sábado, 28 de febrero de 2026

 

Montehermoseña , obra inédita de Ubaldo Cantos

 

En la vivienda cacereña de don Luis Picapiedra se conserva una obra inédita de Ubaldo Cantos titulada Montehermoseña (1970), pieza que constituye un valioso testimonio de la trayectoria madura de este pintor español nacido en Castro-Urdiales. La relevancia de esta obra no solo radica en su carácter inédito, sino también en su capacidad para sintetizar los principios estéticos que definieron la producción artística de Cantos: una pintura seria, reflexiva y técnicamente depurada, realizada sin concesiones a la espectacularidad ni a las corrientes de vanguardia predominantes en el panorama artístico de la segunda mitad del siglo XX.

Ubaldo Cantos desarrolló su actividad en un momento de profundas transformaciones estéticas en España. Durante las décadas de 1950 y 1960, el arte español experimentó un intenso debate entre tradición y modernidad, con la consolidación de propuestas informalistas, abstractas y conceptuales que buscaban situar la creación nacional en diálogo con las corrientes internacionales. Frente a este contexto, Cantos optó por una línea figurativa y tradicional que no debe interpretarse como resistencia inmovilista, sino como afirmación consciente de un ideario artístico basado en la disciplina formal, la observación rigurosa y la continuidad con la herencia pictórica española.

Su formación en el norte peninsular, en el entorno cultural de Cantabria, influyó notablemente en su sensibilidad estética. El paisaje atlántico, la sobriedad cromática y la valoración de lo cotidiano constituyen rasgos que, aun transformados, pueden rastrearse en su producción posterior. Sin embargo, lejos de limitarse a una temática regional, Cantos desarrolló una obra abierta a los tipos humanos y a las tradiciones populares de distintas zonas españolas, como demuestra el propio título Montehermoseña, que remite a la localidad extremeña de Montehermoso y a su característico traje tradicional femenino.

a obra Montehermoseña debe entenderse dentro del período de madurez de Cantos. Realizada en 1970, presenta una factura técnica sólida y una composición cuidadosamente estructurada. La figura femenina, presumiblemente ataviada con el traje tradicional de Montehermoso —con su singular gorra o tocado cónico decorado—, se convierte en eje vertebrador del espacio pictórico. La centralidad de la figura y la estabilidad compositiva remiten a esquemas clásicos que privilegian la claridad estructural sobre la experimentación formal.

Desde el punto de vista cromático, la pintura probablemente despliega una gama contenida, dominada por tonos terrosos y oscuros que evocan la materialidad del entorno rural. Este uso del color, lejos de buscar contrastes violentos o rupturas expresionistas, responde a una voluntad de armonía y equilibrio. La pincelada, trabajada con delectación y sin estridencias, revela un proceso pausado en el que cada elemento ha sido meditado. La superficie pictórica no muestra improvisación gestual, sino control y refinamiento técnico.

El tratamiento de la luz es otro elemento significativo. En coherencia con la tradición figurativa española, la iluminación no pretende desmaterializar las formas, sino modelarlas con precisión volumétrica. La figura adquiere corporeidad mediante un claroscuro que resalta la textura de los tejidos y la dignidad serena del personaje representado. La ausencia de dramatismo exacerbado refuerza la impresión de equilibrio y contención.

La elección de una figura montehermoseña no es un simple recurso costumbrista. En la España de 1970, la representación de tipos regionales podía adquirir múltiples significados: desde la reafirmación identitaria hasta la idealización etnográfica. En el caso de Cantos, la aproximación parece alejarse de la anécdota pintoresca para centrarse en la dignidad intrínseca del sujeto.

La tradición pictórica española ha otorgado un lugar destacado a la representación de figuras populares, desde los retratos costumbristas del siglo XIX hasta ciertas derivaciones del realismo social. No obstante, Cantos se distancia de cualquier intención narrativa o crítica explícita. Su pintura se inscribe en una tradición más silenciosa y contemplativa, en la que el modelo es elevado a categoría casi simbólica a través de la sobriedad formal.

En este sentido, Montehermoseña puede interpretarse como una reflexión sobre la permanencia cultural. Frente a la aceleración histórica y la modernización acelerada de la España tardofranquista, la obra reivindica la continuidad de las raíces y la estabilidad de los valores tradicionales. La figura femenina, erguida y serena, encarna una identidad colectiva que trasciende el tiempo inmediato.

La caracterización de la pintura de Cantos como “seria, pensada y trabajada, hecha sin prisas y con delectación” resulta particularmente pertinente en el análisis de esta obra. El proceso creativo parece haber estado guiado por una planificación rigurosa: estudio previo del modelo, definición compositiva y elaboración progresiva de capas pictóricas.

El rechazo de los “vanguardismos” no implica falta de contemporaneidad, sino una postura estética fundamentada en la convicción de que la modernidad no exige necesariamente ruptura formal. Cantos demuestra que es posible dialogar con el presente desde una fidelidad a los principios clásicos de composición, dibujo y equilibrio cromático. La ausencia de estridencias no debe confundirse con carencia de profundidad; por el contrario, la intensidad expresiva se canaliza a través de la contención.

El hecho de que Montehermoseña permanezca inédita y conservada en una vivienda particular en Cáceres plantea cuestiones relevantes en torno al patrimonio artístico y su difusión. Las obras fuera de los circuitos museísticos pueden quedar al margen del reconocimiento crítico, pese a su potencial relevancia histórica y estética. La documentación, estudio y eventual exhibición pública de esta pieza contribuirían a enriquecer el conocimiento sobre la trayectoria de Cantos y sobre la pervivencia de la figuración tradicional en el arte español del siglo XX.

Desde una perspectiva historiográfica, la revisión de autores que mantuvieron una posición tradicional frente a las corrientes hegemónicas permite matizar la narrativa lineal del progreso artístico. Artistas como Cantos evidencian que la historia del arte no se compone únicamente de rupturas y manifiestos, sino también de continuidades, elecciones conscientes y fidelidades estilísticas.

La obra Montehermoseña (1970) de Ubaldo Cantos representa un ejemplo significativo de figuración tradicional en la España contemporánea. Su conservación en una vivienda cacereña subraya tanto su valor íntimo como su potencial relevancia pública. A través de una composición equilibrada, una técnica depurada y una profunda reflexión sobre la identidad cultural, Cantos reafirma una concepción de la pintura entendida como ejercicio de paciencia, estudio y respeto por la tradición.

