domingo, 18 de enero de 2026

 

EL PALACIO DE LOS ARENALES DE CACERES

 

El Palacio de los Arenales (hoy, Hotel Hospes Palacio de Arenales & Spa) se localiza en el término municipal de Cáceres, al sureste del núcleo urbano, en el ámbito geográfico conocido como los Llanos de Cáceres. Se trata de un entorno caracterizado por una topografía suavemente ondulada, tradicionalmente destinada a usos agropecuarios extensivos, y con una fuerte impronta histórica ligada a la explotación ganadera y cerealista. El solar se emplaza fuera del casco urbano, en suelo clasificado como no urbanizable, circunstancia que ha favorecido la conservación de su carácter rural originario y de su relación directa con el territorio circundante.

La edificación se implanta en el interior de una finca de grandes dimensiones, con una extensión aproximada de 550 hectáreas, lo que da cuenta de la relevancia económica y social de la explotación a lo largo de los siglos. El edificio principal se concibió como núcleo rector de la finca, desde el cual se controlaban las labores agrícolas y ganaderas, al tiempo que funcionaba como residencia señorial y como conjunto articulado de dependencias auxiliares -establos, almacenes y espacios de servicio- destinados al aprovechamiento productivo del territorio.

Desde el punto de vista de las comunicaciones, el conjunto se sitúa a unos 100 metros de la carretera que une Cáceres con Malpartida de Cáceres, contando con acceso directo mediante un camino que enlaza con dicha vía. Esta posición estratégica, relativamente próxima a la ciudad pero claramente inserta en el medio rural, resulta coherente con la función histórica del edificio como centro de gestión de una gran propiedad agraria.

En la actualidad, el inmueble alberga un establecimiento hotelero de cinco estrellas de la ciudad de Cáceres. La rehabilitación del conjunto, dirigida por el arquitecto Javier Sancho, ha sabido conjugar la conservación de los valores históricos y arquitectónicos del edificio con la incorporación de nuevos usos, destacando el diálogo entre materiales tradicionales como la piedra y la madera, cuyo contraste refuerza la lectura contemporánea del conjunto sin menoscabar su identidad patrimonial.

Para comprender adecuadamente el significado del edificio de Arenales resulta imprescindible situarlo en el contexto de la arquitectura rural cacereña. Durante la Edad Media, muchas construcciones defensivas del territorio evolucionaron hacia auténticos cortijos fortificados y unidades de producción agropecuaria, manteniendo aún reconocibles sus rasgos castrenses originales. Sin embargo, a partir del siglo XVI se observa un cambio sustancial en las prioridades constructivas: el carácter defensivo pierde protagonismo en favor de una mayor atención a la función residencial, la comodidad, la habitabilidad y el valor representativo de la edificación.

En este periodo se consolidan en el entorno de Cáceres numerosas casas de campo que, sin renunciar a su papel como centros de explotación agraria, adoptan una configuración claramente palaciega, comparable a la de las residencias urbanas de la nobleza. Ejemplos significativos de este fenómeno son las casas de Enjarada, Carvajal Villalobos (Mayorazgo), Hijada de Vaca o Arenales, concebidas decididamente como auténticos palacios rurales y como expresión del estatus social de sus propietarios.

Las fuentes documentales confirman esta evolución. En el Memorial de Ulloa se recogen referencias a la posesión de Arenales, que a comienzos del siglo XVI pertenecía a don Pedro Alonso Golfín, miembro de una de las familias más influyentes de la nobleza cacereña. Desde sus orígenes, la finca se estructuró como un complejo multifuncional en el que coexistían la residencia señorial, los espacios administrativos y una amplia variedad de edificaciones destinadas a usos ganaderos y agrícolas.

Lo más antiguo del conjunto corresponde al siglo XVI y se identifica con el núcleo primigenio de la casa. Este edificio inicial combina de manera elocuente los rasgos de la arquitectura señorial con los de una casa de labor. Su carácter representativo se manifiesta, en primer lugar, en la fachada principal, donde se disponen vanos adintelados recercados con cantería y, sobre la puerta de acceso, dos blasones labrados en granito con las armas de las familias Golfín y Godoy, fechables en el siglo XVI.

El núcleo original presenta planta rectangular y se articula en dos niveles. La planta baja se cubre mediante bóvedas de cañón y de aristas, solución constructiva habitual en edificaciones de cierta entidad del periodo, mientras que la planta superior se resuelve con una estructura de madera compuesta por rollizos, plementerías de chillas y cubierta de teja árabe. Los paramentos exteriores se ejecutan mayoritariamente en mampostería de piedra granítica, con remates de sillares en las esquinas y esgrafiados en el zócalo, lo que refuerza la lectura noble del edificio.

Especial relevancia adquiere la pequeña capilla integrada en el conjunto, elemento fundamental tanto desde el punto de vista funcional como simbólico. Sobre su puerta de acceso se conserva una inscripción latina que alude explícitamente a su uso como espacio de oración: DOMVS ORATIONIS ET ITE ET ACCIPIETIS. En el interior se preservan pinturas murales al fresco, fechables entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, que evidencian la importancia de la religiosidad privada en el ámbito doméstico de la nobleza rural.

