domingo, 25 de enero de 2026

 

VIRGEN CON EL NIÑO EN LA IGLESIA DE SAN MARTÍN DE PLASENCIA.

 

 

 

 

En la iglesia de San Martín de Plasencia, presidiendo un retablo barroquizante, en la hornacina central se conserva una imagen de la Virgen con el Niño, conocida popularmente como "la Virgen del pajarito". La iglesia de San Martín es obra románica del siglo XIII con restos del edificio primitivo en el muro meridional y en una de las jambas de la portada norte ("Era MCCXXVIII"). Su actual estructura de tres naves proviene de los siglos XIV y XV, mientras que la Capilla Mayor, con nervaduras rectas y curvas, fue diseñada por el aparejador Juan Correa entre los años 1519 y 1523.

La Virgen con el Niño, objeto de nuestro estudio, pertenece al tipo de Virgen sedente con el Niño sobre su  rodilla izquierda, carece de la simplificación convencional que se aprecia en la mayor parte de imágenes de culto de este tipo. El tema ha sido resuelto con un naturalismo y una frescura poco común. La hermosura de la policromía del siglo XVI contribuye a acentuar esta impresión. La Virgen se nos muestra con un rostro delicado, destacamos el magnífico tratamiento del plegado, va vestida con manto y túnica, las vestiduras talladas de manera naturalista. La Virgen María sostiene sobre su mano derecha un ave que entrega  al Niño Jesús, se trata de la paloma que representa la divinidad o el Espíritu Santo. 
Pocos símbolos tienen una tradición tan larga y tan rica como la paloma. Uno de los favoritos en el arte y en la iconografía, la paloma representa a menudo un cierto aspecto de lo divino, y su uso ha sido compartido, adaptado y reinterpretado a través de culturas y milenios para adaptarse a cambios en los sistemas de creencias.



Así, por el tiempo de Jesús, la paloma ya era rica en simbolismo y muchas interpretaciones, como una representación de Israel, el sacrificio expiatorio, el sufrimiento, una señal de Dios, la fertilidad y el espíritu de Dios. Todos estos significados y más se incorporaron en el uso cristiano de la iconografía con respecto a la paloma. Palomas aparecen en el Nuevo Testamento en escenas asociadas con el nacimiento, el bautismo de Jesús y justo antes de su muerte. El Evangelio de Lucas dice que María y José se sacrificaron dos palomas en el templo después del nacimiento de Jesús, tal como se prescribe en la Ley mencionada más arriba (
Lucas 02:24). Sin embargo, en el Evangelio de Juan, Jesús se dirige con enojo y saca a todos los mercaderes del Templo, incluyendo “a los que vendían palomas” a los fieles allí (Juan 2:16).


Pero tal vez la imaginería de la paloma más familiar  en el Nuevo Testamento se encuentra en los cuatro Evangelios (aunque en formas diferentes) en el bautismo de Jesús por Juan Bautista en el río Jordán. Después que Jesús salió del agua, el Espíritu Santo que vino del Cielo y descendió sobre el "como paloma" (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32.) La historia del bautismo construida sobre el símbolo persistente de la paloma como espíritu de Dios (y sus muchos otros significados) y firmemente arraigada como la representación preferida del Espíritu Santo, especialmente en representaciones artísticas posteriores de la Trinidad.


En el arte del Renacimiento, una paloma se convirtió en un elemento estándar en la escena de la Anunciación, que representa al Espíritu Santo a punto de fusionarse con la Virgen María. Las palomas también se mostraron volar en las bocas de los profetas en el arte cristiano como un signo del espíritu de Dios y autoridad divina. Desde la antigüedad se utilizó la paloma para identificar y representar a lo divino.
Los movimientos naturales tanto en el Niño como en la Madre, nos hacen pensar en una cronología de los primeros años del siglo XVI.

 

 

 

Trujillo se alza sobre una elevación natural del terreno, a una altura media de 584 metros, dominando la penillanura extremeña como un vigía del tiempo. Su emplazamiento no es casual: asentada sobre terrenos pizarrosos que descansan en un batolito granítico, la ciudad ha disfrutado desde sus orígenes de una posición estratégica privilegiada. Esa ventaja geográfica explica, en gran medida, la sucesión de pueblos y culturas que hicieron de Trujillo un enclave clave en el devenir histórico del suroeste peninsular.

Los orígenes de la ciudad se remontan a un pequeño castro integrado en el espacio vetón. Su nombre ha variado con el paso de los siglos -Turcalion en época celta, Turgalium bajo dominación romana, Turaca según algunas interpretaciones-, siempre ligado a su condición de promontorio fortificado. Con la romanización, el asentamiento evolucionó hasta convertirse en cabeza de una prefectura dependiente de Augusta Emérita, consolidándose como núcleo urbano central de su territorio.

En el siglo VIII, la expansión islámica alcanzó Trujillo, que pasó a manos árabes y permaneció bajo su dominio hasta comienzos del siglo XIII. Conocida entonces como Torgielo, la ciudad se transformó en un recinto fortificado de gran relevancia dentro de la red defensiva establecida entre los ríos Tajo y Guadiana, junto a plazas tan significativas como Cáceres o Montánchez. Los musulmanes no solo reforzaron el sistema defensivo, levantando castillos y fortificaciones para controlar los pasos estratégicos, sino que también conservaron y ampliaron la infraestructura viaria heredada de época visigoda.

La reconquista cristiana llegó de la mano de Fernando III. Trujillo fue tomada definitivamente el 25 de enero de 1233, y poco después, en 1234, caía Medellín. Con estas conquistas, los ejércitos cristianos abrían el camino hacia la Andalucía Bética y el valle del Guadiana. Para asegurar la repoblación del territorio, la Corona concedió privilegios a los caballeros que participaron en las campañas militares, confirmando sus derechos de propiedad mediante el Fuero otorgado por Alfonso X en 1256. Trujillo pasó así a ser una localidad libre, vinculada directamente a la Corona.

El reconocimiento institucional culminó en 1430, cuando el rey Juan II concedió a Trujillo el título de ciudad, consolidando su importancia política y administrativa en la región.

El siglo XV estuvo marcado por profundas tensiones internas. La ciudad se dividió en bandos enfrentados, protagonizados por los linajes que habían acumulado poder desde la Reconquista: los Altamirano, los Bejarano y los Añasco. Los enfrentamientos entre la nobleza local alcanzaron episodios de gran violencia, como los protagonizados por Alonso de Monroy, clavero de Alcántara, y Gómez de Solís, maestre de la orden, recordados en la conocida “Farsa de Ávila”.

Para poner fin a estas luchas y someter a una nobleza belicosa y orgullosa, los Reyes Católicos promulgaron en 1476 un edicto que ordenaba desmochar las torres de las casas-fuertes, inutilizar matacanes y cerrar saeteras. Se pretendía así limitar el poder defensivo de los linajes urbanos y devolver el control a la autoridad real. La Torre del Alfiler es uno de los ejemplos más representativos de estas medidas.

Desde finales del siglo XIII, Trujillo contó con una de las juderías más importantes de Extremadura, solo superada por la de Plasencia. La aljama se asentó en el arrabal de San Martín -actual Plaza Mayor-, en torno a calles como Gurría, Tiendas y Carnicerías, donde aún se conservan restos de una antigua sinagoga. Sin embargo, la convivencia estuvo marcada por la hostilidad. La población judía fue objeto de discriminaciones y vejaciones, obligada a vivir en espacios aislados y a desempeñar los trabajos más humillantes, lo que motivó protestas elevadas directamente a la reina Isabel.

Junto a la nobleza, poderosa e influyente, crecía una población pechera dedicada a la agricultura, el comercio y la artesanía. Los nombres de muchas calles aún recuerdan la actividad de los antiguos gremios: zurradores, herreros, olleros, tintoreros o silleros. En 1465, Enrique IV otorgó a Trujillo el privilegio de “Mercado Franco”, reforzando su condición de ciudad comercial y favoreciendo una elevada población productiva.

El desarrollo urbanístico de Trujillo se estructuró en torno a dos grandes núcleos: la ciudadela medieval intramuros y la ciudad moderna que creció en torno a la plaza. La ciudadela, asentada sobre un promontorio abrupto, presenta el típico trazado medieval: calles angostas y sinuosas, pequeñas plazuelas y una poderosa muralla reforzada por torres señoriales. En su interior se alzan el castillo y las iglesias primitivas de Santa María, Santiago, San Andrés y la Vera Cruz.