Lejos de las estridencias de la vanguardia, su obra propone una modernidad alternativa basada en la continuidad, la mesura y la dignidad de lo representado. En este sentido, Montehermoseña no solo es una pieza artística singular, sino también un testimonio de una postura estética coherente y profundamente arraigada en la tradición pictórica española.



jueves, 26 de febrero de 2026

 

Álvaro de Sande

 

 

Álvaro de Sande nació en la casa paterna situada en el palacio contiguo a la iglesia de San Mateo, en la ciudad de Cáceres, uno de los enclaves urbanos más significativos de la nobleza extremeña del siglo XVI. Pertenecía a una familia de arraigada hidalguía: era hijo de Álvaro de Sande, III Señor de Valhondo, y de doña Isabel de Paredes Golfín, dama de la reina Isabel I de Castilla.

Por línea materna, Sande estaba vinculado a los círculos más próximos a la corte de los Reyes Católicos. Su abuelo, Sancho Paredes Golfín, había servido como camarero de la soberana, circunstancia que reforzó la posición social de la familia. La Cáceres en la que nació Sande era una ciudad marcada por palacios blasonados y linajes que habían prosperado tras la Reconquista, proyectando su influencia hacia las empresas ultramarinas y los servicios militares de la Corona.

Como segundón destinado inicialmente a la carrera eclesiástica -una práctica habitual entre los hijos de la nobleza que no heredaban mayorazgos-, inició estudios de Derecho en la prestigiosa Universidad de Salamanca. Sin embargo, su paso por las aulas fue breve. La Europa convulsa del Quinientos ofrecía horizontes más amplios en el campo de batalla que en el foro jurídico. El joven extremeño abandonó la senda eclesiástica y abrazó la carrera militar, integrándose en la maquinaria bélica de la Monarquía Hispánica.

La década de 1530 lo sitúa ya en el teatro mediterráneo, escenario central de la pugna entre los Habsburgo y el Imperio otomano. En 1535 participó, al servicio de Carlos V, en la célebre expedición a Túnez. Aquella campaña, concebida para frenar la expansión otomana y debilitar la influencia de Barbarroja, constituyó uno de los grandes hitos propagandísticos del reinado imperial.

La operación fue una demostración del poder naval y terrestre de la Monarquía. La toma de La Goleta y la recuperación de Túnez consolidaron temporalmente la hegemonía hispánica en el Mediterráneo occidental. Para oficiales como Sande, estas campañas supusieron una escuela práctica de guerra anfibia, logística imperial y combate contra fuerzas otomanas experimentadas.

En 1545, fruto de los acuerdos entre Fernando I y Carlos V, Sande fue enviado a Hungría con el grado de maestre de campo al frente de un tercio compuesto por unos dos mil soldados hispanos. El objetivo era reforzar las defensas del Reino de Hungría y de Bohemia frente al avance otomano, en una frontera particularmente inestable tras la caída de Buda en 1541.

Durante su estancia, el tercio de Sande fue incorporado al ejército real de Fernando y participó en operaciones en la llamada Hungría Superior. Combatió junto a fuerzas imperiales dirigidas por Reinprecht von Ebersdorff contra magnates rebeldes como János Podmaniczky y Miklós Kosztka en el condado de Trencsén (actual Trenčín, en Eslovaquia). Estas campañas revelan la complejidad política del espacio centroeuropeo, donde las luchas contra el turco se entrelazaban con conflictos internos de la nobleza local.

Tras el éxito de estas operaciones, el tercio invernó en Nagyszombat (hoy Trnava), preparándose para enfrentar al bajá otomano de Buda en la primavera siguiente. Sin embargo, los acontecimientos en el corazón del Imperio alterarían el destino de la unidad.

El estallido de la guerra de Esmalcalda en 1546 obligó a concentrar fuerzas en Alemania. Carlos V se enfrentaba a la Liga de Esmalcalda, alianza de príncipes protestantes del Sacro Imperio. El tercio de Sande fue trasladado con urgencia al frente alemán.

En esta guerra confesional y política, Sande dirigió a sus hombres -descritos por cronistas como Ávila y Zúñiga como “la flor de los tercios viejos españoles”- en diversas acciones de armas. Es probable que participara en la decisiva batalla de Batalla de Mühlberg (1547), en la que las tropas imperiales derrotaron de forma contundente a las fuerzas protestantes. Aquella victoria supuso el apogeo militar de Carlos V en Alemania.

La actuación de los tercios en la guerra consolidó su reputación como infantería disciplinada y eficaz, capaz de operar en distintos escenarios geográficos y climáticos. Sande emergía como uno de los oficiales experimentados de la generación imperial.

Tras la guerra alemana, Sande continuó sirviendo en campañas en Flandes y contra Francia. A finales de la década de 1550 se encontraba en Nápoles, enclave estratégico del dominio español en Italia.

En 1560 participó en la desastrosa expedición a los Gelves (Djerba), frente a las costas de Túnez, dirigida por Gian Andrea Doria. La operación, concebida para debilitar la presencia otomana en el norte de África, terminó en catástrofe cuando la flota cristiana fue derrotada por el bajá otomano Piali.

A Sande se le encomendó la defensa de la fortaleza recién conquistada en Gelves. Durante más de dos meses resistió el asedio en condiciones extremas. Su defensa fue considerada heroica, prolongando la resistencia más allá de lo que parecía posible tras el hundimiento de la armada cristiana.

Capturado y conducido a Estambul, recibió —según la tradición— la oferta de integrarse en el servicio otomano, en reconocimiento a su pericia militar. Rechazó la propuesta. Finalmente fue liberado tras el pago de un cuantioso rescate, atribuido en distintas fuentes a la mediación de Maximiliano de Austria o del rey francés Carlos IX.

Restituido al servicio de Felipe II, fue nombrado capitán general de la infantería de Nápoles. En 1565 participó en la expedición de socorro organizada por García de Toledo para levantar el cerco otomano de Malta. Junto a Ascanio della Cornia, estuvo al frente de la infantería desembarcada en la isla. La intervención cristiana obligó a los turcos a levantar el asedio, en uno de los episodios más significativos del enfrentamiento mediterráneo.

Entre sus soldados en Nápoles se encontraba un joven llamado Miguel de Cervantes, quien años más tarde alcanzaría fama universal como autor del *Quijote* y que sería conocido como el “Manco de Lepanto”. La coincidencia ilustra la intersección entre las trayectorias militares y culturales del Siglo de Oro español.

