miércoles, 4 de noviembre de 2026

 

La visita de Carlos V a Trujillo el 1 de marzo de 1526: ceremonial, poder y memoria urbana

 

El 1 de marzo de 1526, Carlos V hizo su entrada solemne en la ciudad de Trujillo, en el marco de su desplazamiento hacia Sevilla, donde habría de contraer matrimonio con Isabel de Portugal. Este episodio, recogido con notable detalle por el escribano Juan Rodríguez Caramaño en el denominado Libro Negro —códice municipal del siglo XVI—, constituye un testimonio privilegiado para el estudio del ceremonial político, la cultura urbana y las formas de representación del poder en la Castilla del Renacimiento.

El viaje del emperador respondía a una estrategia dinástica de primera magnitud. La boda con la infanta portuguesa sellaba la alianza entre las coronas de Castilla-Aragón y Portugal, reforzando el equilibrio peninsular y consolidando la posición internacional de la Monarquía Hispánica en un contexto marcado por la rivalidad con Francia y el Imperio otomano. No se trataba, por tanto, de un simple desplazamiento cortesano, sino de un itinerario cargado de significado político, donde cada ciudad que acogía al monarca participaba en la escenificación del pacto entre soberano y comunidad.

En este marco, la recepción trujillana adquiere una dimensión que trasciende lo anecdótico. La ciudad, descrita en el documento como “noble e Muy Leal”, se presenta a sí misma como sujeto político dotado de privilegios, ordenanzas y memoria histórica, que deben ser confirmados por el rey en el acto solemne del juramento.

Según dejó constancia en el valioso Códice del siglo XVI, llamado Libro Negro, el escribano Juan Rodríguez Caramaño: “En la noble  e Muy Leal Ciudad de Trujillo, a primero dia del mes de marzo, año de Nascimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil e quinientos e veinte e seis años, este dia entró en dicha Ciudad el Emperador e Rey don Carlos nuestro señor, e le salieron a recibir la dicha Ciudad e Justicias e Regidores e escribanos del Ayuntamiento, conviene a saber, el magnífico señor Sanchi Bravo de Lagunas, el señor Bachiller, Juan Agueros, su Teniente en el dicho oficio, y los magníficos señores, Diego de Vargas y Carvajal y el Comendador Alvaro Pizarro y Juan Pizarro y Martín de Chaves e Andrés Calderón, Regidores, e Juan Rodríguez e Luis de Gongora, escribanos públicos…e otros muchos caballeros de la dicha Ciudad..que se apearon y besaron la mano a S. M., e dende tornaron a cabalgar e vinieron. M. cabalgando a casa de Damián de Ponte, vecino de la dicha Ciudad que es en la calle de Santi Espíritu, cerca de la calle Nueva donde la dicha ciudad tenia un rico palio de tela de oro e las goteras de tela de plata e las flocaduras de filo de plata e de grana e un escudo con las armas reales de S. M. muy bien obrado y el aforro de dicho palio era de carmesí raso por lo alto dél; y ende los dichos señores..se apearon e tomaron el dicho palio con unas varas que en él estaban puestas muy lucidas y doradas y tomaron a S. M. debajo del dicho palio, e ansi con mucha Autoridad e solemnidad o reverencia le llevaron por la dicha calle Nueva e por la Plazuela e subieron a la Plaza pública de la dicha Ciudad, e después S. M. fue en la Plaza, salio la clerecía de la dicha Ciudad, con las cruces de las iglesias de ella en proceión de la iglesia del Señor San Martín, y les recibieron solemnemente y S. M. se apeó cerca de la dicha iglesia e con la dicha procesión entró en la dicha iglesia e se arrodillo donde estaba puesto un sitial rojo, e fizo oración, e luego en presencia de nos los escribanos e de los testigos de suso escriptos un Obispo que ende estaba que decía que era el Obispo puso delante de S. M. un libro de Evangelios, el que yo el dicho Juan Rodríguez Caramaño vi e miré, e vi que eran los escritos evangelios, e ansi mesmo puso encima del dicho libro una cruz de plata e ansi puesto el dicho libro de los Evangelios la dicha cruz delante e S.M. encima de unas almuadas, el dicho Juan Rodriguez Caramaño, escribano., dije a S. M:, Que V. M. jura e promete por Dios e por Santa María y por las palabras de los Santos Evangelios que en este libro son escritos, e por la señal de la cruz que encima del dicho libro estaba donde S. M. tiene sus manos reales puestas, que guardará e mandará guardar las ordenanzas e previlegios y buenos usos y costumbrfes que esta Ciudad tiene, e no se os quebrantase. A lo que respondio e dijo: Ansi lo prometo de lo hacer e guardar, según que mis antepasados lo hicieron e guardaron. A este juramento fueron presentes por testigos (….). Tras una oración,  S. M. salio de la dicha iglesia del Señor San Martín, y los dichos Señores Justicia y Regidores tomaron el dicho palio e S. M. dentro del; e ansí fue S. M. hasta las casas e moradas del señor de Vargas de Chaves que son en la facera de la Plaza pública de ésta Ciudad, e llegado S. M: a las puertas del palacio donde estaba aposentado, estaba ende Rodríguez Delamarilla el lugar de Garcia Delamarilla su hermano, mayordomo de la dicha Ciudad; concertose antes con que la dicha Ciudad haría obsequio a S.M. en el cual había muchas perdices e cabritos e vino blanco e tinto, e S. M. lo vido e se entro en el palacio donde se estuvo hasta el dia siguiente, y después de comer se corrieron toros en la Plaza de dicha Ciudad y después de corrida, S. M. cabalgó e se gue su camino, no estuvo más, porque se decía que iba de gran prisa a la Ciudad de Sevilla donde se iba a casar con la Emperatriz, hija de Portugal”.

