremeños, 73,1, 2017,págs. 91-134.
[4] ALMAGRO GORBEA, M; ESTEBAN
ORTEGA, J, RAMOS RUBIO, J. A y DE SAN MACARIO SÁNCHEZ: Berrocales Sagrados de Extremadura, Badajoz, 2021.
[5]Rodríguez
Plasencia, J. L. “La
matanza en Extremadura (estudio etno-folklórico), II”, Revista de Folklore 407, 2016, p. 15.
[6]Sébillot, P. (1882, 1902, 1904,
335 s.,1906, 1908;ID. Les Littératures populaires de toutes les
nations. Traditions et superstitions de la Haute-Bretagne, Maisonneuve,
1882; ID., “Le culte des pierres en France”, Revue de l'École d'Anthropologie de Paris,
12, 1902, págs. 175-186
y 205-247; ID.“The Worship of Stones in France”, American Anthropologist4,1, n.s., 1902a, págs.
76-107 (http://www.jstor.org.bucm.idm.oclc.org/stable/658930;
consultado 2.8.2018); ID. Le FolkLore de la
France, I. Le ciel et la terre (1904), II, La mer et les eaux douces (1905),
III, La faune et la flore (1906),
Paris (reed. 2014) ; ID., Le
paganisme contemporain chez les peuples celto-latins, Paris, 1908.
[7]Reinach, S. “Les monuments de
pierre brute dans le langage et les croyances populaires”, Revue Archéologique, série III, 21, 1893, págs. 195-226, 329-367
(reed. en Cultes, mythes et religions,
III, Paris, 1913, págs. 364-448).
[9]Lang, A.Myth,
Ritual and Religion, I, London, 1887; Eliade,
M. Tratado de Historia de las Religiones (reed.),
México, 2007, p. 206 s; Sartori,
P. s.v. “Gleiten”, en E. Hoffmann-Krayer y H. Bachtold-Staubli(e.),Handwörtembuchdes deutsches Aberglaubens III, Berlin, 1987; etc.
[10]Assas, M. de.“Nociones fisionómico-históricas de la
Arquitectura en España”, Semanario Pintoresco Español, 22, Madrid, 1857.
[11]Costa, J. Poesía popular española y mitología y literatura celto-hispánicas2,
Madrid, 1888, p. 258.
[12]Menéndez
Pelayo, M. Historia de los Heterodoxos Españoles I2,
Madrid, 1911, p. 120.
[13]Leite de Vasconcelos, J.Tradições populares de Portugal, Porto, 1882, p. 89 s.
[14]Martins Sarmento, F. “Materiães para a arqueologia
do concillio de Guimarães”, Revista Guimarães 1,4, 1884, p. 161-189; Braga, T. “Supertiçoes populares
portuguesas”, O pobo portugues nos seus costumes, crenças e tradiçoes,
I-II, Lisboa, 1885.
[15]Taboada, X.O culto das pedra no noroeste Peninsular, Verín, 1965, p. 12 s.; ID. Ritos
y creencias gallegas2, La Coruña, 1982.
[16]Benito del
Rey, L. y Grande del Brío,
R. Santuarios rupestres prehistóricos en las provincias de Zamora y
Salamanca, Salamanca, 1992; ID., Santuarios rupestres prehistóricos en el
centro-oeste de España, Salamanca, 2000; etc.
[17]Almagro-Gorbea,
M. y Jiménez Ávila, J.
op. cit., 2000.
[18] SÉBILLOT, P. 1904, p. 334 s.
[19] GOGERTY, C:
Espacios sagrados, Blume (Naturart),
2021, 22.
[20] MÉLIDA, J. R. (1920): “Monumentos megalíticos en la
Provincia de Cáceres”, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 3ª época 41,
55-67.
[21] MENÉNDEZ y PELAYO, M. (1911): Historia de los Heterodoxos
Españoles2, I, Madrid (reed. 1992).
[22] DÉCHELETTE, J. (1908): Manuel d’archéologie préhistorique,
celtique et gallo-romaine. I, Archéologie préhistorique, Paris, 377.
[23] MÉLIDA, op. cit., 1920,
66.
[24] SÉBILLOT, P. (1904-1906): Le folk-lore de la
France, I. Le ciel et la terre (1904), II, La mer et les eaux
douces (1905), III, La faune et la flore (1906), Paris (reed.
2014). P. 301.
[25] Véase nuestro trabajo RAMOS RUBIO, J. A: “El altar
rupestre de La Molineta (Trujillo) y su entorno arqueológico”.Boletín de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. Tomo XXI, Trujillo, 2013, pp.
307-321.
[26] RAMOS RUBIO, J. A en los XXXVIII Coloquios Históricos de
Extremadura, presentando la comunicación: “Altar de sacrificios de la Edad del
Hierro en la finca de las Calderonas”.









