jueves, 7 de mayo de 2026

 

La ermita de San Lázaro  de Trujillo

 

La relación de Isabel con Trujillo ya comenzaría aún siendo princesa, colmando de especiales atenciones a algunos de sus más aguerridos caballeros, tal es el caso de Luis de Chaves, considerado en Trujillo como el más fiel servidor de los monarcas católicos.

 

A partir de la  paz en Castilla, los Reyes Católicos se dedican a administrar y gobernar sus ciudades, prueba de ello es el mayor número de documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Trujillo dedicados a regular la vida trujillana: el concejo, sus oficiales y competencias, la elección de sus cargos, el comercio, la artesanía y los oficios, la explotación del término así como datos esenciales sobre el urbanismo y la fundación de nuevos conventos como La Encarnación, San Miguel, San Francisco y ermitas como San Lázaro.

 

Trujillo por su parte siguió participando en los acontecimientos más  importantes que ocurrieron durante este reinado, tal es el caso de la participación activa en la Guerra de Granada (1482-1492).  Los llamamientos a la guerra conservados en el Archivo Municipal de Trujillo corresponden a los años que van entre 1483 y 1488. La cooperación que se pidieron los monarcas fue en hombres, peones que combatían a pie en sus especialidades de espingarderos, ballesteros, lanceros o simplemente iban con palos de hierros o azadas. También se pidió dinero en maravedíes para los gastos generales de la guerra. En cada campaña se especificaba el número de hombres, que varía según los años y también el dinero que para los años comprendidos entre 1483 y 1486 fue aproximadamente de medio millón. Se han conservado dos comunicaciones por parte de los reyes al concejo de Trujillo sobre los éxitos de las campañas la toma de Ronda (1485) y la toma de Granada.

 

El 20 de mayo de 1496 los Reyes Católicos en una provisión integraron en el infantazgo de su  hijo el príncipe Juan, la ciudad de Trujillo junto con Alcázar, Salamanca, Logroño, Jaén, Úbeda, Baeza, Ronda, Cáceres y Toro. Se posesionó de ella en su nombre Domingo Gómez  Dávila, en un concejo que se celebró  en la iglesia de San Martín el 7 de julio de1496. Tomó los cargos y nombró por orden del príncipe, corregidor y demás oficiales.

 

La Cofradía de San Lázaro en febrero de 1498 estaban buscando un lugar para construir una ermita con la aprobación del concejo, en marzo piden permiso para hacer una casa en el camino de La Coronada y en mayo licencia para hacer la obra[1].

 

La ermita de San Lázaro fue construida en las afueras de la ciudad en los años finales del  siglo XV, según testimonio documental, la cofradía de San Lázaro, que ya existía, estaba buscando en 1498 un lugar para construir una ermita con la aprobación del Concejo de Trujillo. En el mes de marzo del año 1498 piden permiso para hacer una casa en el camino de La Coronada y en mayo la licencia para las obras de la ermita[2]. Además, algunos de los restos que aún se conservan, atestiguan algunos detalles decorativos de la fábrica, como  ligero apuntamiento de los arcos y, sobre todo,  los motivos de bolas o besantes que decoran las columnas del pórtico  y del arco del presbiterio. Sin embargo, ha sido objeto de numerosas reformas, especialmente en la techumbre y en el pavimento.

 

Fue fundada en un lugar alejado de la población ya que fue utilizada como un lazareto destinado a albergar a los enfermos de la peste, procedentes  de lugares afectados por tal enfermedad. En los años finales del siglo XV la peste hizo estragos en España. En Trujillo existieron algunos hospitales como Santa María, Santa Lucía -situado en el arrabal de San Clemente-, San Lázaro y La Caridad. Severas medidas se tomaron a fin de que Trujillo no se contagiara, como cercar con altas tapias los barrios de la ciudad edificados y blanquear los muros de muchos templos. Así se impedía que alguno contagiado entrase en la población y era muy frecuente exigir carta de sanidad.