El relato del Libro Negro describe con minuciosidad la comitiva que salió al encuentro del emperador. Las “Justicias e Regidores e escribanos del Ayuntamiento”, entre ellos Sanchi Bravo de Lagunas, Juan Agueros, Diego de Vargas y Carvajal, el comendador Álvaro Pizarro y otros caballeros principales, se apearon y besaron la mano a Su Majestad. Este gesto de sumisión ritual respondía a un protocolo consolidado en las entradas regias castellanas, donde la ciudad, personificada en sus autoridades, reconocía la soberanía del monarca.

Particular relevancia reviste la descripción del palio dispuesto por la ciudad: “rico palio de tela de oro e las goteras de tela de plata… e un escudo con las armas reales”. El palio, sostenido por varas doradas, constituía un símbolo visual de honor y magnificencia. Su uso, tradicionalmente vinculado a ceremonias eucarísticas y entradas solemnes, reforzaba la idea de sacralización del poder real. La ciudad no solo honraba al emperador, sino que se honraba a sí misma al demostrar su capacidad organizativa y su lealtad.

El itinerario -calle Nueva, Plazuela (del Azoguejo) y Plaza pública- transformaba el espacio urbano en escenario político. La arquitectura y las calles se convertían en marco de una dramaturgia cuidadosamente planificada, en la que cada gesto tenía valor simbólico. La entrada bajo palio y la conducción hasta la Plaza Mayor convertían el corazón cívico de Trujillo en teatro de afirmación monárquica.

El momento culminante de la ceremonia tuvo lugar en la iglesia de San Martín. La salida procesional del clero con las cruces parroquiales y la entrada del emperador en el templo subrayan la dimensión religiosa del acto. La monarquía hispánica del siglo XVI concebía su autoridad en términos confesionales: el rey era defensor de la fe y garante del orden cristiano.

Según el escribano, un obispo presentó ante el monarca un libro de los Evangelios y una cruz de plata. Sobre este conjunto sagrado, Carlos V juró guardar “las ordenanzas e privilegios y buenos usos y costumbres que esta Ciudad tiene”. Este juramento, fórmula jurídica habitual en las entradas regias, formalizaba la reciprocidad entre rey y ciudad: la obediencia se correspondía con la confirmación de derechos históricos.

Desde una perspectiva institucional, el acto reafirmaba el carácter pactista de la monarquía castellana. Aunque el poder del emperador era vasto -extendido sobre territorios europeos y americanos-, en el ámbito urbano debía reconocer fueros y privilegios locales. La presencia de los escribanos y testigos aseguraba la validez documental del compromiso, garantizando su inscripción en la memoria escrita de la comunidad.

Tras la ceremonia religiosa, el emperador fue conducido al palacio de los Vargas Chaves, donde pernoctó. Este edificio, situado frente a la Plaza pública, simbolizaba el peso de la nobleza local en la estructura social trujillana.

El alojamiento regio en el Palacio de los Vargas Chaves revela la articulación entre poder municipal y linajes aristocráticos. La ciudad ofreció un obsequio compuesto por perdices, cabritos y vino blanco y tinto, expresión de hospitalidad y demostración de recursos. Tales presentes no eran meros gestos de cortesía, sino manifestaciones materiales de fidelidad política.

Al día siguiente, tras la comida, se corrieron toros en la Plaza pública. La tauromaquia, práctica festiva de larga tradición, funcionaba como espectáculo colectivo que celebraba la presencia real. La asistencia del emperador a la corrida reforzaba el vínculo simbólico con la comunidad y proyectaba una imagen de cercanía y participación en las costumbres locales.

La breve estancia -“no estuvo más, porque se decía que iba de gran prisa”— subraya el carácter itinerante de la corte. La monarquía se desplazaba, y con ella se desplazaba la autoridad, activando en cada ciudad un complejo repertorio de ceremonias y negociaciones.

El valor historiográfico del testimonio de Juan Rodríguez Caramaño es notable. Su relato combina lenguaje jurídico, descripción ceremonial y afirmación identitaria. El escribano no solo narra un hecho; lo inscribe en la memoria institucional de la ciudad, reforzando su condición de “noble e Muy Leal”.

En este estudio queda patente la cultura política urbana, basada en la negociación simbólica con el soberano; la teatralización del poder, visible en el uso del palio, la procesión y el juramento; la dimensión religiosa del acto político, articulada en torno al templo y los Evangelios; la integración de nobleza y concejo, representada en el alojamiento palaciego; y, la  función de la escritura notarial, garante de la memoria y legitimidad institucional.

En conclusión, la visita de Carlos V a Trujillo el 1 de marzo de 1526 constituye un ejemplo paradigmático de entrada regia en la Castilla del siglo XVI. A través de la solemnidad del recibimiento, la confirmación de privilegios en la iglesia de San Martín, la hospitalidad en el palacio de Nuño de Vargas Chaves y la celebración festiva de los toros, la ciudad escenificó su lealtad y reafirmó su identidad política. El episodio, lejos de ser un simple tránsito hacia Sevilla y su matrimonio con Isabel de Portugal, se revela como un momento de intensa significación simbólica, donde poder, religión y comunidad se entrelazaron en una coreografía cuidadosamente documentada y preservada para la posteridad.