EL PALACIO DE LOS
ARENALES DE CACERES
El Palacio de los
Arenales (hoy, Hotel Hospes Palacio de
Arenales & Spa) se localiza en el término municipal de
Cáceres, al sureste del núcleo urbano, en el ámbito geográfico conocido como
los Llanos de Cáceres. Se trata de un entorno caracterizado por una topografía
suavemente ondulada, tradicionalmente destinada a usos agropecuarios
extensivos, y con una fuerte impronta histórica ligada a la explotación
ganadera y cerealista. El solar se emplaza fuera del casco urbano, en suelo
clasificado como no urbanizable, circunstancia que ha favorecido la
conservación de su carácter rural originario y de su relación directa con el
territorio circundante.
La edificación se
implanta en el interior de una finca de grandes dimensiones, con una extensión
aproximada de 550 hectáreas, lo que da cuenta de la relevancia económica y
social de la explotación a lo largo de los siglos. El edificio principal se
concibió como núcleo rector de la finca, desde el cual se controlaban las
labores agrícolas y ganaderas, al tiempo que funcionaba como residencia
señorial y como conjunto articulado de dependencias auxiliares -establos,
almacenes y espacios de servicio- destinados al aprovechamiento productivo del
territorio.
Desde el punto de vista
de las comunicaciones, el conjunto se sitúa a unos 100 metros de la carretera
que une Cáceres con Malpartida de Cáceres, contando con acceso directo mediante
un camino que enlaza con dicha vía. Esta posición estratégica, relativamente
próxima a la ciudad pero claramente inserta en el medio rural, resulta
coherente con la función histórica del edificio como centro de gestión de una
gran propiedad agraria.
En la actualidad, el
inmueble alberga un establecimiento hotelero de cinco estrellas de la ciudad de
Cáceres. La rehabilitación del conjunto, dirigida por el arquitecto Javier
Sancho, ha sabido conjugar la conservación de los valores históricos y
arquitectónicos del edificio con la incorporación de nuevos usos, destacando el
diálogo entre materiales tradicionales como la piedra y la madera, cuyo
contraste refuerza la lectura contemporánea del conjunto sin menoscabar su identidad
patrimonial.
Para comprender
adecuadamente el significado del edificio de Arenales resulta imprescindible
situarlo en el contexto de la arquitectura rural cacereña. Durante la Edad
Media, muchas construcciones defensivas del territorio evolucionaron hacia
auténticos cortijos fortificados y unidades de producción agropecuaria,
manteniendo aún reconocibles sus rasgos castrenses originales. Sin embargo, a
partir del siglo XVI se observa un cambio sustancial en las prioridades
constructivas: el carácter defensivo pierde protagonismo en favor de una mayor
atención a la función residencial, la comodidad, la habitabilidad y el valor
representativo de la edificación.
En este periodo se
consolidan en el entorno de Cáceres numerosas casas de campo que, sin renunciar
a su papel como centros de explotación agraria, adoptan una configuración
claramente palaciega, comparable a la de las residencias urbanas de la nobleza.
Ejemplos significativos de este fenómeno son las casas de Enjarada, Carvajal
Villalobos (Mayorazgo), Hijada de Vaca o Arenales, concebidas decididamente
como auténticos palacios rurales y como expresión del estatus social de sus
propietarios.
Las fuentes
documentales confirman esta evolución. En el Memorial de Ulloa se recogen
referencias a la posesión de Arenales, que a comienzos del siglo XVI pertenecía
a don Pedro Alonso Golfín, miembro de una de las familias más influyentes de la
nobleza cacereña. Desde sus orígenes, la finca se estructuró como un complejo
multifuncional en el que coexistían la residencia señorial, los espacios
administrativos y una amplia variedad de edificaciones destinadas a usos
ganaderos y agrícolas.
Lo más antiguo del
conjunto corresponde al siglo XVI y se identifica con el núcleo primigenio de
la casa. Este edificio inicial combina de manera elocuente los rasgos de la
arquitectura señorial con los de una casa de labor. Su carácter representativo
se manifiesta, en primer lugar, en la fachada principal, donde se disponen
vanos adintelados recercados con cantería y, sobre la puerta de acceso, dos
blasones labrados en granito con las armas de las familias Golfín y Godoy,
fechables en el siglo XVI.
El núcleo original
presenta planta rectangular y se articula en dos niveles. La planta baja se
cubre mediante bóvedas de cañón y de aristas, solución constructiva habitual en
edificaciones de cierta entidad del periodo, mientras que la planta superior se
resuelve con una estructura de madera compuesta por rollizos, plementerías de
chillas y cubierta de teja árabe. Los paramentos exteriores se ejecutan
mayoritariamente en mampostería de piedra granítica, con remates de sillares en
las esquinas y esgrafiados en el zócalo, lo que refuerza la lectura noble del
edificio.
Especial relevancia
adquiere la pequeña capilla integrada en el conjunto, elemento fundamental
tanto desde el punto de vista funcional como simbólico. Sobre su puerta de
acceso se conserva una inscripción latina que alude explícitamente a su uso
como espacio de oración: DOMVS ORATIONIS ET ITE ET ACCIPIETIS. En el interior
se preservan pinturas murales al fresco, fechables entre finales del siglo XVI
y comienzos del XVII, que evidencian la importancia de la religiosidad privada
en el ámbito doméstico de la nobleza rural.