Hasta mediados del siglo XIV, el crecimiento arquitectónico se concentró dentro del recinto amurallado. A partir de entonces comenzaron a desarrollarse los arrabales de San Martín y San Clemente, aunque no sería hasta el siglo XV cuando el primero adquiriera un protagonismo definitivo. En esta centuria se construyeron los primeros conventos -San Miguel, la Encarnación y San Francisco- y se configuró la Plaza Mayor, con sus soportales de arcos de medio punto y las primeras Casas Consistoriales.

En el centro de la plaza se levantó el Rollo o Picota, símbolo de la jurisdicción de la ciudad, de estilo gótico-isabelino y rematado con la Cruz de Alcántara. Sus escudos reales confirman su datación y su función.

El siglo XVI marcó el momento de mayor esplendor histórico y arquitectónico de Trujillo. De la ciudad partieron figuras que cambiarían la historia del mundo: Francisco Pizarro, conquistador del Perú; Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas; o Diego García de Paredes, el llamado Sansón extremeño. Miles de conquistadores, colonizadores y evangelizadores siguieron sus pasos hacia el Nuevo Mundo. El nombre de Trujillo quedó así ligado a numerosas poblaciones de América, desde México y Perú hasta Argentina o Estados Unidos.

 

Durante el Renacimiento, la ciudad se expandió fuera de la muralla. El crecimiento demográfico y el auge de la nobleza impulsaron la construcción de grandes mansiones en torno a la plaza, como la Casa de la Cadena, el Palacio de la Conquista o el Palacio de los Duques de San Carlos. Frente a la antigua casa-fuerte medieval, surgió la casa-palacio renacentista, abierta, luminosa y articulada en torno a patios y logias.

El siglo XVII inició una larga etapa de decadencia que se prolongó durante los siglos XVIII y XIX. Trujillo, situada en ruta militar, sufrió las consecuencias de la guerra de Separación de Portugal, la de Sucesión y la Guerra de la Independencia, que provocaron despoblación, ruina económica y deterioro urbano.

A finales del siglo XIX, la ciudad recuperó cierto protagonismo político como cabeza de distrito electoral. En 1892, la reina regente María Cristina concedió al Ayuntamiento el tratamiento de Excelencia, en honor a Francisco Pizarro y con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América.

Hoy, Trujillo se presenta como un testimonio vivo de su pasado. Su patrimonio artístico, su artesanía tradicional y su oferta cultural sostienen una identidad profundamente arraigada en la historia. El turismo, especialmente el cultural, ha convertido a la ciudad en un destino cada vez más valorado, donde la piedra, el arte y la memoria dialogan con el presente.

En Trujillo, la historia no se recuerda: se camina.

domingo, 18 de enero de 2026

 

Historia de la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo

 

La Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo fue fundada en 1910 por un grupo de trabajadores de la localidad, que se encontraban desprotegidos frente a los riesgos derivados de enfermedades que les impedían percibir su jornal diario. Estos trabajadores, al no contar con recursos económicos suficientes para subsistir en momentos de incapacidad laboral, comenzaron a reunirse para discutir su situación. Tras varias reuniones, tomaron la decisión de constituir una sociedad obrera destinada a ofrecer apoyo en caso de enfermedad o accidente. Esta sociedad se regiría por una serie de estatutos que fueron aprobados oficialmente el 24 de diciembre de 1910, formalizando así la creación de lo que más tarde sería una obra social, laboral y humana para los trabajadores de Trujillo.

En la misma reunión, se constituyó la primera junta directiva de la sociedad, que estuvo formada por los siguientes socios fundadores: el presidente, don Manuel García Chamorro; el contador, don Luis Andrada Moreno, quien era carpintero; el tesorero, don Adrián Fernández Fernández, farmacéutico; el secretario, don Juan Fernández, aparejador; y el vicesecretario, don Complacido Lumbreras Cancho, escribiente. Además, como vocales fueron elegidos don Agustín Gallego, don Ramiro Jiménez (barbero) y don Galo Ramos Bravo. La junta también incluyó a los revisores de cuentas don Ramón Fernández Martínez, don Manuel Varela, don Paulino Cruz Martín, y don Francisco Pinilla.

Se establecieron diferentes categorías de socios dentro de la sociedad. Los socios protectores, como don Rafael Fernández, don Luis Pérez Álvarez Media Villa, don José Gil Calzada y don Diego Trespalacios Carvajal (conde de Trespalacios), se comprometían a abonar las cuotas estipuladas, aunque carecían de voz y voto, y no podían ocupar cargos dentro de la junta directiva.

El primer fallecido de la sociedad fue Galo Ramos, quien ingresó a la sociedad el 28 de diciembre de 1910 y falleció el 14 de junio de 1912. Según el artículo 22 de los estatutos, a su madre, única heredera, se le abonó una suma de 25 pesetas como indemnización por su fallecimiento. En total, Galo Ramos había aportado 27 pesetas con 50 céntimos a la sociedad, lo que resultó en una liquidación total de 53 pesetas con 50 céntimos, entre socorros y otros pagos.

Un aspecto relevante en la historia de "La Protectora" es la mención al socio protector y presidente honorario, don Jacinto Orellana y Avecia, marqués de Albayda. En reconocimiento a su apoyo a la sociedad, incluido una donación de 250 pesetas para establecer una clase de enseñanza, fue nombrado presidente honorario en una sesión de la junta general celebrada en noviembre de 1911. La aceptación de este nombramiento fue un acto de gratitud por los valiosos favores brindados por Orellana a la sociedad.

Don Jacinto Orellana falleció en Madrid el 4 de noviembre de 1919, lo que conmovió profundamente a la sociedad. En su memoria, la junta acordó enviar sus condolencias a su hija, doña María Orellana Maldonado, así como contribuir económicamente a la suscripción organizada por el pueblo de Trujillo para costear la corona que se regalaría en su honor. Además, se organizaron funerales solemnes en su memoria y, en abril de 1920, se colocó una lápida conmemorativa en el lugar de su nacimiento en Trujillo. Finalmente, la sociedad también recibió un retrato de don Jacinto Orellana, que fue colocado en su domicilio social como homenaje perpetuo a su legado.

Este conjunto de hechos refleja el profundo sentido de solidaridad y compromiso social que caracterizó a "La Protectora" en sus primeros años de existencia, consolidándose como una entidad dedicada al bienestar y apoyo de la clase trabajadora de Trujillo.

La Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo, que se fundó en 1910, jugó un papel clave en el bienestar social y laboral de la clase trabajadora, adelantándose en varios aspectos a lo que hoy conocemos como el sistema de seguridad social. La sociedad operaba mediante un modelo de mutualismo, donde los asociados se comprometían a pagar una cuota mensual que servía como fondo común para asistir a aquellos socios que, debido a enfermedades o accidentes, no podían trabajar y necesitaban apoyo económico.

El proceso de ayuda social era relativamente sencillo y eficiente. En el caso de que un socio quedara incapacitado para trabajar, su familia debía notificarlo a la sociedad. El presidente de la sociedad, quien actuaba como intermediario, se encargaba de comunicar la situación al médico mediante el cobrador de la sociedad. Una vez que el médico visitaba al socio y certificaba la incapacidad temporal, la sociedad comenzaba a proporcionarle un socorro económico. El pago del socorro se efectuaba el mismo día de la certificación médica y continuaba hasta que el médico, tras realizar otra visita, confirmaba la recuperación del socio y le daba de alta.

Si un socio fallecía, la sociedad preparaba una liquidación en función de las cotizaciones realizadas por el socio desde su ingreso. Esta liquidación se entregaba al cobrador, quien, a su vez, se encargaba de entregar el dinero a los herederos del socio fallecido. De este modo, "La Protectora" no solo proporcionaba asistencia económica, sino que también brindaba una red de apoyo durante momentos de gran vulnerabilidad.

Aparte de su labor social, "La Protectora" también desempeñó una función cultural significativa en Trujillo. En sus instalaciones se organizaron escuelas nocturnas destinadas a la educación de los trabajadores, quienes podían asistir a clases después de su jornada laboral. De especial relevancia fue la clase de dibujo, que formó a numerosos artistas locales, quienes desarrollaron una habilidad destacada en el uso del carboncillo. Además, se promovieron funciones teatrales para aficionados, siendo una de las más importantes la representación de "La Bola Negra", una obra dramática en verso escrita por Marcos Zapata. Estas funciones no solo ofrecían entretenimiento, sino que también servían como una herramienta para recaudar fondos para la sociedad.

