martes, 19 de mayo de 2026

 

 

Entre la roca y la eternidad: Tumbas excavadas en la roca en el paisaje cacereño

 

 

 

La Tierra de Cáceres conserva uno de los conjuntos más elocuentes y a la vez más enigmáticos del occidente peninsular: centenares de tumbas excavadas directamente en la roca granítica. Diseminadas en colinas suaves, afloramientos de lanchares y bolos, junto a cursos de agua o próximas a antiguas vías de comunicación, estas estructuras constituyen un testimonio material que, pese a su aparente simplicidad formal, encierra una complejidad histórica notable.

 

El fenómeno no es exclusivo de Extremadura. Las tumbas excavadas en la roca constituyen uno de los vestigios arqueológicos más abundantes de la Península Ibérica, con hallazgos que se extienden desde Cataluña hasta Andalucía, quedando al margen determinadas zonas del Norte Cantábrico. Sin embargo, en la Tierra de Cáceres su densidad, variedad tipológica y estado de conservación convierten el territorio en un auténtico laboratorio para el estudio del tránsito entre el mundo romano y el medieval.

 

La tierra aparentemente silenciosa revela, a quien la observa con detenimiento, las huellas de comunidades que eligieron inscribir su relación con la muerte directamente en el paisaje. Desde un punto de vista académico, el desafío es aún mayor: interpretar cronológicamente y funcionalmente estructuras que, en su inmensa mayoría, han perdido el contexto arqueológico que permitiría una datación precisa.

 

Uno de los rasgos más llamativos de estas tumbas es que casi ninguna ha conservado restos humanos. Carecen igualmente de ajuares funerarios y aparecen arqueológicamente descontextualizadas. Esta circunstancia complica cualquier intento de adscripción cronológica firme. El vacío -probablemente consecuencia de expolios antiguos, reutilizaciones o del simple deterioro por exposición a la intemperie- impide realizar dataciones absolutas y limita el análisis antropológico.

 

La historiografía tiende a considerarlas como características del medievalismo peninsular, encuadrándolas entre los periodos post-romano y altomedieval, en contraste con las prácticas funerarias plenamente romanas o las ya feudalizadas. A partir del siglo IV, en el contexto de la transformación del Imperio romano y de la progresiva cristianización, se observa una alternancia de ritos y cambios estructurales en la inhumación. El abandono paulatino de la cremación en favor del enterramiento inhumatorio, la orientación este-oeste vinculada a la esperanza escatológica cristiana y la sencillez del rito son elementos que conectan con este tipo de estructuras.

 

En la Tierra de Cáceres, además, la presencia visible de restos de villas romanas -sillares bien escuadrados, fragmentos de cerámica común y de construcción- y la identificación de posibles estructuras soterradas asociadas a hábitats altomedievales sugieren una continuidad o, al menos, una superposición de ocupaciones. Nos encontramos ante un territorio donde el final del mundo romano no supuso una ruptura abrupta, sino una transformación progresiva de las formas de poblamiento.

 

La hipótesis más plausible sitúa el origen de muchas de estas necrópolis en la época tardorromana, definida en términos generales por la preponderancia de estructuras asociadas a comunidades rurales. Se trata de asentamientos en zonas llanas o ligeramente elevadas, vinculadas a explotaciones agrícolas y, especialmente, ganaderas. El hábitat tardoantiguo y altomedieval en la Tierra de Cáceres parece haber estado vertebrado en torno a núcleos relativamente pequeños, compuestos por focos de ocupación interconectados, con una disposición laxa y flexible.

 

Este modelo podría estar relacionado con el proceso de abandono de determinadas áreas centrales de época romana en beneficio de espacios periféricos, en un contexto de crisis del sistema vilicario. No obstante, la ausencia de excavaciones sistemáticas y de datos estratigráficos impide afirmar con rotundidad esta interpretación. La conexión sincrónica entre los posibles hábitats y las necrópolis no ha sido demostrada fehacientemente.

 

Cabe plantear, como hipótesis razonable, que algunos de estos lugares experimentaron una remodelación en época tardoantigua, transformándose en espacios funerarios tras el abandono o reestructuración de edificaciones romanas. En este proceso, antiguas estructuras pudieron convertirse en centros de culto, reflejando cambios profundos en el sistema social y en la articulación del estatus. La cristianización del paisaje no sólo modificó los ritos, sino también la forma en que las comunidades se relacionaban con el territorio.

 

Las tumbas excavadas en los lanchares graníticos presentan una notable variedad tipológica. La orientación suele estar condicionada por la disponibilidad de superficie apta, lo que explica su aparente distribución anárquica. No obstante, en determinados conjuntos se aprecia cierta regularidad.

 

Podemos distinguir varias formas principales:

 

* Rectangulares.

* Ovaladas o fusiformes, conocidas como “de bañera”.

* Antropomórficas, que reproducen la silueta del cuerpo humano, con ensanchamiento en la zona de los hombros y rebaje para la cabeza.

 

Estas últimas reciben el nombre de “olerdolanas”, denominación derivada de su primera documentación en el yacimiento de Olèrdola. El rito de inhumación asociado a estas tumbas se relaciona con prácticas cristianas autóctonas: el cadáver era lavado y ungido, envuelto en una sábana de lino y depositado directamente en la fosa excavada en la roca. Posteriormente se cubría con arena y se sellaba con lajas de piedra. La ausencia de ajuares responde a una concepción cristiana de la muerte que prescinde del acompañamiento material característico de épocas anteriores.