 

Para  la asistencia de la ermita existió una Cofradía que reza en los documentos como "Cofradía del Señor San  Lázaro" -a cuyo título se añade también  "y de San Blas "-. La entrada de nuevos miembros a la dicha cofradía era muy rigurosa, baste citar un documento que existe en el Archivo Municipal de Trujillo del año 1703, en el cual se especifica la limpieza de sangre realizada por don Alonso de Villegas Cuevas para su ingreso en la Cofradía de San Lázaro y San Blas, de los Caballeros de Trujillo.

 

Era costumbre en todas las poblaciones de alguna importancia tener dispuesto tener dispuesto en las afueras y próximo a las entradas más concurridas  de ellas un establecimiento hospital para los lacerados o sea los transeúntes  contagiados de lepra  u otra enfermedad infecciosa y  allí  se  les  detenía  y  curaba  en  conformidad  con  lo  que   prescriba  la  higiene   de  aquellos  tiempos. De los enfermos de este lazareto de Trujillo habla el testamento, fechado en 31 de julio de 1565, de Beatriz de Paredes, mujer de Diego Pizarro, quien lega una pequeña cantidad a favor de los lacerados de San Lázaro, legando una parte de sus bienes a favor de los enfermos de San Lázaro.

El  Concejo el 4 de agosto de l564, cometía a Sancho de Carvajal que mandase aderezar el caño que estaba cabe San Lázaro, y en consecuencia, al siguiente año mandaba librar al Sr. Barahona nueve mil maravedíes por la obra del caño de San Lázaro[3].

 

Diez años más tarde se hicieron obras de ampliación en esta fuente, pues el Concejo, el l7 de octubre de l575, acordó que Melchor González busque un artífice para finalizar el caño que se hace junto a la ermita de San Lázaro, y que sea persona tal, para que la obra se acabe como conviene y con brevedad.

 

De esta ermita fue principal patrono la familia  Paredes-Tapia. A lo largo de los siglos sufrió la fábrica de la ermita las acometidas de las guerras, sobre todo en la época decimonónica.

 

El primer  Conde de Canilleros que vino a Trujillo fue don Pedro Bernardo  de Porres  Acuña, el cual fue el primer patrono de esta iglesia, cuyo patronato vinculó en su familia, tal y como se observa en el frente de la  portada con el escudo nobiliario de los condes de Canilleros, adornado con lambrequines, colocado sobre un águila bicéfala y con corona imperial, obra de la primera mitad del siglo XVII (la existencia de un águila bicéfala y la corona imperial es por concesión de Carlos V a Diego García de Paredes en el año 1530).

 

Este título procede de la localidad cacereña de Brozas a mediados del siglo XVIII. El citado señor se casó en Trujillo con doña Inés Ventura de Eraso, hija de don Miguel de Eraso  y doña Gertrudis Roco de Godoy, señores de Plasenzuela, aunque de reciente asiento en la población trujillana se captaron pronto las simpatías de la nobleza por sus muchas virtudes y ocuparon puestos de significada  influencia tanto el hijo primogénito de éstos, que fue don Diego Antonio de Porres y Eraso, casado con doña Ignacia María de Arévalo, como su nieto don Pedro Porres y Eraso.

           

La Cofradía de San Lázaro y San Blas poseía bienes con los que atendía a los  lacerados y al culto, existe un Acuerdo del Concejo del día 14 de Diciembre de l7O9 en el cual se daba licencia a la  Cofradía de San Lázaro y San Blas de los Caballeros de Trujillo, para que en una cerca que tiene en el berrocal de ella y al sitio que dicen del Caño, camino de Jaraicejo, la puedan incorporar un pedazo más de tierra.

 

En el año 1823, solicitó el Jefe del Batallón de voluntarios que se formó en Trujillo, la cesión de la ermita de San Lázaro para almacén de pólvora, el Ayuntamiento se lo negó  alegando que esta ermita era propiedad de los Condes. En el año 1827, dejaron de vivir en Trujillo con la consiguiente desaparición del patronato, quedando la ermita a merced de la devoción popular. 