El actual caserío de
Arenales es el resultado de un prolongado proceso evolutivo, caracterizado por
la adición sucesiva de elementos constructivos en respuesta a las necesidades
cambiantes de la finca. Este crecimiento no responde a un plan director previo
ni a una concepción unitaria del espacio, sino que se configura como una
arquitectura de agregación, fruto de decisiones pragmáticas y de la adaptación
constante a las exigencias productivas.
Tras la edificación del
núcleo original, se adosaron nuevos cuerpos en distintas fases. En primer
lugar, se añadió un volumen de dos plantas, cubierto con bóvedas de cañón y con
escasa iluminación en la planta baja, seguido de otro cuerpo similar situado a
la derecha de la fachada principal. Estas ampliaciones consolidaron el papel
del edificio como residencia y como centro de administración de la propiedad.
De manera paralela, y
siguiendo un patrón frecuente en otras grandes explotaciones rurales de la
zona, se construyó una edificación exenta, situada casi frente al edificio
principal, destinada a alojar al personal que trabajaba en la finca. Este
inmueble, de carácter más funcional, presenta amplios espacios diáfanos y
chimeneas que proporcionaban calor durante las frías noches de la llanura
extremeña.
El crecimiento de la
cabaña ganadera hizo necesaria la construcción de amplios establos y
dependencias auxiliares. La solución adoptada resulta particularmente
significativa: se decidió rodear las edificaciones principales con alas de
establos, conformando una especie de recinto cerrado o plaza fuerte que
protegía los patios interiores de los vientos del norte y facilitaba la
organización de las actividades productivas.
Estas galerías
exteriores se estructuran mediante arcos fajones que soportan cubiertas de
rollizos con plementerías de cañizo y acabado de teja. La ejecución de estas
alas no fue simultánea, como se deduce de las diferencias de calidad
constructiva entre los distintos lados. Todo parece indicar que el primer
cuerpo levantado fue el ala norte, seguida del ala este, que permitió cerrar
parcialmente el espacio central dominado visualmente por la fachada principal.
Desde el punto de vista
topográfico, la construcción de los establos se adaptó de forma directa al
terreno existente, sin buscar una nivelación previa del suelo. Esta decisión,
plenamente funcional en un contexto ganadero, dio lugar a una arquitectura que
se ajusta a los desniveles naturales del terreno, posteriormente regularizados
de manera somera mediante rellenos de tierra y paja en el interior.
Una vez cerradas las
tres alas principales de establos, se procedió a la construcción de una pequeña
edificación destinada a cerrar un patio interior más reducido y de carácter más
privado. Esta intervención obligó a modificar la cubierta del ala oeste, que
pasó a resolverse a un solo agua para permitir el adosamiento del nuevo
volumen. El resultado, sin embargo, carece del cuidado compositivo presente en
las fases anteriores, evidenciando una primacía absoluta de la necesidad
funcional sobre cualquier consideración estética.
La nueva edificación se
inserta de manera forzada en el conjunto, llegando incluso a ocultar
parcialmente uno de los arcos más significativos del edificio principal. Esta
circunstancia ilustra de manera elocuente el carácter acumulativo y utilitario
del proceso constructivo, en el que la resolución de problemas inmediatos
prevaleció sobre la preservación de la coherencia formal.
En una fase posterior,
probablemente ya a comienzos del siglo XX, se levantaron edificaciones
secundarias más allá de un corral situado frente al núcleo central, otorgando
al conjunto un aspecto cercano al definitivo. Finalmente, el ala oeste de los
establos se prolongó hasta conectar con estas nuevas construcciones, aunque en
este caso la cubrición se resolvió mediante cerchas de madera, abandonando la
solución tradicional de arcos fajones.
En el interior del
actual hotel, al acceder al vestíbulo y hacia el lado derecho, se conserva un
pequeño salón que alberga la antigua capilla. En ella se mantiene un notable
fresco sobre la hornacina, obra de correcta policromía y clara filiación
manierista, fechable a inicios del siglo XVII. La pintura desarrolla una
arquitectura fingida mediante pináculos, entablamentos y cortinajes sostenidos
por ángeles, recurso característico del lenguaje decorativo de la época.
En el interior de la
hornacina se representa a la Virgen con el Niño, coronados por dos ángeles. En
el intradós del arco aparece la figura del Padre Eterno, mientras que en los
laterales se dispone San Miguel Arcángel venciendo al demonio, en el lado de la
Epístola, y el arcángel Gabriel con el ramo de azucenas, símbolo de la
Anunciación. En el trasdós del arco se desarrolla la escena del Calvario,
flanqueada por las figuras de San Francisco y San Antonio. El conjunto se
remata con amorcillos, pináculos y los escudos de la orden franciscana sobre
los frisos adintelados.
El edificio de Arenales
constituye un ejemplo paradigmático de la arquitectura rural asociada a la
gestión de grandes territorios en Extremadura. Su evolución histórica y
constructiva refleja con claridad cómo la necesidad funcional y productiva ha
prevalecido, en la mayor parte de las fases, sobre la búsqueda deliberada de
efectos estéticos, sin que ello impida reconocer en el núcleo original una
clara voluntad representativa y simbólica.
La rehabilitación contemporánea
y su adaptación a uso hotelero han permitido la conservación y puesta en valor
de este complejo arquitectónico, garantizando la pervivencia de un testimonio
fundamental para el conocimiento de la historia económica, social y
arquitectónica del territorio cacereño.
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