En 1571, tras la muerte del gobernador de Milán, Gabriel de la Cueva, duque de Alburquerque, Sande asumió el gobierno provisional del Ducado de Milán. Desde 1572 el cargo pasó a Luis de Requeséns y Zúñiga, pero Sande continuó ejerciendo funciones militares en la plaza.

Murió en marzo de 1574, supuestamente como capitán de Milán. En reconocimiento a sus servicios, Felipe II le otorgó el señorío de Valdefuentes y el título de marqués de Piovera.

La trayectoria de Álvaro de Sande refleja con nitidez el perfil del oficial imperial del siglo XVI: noble de provincia, formado en el humanismo jurídico, moldeado en la guerra continua y desplazado por múltiples teatros de operaciones -del Mediterráneo a Hungría, de Alemania a Italia y el norte de África-.

Su vida permite observar la dimensión verdaderamente europea de la Monarquía Hispánica y la función de los tercios como instrumento de cohesión imperial. Desde el palacio familiar junto a San Mateo en Cáceres hasta las murallas de Gelves y los campos de Mühlberg, Sande encarna la movilidad, la violencia y la ambición política de una época en la que la guerra fue el lenguaje dominante de la diplomacia y la construcción del poder.






sábado, 7 de febrero de 2026

 

Trujillo y la reivindicación provincial de Plasencia en 1935:  Análisis histórico, económico y cultural de un panfleto político en la Extremadura de la Segunda República

 

En junio de 1935, en el contexto convulso de la Segunda República española, la ciudad de Trujillo fue escenario de la publicación de un panfleto de carácter político y territorial en el que se expresaba el deseo de desligarse de la provincia de Cáceres para integrarse en una hipotética provincia articulada en torno a la ciudad de Plasencia. El documento exaltaba las virtudes económicas, culturales y estratégicas de Plasencia, presentada como la ciudad más rica y próspera de Extremadura, con capacidad sobrada para ejercer la tutela administrativa y moral de la región. El presente artículo analiza dicho panfleto desde una perspectiva histórica y académica, atendiendo a su contexto político, a la retórica empleada, a la construcción simbólica de Plasencia y a las tensiones territoriales existentes en la Extremadura del primer tercio del siglo XX.

 

Palabras clave: Segunda República, Extremadura, Plasencia, Trujillo, provincialismo, discurso político, historia regional.

 

1. Introducción

 

La organización territorial de España ha sido, históricamente, una fuente constante de tensiones, debates y reivindicaciones. Durante la Segunda República (1931–1936), estas tensiones adquirieron una intensidad renovada, al calor de los procesos de reforma administrativa, descentralización y redefinición del Estado. En este contexto, numerosas ciudades y comarcas expresaron aspiraciones de mayor autonomía, reorganización provincial o reequilibrio del poder regional.

El panfleto publicado en Trujillo en junio de 1935 constituye un ejemplo singular de estas dinámicas. En él se defendía la conveniencia de abandonar la adscripción a la provincia de Cáceres y vincularse a Plasencia, ciudad que era presentada como el verdadero motor económico, cultural y moral de Extremadura. El texto no solo proponía un cambio administrativo, sino que elaboraba una narrativa de prosperidad, fertilidad y modernidad en torno a Plasencia, en contraste implícito con la capital cacereña.

 

Este artículo tiene como objetivo analizar el contenido y el significado de dicho panfleto, atendiendo tanto a sus argumentos explícitos como a los supuestos ideológicos que lo sustentan.

 

2. Contexto histórico y político de Extremadura en 1935

 

En 1935, Extremadura se encontraba inmersa en profundas desigualdades sociales y económicas. Predominaba una estructura agraria latifundista, con altos niveles de pobreza rural, conflictividad social y emigración. La Segunda República había despertado grandes expectativas de reforma, especialmente a través de la legislación agraria, aunque su aplicación fue irregular y conflictiva.

Desde el punto de vista administrativo, Extremadura se hallaba dividida en las provincias de Cáceres y Badajoz, una división que muchos consideraban artificial y poco funcional. Dentro de la provincia de Cáceres coexistían realidades muy distintas, tanto en términos económicos como culturales, lo que favoreció el surgimiento de discursos críticos con la capitalidad cacereña.

Plasencia, situada estratégicamente en el norte de la región, aparecía como un polo de desarrollo alternativo, con una economía agraria diversificada, una intensa vida cultural y una red de comunicaciones superior a la de muchas ciudades extremeñas.

 

3. El panfleto de Trujillo: naturaleza y finalidad

El panfleto publicado en Trujillo en junio de 1935 debe entenderse como un texto de carácter político-propagandístico, destinado a influir en la opinión pública local y regional. Su finalidad principal era legitimar la aspiración de Trujillo a integrarse en una provincia articulada en torno a Plasencia, cuestionando la autoridad administrativa y simbólica de Cáceres.

El documento emplea una retórica enfática, basada en la exaltación de las virtudes de Plasencia y en la apelación a criterios de prosperidad, cultura y modernidad. No se trata únicamente de una reivindicación administrativa, sino de una propuesta de reorganización regional sustentada en una determinada concepción del progreso.

 

4. Plasencia como ciudad fértil y productiva

Uno de los ejes centrales del panfleto es la descripción de Plasencia como una ciudad asentada en una tierra extraordinariamente fértil. Las vegas del Jerte y del Ambroz son presentadas como espacios de abundancia agrícola, capaces de generar riqueza sostenida y bienestar colectivo.

El discurso insiste en la variedad y calidad de los productos agrícolas, destacando la capacidad de estas tierras para sostener una economía próspera. Esta exaltación de la fertilidad no es meramente descriptiva, sino simbólica: la tierra fértil se convierte en metáfora de un territorio con futuro, frente a otros espacios percibidos como estancados.

 

5. La ciudad más rica y próspera de Extremadura

El panfleto no duda en calificar a Plasencia como la ciudad más rica y próspera de Extremadura. Esta afirmación responde menos a una medición económica precisa que a una construcción discursiva orientada a legitimar su liderazgo regional.

La prosperidad de Plasencia se asocia a su dinamismo comercial, a la actividad de sus mercados y a su capacidad para atraer intercambios económicos. En el imaginario del panfleto, Plasencia aparece como una ciudad moderna, activa y abierta, en contraste con una visión implícitamente más burocrática o inmovilista de Cáceres.