Antes de su disolución en 1968, la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo tomó una serie de decisiones importantes respecto a la preservación de su sede, reflejando tanto el valor histórico de la institución como la necesidad de garantizar su conservación para el futuro. En este contexto, la última junta directiva acordó que la sociedad se mantuviera operativa bajo la presencia de un inquilino que residiera en sus instalaciones. Este inquilino tenía como misión principal la conservación del edificio, lo que implicaba una gestión del espacio y su mantenimiento. Sin embargo, la habitación que se le asignó al inquilino era la más alejada del salón principal de reuniones, reservándose este último exclusivamente para las actividades relacionadas con la sociedad.

El salón principal de la sociedad estaba cuidadosamente organizado, y su disposición reflejaba tanto la importancia funcional del espacio como el respeto a ciertos símbolos culturales y espirituales que caracterizaban a la sociedad en sus últimos años de existencia. En este salón se encontraba un gran armario destinado al archivo y documentos oficiales de la sociedad, lo cual denotaba la organización administrativa que mantenían. Además, el mobiliario incluía un aparador y una mesa rectangular de despacho, ubicada sobre una tarima, para las reuniones y actos administrativos. Las sillas dispuestas alrededor de la mesa completaban el mobiliario, brindando un espacio de trabajo y reflexión para la junta directiva.

En términos decorativos, el salón era un lugar cargado de simbolismo. Sobre la mesa de despacho se encontraba una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, una figura devocional de gran significancia religiosa, que estaba acompañada de una pena como parte de su iconografía. Además, en la pared destacaban dos grandes retratos: uno de doña Margarita de Iturralde, la benefactora de la sociedad, quien dejó un legado considerable en Trujillo, y otro de don Jacinto de Orellana, el presidente honorario de la sociedad, cuyo retrato también era de gran tamaño y evidenciaba la importancia de su figura dentro de la historia de "La Protectora".

El crucificado con su dosel rojo, un símbolo religioso prominente en el espacio, completaba la decoración. Este elemento no solo hacía alusión a la espiritualidad que siempre estuvo vinculada a la sociedad, sino que también era un testamento de la visión moral y ética que guiaba el funcionamiento de la sociedad de socorros mutuos.

Este ambiente, con un marcado carácter institucional, cultural y religioso, reflejaba el respeto que la sociedad de socorros mutuos profesaba tanto a sus fundadores y benefactores como a los principios que la guiaron durante varias décadas de actividad. Al final de su existencia, el salón y sus objetos se convirtieron en un testimonio tangible de una época en la que los trabajadores de Trujillo, a través de su solidaridad y organización, crearon una red de apoyo mutuo que perduró a lo largo de los años.

Otro de los eventos que contribuía a los recursos económicos de la sociedad fueron las novilladas organizadas por aficionados trujillanos. Estas corridas de toros, si bien eran un espectáculo popular en la región, se convertían también en una importante fuente de ingresos para la sociedad. Las rifas y papeletas para acceder a estas novilladas gozaban de gran aceptación entre los habitantes de Trujillo, que las adquirían con entusiasmo. Así, el apoyo popular a través de estas iniciativas permitió a "La Protectora" seguir financiando sus actividades y continuar con su labor social.

La sociedad también tuvo el apoyo de personas influyentes y generosas, como doña Margarita de Iturralde, quien se conmovió profundamente por la labor que realizaba "La Protectora". Esta benefactora de Trujillo extendió su ayuda no solo a los trabajadores, sino también a los ancianos y niños de la localidad. Fundó un asilo para ancianos en las Alberguerías y un colegio para niños en el barrio de Santiago y Santa Margarita. Además, doña Margarita de Iturralde dejó una huella importante en el ámbito urbanístico de la ciudad al construir una barriada de casas que se entregaban a los vecinos bajo un sistema de propiedad que les permitía adquirirlas después de 25 años de pagos continuos. Este proyecto se denominó la "Barriada Católica Obrera" y el sorteo de las viviendas fue un acontecimiento que generó gran expectación en la comunidad local.

De este modo, la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" no solo cumplió con su función de proporcionar ayuda social y económica a los trabajadores, sino que también se convirtió en un motor de cambio y progreso para Trujillo. Su contribución al bienestar y la cultura de la comunidad dejó una huella perdurable, tanto a través de sus servicios directos como por la implicación de figuras como doña Margarita de Iturralde, que ayudaron a mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos.

 

EL PALACIO DE LOS ARENALES DE CACERES

 

El Palacio de los Arenales (hoy, Hotel Hospes Palacio de Arenales & Spa) se localiza en el término municipal de Cáceres, al sureste del núcleo urbano, en el ámbito geográfico conocido como los Llanos de Cáceres. Se trata de un entorno caracterizado por una topografía suavemente ondulada, tradicionalmente destinada a usos agropecuarios extensivos, y con una fuerte impronta histórica ligada a la explotación ganadera y cerealista. El solar se emplaza fuera del casco urbano, en suelo clasificado como no urbanizable, circunstancia que ha favorecido la conservación de su carácter rural originario y de su relación directa con el territorio circundante.

La edificación se implanta en el interior de una finca de grandes dimensiones, con una extensión aproximada de 550 hectáreas, lo que da cuenta de la relevancia económica y social de la explotación a lo largo de los siglos. El edificio principal se concibió como núcleo rector de la finca, desde el cual se controlaban las labores agrícolas y ganaderas, al tiempo que funcionaba como residencia señorial y como conjunto articulado de dependencias auxiliares -establos, almacenes y espacios de servicio- destinados al aprovechamiento productivo del territorio.

Desde el punto de vista de las comunicaciones, el conjunto se sitúa a unos 100 metros de la carretera que une Cáceres con Malpartida de Cáceres, contando con acceso directo mediante un camino que enlaza con dicha vía. Esta posición estratégica, relativamente próxima a la ciudad pero claramente inserta en el medio rural, resulta coherente con la función histórica del edificio como centro de gestión de una gran propiedad agraria.

En la actualidad, el inmueble alberga un establecimiento hotelero de cinco estrellas de la ciudad de Cáceres. La rehabilitación del conjunto, dirigida por el arquitecto Javier Sancho, ha sabido conjugar la conservación de los valores históricos y arquitectónicos del edificio con la incorporación de nuevos usos, destacando el diálogo entre materiales tradicionales como la piedra y la madera, cuyo contraste refuerza la lectura contemporánea del conjunto sin menoscabar su identidad patrimonial.

Para comprender adecuadamente el significado del edificio de Arenales resulta imprescindible situarlo en el contexto de la arquitectura rural cacereña. Durante la Edad Media, muchas construcciones defensivas del territorio evolucionaron hacia auténticos cortijos fortificados y unidades de producción agropecuaria, manteniendo aún reconocibles sus rasgos castrenses originales. Sin embargo, a partir del siglo XVI se observa un cambio sustancial en las prioridades constructivas: el carácter defensivo pierde protagonismo en favor de una mayor atención a la función residencial, la comodidad, la habitabilidad y el valor representativo de la edificación.

En este periodo se consolidan en el entorno de Cáceres numerosas casas de campo que, sin renunciar a su papel como centros de explotación agraria, adoptan una configuración claramente palaciega, comparable a la de las residencias urbanas de la nobleza. Ejemplos significativos de este fenómeno son las casas de Enjarada, Carvajal Villalobos (Mayorazgo), Hijada de Vaca o Arenales, concebidas decididamente como auténticos palacios rurales y como expresión del estatus social de sus propietarios.

Las fuentes documentales confirman esta evolución. En el Memorial de Ulloa se recogen referencias a la posesión de Arenales, que a comienzos del siglo XVI pertenecía a don Pedro Alonso Golfín, miembro de una de las familias más influyentes de la nobleza cacereña. Desde sus orígenes, la finca se estructuró como un complejo multifuncional en el que coexistían la residencia señorial, los espacios administrativos y una amplia variedad de edificaciones destinadas a usos ganaderos y agrícolas.