 

A mediados del siglo XIX la asistencia hospitalaria en Trujillo prácticamente había desaparecido, en parte por el daño que habían sufrido los edificios hospitalarios durante la invasión francesa y también, y de manera más decisiva, por la falta de medios económicos para su sostenimiento, ya que las instituciones de beneficencia estuvieron incluidas entre las que se vieron afectadas por la Ley de Desamortización promulgada en 1855 y que hizo que estos establecimientos se vieran privados de su posesiones, las cuales constituían su mayor fuente de ingresos; el número de fincas rústicas enajenadas a los establecimientos de beneficencia trujillanos representó un 8% del total provincial, situándose en segundo lugar de la provincia, siendo superado únicamente - aunque a mucha distancia- por las enajenadas a las instituciones benéficas de Plasencia.

 

A mediados del siglo XIX, Madoz, al referirse a los establecimientos hospitalarios de la ciudad, sólo menciona la enfermería de Agustinos y el uso provisional que había tenido el convento de San Miguel como hospital militar, actividad que tuvo lugar durante la guerra de Independencia, cuando las monjas fueron expulsadas y se habilitó el coro para atender en él a los soldados heridos. Paralela a esta fuente, Francisco de Coello elaboró los planos de varias ciudades extremeñas, entre las que se incluyó Trujillo, en el cual se observa que la enfermería de  Agustinos, que resultó muy dañada durante la invasión francesa.

           

El abandono de la ermita se confirma en varias ocasiones en la mitad del siglo XIX. El Concejo ordena que los vecinos no extraigan las  baldosas del templo pues se necesitan para pavimentar  parte  del  Portal  del  Paño  de  esta  ciudad,  se  acuerda  que  se    comisión  a los  señores   don   Antonio  Vicente  Vázquez y  a  don  José  Moreno,  regidores,  y  al  Procurador  Síndico,  para  que  éstos  se  entrevisten  con el administrador  de  la ermita, para que de la licencia oportuna  para  extraer las expresadas  baldosas  y ser trasladadas al  sitio  referido.

 

Este abandono se confirma con otro acuerdo concejil del 14 de julio de 1858, en que consta que el corregidor comunicó al gobernador que a la entrada de la ermita de San Lázaro habían descubierto a unos chiquillos que desenterraron unas balas de cañón y  hecho  las pertinentes  exploraciones en el terreno, se encontraron  124 granadas de mano y trece balas de grueso calibre, que fueron trasladas al castillo. El corregidor sigue diciendo en su informe que ninguna noticia cierta se pudo adquirir del origen y época del expresado depósito, si bien existía el convencimiento entre los vecinos de haberlas enterrado en 1823 las tropas constitucionales que salieron precipitadamente de esta ciudad perseguidas por el Ejército francés, fundando este convencimiento en que se recordaba bien por los vecinos los innumerables cajones de cartuchos y otros efectos que aquel ejército arrojó en las lagunas situadas a la salida a Badajoz.

 

En la actualidad, la Cofradía del Cristo de la Salud se encarga del ornato y acrecienta la devoción al patrono de Trujillo junto con el clero parroquial. El cuidado de la misma lo ostentan la familia Murillo-Durán que desde hace varios años ponen todo su esmero para que la ermita y el entorno natural estén con decoro para el deleite de los fieles devotos que cada día visitan al Santísimo Cristo de la Salud. La ermita está rodeada de un atrio con bancales de granito. Frente a la misma, un artístico crucero de piedra. Hemos de destacar que Trujillo aún conserva el nombre de la calle de las Cruces, que recibía por la existencia de un Calvario del que tenemos noticias documentales y que se alzaba y se extendía por la citada calle y terminaba en la Cruz casualmente se encuentra junto a la ermita de San Lázaro: “Por el diputado don Manuel Díaz se hizo presente el despotismo que andaba en el Vía Crucis o Calvario con motivo de ir a aquel sitio a tirar la barra, de forma que iban arruinando las cruces, por lo que el señor Corregidor mandó se publicase un bando con multa para que no se volviese a tirar a la barra de jugar en dicho sitio, comisionándose por el Ayuntamiento a dos diputados para que lo celen, y que precedido reconocimiento se compongan las  Cruces que lo necesiten a costa del fondo de Propios”[4]. Es importante destacar que la calle paralela a la de las Cruces recibió el nombre del Mayor Dolor, porque se realizaban en los días de la Semana Santa actos religiosos de flagelantes el Viernes Santo, ante la imagen del Crucificado el procesionaba desde la iglesia de la Vera Cruz hasta la Encarnación, próxima a la calle del Mayor Dolor.

