sábado, 2 de mayo de 2026

 

 

Tumbas excavadas en la roca en el paisaje cacereño

 

  

La Tierra de Cáceres conserva uno de los conjuntos más elocuentes y a la vez más enigmáticos del occidente peninsular: centenares de tumbas excavadas directamente en la roca granítica. Diseminadas en colinas suaves, afloramientos de lanchares y bolos, junto a cursos de agua o próximas a antiguas vías de comunicación, estas estructuras constituyen un testimonio material que, pese a su aparente simplicidad formal, encierra una complejidad histórica notable.

 

El fenómeno no es exclusivo de Extremadura. Las tumbas excavadas en la roca constituyen uno de los vestigios arqueológicos más abundantes de la Península Ibérica, con hallazgos que se extienden desde Cataluña hasta Andalucía, quedando al margen determinadas zonas del Norte Cantábrico. Sin embargo, en la Tierra de Cáceres su densidad, variedad tipológica y estado de conservación convierten el territorio en un auténtico laboratorio para el estudio del tránsito entre el mundo romano y el medieval.

 

La tierra aparentemente silenciosa revela, a quien la observa con detenimiento, las huellas de comunidades que eligieron inscribir su relación con la muerte directamente en el paisaje. Desde un punto de vista académico, el desafío es aún mayor: interpretar cronológicamente y funcionalmente estructuras que, en su inmensa mayoría, han perdido el contexto arqueológico que permitiría una datación precisa.

 

Uno de los rasgos más llamativos de estas tumbas es que casi ninguna ha conservado restos humanos. Carecen igualmente de ajuares funerarios y aparecen arqueológicamente descontextualizadas. Esta circunstancia complica cualquier intento de adscripción cronológica firme. El vacío -probablemente consecuencia de expolios antiguos, reutilizaciones o del simple deterioro por exposición a la intemperie- impide realizar dataciones absolutas y limita el análisis antropológico.

 

La historiografía tiende a considerarlas como características del medievalismo peninsular, encuadrándolas entre los periodos post-romano y altomedieval, en contraste con las prácticas funerarias plenamente romanas o las ya feudalizadas. A partir del siglo IV, en el contexto de la transformación del Imperio romano y de la progresiva cristianización, se observa una alternancia de ritos y cambios estructurales en la inhumación. El abandono paulatino de la cremación en favor del enterramiento inhumatorio, la orientación este-oeste vinculada a la esperanza escatológica cristiana y la sencillez del rito son elementos que conectan con este tipo de estructuras.

 

En la Tierra de Cáceres, además, la presencia visible de restos de villas romanas -sillares bien escuadrados, fragmentos de cerámica común y de construcción- y la identificación de posibles estructuras soterradas asociadas a hábitats altomedievales sugieren una continuidad o, al menos, una superposición de ocupaciones. Nos encontramos ante un territorio donde el final del mundo romano no supuso una ruptura abrupta, sino una transformación progresiva de las formas de poblamiento.

 

La hipótesis más plausible sitúa el origen de muchas de estas necrópolis en la época tardorromana, definida en términos generales por la preponderancia de estructuras asociadas a comunidades rurales. Se trata de asentamientos en zonas llanas o ligeramente elevadas, vinculadas a explotaciones agrícolas y, especialmente, ganaderas. El hábitat tardoantiguo y altomedieval en la Tierra de Cáceres parece haber estado vertebrado en torno a núcleos relativamente pequeños, compuestos por focos de ocupación interconectados, con una disposición laxa y flexible.

 

Este modelo podría estar relacionado con el proceso de abandono de determinadas áreas centrales de época romana en beneficio de espacios periféricos, en un contexto de crisis del sistema vilicario. No obstante, la ausencia de excavaciones sistemáticas y de datos estratigráficos impide afirmar con rotundidad esta interpretación. La conexión sincrónica entre los posibles hábitats y las necrópolis no ha sido demostrada fehacientemente.

 

Cabe plantear, como hipótesis razonable, que algunos de estos lugares experimentaron una remodelación en época tardoantigua, transformándose en espacios funerarios tras el abandono o reestructuración de edificaciones romanas. En este proceso, antiguas estructuras pudieron convertirse en centros de culto, reflejando cambios profundos en el sistema social y en la articulación del estatus. La cristianización del paisaje no sólo modificó los ritos, sino también la forma en que las comunidades se relacionaban con el territorio.

 

Las tumbas excavadas en los lanchares graníticos presentan una notable variedad tipológica. La orientación suele estar condicionada por la disponibilidad de superficie apta, lo que explica su aparente distribución anárquica. No obstante, en determinados conjuntos se aprecia cierta regularidad.

 

Podemos distinguir varias formas principales:

 

* Rectangulares.

* Ovaladas o fusiformes, conocidas como “de bañera”.

* Antropomórficas, que reproducen la silueta del cuerpo humano, con ensanchamiento en la zona de los hombros y rebaje para la cabeza.

 

Estas últimas reciben el nombre de “olerdolanas”, denominación derivada de su primera documentación en el yacimiento de Olèrdola. El rito de inhumación asociado a estas tumbas se relaciona con prácticas cristianas autóctonas: el cadáver era lavado y ungido, envuelto en una sábana de lino y depositado directamente en la fosa excavada en la roca. Posteriormente se cubría con arena y se sellaba con lajas de piedra. La ausencia de ajuares responde a una concepción cristiana de la muerte que prescinde del acompañamiento material característico de épocas anteriores.

 

Algunos investigadores han sugerido que comunidades cristianas tempranas pudieron quedar aisladas y dispersas en la región incluso en tiempos de plena dominación romana, manteniendo prácticas funerarias diferenciadas que se consolidarían en etapas posteriores, incluida la visigoda.

 

El debate historiográfico sigue abierto. Hay quienes defienden una procedencia exclusivamente visigoda o medieval para este tipo de yacimientos. En algunos casos, la aparición de elementos asociados -escasos fragmentos cerámicos o estructuras cercanas datables en esos periodos- permite sugerir al menos un uso prolongado hasta los siglos VIII al X, momento que probablemente marcó el apogeo de esta forma de enterramiento.

 

Es posible que el final de estas necrópolis coincida con la consolidación del poblamiento aldeano y el establecimiento de la parroquia como centro de culto y eje de articulación rural. La institucionalización del cementerio parroquial habría desplazado los espacios funerarios rupestres, integrando la muerte en un marco eclesiástico más estructurado.

 

Sin embargo, la prudencia metodológica obliga a reconocer las limitaciones: la ausencia de ajuares, la falta de dataciones absolutas y la posible reutilización de los espacios impiden una atribución cronológica uniforme. Tal vez no sea prudente considerar un fenómeno homogéneo algo que se presenta con manifestaciones tan variadas.

 

Más allá del debate cronológico, estas tumbas poseen una poderosa dimensión simbólica. Suelen situarse en pequeñas elevaciones que dominan el entorno inmediato, en parajes condicionados por la humedad de arroyos cercanos y por un clima que modela la vegetación circundante. Su proximidad a vías locales -hoy convertidas en carreteras o caminos entre aldeas- sugiere una relación consciente con los ejes de tránsito.

 

Donde hay tumbas, el paisaje se transforma en memoria. La roca, material permanente, fue elegida para fijar una impronta que trasciende generaciones. Cada sepultura tallada representa una decisión colectiva, una inversión de tiempo y esfuerzo que refleja la importancia concedida al tránsito entre la vida y la muerte.

 

Desde el punto de vista periodístico, recorrer estos lugares es experimentar una sensación de extrañeza y continuidad: la certeza de hallarse ante un territorio donde el ser humano plasmó en la piedra su concepción más íntima del más allá. Desde el análisis académico, constituyen uno de los ejemplos más elocuentes de transformación social en la transición del mundo romano al medieval.

 

La Tierra de Cáceres ofrece, así, una casi inagotable fuente de conocimientos arqueológicos e históricos. Cada tumba vacía no es un silencio, sino una pregunta abierta. Y en esa pregunta reside su valor: obligarnos a repensar las categorías de ruptura y continuidad, de centro y periferia, de paganismo y cristianismo, en un territorio donde la roca conserva, aún hoy, la memoria de quienes la tallaron para hacer eterna su despedida.