 

6. La capacidad tutelar de Plasencia sobre Extremadura

Un elemento especialmente significativo del texto es la idea de que a Plasencia “le sobran títulos” para asumir la tutela de Extremadura. Este concepto de tutela remite a una visión jerárquica del territorio, en la que ciertas ciudades están llamadas a guiar y organizar el desarrollo regional.

El panfleto atribuye a Plasencia una madurez económica, cultural y moral que la capacitaría para desempeñar ese papel rector. Esta idea se inserta en una tradición decimonónica de pensamiento regionalista, en la que las ciudades líderes actúan como focos civilizadores.

 

7. Centros de cultura y vida intelectual

Otro de los pilares argumentativos del panfleto es la existencia en Plasencia de acreditados centros de cultura. Se destaca la tradición educativa, la presencia de instituciones formativas y la vitalidad intelectual de la ciudad.

La cultura aparece aquí como un indicador fundamental de progreso. En la lógica del texto, una ciudad culta es una ciudad preparada para gobernar, administrar y orientar a un territorio más amplio. La exaltación cultural de Plasencia refuerza así su candidatura como capital regional alternativa.

 

8. Las vías de comunicación como símbolo de modernidad

 

El panfleto dedica especial atención a las vías de comunicación de Plasencia, ensalzadas “por medio mundo”. El ferrocarril, las carreteras y las rutas comerciales son presentadas como prueba irrefutable de su centralidad estratégica.

En un contexto histórico en el que las infraestructuras eran sinónimo de progreso, esta insistencia no resulta casual. Plasencia se construye discursivamente como un nodo de conexión entre regiones, capaz de articular flujos económicos y humanos.

 

9. Avenidas urbanas y exuberantes vegas

La descripción de las avenidas de Plasencia y de sus exuberantes vegas cumple una doble función. Por un lado, refuerza la imagen de modernidad urbana, con espacios amplios y ordenados. Por otro, subraya la armonía entre ciudad y campo, uno de los ideales del pensamiento regeneracionista español.

Las vegas aparecen como espacios de vida, abundancia y belleza natural, integradas en el proyecto urbano y económico de la ciudad.

 

10. Trujillo y la crítica implícita a Cáceres

Aunque el panfleto centra su atención en Plasencia, su trasfondo es una crítica implícita a la capitalidad de Cáceres. Sin atacarla frontalmente, el texto sugiere que Cáceres no cumple adecuadamente las funciones de liderazgo regional que Extremadura necesita.

La adhesión a Plasencia se presenta así como una alternativa racional, basada en criterios objetivos de prosperidad y capacidad organizativa.

 

11. Interpretación historiográfica del panfleto

Desde una perspectiva historiográfica, el panfleto puede interpretarse como una manifestación de provincialismo crítico, propio de una época de transición política. Refleja tensiones territoriales latentes y la búsqueda de modelos alternativos de organización regional.

Más que una propuesta viable en términos administrativos, el texto debe entenderse como un ejercicio de afirmación identitaria y de crítica al statu quo.

El panfleto publicado en Trujillo en junio de 1935 constituye un documento de gran interés para comprender las dinámicas territoriales de la Extremadura republicana. A través de la exaltación de Plasencia como ciudad fértil, rica, culta y bien comunicada, el texto articula una propuesta de reorganización regional cargada de simbolismo.

Más allá de su eficacia política inmediata, el panfleto revela las aspiraciones, frustraciones y expectativas de una sociedad que buscaba en la reorganización territorial una vía para el progreso y la modernización. Su análisis permite profundizar en las complejas relaciones entre identidad local, desarrollo económico y poder administrativo en la España del primer tercio del siglo XX.




viernes, 6 de febrero de 2026

 

La muralla de Badajoz, la más larga de Europa

 

La muralla de Badajoz constituye el recinto fortificado continuo más extenso de Europa, con una longitud total de 6.541 metros, un sistema defensivo compuesto por 85 torres y un complejo entramado de baluartes, fosos, revellines y fuertes exteriores. Esta estructura monumental no solo representa un hito arquitectónico y militar, sino también un documento histórico vivo que condensa más de mil años de conflictos, intercambios culturales y transformaciones urbanas.

Desde una perspectiva científica, la muralla puede entenderse como un palimpsesto histórico, en el que cada época dejó su huella material sobre las anteriores. Desde su origen islámico en el siglo IX hasta su adaptación a la guerra moderna en los siglos XVII y XVIII, el recinto defensivo ha evolucionado al ritmo de los avances tecnológicos, las tensiones geopolíticas y las necesidades estratégicas de la frontera hispano-portuguesa. Desde una óptica periodística, la muralla sigue siendo hoy un elemento identitario de la ciudad, un espacio de memoria colectiva y un recurso patrimonial con proyección de futuro.

El origen de la muralla de Badajoz se remonta a la fundación de la ciudad en el año 875, cuando el muladí Ibn Marwan al-Yilliqi estableció una nueva medina en un enclave estratégico junto al río Guadiana. La primera fortificación tuvo un carácter eminentemente defensivo y se construyó con tapial, una técnica habitual en la arquitectura andalusí, basada en tierra compactada reforzada con cal y grava.

En este primer periodo se levantó la Alcazaba, núcleo originario del sistema defensivo y uno de los recintos islámicos más grandes de Europa. Su función no era únicamente militar, albergaba también espacios residenciales, administrativos y religiosos, actuando como centro de poder político y símbolo de autoridad. La muralla primitiva delimitó el crecimiento urbano inicial y condicionó de manera decisiva la morfología de la ciudad.

Tras la conquista cristiana de Badajoz en 1230, la muralla fue objeto de sucesivas reformas. La ciudad pasó a convertirse en un enclave estratégico de primer orden dentro del reino de Castilla, especialmente por su cercanía con Portugal. Esta nueva realidad geopolítica transformó a Badajoz en una ciudad-frontera, expuesta de manera recurrente a conflictos bélicos.

Durante la Baja Edad Media se reforzaron los lienzos, se elevaron torres y se reorganizaron las puertas de acceso. Sin embargo, la verdadera transformación del sistema defensivo se produciría siglos después, con la aparición de la artillería de pólvora, que volvió obsoletas las murallas medievales altas y delgadas.

Entre los siglos XVII y XVIII, Badajoz fue adaptada al sistema abaluartado, siguiendo los principios de la ingeniería militar moderna desarrollados en Europa. Este modelo, caracterizado por muros bajos y gruesos, baluartes angulados y defensas escalonadas, permitía resistir el impacto de la artillería y ofrecer fuego cruzado contra el enemigo.