 

Este Calvario era un lugar de oración y penitencia. Las cruces estaban talladas en piedra. Hoy solamente queda la cruz existente en el Paseo de San Lázaro y, lugar conocido otras épocas como  Campo de San Juan, y que se ejecutó en el año 1774 según un Acuerdo del Ayuntamiento: “Se hizo presente por el señor don José de Orozco haberse obligado los maestros que están componiendo las calles de esta ciudad a poner una efigie de Nuestro Redentor Crucificado en la Cruz que se halla en el Campo de San Juan[5].

 

Consiste en una cruz elevada sobre triple graderío circular. Aún se conserva el ábaco de una columna poligonal prismática, en mal estado de conservación se encuentra la imagen de Cristo yacente en los brazos de su Madre o V Angustia, del que resta tan solo la figura del yacente en la cruz de brazos cilíndricos, sobre un hermoso capitel de hojas de acanto y volutas.

 

La ermita de San Lázaro es un edificio de mampostería, al que se accede por los pies del templo, con puerta de arco conopial sobre sencillas impostas, precedida de un pórtico con arcos de medio punto rebajado, al que flanquean columnillas ilustradas con bolas. Sobre la clave del arco se muestra un blasón con las armas de los patronos  Paredes-Tapia, con yelmo y lambrequines. La cubierta rematada en una espadaña que fue construida por don Agustín Lozano el 20 de abril del año 1884, para dos campanas que fueron fundidas por don Francisco Carvajal, que tenía su taller en Medina de las Torres.

 

Tras un pequeño pórtico presenta nave única rectangular a la que se añade la cabecera ochavada, menos ancha. La nave es de tres tramos, marcados por arcos diafragma ligeramente apuntados, que arrancan  a baja altura del muro; por la disposición de los arranques de los muros, suponemos que en un principio estuvo cubierta de directamente con  techumbre de madera a dos aguas, pero hoy tiene bóveda de cañón con lunetos, con dos tramos entre cada parte original, fruto de mejoras practicadas en el siglo XVII. La cabecera se inicia con un arco triunfal de medio punto sobre  pilastras ilustradas con bolas, de tipo gótico; el ábside es ochavado, precedido por tramo recto, cubiertos éste como la nave y aquél con  bóveda de tres paños, fruto también de la reforma indicada.

 

Carecen de importancia los bienes muebles conservados en la ermita. En la nave tiene una lámpara de hierro forjado, decorada con motivos geométricos y vegetales, regalo de don Enrique Cortés a la ermita en el año 1945. En el ábside  hay un discreto retablo con columnas de tipo clásico, realizado en el año 1927 para albergar la imagen del Cristo de la Salud. El sagrario y el manifestador son obra del año 1907. El transepto está cerrado por una verja de hierro, y en 1927 se practicaron dos ventanas.

 

En estas obras de 1927, se descubrieron en la bóveda del transepto unos frescos muy estimables que hábilmente tratados, allí están para belleza de este santuario. Han sido restaurados en sucesivas ocasiones por pintores y restauradores locales: los maestros Tamayo y Juan A. de la Cruz, y más recientemente, en el año 1982 por el taller de restauraciones artísticas de José Antonio Dejea.

