Aproximación al culto a los antepasados en la
edad contemporánea
La
creación de los cementerios en España surge como resultado de unas políticas
que se fueron difundiendo a lo largo del siglo XVIII en Europa, que tenían como
principal objetivo la prevención de enfermedades infecciosas a través del
contacto con cadáveres tras el incremento de las epidemias. El
cambio de mentalidad se produjo esencialmente en Francia donde se producen las
primeras señales de alarma alrededor de 1740. En 1737 el Parlamento de París
encargó una investigación sobre el estado de los cementerios. A las ideas
vertidas por algunos ensayistas a raíz de los resultados de dicha
investigación, se añade, en 1744, la muerte de varias personas en Montpellier
después de asistir a un funeral. La opinión de las funestas consecuencias de
enterrar en las iglesias se consagró y difundió en la Enciclopedia, en donde
D´Alambert defendió la necesidad de crear un gran cementerio fuera de la
ciudad. Las ideas se concretaron en primer lugar en un Edicto de 12 de marzo de
1763 en el que el Parlamento de París planteaba que todos los cementerios
parroquiales se sacasen de la ciudad. Medida que se aplicaría con la
declaración de Luis XVI del 10 de mayo de 1776, que recogía disposiciones
planteadas dos años antes por el arzobispo y el Parlamento de Toulouse[1].
Poco a
poco su desarrollo se normaliza y es en el siglo XIX cuando los cementerios
fuera de las poblaciones verán su máximo esplendor. En ellos, tendrán cabida
toda clase de construcciones arquitectónicas, escultóricas y, en definitiva, de
manifestaciones artísticas como forma de distinción social. El culto a los
difuntos y el tema de la muerte formará parte de la vida cotidiana, recobrando
un mayor significado, al igual que lo haría en la Antigüedad y la Edad Media.
Será en el primer cuarto del siglo XIX cuando
se de impulso a las medidas legislativas, tendentes en primera instancia a la
creación de cementerios para en una segunda fase trasladarlos a las afueras de
las localidades. Son numerosas las disposiciones con este fin, lo que hace ver
el incumplimiento de las mismas, tanto por parte de las autoridades municipales
como por parte de los cargos eclesiásticos.
Siguiendo el testimonio francés y
tras unas muertes ocurridas en la villa guipuzcoana de Pasajes en 1781, la
Corte española inició un expediente que se publicó en 1786 con el título de Memorial Ajustado sobre el establecimiento
general de cementerios[2].
El trabajo iniciado por el Consejo en 1781 trataba de buscar referencias en
otras cortes europeas y recoger las opiniones más autorizadas dentro del país.
Se recibió información de Roma, Turín, Venecia, Parma, Florencia, Viena y París[3].
La primera Real Cédula parte del 3 de abril
de 1787[4], dictada
por Carlos Ill una vez fueron constatados los efectos de las epidemias
acaecidas en varias localidades. Hasta mediados del siglo XIX los muertos eran enterrados en el interior
de las iglesias o terrenos colindantes, a pesar de la reiterada legislación que
desde 1787 lo prohibía. La Real Cédula de 1787 es el primer intento de sacar
los cementerios fuera de las localidades[5],
ratificándolo con la Real Orden Circular de 26 de abril de 1804 que pretendió
activar la construcción de cementerios para evitar los perjuicios ocasionados a
la salud pública por los enterramientos en los templos[6].
El
Decreto de 23 de junio de 1813, aprobaba la Instrucción para que el gobernador
económico-político de las provincias señalase que estaba a cargo de los
ayuntamientos en cuidar de que cada pueblo tuviera su cementerio,
convenientemente situado (artículo 1)[7].
La principal lucha hasta mediados del siglo XIX es la consecución por parte del
Consejo Real y autoridades provinciales de una homogeneización inhumatoria en
cementerios, para toda España. Será en 1833 cuando se vuelva a contar con
indicaciones referentes a la construcción de cementerios, a pesar de existir
algunas medidas relacionadas con el tema de enterramientos. La Real Orden
de 2 de junio de 1833 decreta que los Intendentes, junto a los Corregidores,
Alcaldes Mayores y Ayuntamientos dispondrán al empleo efectivo de los recintos
creados a tal fin, debiendo remitir un informe antes de un mes con los pueblos
que no cuenten con cementerio. Donde no existan, deberán ser sufragados los
costes de su construcción "á costa de los fondos de las fábricas
de las iglesias, que son los primeros obligados a ello". Su
carencia deberá ser justificada de forma exhaustiva y expresa para que pueda
ser utilizada ayuda municipal, como el destino de tierras concejiles o de
propios. Los enterramientos en iglesias o intramuros de pueblo serán de nuevo prohibidos
el 16 de junio de 1857.