 

Algunos investigadores han sugerido que comunidades cristianas tempranas pudieron quedar aisladas y dispersas en la región incluso en tiempos de plena dominación romana, manteniendo prácticas funerarias diferenciadas que se consolidarían en etapas posteriores, incluida la visigoda.

 

El debate historiográfico sigue abierto. Hay quienes defienden una procedencia exclusivamente visigoda o medieval para este tipo de yacimientos. En algunos casos, la aparición de elementos asociados -escasos fragmentos cerámicos o estructuras cercanas datables en esos periodos- permite sugerir al menos un uso prolongado hasta los siglos VIII al X, momento que probablemente marcó el apogeo de esta forma de enterramiento.

 

Es posible que el final de estas necrópolis coincida con la consolidación del poblamiento aldeano y el establecimiento de la parroquia como centro de culto y eje de articulación rural. La institucionalización del cementerio parroquial habría desplazado los espacios funerarios rupestres, integrando la muerte en un marco eclesiástico más estructurado.

 

Sin embargo, la prudencia metodológica obliga a reconocer las limitaciones: la ausencia de ajuares, la falta de dataciones absolutas y la posible reutilización de los espacios impiden una atribución cronológica uniforme. Tal vez no sea prudente considerar un fenómeno homogéneo algo que se presenta con manifestaciones tan variadas.

 

Más allá del debate cronológico, estas tumbas poseen una poderosa dimensión simbólica. Suelen situarse en pequeñas elevaciones que dominan el entorno inmediato, en parajes condicionados por la humedad de arroyos cercanos y por un clima que modela la vegetación circundante. Su proximidad a vías locales -hoy convertidas en carreteras o caminos entre aldeas- sugiere una relación consciente con los ejes de tránsito.

 

Donde hay tumbas, el paisaje se transforma en memoria. La roca, material permanente, fue elegida para fijar una impronta que trasciende generaciones. Cada sepultura tallada representa una decisión colectiva, una inversión de tiempo y esfuerzo que refleja la importancia concedida al tránsito entre la vida y la muerte.

 

Desde el punto de vista periodístico, recorrer estos lugares es experimentar una sensación de extrañeza y continuidad: la certeza de hallarse ante un territorio donde el ser humano plasmó en la piedra su concepción más íntima del más allá. Desde el análisis académico, constituyen uno de los ejemplos más elocuentes de transformación social en la transición del mundo romano al medieval.

 

La Tierra de Cáceres ofrece, así, una casi inagotable fuente de conocimientos arqueológicos e históricos. Cada tumba vacía no es un silencio, sino una pregunta abierta. Y en esa pregunta reside su valor: obligarnos a repensar las categorías de ruptura y continuidad, de centro y periferia, de paganismo y cristianismo, en un territorio donde la roca conserva, aún hoy, la memoria de quienes la tallaron para hacer eterna su despedida.









 

Gabriel y Galán en Cáceres

 

 

La estatua dedicada a José María Gabriel y Galán en la ciudad de Cáceres constituye uno de los homenajes escultóricos más representativos de la memoria cultural extremeña del siglo XX. Realizada en bronce por el escultor extremeño Enrique Pérez Comendador en 1926, esta obra no solo recuerda la figura de uno de los poetas más influyentes del regionalismo literario español, sino que también simboliza la estrecha vinculación histórica y cultural entre Extremadura y Castilla. Situada al comienzo del emblemático Paseo de Cánovas, la escultura se ha convertido con el paso de los años en un referente patrimonial y sentimental para la ciudad, integrándose plenamente en el paisaje urbano y en la identidad colectiva de los cacereños.

José María Gabriel y Galán, nacido en Frades de la Sierra (Salamanca) en 1870 y fallecido prematuramente en 1905, desarrolló una obra literaria profundamente ligada al mundo rural, a las costumbres tradicionales y al lenguaje popular. Aunque su origen salmantino es indiscutible, su relación con Extremadura fue intensa y duradera. Contrajo matrimonio con una mujer cacereña y mantuvo una estrecha conexión con las tierras extremeñas, especialmente con la provincia de Cáceres, donde encontró inspiración para gran parte de su producción poética. Además, la ascendencia extremeña de su familia materna reforzó aún más esos vínculos personales y culturales.

La relación entre Salamanca y Cáceres posee profundas raíces históricas. Durante siglos, ambas regiones mantuvieron intercambios económicos, sociales y culturales constantes. La Universidad de Salamanca, una de las instituciones académicas más prestigiosas de España desde la Edad Media, fue tradicionalmente el destino de numerosos estudiantes extremeños que buscaban formación superior. Este contacto permanente favoreció una circulación de ideas, costumbres y formas de expresión que explica, en parte, la natural identificación de Gabriel y Galán con la realidad extremeña.

La escultura levantada en Cáceres adquiere especial relevancia por tratarse del primer monumento público realizado por Enrique Pérez Comendador, artista nacido en Hervás y posteriormente reconocido como una de las figuras más importantes de la escultura española del siglo XX. El encargo llegó tras ganar un concurso público en los comienzos de su carrera artística, circunstancia que convirtió esta obra en un punto de partida fundamental para su trayectoria profesional. Pérez Comendador supo captar con notable sensibilidad tanto la dimensión humana del poeta como la profundidad simbólica de su legado intelectual.

El monumento representa a Gabriel y Galán sentado, en una postura relajada y serena. La elección de esta actitud no resulta casual, sino que responde a una intención claramente simbólica. El poeta aparece reflexivo, cercano y accesible, alejado de cualquier representación grandilocuente o heroica. Esta serenidad transmite una imagen de equilibrio intelectual y de recogimiento espiritual, características que encajan perfectamente con la naturaleza de su obra literaria. La escultura muestra a un hombre profundamente unido al pensamiento, a la contemplación y al conocimiento.