 

La imagen del Cristo de la Salud es objeto de gran devoción hasta el punto de ser sacada en rogativas ante las abundantes sequías, tal y como se decidió el 1 de marzo del año 1770. En los laterales del altar mayor, se abren sendas hornacinas laterales para alojar otras dos imágenes, populares, que representan a San Lázaro, talla en madera policromada del siglo XVIII, y a Nuestra Señora del Buen Fin, obra de vestir del siglo XVIII[6]. El Santo titular del templo, que no se corresponde con Lázaro el de Betania, hermano de Marta y María, resucitado por Cristo. El que aquí aparece representado es Lázaro, relacionado con la enfermedad de la leprosería. Junto a él, está el perro del rico Epulón que le lamía las heridas. Los artistas en multitud de obras siempre han confundido iconográficamente a Lázaro, representándolo con un perro como si se tratase de su símbolo parlante, cuando en realidad, la parábola de Jesús nos dice que el pobre Lázaro cogía las migajas de pan que el rico Epulón echaba a su perro. San Lázaro, que no tiene nada que ver con el anteriormente citado y representado en Trujillo, es el de Betania, hermano de Marta y María, resucitado por Cristo. Su atributo personal es el bordón con doble cruz, propio de los primeros evangelizadores de una región, y un féretro.

 

En el año 1880 se realizaron las obras del trono para la escultura del Cristo, los nichos para la Virgen del Buen Fin y San Lázaro.

 

En la sacristía se conserva un cuadro exvoto con la representación de Francisco del Rosal cayéndose desde las murallas del castillo, por intercesión del Cristo de la Salud no murió, y dedicó dicho presente. En el lienzo aparece la leyenda: "Iº de enero de 1872. Caída de Fco. del Rosal".  La palabra exvoto es un término culto procedente del latín que designa el objeto ofrecido a Dios, la virgen a los santos como resultado de una promesa por favor recibido. Es decir, una promesa materializada en un objeto. Para definirse como tal exvoto ha de tener varias notas diferenciadoras. Ante todo ha de ser público, como es el caso de este lienzo de la ermita, pues da a conocer el favor recibido haciendo constar las circunstancias y datos que permiten conocer la acción benefactora de un ser sobrenatural. Las ofrendas se hacían para ser expuestas en los altares o camarines de las imágenes benefactoras. Es muy probable que este lienzo, al no existir camarín del Cristo de la Salud, estuviera expuesto en una de las paredes de la ermita, para que todos los devotos puedan reconocer las actuaciones milagrosas. Este lienzo es -por tanto- un pregón perpetuo de una determinada imagen y sus poderes sobrenaturales.

 

Las  pinturas votivas de carácter popular conservadas en los santuarios actuales -no hay que descartar que en la ermita de San Lázaro hubiesen existido otros exvotos, de hecho en algún otro templo trujillano existen lienzos votivos-, proceden fundamentalmente de los siglos XVIII y XIX, siendo numéricamente más importantes en este último siglo. Se observa una reducción radical a partir del segundo tercio del siglo XX.

 

De las otras formas de exvotos apenas quedan muestras, dado que la acumulación y el envejecimiento se resuelva con la periódica destrucción de los mismos. La importancia  de los exvotos en Trujillo como fuentes de conocimientos  para la historia cultural de las sociedades, es especialmente valiosa en el área  ideológica de las creencias  y valores;  aunque  son una fuente  en algunos casos  única, para el conocimiento de la cultura material, es decir, aquellas  creaciones humanas de las que se sirven la sociedad como objetos tangibles. En la ermita de San Lázaro se han conservado representaciones de miembros humanos realizadas con cera, como peticiones de salud al Santísimo Cristo. En Extremadura existen otros templos en los que se repite este sentir del devoto tal es el caso de la iglesia Ntra. Sra. de la Antigua en Valverde de Burguillos; en Santibáñez  el Bajo en la ermita del Cristo de la Paz; la iglesia de la Virgen de Carrión de Alburquerque; la de la Soterraña en Barcarrota; Ntra. Sra. del Ara en fuente del Arco;  Ntra. Sra. de Piedraescrita en Campanario o la ermita del Santísimo Cristo de la Reja en Segura del León.