Será en el último tercio del siglo XIX cuando
la administración intenta establecer unas obligaciones en la localización de
los camposantos que sean cumplidas a lo largo y ancho del país, sin
excepciones. La Real Orden de 19 de mayo de 1882 claramente especifica a raíz
de las malas condiciones con que contaban los cementerios extremeños que han de
emplazarse en lugar elevado, contrario a la dirección de los vientos
dominantes. La Ley de 19 de mayo de 1882 incorpora ya la necesidad de contar
con espacios para los no católicos en los cementerios de nueva creación.
Por lo tanto, en la
primera mitad del siglo XIX se crearon los cementerios en las afueras de las
ciudades y se logró un consenso entre autoridades civiles y eclesiásticas sobre
su regulación jurídica. La Ley Laica de Cementerios de 1883 rompió esta
unidad, pero la evolución del derecho civil y canónico durante el siglo XX
posibilitó una nueva convergencia. Actualmente los cementerios tienen una
regulación que manifiesta el nuevo consenso alcanzado en el ámbito estatal y
eclesiástico. La Ley
49/1978, de 3 de
noviembre, de enterramientos en cementerios municipales, establece que los Ayuntamientos están obligados a que los enterramientos
que se efectúen en sus cementerios se realicen sin discriminación alguna por
razones de religión ni por cualesquiera otras.
A
pesar de la tardía sistematización del arte decimonónico en los cementerios
extremeños, hemos encontrado una amplia gama de estilos (neoclasicismo, eclecticismo, romanticismo) que muestran los panteones
ubicados en la parte decimonónica en algunos cementerios extremeños, por
ejemplo tenemos el caso del cementerio trujillano, uno de los más antiguos de
Extremadura inaugurado en 1870[8], donde
podemos observar claramente, gracias a los panteones las diferencias sociales
existentes en la ciudad: la élite noble de la ciudad, una nueva burguesía,
dueña de los medios de producción y consumo; y, la clase obrera, éstos se enterraban
en el suelo o en nichos modestos. Un panteón es un monumento funerario que se
caracteriza por tener la zona del enterraiento cubierta por un pequeño
edificio, generalmente estamos ante enterramientos familiares para personas de
situación social y económica alta. Nos encontramos con suntuosos panteones
pertenecientes a las familias nobles trujillanas, entre los que destacamos, el
de don Francisco Orellana Bravo (1820), don Pedro de Abecia (1841), don Fabián
de Orellana y Bravo (1873), de don Félix Spina García de Paredes (1883), del
Excmo. Sr. Marqués de la Conquista y Vizconde de Amaya, Orellana Pizarro
(1889); del Conde de Tres-Palacios (1891), doña Ramona Romero de Castañeda
(1900), don José Montalvo Martín y doña Antonia Núñez (1930); de Vargas, viuda
de Montalvo (1949), familia de Castellano; entre otros.
En
cementerios como el de Trujillo, Plasencia, Arroyo de la Luz, Montánchez,
Mérida o el cementerio viejo de Badajoz, hay numerosas pilastras,
entablamentos, frontones, pináculos, y de otros elementos que aportan el
reconocimiento de la historia y nos transportan a un lenguaje decimonónico. En
algunos de los cementerios encontramos increíbles historias, como en el de San
Juan de Badajoz, un relato que comienza el 4 de junio de 1883, cuando Reinerio Marcos
falleció. Un joven estudiante de la Escuela de Minas dejó esta vida, pero su
madre se resistió a alejarse de su recuerdo. Máxima Hiarte mandó erigir un
panteón en honor de su hijo. Lo quiso tan alto para poder verlo desde su casa,
en el número 24 de la calle San Juan. Hacia ese lugar mira la escultura que
sujeta los aparejos de la que iba a ser su profesión y que corona el monumento
funerario. La madre murió dos años más tarde aquejada de una dolencia cardíaca.
En el panteón, un ángel y dos candelabros con forma de esqueleto, custodian
todavía hoy a Reinerio.
En la mayoría de los cementerios
extremeños, por decirlo de alguna manera, con sabor artístico y antigüedad
histórica decimonónica, encontramos un interesante y abundante repertorio
iconográfico utilizado en panteones, propio de la imaginería funeraria de la
época, pero se decanta por los símbolos que, de forma poética y con referencias
a la Antigüedad, aluden a la fugacidad de la vida frente, al menos
cuantitativamente, a los símbolos cristianos: reloj de arena alado, la
mariposa, la lechuza, la calavera con alas de murciélago sobre la guadaña,
antorchas invertidas y urnas cinerarias veladas; y la reiteración de las
virtudes teologales en forma de bustos, ángeles con los atributos habituales:
la Fe aparece con los ojos vendados y porta la cruz y un cáliz; la Esperanza es
representada por un ancla, y la Caridad por un corazón.