Entre sus manos sostiene un libro, elemento cargado de significado dentro de la composición escultórica. El libro simboliza el saber, la educación y la cultura, valores fundamentales en la vida de Gabriel y Galán, quien ejerció como maestro antes de alcanzar reconocimiento como poeta. En la España rural de finales del siglo XIX y comienzos del XX, la figura del maestro poseía una enorme importancia social. En muchos pueblos, el docente representaba una autoridad moral e intelectual comparable a la del alcalde o el médico. Era el transmisor del conocimiento y uno de los escasos vínculos entre las comunidades rurales y los avances culturales de la época.

La producción literaria de Gabriel y Galán refleja precisamente esa estrecha relación con el mundo campesino y con las clases populares. Sus poemas exaltan las tradiciones, la religiosidad y la vida sencilla del campo, elementos que consideraba esenciales para preservar la identidad moral de la sociedad española. Sin embargo, reducir su obra a una mera idealización rural sería una interpretación incompleta. El poeta también desarrolló una importante dimensión social en sus escritos, denunciando las injusticias, la pobreza y el atraso que sufrían muchas comunidades rurales en la España de su tiempo.

La transición entre los siglos XIX y XX estuvo marcada por profundas transformaciones económicas y sociales. España atravesaba una etapa de crisis política y decadencia institucional, agravada tras el Desastre del 98 y la pérdida de las últimas colonias ultramarinas. En este contexto, numerosos intelectuales comenzaron a reflexionar sobre la situación del país y sobre las desigualdades existentes entre las distintas regiones y clases sociales. Gabriel y Galán, desde una sensibilidad tradicionalista y profundamente humana, se convirtió en una voz que expresó el sufrimiento de los campesinos y las dificultades de la vida rural.

Su poesía, escrita en ocasiones en castúo —variante dialectal característica de Extremadura—, contribuyó decisivamente a dignificar las formas de habla populares y a otorgarles valor literario. Este aspecto resultó especialmente relevante en una época en la que las expresiones regionales solían considerarse inferiores frente al castellano normativo. Gabriel y Galán supo transformar el lenguaje popular en vehículo de emoción, identidad y memoria colectiva, convirtiéndose en uno de los máximos representantes de la literatura regionalista española.

El simbolismo del monumento de Cáceres se amplía mediante los elementos decorativos situados originalmente en los vértices superiores del conjunto escultórico. En ellos se encontraban representadas dos lechuzas y dos palomas, figuras cargadas de contenido alegórico. La lechuza, tradicional símbolo de la sabiduría desde la Antigüedad clásica, alude al conocimiento, la reflexión y la inteligencia. Por su parte, la paloma simboliza la paz, la armonía y la convivencia. La unión de ambos símbolos sintetiza perfectamente el mensaje esencial de la obra poética de Gabriel y Galán: alcanzar la concordia social y humana mediante la cultura, el aprendizaje y la sensibilidad estética.

La ubicación del monumento en el Paseo de Cánovas también posee una dimensión significativa. Este espacio urbano, uno de los más representativos de Cáceres, ha sido históricamente un lugar de encuentro ciudadano y de convivencia social. Situar allí la estatua suponía integrar la figura del poeta en la vida cotidiana de la ciudad, haciendo de su memoria una presencia permanente y accesible para generaciones de cacereños. La escultura no se concebía únicamente como un homenaje artístico, sino también como un instrumento de transmisión cultural y de afirmación identitaria.

A lo largo del tiempo, la figura de Gabriel y Galán ha suscitado interpretaciones diversas. Mientras algunos sectores han destacado principalmente su defensa de los valores tradicionales y religiosos, otros han subrayado su sensibilidad hacia las condiciones de vida de las clases humildes. Ambas dimensiones conviven en su obra y forman parte de la complejidad de un autor profundamente arraigado en la realidad social de su tiempo. Su poesía expresa tanto el apego a las tradiciones como la preocupación por las dificultades humanas derivadas de la pobreza y la marginación.

La estatua de Cáceres constituye, por tanto, mucho más que una representación física del poeta. Se trata de un símbolo de memoria colectiva que sintetiza la importancia de la literatura, la educación y la cultura popular en la construcción de la identidad extremeña. Al mismo tiempo, refleja la capacidad del arte público para conservar y transmitir valores históricos a través de las generaciones.

Enrique Pérez Comendador logró mediante esta obra unir tradición escultórica y contenido simbólico en una composición equilibrada y profundamente expresiva. La serenidad del rostro, la postura relajada y la presencia del libro convierten al monumento en una representación idealizada del intelectual comprometido con su pueblo y con su tiempo. De este modo, la escultura continúa recordando no solo al poeta, sino también a toda una época de la historia española caracterizada por la búsqueda de identidad cultural y por la reflexión sobre las desigualdades sociales.

El monumento a José María Gabriel y Galán en Cáceres representa una de las manifestaciones más relevantes del patrimonio escultórico y literario extremeño del siglo XX. La obra reúne valores artísticos, históricos y simbólicos que trascienden el mero homenaje individual. A través de ella se preserva la memoria de un poeta que supo dar voz al mundo rural, defender la riqueza cultural de Extremadura y convertir la palabra en instrumento de conocimiento, sensibilidad y cohesión social.







viernes, 8 de mayo de 2026

 

Historia de las Hermandades del Trabajo: de las corporaciones antiguas a la fundación de las Hermandades del Trabajo de Abundio García Román

 

La historia de las hermandades del trabajo constituye una parte esencial de la evolución social, económica y religiosa de Occidente. Desde las primeras asociaciones profesionales de la Antigüedad hasta las organizaciones obreras contemporáneas, las comunidades de trabajadores han buscado proteger sus intereses, transmitir conocimientos, fomentar la solidaridad y otorgar dignidad al trabajo humano. A lo largo de los siglos, estas agrupaciones adoptaron diversas formas: colegios romanos, gremios medievales, cofradías religiosas, sindicatos modernos y movimientos apostólicos obreros. Todas ellas respondieron a una necesidad común: la organización colectiva del trabajo y la defensa de quienes vivían de él.

