sábado, 28 de febrero de 2026

 

Montehermoseña , obra inédita de Ubaldo Cantos

 

En la vivienda cacereña de don Luis Picapiedra se conserva una obra inédita de Ubaldo Cantos titulada Montehermoseña (1970), pieza que constituye un valioso testimonio de la trayectoria madura de este pintor español nacido en Castro-Urdiales. La relevancia de esta obra no solo radica en su carácter inédito, sino también en su capacidad para sintetizar los principios estéticos que definieron la producción artística de Cantos: una pintura seria, reflexiva y técnicamente depurada, realizada sin concesiones a la espectacularidad ni a las corrientes de vanguardia predominantes en el panorama artístico de la segunda mitad del siglo XX.

Ubaldo Cantos desarrolló su actividad en un momento de profundas transformaciones estéticas en España. Durante las décadas de 1950 y 1960, el arte español experimentó un intenso debate entre tradición y modernidad, con la consolidación de propuestas informalistas, abstractas y conceptuales que buscaban situar la creación nacional en diálogo con las corrientes internacionales. Frente a este contexto, Cantos optó por una línea figurativa y tradicional que no debe interpretarse como resistencia inmovilista, sino como afirmación consciente de un ideario artístico basado en la disciplina formal, la observación rigurosa y la continuidad con la herencia pictórica española.

Su formación en el norte peninsular, en el entorno cultural de Cantabria, influyó notablemente en su sensibilidad estética. El paisaje atlántico, la sobriedad cromática y la valoración de lo cotidiano constituyen rasgos que, aun transformados, pueden rastrearse en su producción posterior. Sin embargo, lejos de limitarse a una temática regional, Cantos desarrolló una obra abierta a los tipos humanos y a las tradiciones populares de distintas zonas españolas, como demuestra el propio título Montehermoseña, que remite a la localidad extremeña de Montehermoso y a su característico traje tradicional femenino.

a obra Montehermoseña debe entenderse dentro del período de madurez de Cantos. Realizada en 1970, presenta una factura técnica sólida y una composición cuidadosamente estructurada. La figura femenina, presumiblemente ataviada con el traje tradicional de Montehermoso —con su singular gorra o tocado cónico decorado—, se convierte en eje vertebrador del espacio pictórico. La centralidad de la figura y la estabilidad compositiva remiten a esquemas clásicos que privilegian la claridad estructural sobre la experimentación formal.

Desde el punto de vista cromático, la pintura probablemente despliega una gama contenida, dominada por tonos terrosos y oscuros que evocan la materialidad del entorno rural. Este uso del color, lejos de buscar contrastes violentos o rupturas expresionistas, responde a una voluntad de armonía y equilibrio. La pincelada, trabajada con delectación y sin estridencias, revela un proceso pausado en el que cada elemento ha sido meditado. La superficie pictórica no muestra improvisación gestual, sino control y refinamiento técnico.

El tratamiento de la luz es otro elemento significativo. En coherencia con la tradición figurativa española, la iluminación no pretende desmaterializar las formas, sino modelarlas con precisión volumétrica. La figura adquiere corporeidad mediante un claroscuro que resalta la textura de los tejidos y la dignidad serena del personaje representado. La ausencia de dramatismo exacerbado refuerza la impresión de equilibrio y contención.

La elección de una figura montehermoseña no es un simple recurso costumbrista. En la España de 1970, la representación de tipos regionales podía adquirir múltiples significados: desde la reafirmación identitaria hasta la idealización etnográfica. En el caso de Cantos, la aproximación parece alejarse de la anécdota pintoresca para centrarse en la dignidad intrínseca del sujeto.

La tradición pictórica española ha otorgado un lugar destacado a la representación de figuras populares, desde los retratos costumbristas del siglo XIX hasta ciertas derivaciones del realismo social. No obstante, Cantos se distancia de cualquier intención narrativa o crítica explícita. Su pintura se inscribe en una tradición más silenciosa y contemplativa, en la que el modelo es elevado a categoría casi simbólica a través de la sobriedad formal.

En este sentido, Montehermoseña puede interpretarse como una reflexión sobre la permanencia cultural. Frente a la aceleración histórica y la modernización acelerada de la España tardofranquista, la obra reivindica la continuidad de las raíces y la estabilidad de los valores tradicionales. La figura femenina, erguida y serena, encarna una identidad colectiva que trasciende el tiempo inmediato.

La caracterización de la pintura de Cantos como “seria, pensada y trabajada, hecha sin prisas y con delectación” resulta particularmente pertinente en el análisis de esta obra. El proceso creativo parece haber estado guiado por una planificación rigurosa: estudio previo del modelo, definición compositiva y elaboración progresiva de capas pictóricas.

El rechazo de los “vanguardismos” no implica falta de contemporaneidad, sino una postura estética fundamentada en la convicción de que la modernidad no exige necesariamente ruptura formal. Cantos demuestra que es posible dialogar con el presente desde una fidelidad a los principios clásicos de composición, dibujo y equilibrio cromático. La ausencia de estridencias no debe confundirse con carencia de profundidad; por el contrario, la intensidad expresiva se canaliza a través de la contención.

El hecho de que Montehermoseña permanezca inédita y conservada en una vivienda particular en Cáceres plantea cuestiones relevantes en torno al patrimonio artístico y su difusión. Las obras fuera de los circuitos museísticos pueden quedar al margen del reconocimiento crítico, pese a su potencial relevancia histórica y estética. La documentación, estudio y eventual exhibición pública de esta pieza contribuirían a enriquecer el conocimiento sobre la trayectoria de Cantos y sobre la pervivencia de la figuración tradicional en el arte español del siglo XX.

Desde una perspectiva historiográfica, la revisión de autores que mantuvieron una posición tradicional frente a las corrientes hegemónicas permite matizar la narrativa lineal del progreso artístico. Artistas como Cantos evidencian que la historia del arte no se compone únicamente de rupturas y manifiestos, sino también de continuidades, elecciones conscientes y fidelidades estilísticas.

La obra Montehermoseña (1970) de Ubaldo Cantos representa un ejemplo significativo de figuración tradicional en la España contemporánea. Su conservación en una vivienda cacereña subraya tanto su valor íntimo como su potencial relevancia pública. A través de una composición equilibrada, una técnica depurada y una profunda reflexión sobre la identidad cultural, Cantos reafirma una concepción de la pintura entendida como ejercicio de paciencia, estudio y respeto por la tradición.

Lejos de las estridencias de la vanguardia, su obra propone una modernidad alternativa basada en la continuidad, la mesura y la dignidad de lo representado. En este sentido, Montehermoseña no solo es una pieza artística singular, sino también un testimonio de una postura estética coherente y profundamente arraigada en la tradición pictórica española.



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