domingo, 25 de enero de 2026

 

Trujillo se alza sobre una elevación natural del terreno, a una altura media de 584 metros, dominando la penillanura extremeña como un vigía del tiempo. Su emplazamiento no es casual: asentada sobre terrenos pizarrosos que descansan en un batolito granítico, la ciudad ha disfrutado desde sus orígenes de una posición estratégica privilegiada. Esa ventaja geográfica explica, en gran medida, la sucesión de pueblos y culturas que hicieron de Trujillo un enclave clave en el devenir histórico del suroeste peninsular.

Los orígenes de la ciudad se remontan a un pequeño castro integrado en el espacio vetón. Su nombre ha variado con el paso de los siglos -Turcalion en época celta, Turgalium bajo dominación romana, Turaca según algunas interpretaciones-, siempre ligado a su condición de promontorio fortificado. Con la romanización, el asentamiento evolucionó hasta convertirse en cabeza de una prefectura dependiente de Augusta Emérita, consolidándose como núcleo urbano central de su territorio.

En el siglo VIII, la expansión islámica alcanzó Trujillo, que pasó a manos árabes y permaneció bajo su dominio hasta comienzos del siglo XIII. Conocida entonces como Torgielo, la ciudad se transformó en un recinto fortificado de gran relevancia dentro de la red defensiva establecida entre los ríos Tajo y Guadiana, junto a plazas tan significativas como Cáceres o Montánchez. Los musulmanes no solo reforzaron el sistema defensivo, levantando castillos y fortificaciones para controlar los pasos estratégicos, sino que también conservaron y ampliaron la infraestructura viaria heredada de época visigoda.

La reconquista cristiana llegó de la mano de Fernando III. Trujillo fue tomada definitivamente el 25 de enero de 1233, y poco después, en 1234, caía Medellín. Con estas conquistas, los ejércitos cristianos abrían el camino hacia la Andalucía Bética y el valle del Guadiana. Para asegurar la repoblación del territorio, la Corona concedió privilegios a los caballeros que participaron en las campañas militares, confirmando sus derechos de propiedad mediante el Fuero otorgado por Alfonso X en 1256. Trujillo pasó así a ser una localidad libre, vinculada directamente a la Corona.

El reconocimiento institucional culminó en 1430, cuando el rey Juan II concedió a Trujillo el título de ciudad, consolidando su importancia política y administrativa en la región.

El siglo XV estuvo marcado por profundas tensiones internas. La ciudad se dividió en bandos enfrentados, protagonizados por los linajes que habían acumulado poder desde la Reconquista: los Altamirano, los Bejarano y los Añasco. Los enfrentamientos entre la nobleza local alcanzaron episodios de gran violencia, como los protagonizados por Alonso de Monroy, clavero de Alcántara, y Gómez de Solís, maestre de la orden, recordados en la conocida “Farsa de Ávila”.

Para poner fin a estas luchas y someter a una nobleza belicosa y orgullosa, los Reyes Católicos promulgaron en 1476 un edicto que ordenaba desmochar las torres de las casas-fuertes, inutilizar matacanes y cerrar saeteras. Se pretendía así limitar el poder defensivo de los linajes urbanos y devolver el control a la autoridad real. La Torre del Alfiler es uno de los ejemplos más representativos de estas medidas.

Desde finales del siglo XIII, Trujillo contó con una de las juderías más importantes de Extremadura, solo superada por la de Plasencia. La aljama se asentó en el arrabal de San Martín -actual Plaza Mayor-, en torno a calles como Gurría, Tiendas y Carnicerías, donde aún se conservan restos de una antigua sinagoga. Sin embargo, la convivencia estuvo marcada por la hostilidad. La población judía fue objeto de discriminaciones y vejaciones, obligada a vivir en espacios aislados y a desempeñar los trabajos más humillantes, lo que motivó protestas elevadas directamente a la reina Isabel.

Junto a la nobleza, poderosa e influyente, crecía una población pechera dedicada a la agricultura, el comercio y la artesanía. Los nombres de muchas calles aún recuerdan la actividad de los antiguos gremios: zurradores, herreros, olleros, tintoreros o silleros. En 1465, Enrique IV otorgó a Trujillo el privilegio de “Mercado Franco”, reforzando su condición de ciudad comercial y favoreciendo una elevada población productiva.

El desarrollo urbanístico de Trujillo se estructuró en torno a dos grandes núcleos: la ciudadela medieval intramuros y la ciudad moderna que creció en torno a la plaza. La ciudadela, asentada sobre un promontorio abrupto, presenta el típico trazado medieval: calles angostas y sinuosas, pequeñas plazuelas y una poderosa muralla reforzada por torres señoriales. En su interior se alzan el castillo y las iglesias primitivas de Santa María, Santiago, San Andrés y la Vera Cruz.

Hasta mediados del siglo XIV, el crecimiento arquitectónico se concentró dentro del recinto amurallado. A partir de entonces comenzaron a desarrollarse los arrabales de San Martín y San Clemente, aunque no sería hasta el siglo XV cuando el primero adquiriera un protagonismo definitivo. En esta centuria se construyeron los primeros conventos -San Miguel, la Encarnación y San Francisco- y se configuró la Plaza Mayor, con sus soportales de arcos de medio punto y las primeras Casas Consistoriales.

En el centro de la plaza se levantó el Rollo o Picota, símbolo de la jurisdicción de la ciudad, de estilo gótico-isabelino y rematado con la Cruz de Alcántara. Sus escudos reales confirman su datación y su función.

El siglo XVI marcó el momento de mayor esplendor histórico y arquitectónico de Trujillo. De la ciudad partieron figuras que cambiarían la historia del mundo: Francisco Pizarro, conquistador del Perú; Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas; o Diego García de Paredes, el llamado Sansón extremeño. Miles de conquistadores, colonizadores y evangelizadores siguieron sus pasos hacia el Nuevo Mundo. El nombre de Trujillo quedó así ligado a numerosas poblaciones de América, desde México y Perú hasta Argentina o Estados Unidos.

 

Durante el Renacimiento, la ciudad se expandió fuera de la muralla. El crecimiento demográfico y el auge de la nobleza impulsaron la construcción de grandes mansiones en torno a la plaza, como la Casa de la Cadena, el Palacio de la Conquista o el Palacio de los Duques de San Carlos. Frente a la antigua casa-fuerte medieval, surgió la casa-palacio renacentista, abierta, luminosa y articulada en torno a patios y logias.

El siglo XVII inició una larga etapa de decadencia que se prolongó durante los siglos XVIII y XIX. Trujillo, situada en ruta militar, sufrió las consecuencias de la guerra de Separación de Portugal, la de Sucesión y la Guerra de la Independencia, que provocaron despoblación, ruina económica y deterioro urbano.

A finales del siglo XIX, la ciudad recuperó cierto protagonismo político como cabeza de distrito electoral. En 1892, la reina regente María Cristina concedió al Ayuntamiento el tratamiento de Excelencia, en honor a Francisco Pizarro y con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América.

Hoy, Trujillo se presenta como un testimonio vivo de su pasado. Su patrimonio artístico, su artesanía tradicional y su oferta cultural sostienen una identidad profundamente arraigada en la historia. El turismo, especialmente el cultural, ha convertido a la ciudad en un destino cada vez más valorado, donde la piedra, el arte y la memoria dialogan con el presente.

En Trujillo, la historia no se recuerda: se camina.

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