Lo más antiguo del conjunto corresponde al siglo XVI y se identifica con el núcleo primigenio de la casa. Este edificio inicial combina de manera elocuente los rasgos de la arquitectura señorial con los de una casa de labor. Su carácter representativo se manifiesta, en primer lugar, en la fachada principal, donde se disponen vanos adintelados recercados con cantería y, sobre la puerta de acceso, dos blasones labrados en granito con las armas de las familias Golfín y Godoy, fechables en el siglo XVI.

El núcleo original presenta planta rectangular y se articula en dos niveles. La planta baja se cubre mediante bóvedas de cañón y de aristas, solución constructiva habitual en edificaciones de cierta entidad del periodo, mientras que la planta superior se resuelve con una estructura de madera compuesta por rollizos, plementerías de chillas y cubierta de teja árabe. Los paramentos exteriores se ejecutan mayoritariamente en mampostería de piedra granítica, con remates de sillares en las esquinas y esgrafiados en el zócalo, lo que refuerza la lectura noble del edificio.

Especial relevancia adquiere la pequeña capilla integrada en el conjunto, elemento fundamental tanto desde el punto de vista funcional como simbólico. Sobre su puerta de acceso se conserva una inscripción latina que alude explícitamente a su uso como espacio de oración: DOMVS ORATIONIS ET ITE ET ACCIPIETIS. En el interior se preservan pinturas murales al fresco, fechables entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, que evidencian la importancia de la religiosidad privada en el ámbito doméstico de la nobleza rural.

El actual caserío de Arenales es el resultado de un prolongado proceso evolutivo, caracterizado por la adición sucesiva de elementos constructivos en respuesta a las necesidades cambiantes de la finca. Este crecimiento no responde a un plan director previo ni a una concepción unitaria del espacio, sino que se configura como una arquitectura de agregación, fruto de decisiones pragmáticas y de la adaptación constante a las exigencias productivas.

Tras la edificación del núcleo original, se adosaron nuevos cuerpos en distintas fases. En primer lugar, se añadió un volumen de dos plantas, cubierto con bóvedas de cañón y con escasa iluminación en la planta baja, seguido de otro cuerpo similar situado a la derecha de la fachada principal. Estas ampliaciones consolidaron el papel del edificio como residencia y como centro de administración de la propiedad.

De manera paralela, y siguiendo un patrón frecuente en otras grandes explotaciones rurales de la zona, se construyó una edificación exenta, situada casi frente al edificio principal, destinada a alojar al personal que trabajaba en la finca. Este inmueble, de carácter más funcional, presenta amplios espacios diáfanos y chimeneas que proporcionaban calor durante las frías noches de la llanura extremeña.

El crecimiento de la cabaña ganadera hizo necesaria la construcción de amplios establos y dependencias auxiliares. La solución adoptada resulta particularmente significativa: se decidió rodear las edificaciones principales con alas de establos, conformando una especie de recinto cerrado o plaza fuerte que protegía los patios interiores de los vientos del norte y facilitaba la organización de las actividades productivas.

Estas galerías exteriores se estructuran mediante arcos fajones que soportan cubiertas de rollizos con plementerías de cañizo y acabado de teja. La ejecución de estas alas no fue simultánea, como se deduce de las diferencias de calidad constructiva entre los distintos lados. Todo parece indicar que el primer cuerpo levantado fue el ala norte, seguida del ala este, que permitió cerrar parcialmente el espacio central dominado visualmente por la fachada principal.

Desde el punto de vista topográfico, la construcción de los establos se adaptó de forma directa al terreno existente, sin buscar una nivelación previa del suelo. Esta decisión, plenamente funcional en un contexto ganadero, dio lugar a una arquitectura que se ajusta a los desniveles naturales del terreno, posteriormente regularizados de manera somera mediante rellenos de tierra y paja en el interior.

Una vez cerradas las tres alas principales de establos, se procedió a la construcción de una pequeña edificación destinada a cerrar un patio interior más reducido y de carácter más privado. Esta intervención obligó a modificar la cubierta del ala oeste, que pasó a resolverse a un solo agua para permitir el adosamiento del nuevo volumen. El resultado, sin embargo, carece del cuidado compositivo presente en las fases anteriores, evidenciando una primacía absoluta de la necesidad funcional sobre cualquier consideración estética.

La nueva edificación se inserta de manera forzada en el conjunto, llegando incluso a ocultar parcialmente uno de los arcos más significativos del edificio principal. Esta circunstancia ilustra de manera elocuente el carácter acumulativo y utilitario del proceso constructivo, en el que la resolución de problemas inmediatos prevaleció sobre la preservación de la coherencia formal.

En una fase posterior, probablemente ya a comienzos del siglo XX, se levantaron edificaciones secundarias más allá de un corral situado frente al núcleo central, otorgando al conjunto un aspecto cercano al definitivo. Finalmente, el ala oeste de los establos se prolongó hasta conectar con estas nuevas construcciones, aunque en este caso la cubrición se resolvió mediante cerchas de madera, abandonando la solución tradicional de arcos fajones.

En el interior del actual hotel, al acceder al vestíbulo y hacia el lado derecho, se conserva un pequeño salón que alberga la antigua capilla. En ella se mantiene un notable fresco sobre la hornacina, obra de correcta policromía y clara filiación manierista, fechable a inicios del siglo XVII. La pintura desarrolla una arquitectura fingida mediante pináculos, entablamentos y cortinajes sostenidos por ángeles, recurso característico del lenguaje decorativo de la época.

En el interior de la hornacina se representa a la Virgen con el Niño, coronados por dos ángeles. En el intradós del arco aparece la figura del Padre Eterno, mientras que en los laterales se dispone San Miguel Arcángel venciendo al demonio, en el lado de la Epístola, y el arcángel Gabriel con el ramo de azucenas, símbolo de la Anunciación. En el trasdós del arco se desarrolla la escena del Calvario, flanqueada por las figuras de San Francisco y San Antonio. El conjunto se remata con amorcillos, pináculos y los escudos de la orden franciscana sobre los frisos adintelados.

El edificio de Arenales constituye un ejemplo paradigmático de la arquitectura rural asociada a la gestión de grandes territorios en Extremadura. Su evolución histórica y constructiva refleja con claridad cómo la necesidad funcional y productiva ha prevalecido, en la mayor parte de las fases, sobre la búsqueda deliberada de efectos estéticos, sin que ello impida reconocer en el núcleo original una clara voluntad representativa y simbólica.

La rehabilitación contemporánea y su adaptación a uso hotelero han permitido la conservación y puesta en valor de este complejo arquitectónico, garantizando la pervivencia de un testimonio fundamental para el conocimiento de la historia económica, social y arquitectónica del territorio cacereño.

domingo, 4 de enero de 2026

 

Tirso de Molina en Trujillo

 

La presencia de la Orden de la Merced en Trujillo constituye un capítulo significativo en la historia de la ciudad, no solo por su contribución religiosa, sino también por su impacto en el ámbito social y cultural. Fundada en 1218 por San Pedro Nolasco en Barcelona, la Orden de la Merced, dedicada a la redención de cautivos, tuvo una expansión notable durante los siglos XVI y XVII en diversas regiones del mundo. En el caso específico de Trujillo, su instalación comenzó a gestarse en 1590, marcando el inicio de una nueva etapa para la ciudad, especialmente en términos religiosos y arquitectónicos.

En 1590, la Orden de la Merced empezó a gestionar su instalación en Trujillo bajo el impulso de dos religiosos mercedarios, Fray Diego de Sotomayor y Fray Juan Pizarro, ambos provenientes de nobles linajes: los Sotomayor y los Pizarro. Fray Diego de Sotomayor y Fray Juan Pizarro, con la firme intención de establecer un convento en la ciudad, aprovecharon las casas moradas de las familias Higuero-Vidarte, las cuales colindaban con la Iglesia y el Convento de San Antonio. Esta localización estratégica fue favorecida por Catalina de la Cueva, quien cedió la propiedad para la fundación del convento. De hecho, en el protocolo de 1602, se menciona que los mercedarios ya se encontraban en posesión legítima de la Obra Pía de Catalina de la Cueva, gracias a la donación de Francisco Pizarro, consolidando así la fundación.