En España, esta tradición alcanzó una expresión singular con la fundación de las Hermandades del Trabajo en 1947 por el sacerdote Abundio García Román, quien impulsó una obra orientada a la recristianización del mundo obrero y a la promoción integral de los trabajadores. Su iniciativa nació en un contexto histórico marcado por las tensiones sociales, la industrialización, la secularización y las profundas heridas dejadas por la Guerra Civil española. Para comprender plenamente el significado de esta fundación, resulta necesario recorrer previamente la larga evolución histórica de las hermandades y organizaciones laborales desde la época romana hasta la contemporaneidad.

En el mundo romano existieron formas tempranas de organización profesional conocidas como collegia. Estas asociaciones agrupaban a artesanos, comerciantes, marineros, constructores y otros trabajadores que compartían un mismo oficio. Los collegia tenían una función económica, social y religiosa, ya que además de regular aspectos laborales, promovían cultos comunes, celebraciones y ayudas mutuas entre sus miembros.

Los trabajadores romanos encontraban en estas corporaciones una forma de protección frente a las dificultades económicas y sociales. Los collegia ofrecían apoyo funerario, asistencia a las familias y cierta representación ante las autoridades imperiales. En muchos casos, funcionaban como auténticas fraternidades basadas en la solidaridad y en el sentido de pertenencia colectiva.

Durante el Imperio romano, especialmente a partir del siglo I d. C., estas asociaciones adquirieron una gran relevancia urbana. Sin embargo, el poder imperial vigiló estrechamente su funcionamiento, temiendo que pudieran convertirse en focos de oposición política. A pesar de estas limitaciones, los collegia sentaron las bases de futuras organizaciones gremiales y fraternales.

Con la expansión del cristianismo, muchas de estas asociaciones comenzaron a incorporar elementos religiosos cristianos. La Iglesia primitiva valoró positivamente la dignidad del trabajo y fomentó la ayuda mutua entre los fieles. Esta concepción cristiana del trabajo como vocación y servicio influiría decisivamente en el desarrollo posterior de las hermandades medievales.

La caída del Imperio romano y la formación de la sociedad feudal transformaron profundamente las estructuras económicas y laborales. A partir del siglo XI, con el resurgimiento urbano y comercial en Europa, surgieron los gremios medievales, instituciones fundamentales en la organización del trabajo artesanal.

Los gremios agrupaban a personas dedicadas a un mismo oficio: carpinteros, herreros, tejedores, panaderos o albañiles. Su principal objetivo era regular la producción, garantizar la calidad de los productos y proteger los intereses de sus miembros. Los gremios establecían normas sobre salarios, horarios, aprendizaje y acceso a la profesión.

La estructura gremial se organizaba en tres niveles: aprendices, oficiales y maestros. El aprendiz recibía formación bajo la tutela de un maestro; el oficial ejercía el oficio de manera remunerada; y el maestro, tras superar determinadas pruebas, podía abrir su propio taller. Este sistema garantizaba la transmisión del conocimiento técnico y la estabilidad económica de la profesión.

Sin embargo, los gremios no eran únicamente organizaciones económicas. Poseían también un profundo carácter religioso y comunitario. Cada gremio solía tener un santo patrono, celebraba festividades religiosas y mantenía estrechos vínculos con la Iglesia. Muchas veces, las agrupaciones gremiales adoptaban la forma de cofradías o hermandades piadosas, dedicadas tanto a la ayuda mutua como al culto religioso.

Las hermandades medievales desempeñaron importantes funciones sociales. Asistían a los miembros enfermos, ayudaban a viudas y huérfanos y organizaban entierros dignos para sus asociados. De esta manera, el trabajo quedaba integrado dentro de una visión cristiana de la sociedad, en la que la solidaridad y la fraternidad ocupaban un lugar central.

En España, los gremios alcanzaron gran desarrollo durante los siglos XIII al XVI. Ciudades como Toledo, Sevilla, Burgos o Barcelona contaron con poderosas corporaciones artesanales que influyeron decisivamente en la vida urbana. Estas instituciones contribuyeron a la cohesión social y a la estabilidad económica de las ciudades medievales.

La Edad Moderna introdujo profundas modificaciones en las estructuras laborales tradicionales. El crecimiento del comercio internacional, el desarrollo del capitalismo mercantil y el fortalecimiento de los Estados modernos debilitaron progresivamente el sistema gremial.

Durante los siglos XVI y XVII, las monarquías absolutas comenzaron a intervenir cada vez más en la economía. Aunque muchos gremios conservaron privilegios y funciones regulatorias, su autonomía fue reduciéndose. Al mismo tiempo, aparecieron nuevas formas de producción que escapaban al control gremial, especialmente en el ámbito manufacturero.

La Ilustración del siglo XVIII criticó duramente las limitaciones impuestas por los gremios. Los pensadores ilustrados defendían la libertad económica y consideraban que las corporaciones tradicionales obstaculizaban el progreso y la competencia. Como consecuencia, numerosos Estados europeos iniciaron procesos de supresión de los gremios.