Un arte funerario rico en simbología, tanto cristiana
como eminentemente funeraria. El motivo decorativo más utilizado es la imagen
de la Cruz, omnipresente en la mayoría de los cementerios extremeños; el dolor
se manifiesta por medio de imágenes como una antorcha apagada o una columna
rota, símbolos de una vida truncada; la devoción es patente en las
representaciones de Cristo, la Virgen, ángeles o santos. A esta decoración
hemos de sumar también los elementos propios constructivos como molduras,
frisos, pilastras, arcos y remates decorativos. Generalmente suelen aparecer
motivos escultóricos en las tumbas y los nichos, tanto relieves como de
esculturas de bulto redondo, de materiales muy diversos, generalmente
utilizando la piedra en las tumbas-panteón y, en los motivos decorativos del
propio nicho en relieve.
El motivo religioso más frecuente presente en los
cementerios extremeños es la figura de Jesucristo que se representa generalmente
en brazos de su madre, haciendo alusión también a la muerte de Cristo; Cristo
crucificado; un tema muy habitual que representan amor de Cristo es la
representación del Sagrado Corazón de Jesús. Algunas de las esculturas
incluidas en bulto redondo en los nichos hacen referencia a Cristo crucificado,
la Asunción de la Virgen, rostros de ángeles, la Piedad o Jesús en brazos de su
Madre o de un ángel que sostienen la cabeza inerte de Jesús mientras que su
Madre le besa la frente, la Virgen del Carmen, los rostros de San José, María y
Jesús (la Sagrada Familia) y algunos santos como San José y el Niño Jesús o San
Francisco de Asís y San Antonio de Padua, haciendo referencia claramente a la
devoción de los difuntos allí enterrados tenía a cada uno de los santos en los
que buscaba su protección divina. Algunos nichos están decorados con
representaciones de algunas de las estaciones de la Pasión y Muerte de Cristo,
el motivo más repetido es la escena del Huerto de los Olivos, la caída de Jesús
o el paño de la Verónica, la Crucifixión y la escena del Calvario, que sirve
para recordar la futura resurrección.
En algunos nichos la fe se representa con la
imagen de la Cruz y junto a ella, el ancla que representa la esperanza, que es
el apoyo firme y que impide que el alma se pierda. También, algunos nichos
están decorados sencillamente con un querubín.
En
el cementerio emeritense destacamos una Piedad labrada en piedra coronado el
panteón familiar donde el escultor Juan de Ávalos quiso que descansaran los
restos de sus padres. Esta escultura fue ejecutada en 1953 y se colocó en la
tumba al año siguiente, siendo esta obra el modelo que serviría de base a la
que en el Valle de los Caídos remataría la entrada a la basílica. A su
fallecimiento en 2006, el propio Juan de Ávalos García-Taborda fue enterrado
igualmente en este panteón, donde sus restos yacen hoy en día junto a los de
sus padres, hermanos y otros familiares.
Un apartado especial en las representaciones
icónicas de los cementerios consiste en recordar al difunto con una fotografía
colocada en el nicho, protegida por un cristal o en un esmalte (valor
sentimental), éstas son relativamente recientes, corresponden generalmente a
los últimos 40 años. Incluso, en algún nicho aparecen representadas
advocaciones marianas relacionadas con la patrona de la localidad en cuestión.
Los Ángeles son también un motivo repetido
tanto las tumbas como en los nichos. Algunos de los motivos que explican la
numerosa representación de ángeles en el cementerio, es porque se les considera
compañeros de viaje hacia el otro mundo, nos han acompañado en esta vida y por
ende también son compañeros de viaje en la muerte, sólo aparece recogiendo el
alma del difunto para llevarla al cielo. Generalmente, los enterramientos de
niños pequeños suelen estar acompañado por un querubín o ángel con las alas
desplegadas. Algunos de estos ángeles se encuentran abrazando a una cruz,
pudiendo estar relacionado con la Pasión de Cristo.