La familia Pizarro jugó un papel esencial en la fundación del Convento de la Merced en Trujillo, especialmente la figura de Francisca Pizarro, hija del conquistador Francisco Pizarro. En el contexto de la época, la familia Pizarro no solo estaba vinculada a la historia de la conquista de Perú, sino que también mantenía una relación estrecha con los mercedarios, quienes recibían numerosas ayudas de esta familia tanto en el Perú como en España. La influencia de los Pizarro no se limitaba a la financiación del convento, sino que también se extendía a la relación personal de Fray Gabriel Téllez, futuro Comendador de Trujillo, quien antes de ingresar a la orden, ya había tenido contacto con varios descendientes de los Pizarro.

Uno de los momentos más destacados en la historia del convento fue la llegada de Tirso de Molina en 1626, quien asumió el cargo de Comendador del convento de Trujillo. Tirso, conocido principalmente por su carrera como dramaturgo, fue también un destacado fraile mercedario que desempeñó un papel importante en la comunidad religiosa. Su nombramiento como Comendador, aunque inicialmente inusual dado su fama como escritor, reflejó el reconocimiento de sus habilidades tanto religiosas como sociales. Su desempeño en Trujillo, además de su faceta como predicador, subraya la dualidad de su vida: una mezcla entre la vida monástica y su vocación literaria. Tirso de Molina, en su rol de Comendador, firmó numerosos documentos oficiales relacionados con la gestión del convento, incluyendo contratos de arrendamiento, compromisos de redención de cautivos y otros acuerdos importantes.

El convento de la Merced, como muchas otras instituciones religiosas de la época, sufrió grandes daños durante los disturbios de la invasión francesa en 1809. Durante esta invasión, la ciudad de Trujillo sufrió la destrucción de varios edificios religiosos, entre ellos, el convento de la Merced. A pesar de los daños materiales, la comunidad de Trujillo guardaba un profundo respeto hacia la Orden, como lo demuestra el testimonio de 1815, cuando la ciudad dispuso un acto en honor a la Hermana Catalina de San Pedro Nolasco, venerada por la comunidad debido a los prodigios que se le atribuían.

No obstante, la exclaustración de los religiosos en 1820, producto de las reformas políticas y sociales de la época, marcó el fin de la vida regular en el convento. Según la legislación de ese tiempo, que favorecía la secularización de los conventos, el Ayuntamiento de Trujillo no pudo evitar la disolución de la comunidad mercedaria, que para entonces ya era pequeña en número y había perdido gran parte de su infraestructura debido a las alteraciones sufridas durante los años previos.

A pesar de su destrucción parcial, la estructura del Convento de la Merced aún conserva algunos de los elementos arquitectónicos originales. La iglesia del convento, aunque muy deteriorada, presenta una planta rectangular y una serie de características típicas de la arquitectura clasicista tardía, en la que se observa la influencia de los modelos herrerianos. La portada principal del convento, aunque ha perdido gran parte de su esplendor original, todavía conserva detalles como el escudo de la Orden de la Merced y algunos elementos del barroquismo que caracterizaban la época.

En cuanto al patio central del convento, este mantiene su planta cuadrada y está compuesto por arcos esviados sobre pilastras en la parte baja, mientras que la parte superior se caracteriza por una galería interior con balcones adintelados. Este espacio, que servía como núcleo de la vida comunitaria de los religiosos, aún conserva la esencia del diseño original, a pesar de las alteraciones sufridas a lo largo de los siglos.

El Convento de la Merced en Trujillo no solo representa un importante sitio de la historia religiosa y arquitectónica de la ciudad, sino que también refleja las complejas relaciones sociales, políticas y económicas de la época. Desde su fundación por los mercedarios, impulsada por la familia Pizarro, hasta la presencia de figuras destacadas como Tirso de Molina, el convento desempeñó un papel crucial en la vida de Trujillo. La combinación de la vida monástica con el impulso literario de Tirso y la influencia de los Pizarro subraya la importancia multifacética de la Orden en esta ciudad. A pesar de los retos sufridos durante los disturbios del siglo XIX y la secularización posterior, el legado de la Orden de la Merced sigue vivo en la memoria colectiva de la ciudad y en las huellas de su arquitectura.

 

Diego García de Paredes en la Literatura

 

 

La figura de Diego García de Paredes, conocido popularmente como el “Sansón Extremeño”, ocupa un lugar destacado dentro de la tradición militar e histórica española del tránsito entre la Edad Media y la Edad Moderna. Su nombre aparece vinculado tanto a hechos documentados de carácter bélico como a un conjunto de relatos legendarios que, con el paso del tiempo, han contribuido a forjar una imagen heroica situada a medio camino entre la realidad histórica y la recreación literaria. El presente estudio tiene como objetivo analizar su figura desde una perspectiva académica, atendiendo a su contexto histórico, a las fuentes cronísticas que lo mencionan y al proceso mediante el cual algunas de sus hazañas fueron incorporadas a la literatura, especialmente a través de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.

Este análisis permite reflexionar, además, sobre un fenómeno recurrente en la historiografía: la progresiva difuminación de los límites entre historia y mito, especialmente cuando se trata de personajes de fuerte carga simbólica y nacional.

Diego García de Paredes nació en Trujillo en el año 1466, en el seno de una familia vinculada al estamento militar y a la administración local. Fue hijo del capitán y magistrado Sancho de Paredes y de Juana de Torres, su segunda esposa. La ciudad de Trujillo, durante los siglos XV y XVI, fue cuna de destacados militares y conquistadores, lo que favoreció un entorno social propicio para la formación de hombres de armas destinados al servicio de la Corona.

García de Paredes desarrolló su carrera militar en un momento de profundas transformaciones políticas y militares en la Península Ibérica y en el ámbito europeo. Participó activamente en las campañas del Reino de Granada, culminadas en 1492, y más tarde en las guerras de Italia, especialmente en el Reino de Nápoles. En este escenario se puso al servicio tanto del papa Alejandro VI como de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, quien, según las crónicas, mostró un alto aprecio por la extraordinaria fuerza física, el valor y la disciplina de García de Paredes.

La fama de Diego García de Paredes se consolidó durante las campañas italianas, donde su desempeño fue considerado ejemplar. Las fuentes destacan no solo su fortaleza física -que dio origen a su sobrenombre-, sino también su resistencia, capacidad de combate y lealtad. Estas cualidades lo convirtieron en un soldado admirado por sus contemporáneos y en un personaje digno de ser recordado por la tradición histórica.

Murió en el año 1530 en la ciudad de Bolonia. Quince años después de su fallecimiento, su hijo mayor legítimo ordenó el traslado de los restos mortales de su padre a Trujillo. Estos fueron depositados en una capilla de la iglesia de Santa María la Mayor, donde permanecen hasta la actualidad, reforzando el vínculo entre el personaje histórico y su ciudad natal.

El conocimiento histórico que poseemos sobre Diego García de Paredes procede fundamentalmente de crónicas militares del siglo XVI. Entre ellas destaca la Crónica del Gran Capitán, que recoge una breve síntesis de su vida y de sus principales hechos de armas. Resulta especialmente relevante que esta semblanza fuera escrita por el propio García de Paredes poco antes de su muerte, en forma de carta dirigida a su hijo Sancho, lo que confiere al texto un valor testimonial singular.

La edición más conocida de esta crónica es la publicada en Alcalá de Henares en 1584, aunque existen versiones anteriores, como la de Zaragoza de 1559. A estas se suma la Historia del Gran Capitán, publicada en 1527 por Hernán Pérez del Pulgar, así como la obra manuscrita de Francisco de Herrera sobre Gonzalo Fernández de Córdoba. Todas ellas conforman un corpus historiográfico que sirvió de base para la difusión de la figura del Sansón Extremeño.

Miguel de Cervantes Saavedra, en el capítulo XXXII de la primera parte de Don Quijote de la Mancha (1605), hace referencia indirecta a Diego García de Paredes al mencionar la Historia del Gran Capitán. Aunque Cervantes no relata de forma detallada las gestas del soldado trujillano, su inclusión en el universo cultural del Quijote contribuyó de manera decisiva a su proyección literaria.

Es probable que Cervantes tuviera acceso a alguna de las ediciones de la Crónica del Gran Capitán, posiblemente la de 1584. A partir de estas lecturas, el escritor incorporó a su relato una serie de hazañas atribuidas a García de Paredes, algunas de las cuales no aparecen en el sumario autobiográfico del propio soldado.

Entre estas destacan dos episodios especialmente llamativos: la supuesta capacidad de detener con un solo dedo la rueda de un molino en pleno funcionamiento y la defensa de un puente armado únicamente con un montante, impidiendo el avance de un ejército enemigo. Estos relatos, de evidente carácter hiperbólico, se inscriben en la tradición literaria de la exageración heroica.