En España, las reformas borbónicas impulsaron cierta modernización económica, aunque los gremios mantuvieron influencia hasta comienzos del siglo XIX. La llegada del liberalismo y las desamortizaciones aceleraron la desaparición definitiva de muchas estructuras corporativas tradicionales.

No obstante, aunque los gremios desaparecieron jurídicamente, la necesidad de solidaridad obrera no desapareció. La industrialización del siglo XIX generó nuevas formas de explotación laboral, largas jornadas de trabajo y condiciones de vida extremadamente precarias para millones de trabajadores. En este contexto surgieron las asociaciones obreras modernas y los primeros sindicatos.

La Revolución Industrial transformó radicalmente el mundo del trabajo. La mecanización de la producción y el crecimiento de las fábricas provocaron importantes cambios sociales. Grandes masas de población campesina emigraron a las ciudades industriales, donde trabajaban en condiciones muy duras.

Frente a esta situación, nacieron movimientos obreros de inspiración socialista, anarquista y sindicalista que buscaban mejorar las condiciones laborales y defender los derechos de los trabajadores. Las huelgas, asociaciones mutualistas y sindicatos se extendieron rápidamente por Europa durante el siglo XIX.

La Iglesia católica observó con preocupación tanto la explotación obrera como el avance de ideologías anticlericales y revolucionarias. En respuesta, el papa León XIII publicó en 1891 la encíclica Rerum Novarum, considerada el inicio de la doctrina social de la Iglesia. Este documento defendía la dignidad del trabajador, el derecho a un salario justo y la legitimidad de las asociaciones obreras cristianas.

A partir de entonces surgieron múltiples iniciativas católicas destinadas al mundo laboral: círculos obreros, sindicatos católicos, cooperativas y asociaciones de ayuda mutua. Estas organizaciones pretendían ofrecer una alternativa cristiana tanto al capitalismo liberal como al socialismo revolucionario.

En España, el catolicismo social tuvo especial desarrollo durante finales del siglo XIX y comienzos del XX. Se crearon sindicatos agrarios, mutualidades y movimientos apostólicos dirigidos a los trabajadores. Sin embargo, las tensiones políticas y sociales del periodo dificultaron frecuentemente la consolidación de estas iniciativas.

El siglo XX español estuvo marcado por una profunda conflictividad social y política. La expansión industrial, las desigualdades económicas y la creciente polarización ideológica provocaron fuertes enfrentamientos entre distintas corrientes políticas y sindicales.

Durante la Segunda República española (1931-1936), las tensiones entre sectores católicos y movimientos obreros revolucionarios se intensificaron notablemente. Muchos trabajadores identificaban a la Iglesia con las clases privilegiadas y mostraban un profundo alejamiento religioso.

En este contexto aparece la figura de Abundio García Román, sacerdote profundamente comprometido con el mundo obrero. En 1931 se hizo cargo de un Patronato de enseñanza que contaba con un colegio en el barrio madrileño de Entrevías. Allí entró en contacto directo con los trabajadores y sus familias, conociendo de primera mano sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones.

Esta experiencia marcó profundamente su vocación apostólica. García Román percibió no solo las dificultades materiales de los obreros, sino también el rechazo que muchos de ellos sentían hacia Cristo y hacia la Iglesia. Comprendió que existía una profunda ruptura entre el mundo trabajador y la fe cristiana.

Tras la Guerra Civil española, el obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, le nombró consiliario de la Acción Católica del Trabajo y posteriormente asesor eclesiástico en la Delegación Provincial de Sindicatos de Madrid. Desde estos cargos desarrolló una intensa actividad apostólica entre los trabajadores.

Sin embargo, su labor encontró numerosas dificultades. Sus iniciativas despertaron recelos tanto dentro de la Organización Sindical del régimen como entre algunos compañeros sacerdotes. A pesar de las críticas y oposiciones, García Román permaneció fiel a la misión encomendada por su obispo y continuó trabajando por la evangelización del mundo obrero.

Impulsado por estas circunstancias y respaldado por el obispo Eijo Garay, Abundio García Román fundó en julio de 1947 las Hermandades del Trabajo junto a un grupo de seglares comprometidos. La nueva organización nació con un objetivo claramente definido: convertirse en “un instrumento de recristianización del mundo del trabajo”.

Las Hermandades del Trabajo pretendían integrar formación religiosa, promoción social y defensa de la dignidad obrera. Su finalidad no era únicamente espiritual, sino también humana y cultural. Buscaban acercar la Iglesia a los trabajadores mediante el diálogo, la solidaridad y la promoción integral de la persona.

La obra impulsada por García Román desarrolló centros educativos, actividades culturales, formación profesional y espacios de convivencia para trabajadores y sus familias. Las Hermandades aspiraban a construir una comunidad cristiana obrera capaz de responder a los desafíos sociales del momento.

El pensamiento de García Román se apoyaba en la doctrina social de la Iglesia y en la convicción de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la dignidad humana. Para él, la evangelización del mundo obrero exigía comprender sus problemas reales y compartir sus condiciones de vida.

Con el paso de los años, las Hermandades del Trabajo se expandieron por diversas regiones españolas e incluso por otros países. Aunque las transformaciones sociales y políticas posteriores modificaron profundamente el panorama laboral y religioso, la obra de García Román dejó una huella significativa en el apostolado obrero católico del siglo XX.

La fundación de las Hermandades del Trabajo en 1947 representó la culminación de una larga tradición histórica y cristiana de compromiso con el mundo laboral. Abundio García Román supo interpretar las necesidades espirituales y sociales de los trabajadores españoles de su tiempo, ofreciendo una respuesta basada en la fe, la solidaridad y la promoción humana.