 

Es de destacar -como ocurre en la ermita de San Lázaro de Trujillo- el predominio de exvotos ofrecidos por causas de accidentes sobre los donados por enfermedad y que hasta hace pocos años hemos podido ver realizados en cera y colgados de las paredes de la ermita. En cuanto al valor histórico y etnográfico del lienzo ofrece una serie de datos de gran valor para analizar con más profundidad la devoción trujillana al Santísimo Cristo de la Salud, especialmente de la vida diaria, difícil de encontrar en otros documentos. De todas formas puede decirse que la riqueza iconográfica de la pintura es pobre. Desde el punto de vista compositivo hay que señalar la destacada posición del Cristo dentro del conjunto, situado en un lateral sobre un montículo, observando la caída de devoto.      

 

En 1949, el Ayuntamiento realizó las obras de la explanada de un amplio paseo desde la carretera de Badajoz hasta el acceso al atrio de la ermita, embelleciendo los espacios laterales con jardines que, en los últimos años, se han convertido en un pequeño parquecillo, que sirve de descanso a los devotos que diariamente visitan esta ermita.

 

En Trujillo, en los últimos tres siglos la devoción cristológica primordial ha ido encaminada hacia dos imágenes, concretamente, al Cristo de las Aguas y al Cristo de la Salud. Ambas esculturas han salido frecuentemente en desfiles procesionales en solicitud de la bendita lluvia para aliviar la sequia, en una tierra agrícola-ganadera[7].

 

El primero de los crucifijos citados se conserva en la iglesia parroquial de Santiago, en una capilla del muro del Evangelio, aunque este no fue su primitivo emplazamiento, conocida popularmente como Cristo de las Aguas, ya que es la imagen -como hemos citado- que la ciudad de Trujillo sacaba en procesión en épocas de sequias[8].

 

Siempre han sido conflictivos los períodos de sequía, que suponían la amenaza de la peste con la consecución de importantes pérdidas humanas. Como medida preventiva,  entre los años 1507-1508, el Concejo de Trujillo ordenó limpiar las fuentes de la ciudad y sus alrededores (Carbonera, Almohalla, Zarzuela, Olalla, Fuente Alba, Marcinillos, Añora).

 

Los trujillanos siempre han profesado especial devoción al Cristo de las Aguas, son varios los documentos existentes en el Archivo Municipal (referentes a procesiones por sequías) o en el parroquial que hacen referencias al mismo.

 

Solamente, podemos contar con dos Libros de Cuentas de Fábrica, ambos pertenecientes al siglo XIX, los restantes libros parroquiales han desaparecido. El Cristo de las Aguas tenía sus ornamentos personales, que consistían en siete enaguas de seda y otras dos de lienzo, dos lámparas que se mantenían siempre encendidas y dos toallas; una relación muy corta, ya que mucho se perdió durante la invasión francesa[9].

 

Es un Cristo doloroso sobre una cruz de gajos, encuadrado en la escuela castellana, por ser el área castellana donde se ubican la mayoría de los crucificados que responden a la misma tipología que el Cristo de las Aguas, obra maestra en su género.  Es un Cristo del Dolor, clavado sobre cruz de gajos o "ecotée", mostrando una gran fuerza dramática acrecentada por el rostro alargado acentuado por una larga barba rizada y bífida que le cae por el pecho; al contrario, el cabello es liso y estirado, cayéndole por los hombros y la espalda. Presenta una estructura recta del tórax y marcadas costillas, así como rasgos geometrizantes en el plegado del perizoma, dejando ver la rodilla izquierda, y una expresión triste, con los ojos caídos y la boca entreabierta que deja ver sus dientes. Sin duda, fechamos a este magnífico Crucificado, entre los años 1370-1375.