Diversos autores posteriores han señalado que algunas de las hazañas atribuidas a Diego García de Paredes podrían corresponder en realidad a otros personajes históricos. Diego Hurtado de Mendoza, por ejemplo, relaciona ciertas proezas con un soldado llamado Céspedes, natural de Ciudad Real, conocido igualmente por su extraordinaria fuerza y fallecido en Granada en 1569. Esta superposición de figuras evidencia cómo la tradición oral y literaria tendía a concentrar gestas excepcionales en personajes ya prestigiosos.

Asimismo, Lope de Vega destacó en sus escritos la fuerza del Sansón Extremeño, contribuyendo a reforzar su imagen mítica. En cuanto al episodio de la defensa del puente, este aparece recogido en el libro II, capítulo CVI, de la Crónica Anónima del Gran Capitán. El puente en cuestión se situaba sobre el río Garellano; sin embargo, las propias fuentes indican que los franceses no intentaron cruzarlo, lo que relativiza el carácter épico del episodio.

Cervantes, además, parece haber vinculado a García de Paredes con la célebre hazaña del romano Horacio Cocles, quien defendió un puente frente al ejército de Porsena y posteriormente se arrojó al río Tíber para salvar su vida. Esta asociación literaria pudo surgir de la combinación de diferentes relatos: por un lado, la tradición clásica; por otro, un episodio cronístico según el cual García de Paredes, al cruzar un puente, se arrojó al agua junto a quienes lo escoltaban, logrando así recuperar su libertad.

Estos ejemplos ilustran de manera clara cómo la historia puede verse alterada por la interpretación subjetiva de los cronistas y escritores. La frontera entre realidad y fantasía resulta, en ocasiones, permeable, especialmente cuando los relatos responden a intereses narrativos, ideológicos o simbólicos. Sin embargo, el reconocimiento de estas exageraciones no implica una desvalorización del personaje histórico.

Por el contrario, incluso prescindiendo de los elementos legendarios, la biografía de Diego García de Paredes refleja una trayectoria militar sobresaliente, marcada por la valentía, la disciplina y la lealtad. Sus hechos documentados bastan para justificar la fama que alcanzó en vida y la admiración que despertó entre sus contemporáneos.

Diego García de Paredes constituye un ejemplo paradigmático de cómo un personaje histórico puede transformarse, con el paso del tiempo, en una figura mítica. La combinación de fuentes cronísticas, recreaciones literarias y tradiciones orales dio lugar a una imagen heroica que trascendió la realidad documentada. No obstante, un análisis crítico de las fuentes permite distinguir entre los hechos comprobables y las exageraciones simbólicas.

Lejos de disminuir su relevancia, esta revisión historiográfica contribuye a situar al Sansón Extremeño en su justa dimensión: como uno de los militares más destacados de su tiempo y como uno de los extremeños más reconocidos a nivel internacional. Su vida y su legado constituyen un testimonio valioso tanto para la historia militar española como para el estudio de los procesos de construcción del héroe en la literatura y la historiografía.

 

sábado, 3 de enero de 2026

 

 

Un Niño Jesús de Juan de Mesa

 

Autor: Fundidor anónimo sevillano, sobre modelo atribuido a Juan de Mesa

Material: Vaciado en bronce con baño de plata

Cronología: Primer tercio del siglo XVII

Medidas: Altura total: 57 cm

 

La obra objeto de estudio se inscribe plenamente en el contexto de la escultura sevillana del primer tercio del siglo XVII, momento de extraordinaria vitalidad artística marcado por la consolidación del naturalismo barroco. Sevilla, como principal centro artístico de la Monarquía Hispánica, concentró en estas décadas una intensa actividad escultórica, articulada en torno a la estela estética de Juan Martínez Montañés (1568–1649), cuya influencia se proyectó de manera decisiva sobre discípulos, seguidores y escultores vinculados a su círculo, entre ellos Juan de Mesa y Velasco (1583–1627).

El presente vaciado en bronce, posteriormente plateado, responde a una práctica habitual en el ámbito devocional y coleccionista del periodo, consistente en la reproducción de modelos escultóricos de éxito mediante moldes derivados de originales en madera policromada. La técnica del vaciado metálico permitía una difusión controlada de iconografías y tipologías formales asociadas a maestros reconocidos, adaptándolas a un mercado culto y devoto.

Desde el punto de vista formal, la pieza presenta una cabeza de proporciones acusadas, con un tratamiento volumétrico notable que evidencia un alto dominio técnico del modelado. El rostro, de expresión ensimismada y ligeramente melancólica, se caracteriza por facciones redondeadas: ojos almendrados de párpados bien definidos, carrillos prominentes, nariz corta y ancha, y labios finos, de delicada factura. La mirada, carente de tensión expresiva extrema, refuerza una sensación de recogimiento interior, rasgo frecuente en la producción escultórica sevillana del momento.

La cabeza aparece levemente inclinada, recurso compositivo que intensifica el carácter introspectivo del conjunto y establece un sutil dinamismo, alejándose de la estricta frontalidad clasicista. Este gesto conecta con las soluciones formales ensayadas por Juan de Mesa en sus obras maduras, donde el pathos se expresa de manera contenida pero eficaz.

Especial relevancia adquiere el tratamiento de la cabellera, auténtico eje estructurador de la composición. El cabello, densamente rizado y de acusado claroscuro, se organiza en una compleja estructura trilobulada, con una moña central elevada que avanza en pico hacia la frente despejada, generando dos marcadas entradas laterales. Los rizos, minuciosamente trabajados, se arremolinan en torno al óvalo facial, potenciando el volumen de las sienes y descendiendo en espesas patillas que enmarcan el rostro.

Este esquema capilar remite claramente a las tipologías difundidas por Juan Martínez Montañés, especialmente en lo relativo al ritmo curvilíneo y al protagonismo del mechón central. No obstante, la mayor abultación craneal, la frontal más despejada y la acentuación del volumen general distancian la obra de los modelos estrictamente montañesinos y la aproximan a las especulaciones formales de Juan de Mesa, quien reinterpretó dichas fórmulas con mayor intensidad expresiva y rotundidad volumétrica.

El vaciado en bronce, de notable calidad, evidencia un proceso técnico cuidado, con especial atención al detalle en zonas de difícil resolución como el rizado del cabello y los rasgos faciales. El posterior baño de plata no solo incrementa el valor material de la pieza, sino que responde a una intención estética y simbólica, vinculada a la nobleza del material y a su adecuación para el ámbito devocional o coleccionista.

En conjunto, la obra constituye un testimonio significativo de la difusión de modelos escultóricos sevillanos en el primer Barroco, así como de la pervivencia y reinterpretación del lenguaje formal de Montañés a través de artistas como Juan de Mesa. Su calidad técnica, la coherencia estilística y la fidelidad a los cánones estéticos del periodo permiten situarla con solvencia dentro de la producción seriada o semi-seriada derivada de moldes asociados al círculo sevillano de comienzos del siglo XVII.

Se trata, por tanto, de una pieza de notable interés histórico-artístico, tanto por su valor como objeto escultórico autónomo como por su capacidad para ilustrar los mecanismos de transmisión de modelos y estilos en la Sevilla barroca.

El modelo anatómico responde a una composición armoniosa, sustentada en un contrapposto equilibrado que revela con claridad el naturalismo característico de la producción de Juan de Mesa. La figura presenta un modelado blando y carnoso, atento a la recreación minuciosa de los pliegues y rebosamientos propios de las articulaciones. Las carnes se muestran rotundas y abundantes, especialmente en las caderas, los glúteos y los tobillos, así como en los brazos y las piernas, de musculatura fornida y poderosa presencia volumétrica.

Los brazos aparecen ligeramente separados del torso, reforzando la sensación de tridimensionalidad y evitando la rigidez compositiva. La mano derecha se dispone en actitud de bendecir, gesto de profundo significado teológico y devocional que conecta la imagen con la iconografía del Niño Triunfante. El volumen general de la obra resulta especialmente audaz, con un modelado más duro y abultado de lo habitual en la escultura de Juan Martínez Montañés, orientado a la búsqueda de una plasticidad rotunda y afirmativa de las carnes.