Su obra constituye un ejemplo significativo de la relación entre cristianismo y cuestión social en la España contemporánea. Más allá de su contexto histórico concreto, las Hermandades del Trabajo representan un intento de reconciliar el mundo obrero con los valores cristianos, defendiendo siempre la dignidad de la persona y el valor humano del trabajo.

jueves, 7 de mayo de 2026

 

Las capillas callejeras de Trujillo

 

Las representaciones a Nuestra Señora, estaban reservadas para el escudo de la ciudad, repartidos en puertas de acceso a la villa, bóvedas de las iglesias, etc.

El escudo de armas de la ciudad fue confirmado por el rey Fernando III, según la venerable leyenda que nos cuenta que la Virgen auxilió a las tropas cristianas en la conquista definitiva acaecida el 25 de enero del año 1232. En el escudo de armas aparece: "En campo de plata una imagen de Ntra. Sra. de la Victoria, puesta encima de la muralla almenada de dos torres, todo de gules y mazonado de plata".

 

Como ya hemos indicado, Ntra. Sra. de la Asunción, titular de la iglesia de Santa María, sería la imagen que recibiría culto y sería la más venerada hasta la fecha citada. Tuvo muchas alhajas y ricos vestidos como se desprende del Inventario realizado en 1729[1]. Esta imagen desapareció en 1809. Su lugar en el retablo le vino a ocupar una imagen de Ntra. Sra., actual titular de la parroquia, obra del escultor Modesto Pastor, natural de Valencia[2].En un Libro de Cuentas de la parroquia podemos leer: "Es tradición que en la invasión francesa del presente siglo desapareció la imagen de Ntra. Sra. de la Asunción, patrona de la iglesia de Santa María; llevándose los preciosos vestidos de su uso al extranjero, algunos se pudieron rescatar. El camarín quedó sin imagen, cuya falta se suplió en el año mil ochocientos diez y siete por el Sr. Marqués de Santa Marta que donó un magnífico lienzo a la iglesia, representando el misterio de la Asunción de Ntra. Sra., se colocó en el centro del retablo mayor desde lo alto del tabernáculo hasta cubrir el escudo final de aquel ocultando por sus dimensiones, el camarín y siete cuadros más del retablo. En mil ochocientos ochenta y dos se trasladó este lienzo y hoy está colocado en la nave del baptisterio frente a la ventana grande de Mediodía[3] y puesta en el camarín una imagen de talla que representa dicho misterio estando la Virgen sentada sobre una nube, subida por dos mancebos preciosos, circuida de rayos dorados en grupo de unos dos metros y treinta centímetros de altura, por uno y doce de ancho, es obra del escultor de Valencia del Cid don Modesto Pastor, encargada por el cura párroco de esta iglesia y costeada por los fondos de la fábrica, siendo su coste nueve mil reales. Llegó esta imagen a Trujillo a últimos de abril de 1882; estuvo, hasta su traslado en procesión, en la casa del presbítero don Agustín Solís, en la calle Nueva, quien había concebido el pensamiento de traer esta imagen en el tiempo que fue ecónomo de esta parroquia"[4].

 

En un recorrido por las calles trujillanas nos vamos a detener a contemplar algunas de las capillas callejeras que aún existen en Trujillo, aquellas que recibieron las oraciones de los fieles transeúntes.

 

De las siete puertas que abrían la cerca de murallas, mirando hacia la ciudad, existieron varias capillas que albergaron una imagen titular. Por ejemplo, en el arco de Santiago hubo una imagen de Santiago Matamoros, en la puerta de las Palomitas o San Juan, una imagen de San Juan que dio nombre a la puerta y que fue realizada por Jerónimo González en el año 1554; y, en la del Triunfo, una capillita que albergaba una imagen pictórica de la Virgen de la Victoria, que había ejecutado el pintor Muriel Solano en 1575, acorde con la tradición de que allí se apareció la Virgen a los ejércitos cristianos en la reconquista de la villa. En la actualidad, hay una escultura de la Virgen de la Victoria, moderna.

 

También quedan las capillas callejeras emplazadas que el Cañón de la Cárcel donde hubo una pintura de la Virgen de la Victoria ejecutada en 1575 por Muriel Solano[5], calle de Afuera donde se dio culto a una imagen de Nuestra Señora de mármol que actualmente conserva la familia que vive en la casa en cuya fachada está la hornacina (la que está en la hornacina es una copia) o la capilla que hubo en la calle de Sillería, de la que no queda rastro alguno. Retablos callejeros que unían la plaza mayor con la villa.

Hemos de mencionar la hornacina practicada en la Puerta del Triunfo, arco apuntado,  donde se venera una imagen de piedra de la Virgen de la Victoria, ejecutada en 1960 por el cantero trujillano Antonio Serván y donada por el sacerdote don Manuel Rubio Cercas. Puerta por la que según una leyenda venerable entraron las tropas cristianas en la reconquista definitiva de 1233. Los escudos de los Bejaranos, Altamirano y Añascos campean en el Arco en su muro interior y, en el paramento exterior, el escudo de los Reyes Católicos con el águila tenante de San Juan (la puerta fue restaurada a finales del siglo XV). El gobierno de la ciudad y su tierra se confía en un principio a los Altamiranos, Bejaranos y Añascos, que recibirían privilegios de población y señorío sobre casa-solar con importantes rentas y tierras en el territorio[6]. La distribución de los cargos es una recompensa por parte de la corona a las más importantes familias que participaron en la reconquista. El concejo estaría formado por dos alcaldes y dos alguaciles durante un período bianual, después serán los regimientos en un total de ocho regidores y una duración de cuatro años. A principios del siglo XVI[7], el gobierno municipal se encuentra detentado por caballeros que, divididos en los tres linajes citados, controlan y acaparan los cargos concejiles. Los regidores, a quienes se confía el gobierno de la ciudad y su tierra, son elegidos de entre una serie de familias y adquieren unas posibilidades de enriquecimiento y control que proporciona el poder, distribución entre los linajes que se extiende igualmente a cargos menores que integran el gobierno local: fieles, mayordomos, procuradores, etcétera[8].


