La Albuhera de San Jorge (Trujillo)
El estudio de las infraestructuras hidráulicas en la España moderna constituye una vía
privilegiada para comprender las dinámicas económicas, sociales y ambientales de las
comunidades locales. Entre estas obras, los sistemas de almacenamiento y regulación de
agua desempeñaron un papel fundamental en territorios caracterizados por una
irregularidad hídrica estructural. En este contexto, la Albuhera de San Jorge, situada en
las inmediaciones de la ciudad de Trujillo, representa un ejemplo paradigmático de
intervención antrópica destinada a optimizar recursos hídricos con fines productivos.
El término “albuhera” procede del árabe hispánico al-buhayra, que significa “pequeño
lago” o “estanque de agua dulce”. Esta denominación evidencia la pervivencia de la
terminología hidráulica islámica en la península ibérica, incluso en contextos de
construcción posteriores a la Reconquista.
No obstante, es importante subrayar que, en el caso que nos ocupa, la infraestructura no
fue obra de ingenieros andalusíes, sino que fue promovida por las autoridades
municipales de Trujillo en el siglo XVI. Esta continuidad terminológica refleja la
transmisión cultural de conocimientos hidráulicos más allá de los cambios políticos.
La ciudad de Trujillo presentaba importantes limitaciones en cuanto al abastecimiento
de agua para usos industriales. Los cursos fluviales cercanos, como el río Magasca y
diversos arroyos locales, se caracterizaban por un caudal irregular, especialmente
durante los meses de estiaje, cuando su capacidad disminuía de forma significativa o
incluso desaparecía.
Esta circunstancia generaba un problema estructural: la imposibilidad de garantizar el
funcionamiento continuo de molinos harineros, esenciales para la transformación del
cereal, especialmente trigo. La alternativa de utilizar molinos situados en ríos más
caudalosos, como el Tajo o el Almonte, resultaba poco viable debido a la distancia y los
costes de transporte. Ante esta situación, el concejo municipal identificó la necesidad de
construir una infraestructura que permitiera almacenar agua y regular su distribución,
asegurando así la continuidad de la molienda.
En 1571, el concejo de Trujillo acordó formalmente la construcción de la Albuhera.
Para ello, se designó una comisión técnica encargada de estudiar la viabilidad del
proyecto y determinar su emplazamiento óptimo.
Dicha comisión estaba integrada por el corregidor, doctor Pareja de Peralta; el regidor
Juan Pizarro y el maestro cantero Sancho de Cabrera. Tras el análisis correspondiente,
el 2 de febrero de 1572 se propuso ubicar la obra en la Dehesa de las Yeguas, un
espacio que reunía condiciones favorables tanto por su topografía como por su
proximidad a la ciudad.
Posteriormente, se establecieron contactos con maestros de obras especializados, entre
ellos los maestros Sancho de Cabrera, Francisco Becerra y Juan García Tripa, maestro
de aguas. El acuerdo para la ejecución de la obra se formalizó el 11 de febrero de 1572.
La colocación de la primera piedra tuvo lugar el 23 de abril de 1572, coincidiendo con
la festividad de San Jorge, lo que dio nombre a la albuhera. Este acto estuvo revestido
de una notable solemnidad, en la que participaron autoridades civiles, religiosas y
numerosos vecinos.
Desde una perspectiva antropológica, este ritual no solo marcaba el inicio de la obra,
sino que también reforzaba su legitimidad social y su significado colectivo. La inclusión
de monedas en los cimientos, junto con símbolos religiosos como la cruz, evidencia una
práctica ritual destinada a conferir protección y permanencia a la construcción.
La documentación conservada muestra el alto grado de implicación del concejo en la
supervisión de la obra. Un acuerdo fechado el 20 de junio de 1572 establece la
obligación del maestro principal de permanecer en el lugar de trabajo desde el amanecer
hasta la puesta del sol, bajo pena de sanción.
Este nivel de control indica la importancia estratégica del proyecto, la inversión
económica significativa y la necesidad de garantizar la calidad y rapidez de la ejecución.
Para 1577, al menos una parte de la infraestructura estaba operativa. En concreto, se
había construido un tramo del muro de contención, se encontraba en funcionamiento el
primer molino. La inscripción conservada en este molino constituye una fuente primaria
de gran valor, ya que permite datar con precisión esta fase y vincularla al reinado de
Felipe II.
A pesar de los avances iniciales, la obra no se completó en su totalidad durante el siglo
XVI. En 1585, el concejo reconocía que, aunque se habían invertido importantes
recursos (aproximadamente 40.000 reales), la infraestructura no alcanzaría su pleno
potencial sin su finalización.
Diversos factores pudieron influir en esta interrupción, tales como las limitaciones
financieras, las prioridades políticas cambiantes y las dificultades técnicas.
No será hasta finales del siglo XVII cuando se retomen los trabajos de manera decidida.
En 1676, el corregidor Lucas Francisco Yánez de Barnuevo impulsó la reactivación del
proyecto, destacando no solo su utilidad industrial, sino también su función ganadera
como abrevadero.
Entre 1689 y 1690 se completaron los elementos restantes del sistema: reconstrucción
de la presa, finalización del segundo molino y construcción del tercer molino.
Las inscripciones epigráficas de estos molinos permiten documentar con precisión esta
fase final, así como identificar a los responsables administrativos y técnicos implicados.
La Albuhera y sus molinos permanecieron bajo propiedad municipal hasta mediados del
siglo XIX. En 1856, en el contexto de las políticas desamortizadoras, fueron vendidos a
particulares.
Este cambio de titularidad refleja una transformación estructural en la gestión de los
recursos, de uso público a explotación privada y de función comunitaria a interés
económico individual.
Posteriormente, en 1875, se documenta un litigio sobre los límites de la propiedad, lo
que indica la persistencia de conflictos derivados de esta privatización.
Uno de los aspectos más relevantes en la evolución de la Albuhera es su transformación
ambiental. Tradicionalmente, sus aguas albergaban poblaciones de carpas, lo que
constituía un recurso alimentario adicional.
Sin embargo, a partir de 1900, la construcción del sistema de alcantarillado urbano
provocó el vertido de aguas residuales en la albuhera. Este hecho tuvo consecuencias
significativas, como la degradación de la calidad del agua, la desaparición de la fauna
piscícola y la pérdida de valor ecológico y productivo. Este proceso ilustra los efectos
negativos de la urbanización no planificada sobre los ecosistemas artificiales.
La Albuhera de San Jorge constituye un ejemplo representativo de ingeniería hidráulica
preindustrial orientada a resolver problemas concretos de abastecimiento y producción.
Desde una perspectiva historiográfica, su estudio permite extraer varias conclusiones:
1. Adaptación al medio: La obra responde a una estrategia racional de gestión de
recursos en un entorno con limitaciones hídricas.
2. Intervención institucional: El protagonismo del concejo evidencia el papel central de
las autoridades locales en la promoción de infraestructuras.
3. Continuidad técnica: La utilización de conocimientos heredados, incluso en el plano
terminológico, refleja una tradición hidráulica de larga duración.
4. Transformación socioeconómica: La evolución de la propiedad y el uso de la
albuhera muestra cambios profundos en la organización económica.
5. Impacto ambiental: La degradación posterior subraya la importancia de considerar la
sostenibilidad en la gestión del agua.
En definitiva, la Albuhera de San Jorge no solo fue una infraestructura funcional, sino
también un elemento clave en la configuración del paisaje, la economía y la sociedad de
Trujillo a lo largo de varios siglos.
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