Este planteamiento formal alcanza tal grado de afinidad con el lenguaje de Juan de Mesa que llega a reproducir con notable fidelidad la interpretación de piernas y caderas presente en algunas de sus obras documentadas, donde los rebosamientos carnosos y los pliegues en tobillos y rodillas adquieren un protagonismo estructural. Tales rasgos permiten distanciar la pieza del canon montañesino más contenido y aproximarla a la estética mesina, caracterizada por una mayor intensidad volumétrica y expresiva.

En relación con la iconografía, Jesús Palomero distingue tres grandes versiones desarrolladas por el arte sevillano en torno a esta tipología infantil: en primer lugar, el Niño recién nacido de la Nochebuena; en segundo término, el Niño ataviado como Nazareno, identificado con la Pasión; y, finalmente, el Niño Triunfante, representado con una edad aproximada de cuatro años, bendiciendo con la diestra como vencedor sobre el pecado y la muerte. La obra aquí analizada se adscribe con claridad a esta última tipología, tanto por la actitud gestual como por la concepción anatómica y expresiva de la figura.

El destino original de este tipo de esculturas fue fundamentalmente el oratorio privado, concebido para el ámbito íntimo de la devoción personal. Con el tiempo, muchas de estas imágenes pasaron a comunidades conventuales, bien como donaciones, legados testamentarios o como parte de la dote aportada por las religiosas al ingresar en clausura, donde el Niño Jesús actuaba como trasunto simbólico del “dulce Esposo”. En estos contextos, las esculturas eran ubicadas en retablos, capillas interiores o espacios de especial recogimiento.

En consecuencia, los principales depositarios de este tipo de imágenes han sido históricamente las comunidades religiosas femeninas. Si bien esta circunstancia ha permitido, en muchos casos, la conservación de un patrimonio de extraordinario valor, también ha contribuido a que dichas colecciones permanezcan en gran medida desconocidas o insuficientemente catalogadas. Solo en casos excepcionales, como las clausuras vallisoletanas estudiadas por Arias, Hernández y Sánchez (1999; 2001; 2004), o la colección del monasterio de las Descalzas Reales de Madrid (García, 2010), se ha abordado un análisis sistemático de este conjunto patrimonial.

A esta problemática se suma la progresiva reducción del número de conventos en las últimas décadas, con el consiguiente traslado y redistribución —no siempre suficientemente documentada— de los bienes pertenecientes a cenobios extinguidos entre otras casas de la misma orden. Estas circunstancias dificultan notablemente el estudio, contextualización y atribución de estas esculturas, incrementando, a su vez, el valor histórico y documental de las piezas que han logrado mantenerse identificadas y conservadas en su integridad.

Quizás son las imágenes del Niño Jesús las que escapan en más ocasiones del cerrado espacio de la devoción privada pasando a tener un protagonismo público, pues muchos de ellos fueron comisionados por hermandades eucarísticas para sus procesiones de gloria, y de otros sabemos de su salida ocasional al exterior de los conventos para formar parte de las arquitecturas efímeras elevadas en festividades de variado tipo.

Con la llegada del Renacimiento se inicia la denominada Era Científica, contexto en el que se renueva de manera sustancial el interés por los metales y sus aleaciones, tanto desde una perspectiva teórica como práctica. Este renovado interés queda reflejado en una abundante producción bibliográfica especializada. Sirva como ejemplo fundamental el tratado De Re Metallica, escrito y publicado en latín por Georg Bauer (Agricola) en Alemania, obra de referencia para el conocimiento de la minería y la metalurgia modernas.

En el ámbito hispano también se desarrolló una destacada literatura técnica sobre el empleo de los metales. Así, en España se publican textos como el Repertorio perpetuo o Fábrica del Universo (1563), dedicado al uso de los metales, y De Re Metálica (1569), ambos debidos al controvertido Bernardo Pérez de Vargas, astrólogo, astrónomo y alquimista. No obstante, dentro del marco de la Hispanidad destaca de manera sobresaliente la obra Arte de los Metales de Álvaro Alonso Barba, natural de Huelva y cura en Potosí. Este tratado, redactado en 1637 por encargo de la Real Audiencia de Charcas y remitido al Consejo de Indias para su posterior impresión en Madrid en 1640, constituye sin duda el más completo y avanzado tratado de metalurgia del siglo XVII, además de un magnífico ejemplo de la reciprocidad cultural y técnica entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

En el ámbito escultórico, a comienzos del siglo XVII se produce en España una notable expansión del uso del plomo como material artístico, hasta entonces escasamente empleado. Este auge debe ponerse en relación directa con la capacidad de dicho metal para reproducir de manera mimética, y a un coste sensiblemente inferior al del bronce o la madera policromada, los modelos escultóricos demandados por la clientela. A este rápido incremento alude Francisco Pacheco en su tratado Arte de la Pintura, redactado entre 1634 y 1638 y publicado póstumamente en 1649, cuando señala que «en este tiempo, con la demasía de cosas vaciadas, particularmente de Crucifijos y de Niños, se ha introducido el encarnar de mate sobre todos metales». Pacheco distingue, además, entre figuras de pequeño formato y «cosas mayores y Niños o imágenes grandes» al desarrollar su método de aplicación de la encarnación sobre metal (Marcos Villán).

Por otro lado, los avances técnicos en la fundición de metales desde mediados del siglo XVI permitieron la recuperación de la técnica de los moldes por piezas, prácticamente olvidada desde la Antigüedad clásica. Mediante este procedimiento indirecto de fundición a la cera perdida era posible obtener, a partir de un original en madera, barro, yeso u otro material —que se preservaba de su destrucción—, réplicas de alta calidad. Dichos originales servían como guía para el acabado final, siendo necesarias, en todo caso, las intervenciones últimas del maestro para corregir los defectos inherentes al proceso. Tal como señala Gaurico en De Sculptura (1504), estos defectos se resumen en el exceso y la falta: el primero se corrige mediante el cincel y la lima, mientras que el segundo admite dos soluciones, la adición o la soldadura.

Desde un punto de vista técnico e industrial, la existencia de un establecimiento de primer orden como la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, asentada en la ciudad desde 1565, resultó determinante para el desarrollo de la escultura metálica. Dirigida por fundidores expertos como Bartolomé Morel o Francisco Ballesteros, y apoyada por artesanos extranjeros —frecuentemente de origen flamenco—, esta infraestructura facilitó notablemente la difusión y perfeccionamiento del uso del plomo fundido en el ámbito escultórico.

A estas ventajas se sumaba la relativa sencillez con la que el plomo podía recibir un acabado policromo de calidad comparable al de la escultura en madera. El propio Pacheco afirma con orgullo en su tratado haber sido el primero, a comienzos del siglo XVII, en aplicar una encarnación mate a un crucifijo de bronce «de cuatro clavos, de los de Miguel Ángel», vaciado que había traído de Roma el platero Juan Bautista Franconio, subrayando así la modernidad y la experimentación técnica que caracterizan este momento de transición en la escultura barroca sevillana (Marcos Villán).

Lamentablemente, este tipo de obras no parece haber dejado un rastro documental sistemático, circunstancia que puede explicarse por el hecho de que no solían ser contratadas mediante los cauces habituales, sino elaboradas directamente en los talleres escultóricos y posteriormente ofrecidas a la clientela que acudía a los mismos. Esta práctica, de carácter más flexible y orientada al mercado, dificulta hoy su identificación en fuentes archivísticas tradicionales.

Los escasos datos disponibles sobre la valoración económica de imágenes realizadas en plomo proceden de los estudios de Jesús Palomero (1996, p. 329), a partir de los registros de embarque conservados en la Casa de la Contratación de las Indias. En dichos documentos se establece una tasación diferenciada para los Niños Jesús “Triunfantes” según el material empleado: 200 reales para los ejemplares en madera policromada, 175 reales para los realizados en bronce y 110 reales para los vaciados en estaño o plomo. A estas cantidades debía añadirse un incremento aproximado del 25 % correspondiente al valor de la peana, habitualmente compuesta por uno o dos cojines superpuestos (Marcos Villán).