 

1.- La Virgen del Reposo

 

La capilla de la Virgen del Reposo se encuentra en el ábside de la iglesia que se alza majestuosa en la Plaza Mayor. Ostenta el nombre del santo obispo de Tours.  Próxima a dos torres vigías (el Castillejo y otra en el camino de Fontalba), y en el inicio de la calle Ballesteros (el gremio de fabricación de ballestas). Aquí se encontraba ya un primer centro de un dinamismo social. El lugar, cercano a los arrabales de Huertas y Belén, donde habitaba una población netamente agraria-ganadera, sería el más adecuado para obtener una asistencia importante de los campesinos, a quienes interesaba vivamente los temas tratados en aquel concejo, y no nos extraña que esta práctica no fuera del todo novedosa, sino consecuente con una tradición de origen árabe.

 

Este primitivo núcleo urbano, mercado-iglesia, junto al que pronto se añadirían las Casas Consistoriales, será el epicentro virtual de una ciudad, que desde aquí y siguiendo los caminos se expandiera por irradiación.

 

La primera noticia sobre construcciones en la primitiva  plaza del mercado, luego Plaza Mayor, data del 18 de mayo de 1353. Aquel día se reúnen el Concejo cerca de la iglesia de San Martín "para tratar del amojonamiento del Berrocal que en este año hizo González Fernández Añasco"[9]. Al igual que ocurriera en la Edad Media con la iglesia de Santiago Apóstol, la de San Martín fue durante cierto tiempo el lugar donde se reunía el Concejo de Trujillo.

 

En un documento de 1526, se indica que se había iniciado la construcción de una cabecera más amplia para cuya fábrica se solicita subvención pública: "que por estar en la plaza desa Cibdad corre a ella muchas gentes, los dichos parroquianos movidos por caridad y celo de servir a Nuestro Señor, acordaron juntamente con al dicho cura, beneficiados e clérigos, la obra de la dicha capilla mayor de la Iglesia, y con las limosnas que para ello dieron, se comenzó a labrar y está comenzada aquélla..."[10]. En 1529 aún no se había terminado la obra por lo que se reitera la petición de ayuda al Concejo argumentando "...que dicha Iglesia es de las principales de la dicha Cibdad y que por estar en la plaza todos los forasteros y la mayor parte de los vecinos desaCibdad van a oir misa a dicha Iglesia y que por esta causa tiene necesidad de se reedificar acrecentar para que el culto divino se pudiese celebrar con la reverencia y acatamiento debido  y porque es muy pobre...".

 

En el siglo XVI se lleva a cabo las obras de ampliación de la pequeña ermita de San Martín hasta convertirla en un majestuoso templo. Al crecer el vecindario tras muros de la Villa, la ermita de San Martín quedaba pequeña para atender a los actos litúrgicos ampliándose la fábrica desde el ábside, en 1526, desapareciendo el cementerio que se encontraba en las cercanías del templo[11]. Desde el año 1538 interviene en su fábrica el gran maestro trujillano Sancho de Cabrera[12], interviniendo también en ella los canteros Diego de Nodera, Juan de Fradua, Pedro Hernández y Pedro Vázquez, el día 2 de octubre de 1540 se terminaba de cerrar la capilla mayor. En 1544 ya se inició la construcción de la torre de las campanas, bajo la cual se situaba la capilla bautismal[13]. Cabrera se ocupó de la fábrica el coro entre el 30 de enero y el 21 de octubre de 1553; consta que en distintas fechas trabajaban en esta obra del coro, bajo la dirección de Cabrera, Alonso Becerra y su hijo Francisco Becerra- al que ahora se llama "el moço"-, primera referencia artística del que sería gran arquitecto americano[14].

 

En el ábside de la iglesia de San Martín de Tours se encuentra una pequeña hornacina de la Virgen del Reposo. Se trata de una capilla callejera, abierta a la plazuela, paso obligado del camino de Castilla antes de acceder a la Plaza Mayor. Bajo un arco conopial se alberga la hornacina, escoltada por dos columnas abalaustradas que sustentan el entablamento y un frontón triangular de sencillo molduraje. Sobre un pedestal de capitel corintio, en versión del siglo XVI, aparece la Virgen coronada con el Niño desnudo. Viste la Virgen María túnica y manto, inclinando suavemente la cabeza y posando sus pies sobre un serafín de alas explayadas. El paramento exterior se anima con esgrafiados geométricos y temas vegetales. El conjunto estaba guarnecido por un tejaroz corrido entre los dos contrafuertes, conformando una capilla abierta. Esta capilla mariana estaba guarnecida por un tejaroz corrido entre los dos contrafuertes de la iglesia, conformando una capilla abierta. Presenta el frontal bellos esgrafiados con trama romboidal y motivos geométricos  y vegetales entrelazados[15].