 

En el siglo XVIII y en la primera mitad del siguiente, salía en procesión en solicitud de lluvias el Stmo. Cristo de la Salud. La imagen del Cristo de la Salud es ligera, novohispana, de papelón y caña de maíz, fechable en la década de los años 70/80 del siglo XVI. Es obra de molde, aunque condicionada por ciertos aditamentos que se le añaden en su ejecución, tiene muchos de los elementos principales definitorios de estos moldes. Tratamiento anatómico, especialmente en el torso y disposición del arco de las costillas, tratamiento de la cabeza, morfología del rostro, diseño de la barba, manera de discurrir el cabello en el lateral izquierdo, y hasta los dos bucles que desgajados del otro lado se trenzan caprichosamente y discurren por el pecho.

 

A continuación relatamos un milagro que el sacerdote e historiador Tena Fernández recogió en 1960 de la tradición oral y que se remonta al siglo XVIII. Pertinaz fue la sequía que martirizó los campos trujillanos en el año 1767. Después de un verano caluroso y seco llegó el otoñó triste y reseco. Los campos tostados, los ganados transidos y los corazones angustiados suspiraban al amanecer los horizontes brumosos sin promesas de nubes ni esperanzas de lluvia.

 

Tema obligado en las plazas y veladas era la tremenda seguía que presagiaba ruinas en las cosechas y mortandad en los ganados. Los más piadosos vecinos empezaron a invocar la ayuda de Dios. Pero sus plegarias no lograron romper la oquedad celeste. Era preciso lanzar un fuerte bombardeo de millares de plegarias que impetrasen, humildes y confiadas, tercas y  piadosas, en milagro de la benéfica y  salvadora lluvia.

 

Los templos trujillanos se llenaron de fieles. Manos inocentes de niños,  cariñosas de madres fecundas y callosas de curtidos labriegos se alzaban ante Dios demanda en demanda del agua para los campos sedientos y los corazones apenados. Quizá fallaba la fe en las almas y el cielo parecía cada vez más hermético y broncíneo. Entonces decidieron hacer una procesión de rogativa con la venerada imagen  de Jesús Nazareno. Avanzaba el mes de octubre. Empezaba la sementera polvorienta y caliente. Los cabildos  celebraron sendas reuniones. Dos comisiones, una civil y otra eclesiástica, organizaron y  detallaron los actos según el  rito tradicional y escrito. Y el 26 de octubre recorría las calles de la ciudad una devota y penitencial procesión sembradora de esperanza. Presidían el cortejo el Abad de los cabildos eclesiásticos y el Regidor Decano del Ayuntamiento. Pasaron los días de la esperanza; pero el cielo estaba sordo. Y las nubes lluviosas no se presentaban. Desconfiar era un pecado.

 

Era preciso reavivar la fe y multiplicar la oración fervorosa. De nuevo comisiones parlamentaron preocupadas y ansiosas de aplacar la justicia divina con públicas penitencias. Y decidieron organizar otra procesión austera y penitente. Pero esta vez acudieron a la ermita de San  Lázaro. Era el día 15 de noviembre de 1767. El devoto cortejo salió de la Parroquia de Santa  María. Al llegar a la ermita se inició el respetuoso traslado de la imagen del Santísimo Cristo a la iglesia de San Martín para implorar con más fe la gracia urgentísima de la lluvia fecunda. Se respiraba ambiente de súplica ferviente en toda la ciudad. Aquella puede afirmarse que fue la oración  todo un pueblo. Dios parecía ya complacido. Al día siguiente ante la ansiada sorpresa de todos, aparecieron unas nubes en el cielo. Tenían un color plomizo y tristón. Pocas horas después la lluvia regaba suavemente los campos ardientes y hacia derramar lágrimas de inmenso gozo a todo  el pueblo agradecido.