En este contexto de circulación constante de artistas, técnicas y modelos entre Flandes y Sevilla debe situarse una interesante escultura del Niño Jesús Triunfante realizada en bronce, de 44 cm de altura, con una peana de 14 cm, actualmente conservada en el Museo de Santa Cruz de Toledo (n.º de inventario 1925). Aunque el modelo guarda una estrecha relación con la talla del Niño Jesús atribuida a Francisco de Ocampo (1607), conservada en el monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce, la extraordinaria riqueza de los materiales empleados —bronce dorado al fuego para la escultura y caoba con apliques de bronce para la peana—, así como la presencia de un monograma no identificado inciso en la planta del pie izquierdo, avalan su realización en talleres flamencos especializados en la reproducción de modelos sevillanos (Marcos Villán).

La presencia en Sevilla de fundidores y artistas flamencos dedicados al vaciado en plomo, como Pablo Legot o Diego de Oliver (Palomero, 2007: 110–111), está ampliamente documentada. Asimismo, se conocen con precisión sus relaciones comerciales y contractuales con maestros de primer orden como Juan Martínez Montañés o Juan de Mesa (Palomero Páramo), lo que permite deducir la existencia de una estrecha colaboración entre escultores, fundidores y talleres especializados.

Esta red de relaciones respondió, en gran medida, a la creciente demanda tanto del mercado peninsular como, especialmente, del americano, convirtiéndose en un negocio floreciente. Dentro de esta producción, la iconografía más solicitada fue, sin duda, la del Niño Jesús Triunfante, aunque no faltaron otras representaciones devocionales. La fabricación adquirió en muchos casos un carácter “semiindustrial”, desarrollada en los propios talleres de los maestros o bajo su supervisión, a la que se sumó una abundante serie de vaciados de menor calidad, que no pasaban de ser variaciones o interpretaciones desafortunadas de los modelos originales.

Este fenómeno explica tanto la amplia difusión de determinadas tipologías escultóricas como la desigual calidad de las obras conservadas, reforzando la importancia de un análisis estilístico y técnico riguroso a la hora de valorar y contextualizar cada pieza concreta.

Al analizar los ejemplares conservados de esta tipología de escultura devocional en plomo se constata la coexistencia de una notable diversidad temática y de tamaños, así como una clara heterogeneidad en los niveles de calidad. No obstante, conviene subrayar que un número significativo de estas obras refleja con gran fidelidad el elevado nivel artístico de los modelos originales de los que derivan. Se trata, en muchos casos, de reproducciones rigurosas que, tras el proceso de fundición, eran sometidas a un cuidadoso repasado y acabado, culminado con la aplicación de una policromía de calidad comparable a la de los mejores ejemplares en madera. A ello se añadía la ventaja de su menor coste, especialmente frente a los elevados honorarios exigidos por los maestros más cotizados del momento, como Juan Martínez Montañés.

Esta combinación de calidad artística, eficacia técnica y accesibilidad económica explica que muchas de estas esculturas de plomo fueran altamente valoradas en su tiempo, vinculándose estrechamente a las prácticas devocionales privadas y al mecenazgo de las élites españolas. Un ejemplo paradigmático lo constituye uno de estos Niños Jesús de plomo, conocido como El Emperador, conservado en la clausura del monasterio de Santa Clara de Carrión. Esta imagen fue donada en 1619 por el rey Felipe III a la madre Luisa de la Ascensión, la célebre “monja de Carrión”, figura de notable influencia espiritual y social en la España del primer Barroco.

En otros casos, estas esculturas llegaron a los conventos como donaciones de miembros de la alta nobleza. Así ocurre con el Niño dormido sobre cruz y calavera donado a mediados del siglo XVII por doña Leonor Centurión y Mendoza, esposa del III marqués de Estepa, al convento de Santa Clara de dicha localidad. De igual modo, destaca el legado realizado en 1702 por la duquesa de Viana, doña María Magdalena Pimentel, a los jesuitas vallisoletanos, consistente en un Niño Jesús y un Ecce Homo, actualmente conservados en el relicario de la parroquia de San Miguel, antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús.

Las élites eclesiásticas participaron igualmente de este aprecio por la escultura devocional en metal. Resulta ilustrativo el caso de la Inmaculada que poseía en su oratorio privado el Inquisidor General don Bernardo de Sandoval y Rojas (1546–1618), cardenal y arzobispo de Toledo, tío del duque de Lerma y una de las figuras más influyentes del reinado de Felipe III. Asimismo, cabe mencionar el Niño Jesús de la parroquia de la Concepción de La Laguna (Tenerife), enviado en 1634 por los testamentarios de don Juan Manuel Suárez, canónigo de la catedral de Sevilla, quien dispuso en su testamento la donación de esta imagen, procedente de su oratorio privado, a la iglesia de su ciudad natal.

En este punto resulta necesario señalar que, pese a las referencias documentales que acreditan la existencia de obras de esta tipología realizadas en bronce —como las valoraciones consignadas en los registros de la Casa de la Contratación—, apenas se conservan ejemplares identificados con certeza en dicho material. Entre los pocos casos conocidos se encuentra un Niño Jesús de 53 cm de altura, catalogado como de bronce, conservado en el convento madrileño de las mercedarias de Don Juan de Alarcón. Esta escasez podría explicarse, en parte, por el enmascaramiento del material base mediante la policromía, circunstancia que permite plantear la hipótesis de que algunos de los ejemplares tradicionalmente considerados como de plomo sean, en realidad, vaciados en bronce.

El empleo del bronce y, especialmente, de aleaciones de menor punto de fusión —como el peltre, compuesto de plomo con proporciones variables de estaño y antimonio—, unido al menor coste del material y de su labra, así como al acceso a una creciente demanda de escultura devocional de pequeño formato, propició que Sevilla se consolidara, desde finales del siglo XVI, como el principal centro proveedor en el ámbito hispano de este tipo de imágenes vaciadas en metal. Estas piezas, gracias a su acabado polícromo, competían ventajosamente con la escultura en madera, tal como certifica Francisco Pacheco en su tratado Arte de la Pintura, publicado en 1649.

Es precisamente en este contexto donde se hace más evidente la calidad excepcional y la rareza de la escultura objeto del presente estudio, ejecutada en un material generalmente reservado a obras de carácter cortesano o de especial relevancia. La dificultad inherente al uso del bronce —cuyo punto de fusión se sitúa en torno a los 900 °C—, junto con la complejidad técnica de los procesos metalúrgicos necesarios para su vaciado y el elevado precio que alcanzaba este metal en el mercado (baste recordar que la fabricación de cañones de bronce suponía un coste aproximado de 16 ducados por cada 100 kilogramos), limitaban su empleo a encargos de alto nivel económico y simbólico.

No obstante, la presencia en Sevilla de la Real Fábrica de Artillería, establecida en la ciudad desde 1565, debió facilitar en cierta medida el acceso a estas técnicas y materiales, permitiendo su aplicación ocasional en el ámbito escultórico. Este factor, unido al conjunto de circunstancias anteriormente expuestas, perfila con claridad la importancia del donante y del destino original de la obra, y subraya el carácter exclusivo del encargo.

En consecuencia, no resulta arriesgado proponer que la pieza fuese realizada en uno de los talleres hispalenses de mayor prestigio del momento. Resulta patente la estrecha similitud de su matriz —entendida como el modelo originario o germen del vaciado— con los mejores Niños Jesús atribuibles al círculo de Juan de Mesa, tanto en lo que respecta a la concepción anatómica como a la estética general de la obra. Estos paralelismos formales y técnicos invitan a proponer la autoría de Juan de Mesa para el modelo original, del que esta escultura constituiría una réplica fidedigna, ejecutada en bronce y posteriormente bañada en plata.

Como era habitual en este tipo de producciones, la pieza habría requerido los últimos retoques del maestro para corregir los defectos propios del proceso de fundición, conforme a lo señalado por Gaurico en De Sculptura (1504), quien identifica el exceso y la falta como los principales problemas a resolver mediante el cincel, la lima, la adición o la soldadura. Todo ello refuerza la consideración de esta obra como un testimonio excepcional de la escultura devocional sevillana del primer Barroco, tanto por la nobleza de su material como por la calidad y coherencia de su lenguaje formal.

 

 

Bibliografía

 

Francisco Pacheco, 1649. “El Arte de la Pintura”. Sevilla

 

Marcos VillánMiguel Ángel., 2013. Modelos compartidos: Sobre el uso del plomo en la escultura barroca española. Ministerio de Cultura (España), Museo Nacional de Escultura, Valladolid.

 

Moreno de Soto Pedro Jaime., 2015.  ”La escultura barroca en plomo de Osuna”, Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, n.º 17 (2015), pp. 100-110.