El actual caserío de Arenales es el resultado de un prolongado proceso evolutivo, caracterizado por la adición sucesiva de elementos constructivos en respuesta a las necesidades cambiantes de la finca. Este crecimiento no responde a un plan director previo ni a una concepción unitaria del espacio, sino que se configura como una arquitectura de agregación, fruto de decisiones pragmáticas y de la adaptación constante a las exigencias productivas.

Tras la edificación del núcleo original, se adosaron nuevos cuerpos en distintas fases. En primer lugar, se añadió un volumen de dos plantas, cubierto con bóvedas de cañón y con escasa iluminación en la planta baja, seguido de otro cuerpo similar situado a la derecha de la fachada principal. Estas ampliaciones consolidaron el papel del edificio como residencia y como centro de administración de la propiedad.

De manera paralela, y siguiendo un patrón frecuente en otras grandes explotaciones rurales de la zona, se construyó una edificación exenta, situada casi frente al edificio principal, destinada a alojar al personal que trabajaba en la finca. Este inmueble, de carácter más funcional, presenta amplios espacios diáfanos y chimeneas que proporcionaban calor durante las frías noches de la llanura extremeña.

El crecimiento de la cabaña ganadera hizo necesaria la construcción de amplios establos y dependencias auxiliares. La solución adoptada resulta particularmente significativa: se decidió rodear las edificaciones principales con alas de establos, conformando una especie de recinto cerrado o plaza fuerte que protegía los patios interiores de los vientos del norte y facilitaba la organización de las actividades productivas.

Estas galerías exteriores se estructuran mediante arcos fajones que soportan cubiertas de rollizos con plementerías de cañizo y acabado de teja. La ejecución de estas alas no fue simultánea, como se deduce de las diferencias de calidad constructiva entre los distintos lados. Todo parece indicar que el primer cuerpo levantado fue el ala norte, seguida del ala este, que permitió cerrar parcialmente el espacio central dominado visualmente por la fachada principal.

Desde el punto de vista topográfico, la construcción de los establos se adaptó de forma directa al terreno existente, sin buscar una nivelación previa del suelo. Esta decisión, plenamente funcional en un contexto ganadero, dio lugar a una arquitectura que se ajusta a los desniveles naturales del terreno, posteriormente regularizados de manera somera mediante rellenos de tierra y paja en el interior.

Una vez cerradas las tres alas principales de establos, se procedió a la construcción de una pequeña edificación destinada a cerrar un patio interior más reducido y de carácter más privado. Esta intervención obligó a modificar la cubierta del ala oeste, que pasó a resolverse a un solo agua para permitir el adosamiento del nuevo volumen. El resultado, sin embargo, carece del cuidado compositivo presente en las fases anteriores, evidenciando una primacía absoluta de la necesidad funcional sobre cualquier consideración estética.

La nueva edificación se inserta de manera forzada en el conjunto, llegando incluso a ocultar parcialmente uno de los arcos más significativos del edificio principal. Esta circunstancia ilustra de manera elocuente el carácter acumulativo y utilitario del proceso constructivo, en el que la resolución de problemas inmediatos prevaleció sobre la preservación de la coherencia formal.

En una fase posterior, probablemente ya a comienzos del siglo XX, se levantaron edificaciones secundarias más allá de un corral situado frente al núcleo central, otorgando al conjunto un aspecto cercano al definitivo. Finalmente, el ala oeste de los establos se prolongó hasta conectar con estas nuevas construcciones, aunque en este caso la cubrición se resolvió mediante cerchas de madera, abandonando la solución tradicional de arcos fajones.

En el interior del actual hotel, al acceder al vestíbulo y hacia el lado derecho, se conserva un pequeño salón que alberga la antigua capilla. En ella se mantiene un notable fresco sobre la hornacina, obra de correcta policromía y clara filiación manierista, fechable a inicios del siglo XVII. La pintura desarrolla una arquitectura fingida mediante pináculos, entablamentos y cortinajes sostenidos por ángeles, recurso característico del lenguaje decorativo de la época.

En el interior de la hornacina se representa a la Virgen con el Niño, coronados por dos ángeles. En el intradós del arco aparece la figura del Padre Eterno, mientras que en los laterales se dispone San Miguel Arcángel venciendo al demonio, en el lado de la Epístola, y el arcángel Gabriel con el ramo de azucenas, símbolo de la Anunciación. En el trasdós del arco se desarrolla la escena del Calvario, flanqueada por las figuras de San Francisco y San Antonio. El conjunto se remata con amorcillos, pináculos y los escudos de la orden franciscana sobre los frisos adintelados.

El edificio de Arenales constituye un ejemplo paradigmático de la arquitectura rural asociada a la gestión de grandes territorios en Extremadura. Su evolución histórica y constructiva refleja con claridad cómo la necesidad funcional y productiva ha prevalecido, en la mayor parte de las fases, sobre la búsqueda deliberada de efectos estéticos, sin que ello impida reconocer en el núcleo original una clara voluntad representativa y simbólica.

La rehabilitación contemporánea y su adaptación a uso hotelero han permitido la conservación y puesta en valor de este complejo arquitectónico, garantizando la pervivencia de un testimonio fundamental para el conocimiento de la historia económica, social y arquitectónica del territorio cacereño.

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