En este contexto se construyeron elementos fundamentales como el Baluarte de San Pedro y el Baluarte de San Roque, ejemplos sobresalientes de fortificación moderna. A estos se suman revellines, contraguardias y fosos que convierten la muralla de Badajoz en un auténtico tratado de ingeniería militar al aire libre.

Un elemento clave del sistema defensivo fue el Fuerte de San Cristóbal, situado en una colina al norte de la ciudad. Su función era dominar visual y artilleramente el entorno, evitando que el enemigo pudiera establecer posiciones elevadas desde las que bombardear el recinto principal. Este fuerte exterior demuestra la concepción global del sistema defensivo, que trascendía la muralla urbana propiamente dicha.

Uno de los episodios más trágicos y decisivos en la historia de la muralla tuvo lugar durante la Guerra de la Independencia Española. La noche del 6 de abril de 1812, las tropas británicas comandadas por el duque de Wellington lanzaron un asalto frontal contra las defensas francesas de Badajoz.

El ataque fue extremadamente violento. Se estima que entre 800 y 1.500 soldados británicos murieron en pocas horas, muchos de ellos abatidos en los fosos o en las brechas abiertas en la muralla. La magnitud de la masacre convirtió el asedio de Badajoz en uno de los episodios más sangrientos de la guerra peninsular.

Los cuerpos de los soldados fueron enterrados de manera apresurada en fosas comunes dentro del propio foso de la muralla. Como gesto de recuerdo, se incrustaron proyectiles de cañón en uno de los lienzos, formando la fecha del asalto. Este singular memorial permaneció visible durante más de un siglo, integrándose en el paisaje urbano como testimonio silencioso de la tragedia.

 

Pérdida y recuperación de la memoria histórica

 

En 1914, coincidiendo con el estallido de la Primera Guerra Mundial y la consiguiente escasez de materiales metálicos, los proyectiles incrustados en la muralla fueron retirados y vendidos al peso. Este acto, motivado por razones económicas, supuso una pérdida simbólica significativa del patrimonio histórico y de la memoria colectiva.

No fue hasta 2012, con motivo del bicentenario del asedio, cuando los proyectiles fueron restituidos en un gesto consciente de recuperación de la memoria histórica. Esta acción refleja de manera ejemplar la relación de la ciudad de Badajoz con su muralla: una relación marcada por el respeto al pasado, pero también por la voluntad de reinterpretarlo y preservarlo para las generaciones futuras.

 

Puertas, urbanismo y conexión con la ciudad contemporánea

 

La muralla de Badajoz cuenta con diez puertas históricas, entre las que destaca la emblemática Puerta de Palmas, situada junto al puente más antiguo de la ciudad sobre el río Guadiana. Estas puertas no solo cumplían una función defensiva y de control, sino que estructuraban el crecimiento urbano y regulaban el tránsito de personas y mercancías.

Lejos de convertirse en un obstáculo, la muralla ha facilitado históricamente el diálogo entre el casco antiguo y las áreas de expansión urbana. Hoy, estos accesos actúan como elementos simbólicos que conectan pasado y presente, integrando la fortificación en la vida cotidiana de la ciudad.

Actualmente, la muralla de Badajoz conserva aproximadamente el 80 % de sus torres, lo que la sitúa en un estado de conservación excepcional en comparación con otros recintos europeos. Su valor patrimonial es múltiple: histórico, arquitectónico, arqueológico y paisajístico.

Desde un punto de vista científico, la muralla es un laboratorio para el estudio de la evolución de las técnicas defensivas. Desde una perspectiva social, es un espacio de memoria y de identidad colectiva. Y desde el ámbito periodístico y cultural, representa una oportunidad para el desarrollo del turismo sostenible y la divulgación histórica rigurosa.

La muralla de Badajoz no es únicamente la más larga de Europa: es también una de las más complejas, mejor conservadas y cargadas de significado histórico. A lo largo de más de mil años ha sido testigo de conquistas, asedios, innovaciones técnicas y transformaciones urbanas. Su presencia sigue moldeando la ciudad, recordando que el pasado no es una reliquia inmóvil, sino una estructura viva que dialoga constantemente con el presente y proyecta su sombra hacia el futuro.

 

domingo, 25 de enero de 2026

 

VIRGEN CON EL NIÑO EN LA IGLESIA DE SAN MARTÍN DE PLASENCIA.

 

 

 

 

En la iglesia de San Martín de Plasencia, presidiendo un retablo barroquizante, en la hornacina central se conserva una imagen de la Virgen con el Niño, conocida popularmente como "la Virgen del pajarito". La iglesia de San Martín es obra románica del siglo XIII con restos del edificio primitivo en el muro meridional y en una de las jambas de la portada norte ("Era MCCXXVIII"). Su actual estructura de tres naves proviene de los siglos XIV y XV, mientras que la Capilla Mayor, con nervaduras rectas y curvas, fue diseñada por el aparejador Juan Correa entre los años 1519 y 1523.

La Virgen con el Niño, objeto de nuestro estudio, pertenece al tipo de Virgen sedente con el Niño sobre su  rodilla izquierda, carece de la simplificación convencional que se aprecia en la mayor parte de imágenes de culto de este tipo. El tema ha sido resuelto con un naturalismo y una frescura poco común. La hermosura de la policromía del siglo XVI contribuye a acentuar esta impresión. La Virgen se nos muestra con un rostro delicado, destacamos el magnífico tratamiento del plegado, va vestida con manto y túnica, las vestiduras talladas de manera naturalista. La Virgen María sostiene sobre su mano derecha un ave que entrega  al Niño Jesús, se trata de la paloma que representa la divinidad o el Espíritu Santo. 
Pocos símbolos tienen una tradición tan larga y tan rica como la paloma. Uno de los favoritos en el arte y en la iconografía, la paloma representa a menudo un cierto aspecto de lo divino, y su uso ha sido compartido, adaptado y reinterpretado a través de culturas y milenios para adaptarse a cambios en los sistemas de creencias.