También son numerosos los panteones y las
tumbas decoradas con simbología de carácter profano y funerario. Por ejemplo,
algunos relieves existentes en cementerios extremeños representan una manecilla
de un reloj y un sol arrojando sus rayos, como un símbolo del final del tiempo,
la llegada de la muerte. Por otro lado, también de tumbas en las que se
representan símbolos funerarios, alusivos a la muerte, utilizando
frecuentemente motivos vegetales, como coronas de flores, ramos y guirnaldas
esculpidas en la piedra, material utilizado frecuentemente en las tumbas o, en
las decoraciones de las rejerías. Otro de los símbolos frecuentes, tanto en las
paredes de los panteones como en las rejas es un reloj de arena, representado
con dos pequeñas alas, que nos recuerda que el tiempo pasa rápido y hay que
estar alerta ante la muerte.
También suelen aparecer cruces abrazadas con
la hiedra, que con su unión simboliza esa estrecha relación entre la vida y la
muerte. También es un motivo muy frecuente en las rejas de los panteones. Las
flores están muy presentes como símbolo funerario, símbolo de pureza y
eternidad como los lirios o las rosas, símbolo de amor eterno. La calavera es
otro motivo repetido en los cementerios e igualmente, el fuego, símbolo de la
vida y de la purificación que está presente en antorchas y pebeteros en las cubiertas
de los panteones, generalmente a ambos lados de una cruz de piedra.
Los animales más representados en las tumbas
son el murciélago, animal asociado a la oscuridad, y el búho con las alas
parcialmente desplegadas, por vivir de noche y en la oscuridad, está asociado
al mundo de las tinieblas, es el símbolo de la tristeza.
En la construcción de panteones y tumbas de algunos cementerios extremños se observa
claramente la diferencia entre las personas de distinta posición social, quedó
más patente en los elementos decorativos y simbólicos decimonónicos y de la
primera mitad del siglo XX. Las personas trataron de personalizar sus
enterramientos construyendo panteones suntuosos, tal y como hemos estudiado,
así como la decoración de sus tumbas mostrando así la distinción social o
superioridad económica de la familia. Considerando, igualmente, que enterrar a
sus muertos en panteones elegantes donde desplegar una importante decoración
era rendir un mayor homenaje al difunto tras su muerte, una muestra del cariño
y la admiración que la familia tenía con respecto al finado.
Los
cementerios extremeños también presentan un muestrario interesante de la arquitectura
del hierro y del estilo modernista. Las rejas que decoran la mayoría de los
cementerios son de hierro o bronce, utilizadas tanto para el cerramiento de las
tumbas mediante cadenas como para las puertas de los panteones. Hemos de
destacar un importante muestrario de cruces de hierro que coronan las tumbas
terrestres, así como el cerramiento de algunas tumbas-panteón. Los motivos
decorativos más utilizados es la decoración geométrica a base de líneas curvas,
rejas y cruces decoradas con volutas y ces, dispuestos de forma simétrica. En
múltiples ocasiones nos encontramos con motivos ondulados que combinan con
formas geométricas como cruces dando lugar a complejas composiciones. También
está presente la decoración de motivos vegetales como flores, ramas u hojas,
siendo las más frecuentes las flores de cinco pétalos y las hojas de hiedra, y
además de ser un motivo decorativo tienen también un destacado carácter
simbólico, ya que evocan el abrazo entre la vida y la muerte.
En
el cementerio viejo de Badajoz está el panteón más alto de todo el camposanto y el que
guarda la leyenda más conocida es el del estudiante de minas Reinerio Marcos.
Su tumba está junto a la de Covarsí y a la de los Vaca y destaca porque la
escultura del muchacho, que falleció en 1885 cuando tenía 21 años, está encima
de su panteón. Cuentan las crónicas de la época que era hijo único y su madre,
viuda y sola en el mundo, encargó un monumento de altura para poder verlo desde
su casa de la calle San Juan. En su interior, y como curiosidad, pueden verse
dos candelabros de plata sujetos por esqueletos.
Bibliografía
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Madrid: muladares
y cementerios”, en Carlos III, Alcalde de Madrid,
Catálogo de Exposición, Madrid, 1988, pp. 535-544.
[1]
Ph. Ariès,
1983, pp. 400-402.
[2]
Memorial
Ajustado del Expediente seguido en el Consejo, en virtud de orden de S. M. de
24 de marzo de 1781 sobre establecimiento general de cementerios, Madrid, 1786.
[3]
Saguar Quer,
1988, 244; Saguar Quer, 1988, 542.
[4]
Real Cédula de
S. M. en que por punto general se manda restablecer el uso de Cementerios
ventilados
para sepultar los Cadáveres de los Fieles. Impresión de Pedro Marín en Madrid
en 1787.
[5]
Galán Cabilla, 1988, 257.
[6]
Fernández y García Ruiperez, 65, 1994.
[7]
González Díaz, 1970, 301.
[8]
Véase nuestro trabajo Ramos Rubio, 2015.