 

De la devoción de Trujillo al Cristo de la Salud dan testimonio varios acuerdos del Concejo. Han sido muchos los mecenas que han sufragado gastos en la ermita y que aún continúan atendiendo a las necesidades del culto en la misma. Desde 1850 a 1880 en que murió, fue párroco de San Martín, D. Francisco Reglado, quien supo conquistar la devoción de los fieles al Cristo de la Salud con el triste motivo de los focos endemoepidémicos, consecuencia de las guerras del siglo XIX y que llevaban la peste por todas partes[10]. A  este  fin  escribió  la  novena  que  hasta  hoy  reza  Trujillo  al  Señor  de  la  Salud.  Otro  Sacerdote,  para  quien  siempre  tenemos   un  entrañable  recuerdo  de  veneración  y  gratitud, don Pedro  Trancón, último  párroco  de la iglesia de Santiago,   realizó  en el año  1881  algunas  reparaciones  de  la  Ermita  de  San  Lázaro. 

 

En 1884, para sufragar los gastos de construcción de la nueva espadaña y la fabricación de dos campanas, contribuyeron los Sres. Condes de Canilleros, la Sra. Viuda de don Enrique Zuasti y doña Jacoba Pérez Aloe de Secos, cuyos gastos ascendieron a la cantidad de 1521 Reales de Vellón.

 

Doña Margarita de Iturralde, sufragó los gastos del entarimado cuyo coste ascendió a 1384 pesetas en el mes de marzo del año 1911. También, los prelados se han preocupado por la ermita de San Lázaro, de hecho el obispo de Plasencia don Ángel Regueras López, concedió el 29 de abril de 1921 cincuenta días de indulgencias a todos los fieles por cada vez que devotamente rezasen un credo ante la imagen del Cristo de la Salud.

 

En 1945, don Enrique Cortés Pérez, regaló la lámpara de hierro que cuelga de la bóveda en el centro de la ermita. Los fieles también contribuyeron con sus donativos a sufragar los gastos del piso de cantería que se colocó en agosto del año 1950.


 

 



[1] Archivo Municipal de Trujillo, leg. 2-3, 385-35.

[2] Archivo Municipal de Trujillo, leg. 5, fol. 56vº-58.

[3] Archivo Municipal de Trujillo, Libro de Acuerdos, 1569-1576. Acuerdo del 17 de octubre de 1575.

[4] Acta del Concejo con fecha 4 abril del año 1800. Archivo Municipal de Trujillo.

[5] Acuerdo del Ayuntamiento con fecha 15 julio del año 1774. Archivo Municipal de Trujillo.

[6] Se citan efigies como la del Cristo de la Salud, Nuestra Señora del Buen Fin, la de San Lázaro, un Crucifijo de metal y una imagen pequeña de mármol de Nuestra Señora del Pilar (desaparecida). Libro que contiene el Inventario de alhajas y cuentas de la ermita de San Lázaro, mandado formar por el Archipreste don Gregorio Ildefonso Cidoncha en la Santa Visita que de ella hizo en el año 1859.

[7] Archivo Municipal de Trujillo. Libro de Cuentas del Concejo, 1505-1508, 8, 24. La preocupación por el abastecimiento de agua a la ciudad, es un hecho especialmente significativo si tenemos en cuenta las características geográficas en las que se inscribe Trujillo, con frecuentes períodos de sequía.

[8] En 1512, se amplía la capilla mayor en la cual estaba el Cristo de las Aguas, para lo cual el Concejo aportó 12.000 maravedíes. Archivo Municipal de Trujillo, 8-24. A los que hay que añadir los 15.000 maravedíes que se conceden en 1517. Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, memoriales, leg. 126, núm. 95, 24 de abril de 1517.

[9] Es muy explícita la nota de don Manuel Lebrón cuando se hace cargo de la parroquia de Santiago. Manifiesta no encontrar inventarios ni libros parroquiales. Libro de Cuentas de Fábrica de la yglesia parroquial de Santiago de Trujillo, 1849.

[10] Libro que contiene el Inventario de alhajas y cuentas de la ermita de San Lázaro, Visita de 1859, fol. 32.















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