Así, por el tiempo de Jesús, la paloma ya era rica en simbolismo y muchas interpretaciones, como una representación de Israel, el sacrificio expiatorio, el sufrimiento, una señal de Dios, la fertilidad y el espíritu de Dios. Todos estos significados y más se incorporaron en el uso cristiano de la iconografía con respecto a la paloma. Palomas aparecen en el Nuevo Testamento en escenas asociadas con el nacimiento, el bautismo de Jesús y justo antes de su muerte. El Evangelio de Lucas dice que María y José se sacrificaron dos palomas en el templo después del nacimiento de Jesús, tal como se prescribe en la Ley mencionada más arriba (
Lucas 02:24). Sin embargo, en el Evangelio de Juan, Jesús se dirige con enojo y saca a todos los mercaderes del Templo, incluyendo “a los que vendían palomas” a los fieles allí (Juan 2:16).


Pero tal vez la imaginería de la paloma más familiar  en el Nuevo Testamento se encuentra en los cuatro Evangelios (aunque en formas diferentes) en el bautismo de Jesús por Juan Bautista en el río Jordán. Después que Jesús salió del agua, el Espíritu Santo que vino del Cielo y descendió sobre el "como paloma" (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32.) La historia del bautismo construida sobre el símbolo persistente de la paloma como espíritu de Dios (y sus muchos otros significados) y firmemente arraigada como la representación preferida del Espíritu Santo, especialmente en representaciones artísticas posteriores de la Trinidad.


En el arte del Renacimiento, una paloma se convirtió en un elemento estándar en la escena de la Anunciación, que representa al Espíritu Santo a punto de fusionarse con la Virgen María. Las palomas también se mostraron volar en las bocas de los profetas en el arte cristiano como un signo del espíritu de Dios y autoridad divina. Desde la antigüedad se utilizó la paloma para identificar y representar a lo divino.
Los movimientos naturales tanto en el Niño como en la Madre, nos hacen pensar en una cronología de los primeros años del siglo XVI.

 

 

 

Trujillo se alza sobre una elevación natural del terreno, a una altura media de 584 metros, dominando la penillanura extremeña como un vigía del tiempo. Su emplazamiento no es casual: asentada sobre terrenos pizarrosos que descansan en un batolito granítico, la ciudad ha disfrutado desde sus orígenes de una posición estratégica privilegiada. Esa ventaja geográfica explica, en gran medida, la sucesión de pueblos y culturas que hicieron de Trujillo un enclave clave en el devenir histórico del suroeste peninsular.

Los orígenes de la ciudad se remontan a un pequeño castro integrado en el espacio vetón. Su nombre ha variado con el paso de los siglos -Turcalion en época celta, Turgalium bajo dominación romana, Turaca según algunas interpretaciones-, siempre ligado a su condición de promontorio fortificado. Con la romanización, el asentamiento evolucionó hasta convertirse en cabeza de una prefectura dependiente de Augusta Emérita, consolidándose como núcleo urbano central de su territorio.

En el siglo VIII, la expansión islámica alcanzó Trujillo, que pasó a manos árabes y permaneció bajo su dominio hasta comienzos del siglo XIII. Conocida entonces como Torgielo, la ciudad se transformó en un recinto fortificado de gran relevancia dentro de la red defensiva establecida entre los ríos Tajo y Guadiana, junto a plazas tan significativas como Cáceres o Montánchez. Los musulmanes no solo reforzaron el sistema defensivo, levantando castillos y fortificaciones para controlar los pasos estratégicos, sino que también conservaron y ampliaron la infraestructura viaria heredada de época visigoda.

La reconquista cristiana llegó de la mano de Fernando III. Trujillo fue tomada definitivamente el 25 de enero de 1233, y poco después, en 1234, caía Medellín. Con estas conquistas, los ejércitos cristianos abrían el camino hacia la Andalucía Bética y el valle del Guadiana. Para asegurar la repoblación del territorio, la Corona concedió privilegios a los caballeros que participaron en las campañas militares, confirmando sus derechos de propiedad mediante el Fuero otorgado por Alfonso X en 1256. Trujillo pasó así a ser una localidad libre, vinculada directamente a la Corona.

El reconocimiento institucional culminó en 1430, cuando el rey Juan II concedió a Trujillo el título de ciudad, consolidando su importancia política y administrativa en la región.

El siglo XV estuvo marcado por profundas tensiones internas. La ciudad se dividió en bandos enfrentados, protagonizados por los linajes que habían acumulado poder desde la Reconquista: los Altamirano, los Bejarano y los Añasco. Los enfrentamientos entre la nobleza local alcanzaron episodios de gran violencia, como los protagonizados por Alonso de Monroy, clavero de Alcántara, y Gómez de Solís, maestre de la orden, recordados en la conocida “Farsa de Ávila”.

Para poner fin a estas luchas y someter a una nobleza belicosa y orgullosa, los Reyes Católicos promulgaron en 1476 un edicto que ordenaba desmochar las torres de las casas-fuertes, inutilizar matacanes y cerrar saeteras. Se pretendía así limitar el poder defensivo de los linajes urbanos y devolver el control a la autoridad real. La Torre del Alfiler es uno de los ejemplos más representativos de estas medidas.

Desde finales del siglo XIII, Trujillo contó con una de las juderías más importantes de Extremadura, solo superada por la de Plasencia. La aljama se asentó en el arrabal de San Martín -actual Plaza Mayor-, en torno a calles como Gurría, Tiendas y Carnicerías, donde aún se conservan restos de una antigua sinagoga. Sin embargo, la convivencia estuvo marcada por la hostilidad. La población judía fue objeto de discriminaciones y vejaciones, obligada a vivir en espacios aislados y a desempeñar los trabajos más humillantes, lo que motivó protestas elevadas directamente a la reina Isabel.

Junto a la nobleza, poderosa e influyente, crecía una población pechera dedicada a la agricultura, el comercio y la artesanía. Los nombres de muchas calles aún recuerdan la actividad de los antiguos gremios: zurradores, herreros, olleros, tintoreros o silleros. En 1465, Enrique IV otorgó a Trujillo el privilegio de “Mercado Franco”, reforzando su condición de ciudad comercial y favoreciendo una elevada población productiva.

El desarrollo urbanístico de Trujillo se estructuró en torno a dos grandes núcleos: la ciudadela medieval intramuros y la ciudad moderna que creció en torno a la plaza. La ciudadela, asentada sobre un promontorio abrupto, presenta el típico trazado medieval: calles angostas y sinuosas, pequeñas plazuelas y una poderosa muralla reforzada por torres señoriales. En su interior se alzan el castillo y las iglesias primitivas de Santa María, Santiago, San Andrés y la Vera Cruz.

