Montehermoseña ,
obra inédita de Ubaldo Cantos
En la vivienda cacereña de don Luis Picapiedra se conserva
una obra inédita de Ubaldo Cantos titulada Montehermoseña
(1970), pieza que constituye un valioso testimonio de la trayectoria madura de
este pintor español nacido en Castro-Urdiales. La relevancia de esta obra no
solo radica en su carácter inédito, sino también en su capacidad para
sintetizar los principios estéticos que definieron la producción artística de
Cantos: una pintura seria, reflexiva y técnicamente depurada, realizada sin
concesiones a la espectacularidad ni a las corrientes de vanguardia
predominantes en el panorama artístico de la segunda mitad del siglo XX.
Ubaldo Cantos desarrolló su actividad en un momento de
profundas transformaciones estéticas en España. Durante las décadas de 1950 y
1960, el arte español experimentó un intenso debate entre tradición y
modernidad, con la consolidación de propuestas informalistas, abstractas y
conceptuales que buscaban situar la creación nacional en diálogo con las
corrientes internacionales. Frente a este contexto, Cantos optó por una línea
figurativa y tradicional que no debe interpretarse como resistencia inmovilista,
sino como afirmación consciente de un ideario artístico basado en la disciplina
formal, la observación rigurosa y la continuidad con la herencia pictórica
española.
Su formación en el norte peninsular, en el entorno cultural
de Cantabria, influyó notablemente en su sensibilidad estética. El paisaje
atlántico, la sobriedad cromática y la valoración de lo cotidiano constituyen
rasgos que, aun transformados, pueden rastrearse en su producción posterior.
Sin embargo, lejos de limitarse a una temática regional, Cantos desarrolló una
obra abierta a los tipos humanos y a las tradiciones populares de distintas
zonas españolas, como demuestra el propio título Montehermoseña, que remite a la localidad extremeña de Montehermoso
y a su característico traje tradicional femenino.
a obra Montehermoseña
debe entenderse dentro del período de madurez de Cantos. Realizada en 1970,
presenta una factura técnica sólida y una composición cuidadosamente
estructurada. La figura femenina, presumiblemente ataviada con el traje tradicional
de Montehermoso —con su singular gorra o tocado cónico decorado—, se convierte
en eje vertebrador del espacio pictórico. La centralidad de la figura y la
estabilidad compositiva remiten a esquemas clásicos que privilegian la claridad
estructural sobre la experimentación formal.
Desde el punto de vista cromático, la pintura probablemente
despliega una gama contenida, dominada por tonos terrosos y oscuros que evocan
la materialidad del entorno rural. Este uso del color, lejos de buscar
contrastes violentos o rupturas expresionistas, responde a una voluntad de
armonía y equilibrio. La pincelada, trabajada con delectación y sin
estridencias, revela un proceso pausado en el que cada elemento ha sido
meditado. La superficie pictórica no muestra improvisación gestual, sino
control y refinamiento técnico.
El tratamiento de la luz es otro elemento significativo. En
coherencia con la tradición figurativa española, la iluminación no pretende
desmaterializar las formas, sino modelarlas con precisión volumétrica. La
figura adquiere corporeidad mediante un claroscuro que resalta la textura de
los tejidos y la dignidad serena del personaje representado. La ausencia de
dramatismo exacerbado refuerza la impresión de equilibrio y contención.
La elección de una figura montehermoseña no es un simple
recurso costumbrista. En la España de 1970, la representación de tipos
regionales podía adquirir múltiples significados: desde la reafirmación
identitaria hasta la idealización etnográfica. En el caso de Cantos, la aproximación
parece alejarse de la anécdota pintoresca para centrarse en la dignidad
intrínseca del sujeto.
La tradición pictórica española ha otorgado un lugar
destacado a la representación de figuras populares, desde los retratos
costumbristas del siglo XIX hasta ciertas derivaciones del realismo social. No
obstante, Cantos se distancia de cualquier intención narrativa o crítica
explícita. Su pintura se inscribe en una tradición más silenciosa y
contemplativa, en la que el modelo es elevado a categoría casi simbólica a
través de la sobriedad formal.
En este sentido, Montehermoseña
puede interpretarse como una reflexión sobre la permanencia cultural. Frente a
la aceleración histórica y la modernización acelerada de la España
tardofranquista, la obra reivindica la continuidad de las raíces y la
estabilidad de los valores tradicionales. La figura femenina, erguida y serena,
encarna una identidad colectiva que trasciende el tiempo inmediato.
La caracterización de la pintura de Cantos como “seria,
pensada y trabajada, hecha sin prisas y con delectación” resulta
particularmente pertinente en el análisis de esta obra. El proceso creativo
parece haber estado guiado por una planificación rigurosa: estudio previo del
modelo, definición compositiva y elaboración progresiva de capas pictóricas.
El rechazo de los “vanguardismos” no implica falta de
contemporaneidad, sino una postura estética fundamentada en la convicción de
que la modernidad no exige necesariamente ruptura formal. Cantos demuestra que
es posible dialogar con el presente desde una fidelidad a los principios
clásicos de composición, dibujo y equilibrio cromático. La ausencia de
estridencias no debe confundirse con carencia de profundidad; por el contrario,
la intensidad expresiva se canaliza a través de la contención.
El hecho de que Montehermoseña
permanezca inédita y conservada en una vivienda particular en Cáceres plantea
cuestiones relevantes en torno al patrimonio artístico y su difusión. Las obras
fuera de los circuitos museísticos pueden quedar al margen del reconocimiento
crítico, pese a su potencial relevancia histórica y estética. La documentación,
estudio y eventual exhibición pública de esta pieza contribuirían a enriquecer
el conocimiento sobre la trayectoria de Cantos y sobre la pervivencia de la
figuración tradicional en el arte español del siglo XX.
Desde una perspectiva historiográfica, la revisión de
autores que mantuvieron una posición tradicional frente a las corrientes
hegemónicas permite matizar la narrativa lineal del progreso artístico.
Artistas como Cantos evidencian que la historia del arte no se compone
únicamente de rupturas y manifiestos, sino también de continuidades, elecciones
conscientes y fidelidades estilísticas.
La obra Montehermoseña
(1970) de Ubaldo Cantos representa un ejemplo significativo de figuración
tradicional en la España contemporánea. Su conservación en una vivienda
cacereña subraya tanto su valor íntimo como su potencial relevancia pública. A
través de una composición equilibrada, una técnica depurada y una profunda reflexión
sobre la identidad cultural, Cantos reafirma una concepción de la pintura
entendida como ejercicio de paciencia, estudio y respeto por la tradición.
Lejos de las estridencias de la vanguardia, su obra propone
una modernidad alternativa basada en la continuidad, la mesura y la dignidad de
lo representado. En este sentido, Montehermoseña
no solo es una pieza artística singular, sino también un testimonio de una
postura estética coherente y profundamente arraigada en la tradición pictórica
española.

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