 

Es obra de 1566, según nos refiere un Acuerdo capitular del 2 de abril, en que el concejo trujillano ordenaba la colocación de una imagen de Nuestra Señora del Reposo. Obra realizada por el maestro Pedro Hernández Tripa, autor de la cruz de la calle del Estudio (desaparecida), y diseño de Sancho de Cabrera, que por aquellos años remataba las obras del templo de San Martín. Pronto surgió la devoción a la Virgen del Reposo entre los convecinos, de hecho, en 1569 en el testamento de Francisco de Sotomayor, una de las cláusulas especificaba: “Item mando que se eche un chapitel de madera forrado de hoja de lata en la imagen de Nuestra Señora del Reposo que está a las espaldas de la capilla de Sant Martín de tal manera que la ymajen no reçiba daño con el hostigo del agua y que se pague lo que para ello fuere menester”.

 


Bibliografía

 

 

FERNÁNDEZ, fray Alonso: Historia y Anales de la ciudad y obispado de Plasencia. Cáceres, 1952.

 

SÁNCHEZ RUBIO, M. A: El concejo de Trujillo y su alfoz en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna. Badajoz, 1993.

 

SANTA CRUZ, José de: Crónica de la Provincia franciscana de San Miguel. Colección “Crónicas Franciscanas de España”, núm. 19. Reproducción facsímil de la única edición de 1671. Ed. Cisneros. Madrid, 1989.

 

SOLÍS RODRÍGUEZ, C.: "El arquitecto trujillano Sancho de Cabrera". Actas del V Congreso de Estudios Extremeños, 1976.

 

SOLÍS RODRÍGUEZ, C: "El arquitecto extremeño Francisco Becerra: Su etapa extremeña". Revista de Estudios Extremeños. Tomo XXXIX. Badajoz, 1973.

 

 

TENA FERNÁNDEZ, J: Trujillo, histórico y monumental. Gráficas Alicante, 1967.

 

 

 



[1]Libro de Inventario y Rentas de Santa María, 1729. Archivo parroquial de Santa María.

[2]Libro de Cuentas, 1852-1889. Archivo parroquial de Santa María, fols. 53 y 53 vº.

[3]En la actualidad ha sido restaurado (abril, 1992) por el equipo de restauración madrileño de don Javier Bacariza, está colocado en el crucero de la iglesia de San Francisco de Trujillo, filial de Santa María.

[4]Libro de Cuentas de Fábrica, 1852-1889. Archivo parroquial de Santa María de Trujillo, fol. 53 vº.

[5] También pintó y doró la imagen de San Gregorio para las Casas Consistoriales que realizara Juanes de la Fuente en 1582. Libramiento, 6 diciembre de 1582: “ en este día se mandaron librar a Juanes de la Fuente, diez ducados para la  fechura de una imagen de San Gregorio que fizo para la sala del Ayuntamiento”. Archivo Municipal de Trujillo. “El 6 mayo de 1583 mandaron librar a Muriel Solano, pintor, 14 ducados porque pintó y duró la imagen de San Gregorio para la capilla del Ayuntamiento”. Libramiento. Archivo Municipal de Trujillo.

 

 

[6] FERNÁNDEZ, 1952, 356.

[7] Es importante destacar que en algunos documentos existentes en el Archivo Municipal, fechados en el siglo XV, se hace ya referencia a la “plaça del arraval”. Por lo que atañe al desarrollo urbanístico, las Casas Consistoriales desde el año 1428 ya estaban situadas  en "la Facera de la plaza", en tiempos de los monarcas católicos se van a reformar por indicación de la Reina Isabel I. En 1485, trabajaban en ellas el maestro Juan Martínez Tostado el viejo. En documentos de finales del siglo XV se hace referencia a la iglesia parroquial de San Martín, situada en la “hazera de la plaça della” lugar en el que “se reunía el conçejo a canpana tañida so el portal de la yglesia de sant Martin de la dicha çinbdad”. Carta de poder del concejo de Trujillo a Diego Alonso de Tapia y Álvaro de Loaisa, regidores, para que, junto con los representantes del monasterio de Guadalupe, solucionen y lleguen a un acuerdo sobre los diferentes pleitos y debates que tienen ambos sobre tierras y ganados en Madrigalejo (10 octubre de 1488). Archivo Municipal de Trujillo, legajo 3. 1, fols. 210 r- 211 v; Real Provisión del príncipe don Juan al corregidor de Trujillo para que le envíe la información que éste recabe sobre el derecho que pretenden tener Juan de Chaves y Juan de Vargas a elegir los alcaldes de la Hermandad (5 julio de 1496). Archivo Municipal de Trujillo, legajo 3. 1, fols. 38v- 39v.

[8] SÁNCHEZ RUBIO, 1993, 105.

[9] Archivo Municipal de Trujillo, legajo 5, documento 1.

[10] Archivo Municipal de Trujillo, Acuerdos, número 18, 1525-1526, fols. 86-87 vº.

[11] Fueron necesarias por parte del Ayuntamiento la compra de algunas casas Véase el importante trabajo de SOLÍS RODRÍGUEZ, 1976, 143.

[12] Sería una importantísima obra para el maestro, avecindado en sus proximidades y quedando constancia en su Testamento de su voluntad de ser enterrado en la citada iglesia. Testamento de Sancho de Cabrera, 31 de mayo de 1574. Archivo de Protocolos de Trujillo. Francisco de Villatoro, 1574, legajo 19, fols. 334-336. En Apéndice documental. Documento 1.

[13] Véase documento 5. Apéndice documental.

[14] Archivo de Parroquial de San Martín, Libro de Cuentas de Fábrica (1538-1590). Gasto de la obra del coro, 1553. Véase el trabajo de SOLIS RODRIGUEZ, 1973, 22.

[15] Según el profesor Sanz Fernández, esgrafiados de compleja trama de clara ascendencia gótico-mudéjar. SANZ FERNÁNDEZ, 165.2011.