Hasta mediados del siglo XIV, el crecimiento arquitectónico se concentró dentro del recinto amurallado. A partir de entonces comenzaron a desarrollarse los arrabales de San Martín y San Clemente, aunque no sería hasta el siglo XV cuando el primero adquiriera un protagonismo definitivo. En esta centuria se construyeron los primeros conventos -San Miguel, la Encarnación y San Francisco- y se configuró la Plaza Mayor, con sus soportales de arcos de medio punto y las primeras Casas Consistoriales.

En el centro de la plaza se levantó el Rollo o Picota, símbolo de la jurisdicción de la ciudad, de estilo gótico-isabelino y rematado con la Cruz de Alcántara. Sus escudos reales confirman su datación y su función.

El siglo XVI marcó el momento de mayor esplendor histórico y arquitectónico de Trujillo. De la ciudad partieron figuras que cambiarían la historia del mundo: Francisco Pizarro, conquistador del Perú; Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas; o Diego García de Paredes, el llamado Sansón extremeño. Miles de conquistadores, colonizadores y evangelizadores siguieron sus pasos hacia el Nuevo Mundo. El nombre de Trujillo quedó así ligado a numerosas poblaciones de América, desde México y Perú hasta Argentina o Estados Unidos.

 

Durante el Renacimiento, la ciudad se expandió fuera de la muralla. El crecimiento demográfico y el auge de la nobleza impulsaron la construcción de grandes mansiones en torno a la plaza, como la Casa de la Cadena, el Palacio de la Conquista o el Palacio de los Duques de San Carlos. Frente a la antigua casa-fuerte medieval, surgió la casa-palacio renacentista, abierta, luminosa y articulada en torno a patios y logias.

El siglo XVII inició una larga etapa de decadencia que se prolongó durante los siglos XVIII y XIX. Trujillo, situada en ruta militar, sufrió las consecuencias de la guerra de Separación de Portugal, la de Sucesión y la Guerra de la Independencia, que provocaron despoblación, ruina económica y deterioro urbano.

A finales del siglo XIX, la ciudad recuperó cierto protagonismo político como cabeza de distrito electoral. En 1892, la reina regente María Cristina concedió al Ayuntamiento el tratamiento de Excelencia, en honor a Francisco Pizarro y con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América.

Hoy, Trujillo se presenta como un testimonio vivo de su pasado. Su patrimonio artístico, su artesanía tradicional y su oferta cultural sostienen una identidad profundamente arraigada en la historia. El turismo, especialmente el cultural, ha convertido a la ciudad en un destino cada vez más valorado, donde la piedra, el arte y la memoria dialogan con el presente.

En Trujillo, la historia no se recuerda: se camina.

domingo, 18 de enero de 2026

 

Historia de la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo

 

La Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo fue fundada en 1910 por un grupo de trabajadores de la localidad, que se encontraban desprotegidos frente a los riesgos derivados de enfermedades que les impedían percibir su jornal diario. Estos trabajadores, al no contar con recursos económicos suficientes para subsistir en momentos de incapacidad laboral, comenzaron a reunirse para discutir su situación. Tras varias reuniones, tomaron la decisión de constituir una sociedad obrera destinada a ofrecer apoyo en caso de enfermedad o accidente. Esta sociedad se regiría por una serie de estatutos que fueron aprobados oficialmente el 24 de diciembre de 1910, formalizando así la creación de lo que más tarde sería una obra social, laboral y humana para los trabajadores de Trujillo.

En la misma reunión, se constituyó la primera junta directiva de la sociedad, que estuvo formada por los siguientes socios fundadores: el presidente, don Manuel García Chamorro; el contador, don Luis Andrada Moreno, quien era carpintero; el tesorero, don Adrián Fernández Fernández, farmacéutico; el secretario, don Juan Fernández, aparejador; y el vicesecretario, don Complacido Lumbreras Cancho, escribiente. Además, como vocales fueron elegidos don Agustín Gallego, don Ramiro Jiménez (barbero) y don Galo Ramos Bravo. La junta también incluyó a los revisores de cuentas don Ramón Fernández Martínez, don Manuel Varela, don Paulino Cruz Martín, y don Francisco Pinilla.

Se establecieron diferentes categorías de socios dentro de la sociedad. Los socios protectores, como don Rafael Fernández, don Luis Pérez Álvarez Media Villa, don José Gil Calzada y don Diego Trespalacios Carvajal (conde de Trespalacios), se comprometían a abonar las cuotas estipuladas, aunque carecían de voz y voto, y no podían ocupar cargos dentro de la junta directiva.

El primer fallecido de la sociedad fue Galo Ramos, quien ingresó a la sociedad el 28 de diciembre de 1910 y falleció el 14 de junio de 1912. Según el artículo 22 de los estatutos, a su madre, única heredera, se le abonó una suma de 25 pesetas como indemnización por su fallecimiento. En total, Galo Ramos había aportado 27 pesetas con 50 céntimos a la sociedad, lo que resultó en una liquidación total de 53 pesetas con 50 céntimos, entre socorros y otros pagos.

Un aspecto relevante en la historia de "La Protectora" es la mención al socio protector y presidente honorario, don Jacinto Orellana y Avecia, marqués de Albayda. En reconocimiento a su apoyo a la sociedad, incluido una donación de 250 pesetas para establecer una clase de enseñanza, fue nombrado presidente honorario en una sesión de la junta general celebrada en noviembre de 1911. La aceptación de este nombramiento fue un acto de gratitud por los valiosos favores brindados por Orellana a la sociedad.

Don Jacinto Orellana falleció en Madrid el 4 de noviembre de 1919, lo que conmovió profundamente a la sociedad. En su memoria, la junta acordó enviar sus condolencias a su hija, doña María Orellana Maldonado, así como contribuir económicamente a la suscripción organizada por el pueblo de Trujillo para costear la corona que se regalaría en su honor. Además, se organizaron funerales solemnes en su memoria y, en abril de 1920, se colocó una lápida conmemorativa en el lugar de su nacimiento en Trujillo. Finalmente, la sociedad también recibió un retrato de don Jacinto Orellana, que fue colocado en su domicilio social como homenaje perpetuo a su legado.

Este conjunto de hechos refleja el profundo sentido de solidaridad y compromiso social que caracterizó a "La Protectora" en sus primeros años de existencia, consolidándose como una entidad dedicada al bienestar y apoyo de la clase trabajadora de Trujillo.

La Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo, que se fundó en 1910, jugó un papel clave en el bienestar social y laboral de la clase trabajadora, adelantándose en varios aspectos a lo que hoy conocemos como el sistema de seguridad social. La sociedad operaba mediante un modelo de mutualismo, donde los asociados se comprometían a pagar una cuota mensual que servía como fondo común para asistir a aquellos socios que, debido a enfermedades o accidentes, no podían trabajar y necesitaban apoyo económico.

El proceso de ayuda social era relativamente sencillo y eficiente. En el caso de que un socio quedara incapacitado para trabajar, su familia debía notificarlo a la sociedad. El presidente de la sociedad, quien actuaba como intermediario, se encargaba de comunicar la situación al médico mediante el cobrador de la sociedad. Una vez que el médico visitaba al socio y certificaba la incapacidad temporal, la sociedad comenzaba a proporcionarle un socorro económico. El pago del socorro se efectuaba el mismo día de la certificación médica y continuaba hasta que el médico, tras realizar otra visita, confirmaba la recuperación del socio y le daba de alta.

Si un socio fallecía, la sociedad preparaba una liquidación en función de las cotizaciones realizadas por el socio desde su ingreso. Esta liquidación se entregaba al cobrador, quien, a su vez, se encargaba de entregar el dinero a los herederos del socio fallecido. De este modo, "La Protectora" no solo proporcionaba asistencia económica, sino que también brindaba una red de apoyo durante momentos de gran vulnerabilidad.

Aparte de su labor social, "La Protectora" también desempeñó una función cultural significativa en Trujillo. En sus instalaciones se organizaron escuelas nocturnas destinadas a la educación de los trabajadores, quienes podían asistir a clases después de su jornada laboral. De especial relevancia fue la clase de dibujo, que formó a numerosos artistas locales, quienes desarrollaron una habilidad destacada en el uso del carboncillo. Además, se promovieron funciones teatrales para aficionados, siendo una de las más importantes la representación de "La Bola Negra", una obra dramática en verso escrita por Marcos Zapata. Estas funciones no solo ofrecían entretenimiento, sino que también servían como una herramienta para recaudar fondos para la sociedad.

Antes de su disolución en 1968, la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo tomó una serie de decisiones importantes respecto a la preservación de su sede, reflejando tanto el valor histórico de la institución como la necesidad de garantizar su conservación para el futuro. En este contexto, la última junta directiva acordó que la sociedad se mantuviera operativa bajo la presencia de un inquilino que residiera en sus instalaciones. Este inquilino tenía como misión principal la conservación del edificio, lo que implicaba una gestión del espacio y su mantenimiento. Sin embargo, la habitación que se le asignó al inquilino era la más alejada del salón principal de reuniones, reservándose este último exclusivamente para las actividades relacionadas con la sociedad.

El salón principal de la sociedad estaba cuidadosamente organizado, y su disposición reflejaba tanto la importancia funcional del espacio como el respeto a ciertos símbolos culturales y espirituales que caracterizaban a la sociedad en sus últimos años de existencia. En este salón se encontraba un gran armario destinado al archivo y documentos oficiales de la sociedad, lo cual denotaba la organización administrativa que mantenían. Además, el mobiliario incluía un aparador y una mesa rectangular de despacho, ubicada sobre una tarima, para las reuniones y actos administrativos. Las sillas dispuestas alrededor de la mesa completaban el mobiliario, brindando un espacio de trabajo y reflexión para la junta directiva.

En términos decorativos, el salón era un lugar cargado de simbolismo. Sobre la mesa de despacho se encontraba una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, una figura devocional de gran significancia religiosa, que estaba acompañada de una pena como parte de su iconografía. Además, en la pared destacaban dos grandes retratos: uno de doña Margarita de Iturralde, la benefactora de la sociedad, quien dejó un legado considerable en Trujillo, y otro de don Jacinto de Orellana, el presidente honorario de la sociedad, cuyo retrato también era de gran tamaño y evidenciaba la importancia de su figura dentro de la historia de "La Protectora".

El crucificado con su dosel rojo, un símbolo religioso prominente en el espacio, completaba la decoración. Este elemento no solo hacía alusión a la espiritualidad que siempre estuvo vinculada a la sociedad, sino que también era un testamento de la visión moral y ética que guiaba el funcionamiento de la sociedad de socorros mutuos.

Este ambiente, con un marcado carácter institucional, cultural y religioso, reflejaba el respeto que la sociedad de socorros mutuos profesaba tanto a sus fundadores y benefactores como a los principios que la guiaron durante varias décadas de actividad. Al final de su existencia, el salón y sus objetos se convirtieron en un testimonio tangible de una época en la que los trabajadores de Trujillo, a través de su solidaridad y organización, crearon una red de apoyo mutuo que perduró a lo largo de los años.

Otro de los eventos que contribuía a los recursos económicos de la sociedad fueron las novilladas organizadas por aficionados trujillanos. Estas corridas de toros, si bien eran un espectáculo popular en la región, se convertían también en una importante fuente de ingresos para la sociedad. Las rifas y papeletas para acceder a estas novilladas gozaban de gran aceptación entre los habitantes de Trujillo, que las adquirían con entusiasmo. Así, el apoyo popular a través de estas iniciativas permitió a "La Protectora" seguir financiando sus actividades y continuar con su labor social.

La sociedad también tuvo el apoyo de personas influyentes y generosas, como doña Margarita de Iturralde, quien se conmovió profundamente por la labor que realizaba "La Protectora". Esta benefactora de Trujillo extendió su ayuda no solo a los trabajadores, sino también a los ancianos y niños de la localidad. Fundó un asilo para ancianos en las Alberguerías y un colegio para niños en el barrio de Santiago y Santa Margarita. Además, doña Margarita de Iturralde dejó una huella importante en el ámbito urbanístico de la ciudad al construir una barriada de casas que se entregaban a los vecinos bajo un sistema de propiedad que les permitía adquirirlas después de 25 años de pagos continuos. Este proyecto se denominó la "Barriada Católica Obrera" y el sorteo de las viviendas fue un acontecimiento que generó gran expectación en la comunidad local.

De este modo, la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" no solo cumplió con su función de proporcionar ayuda social y económica a los trabajadores, sino que también se convirtió en un motor de cambio y progreso para Trujillo. Su contribución al bienestar y la cultura de la comunidad dejó una huella perdurable, tanto a través de sus servicios directos como por la implicación de figuras como doña Margarita de Iturralde, que ayudaron a mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos.