Trujillo se alza sobre
una elevación natural del terreno, a una altura media de 584 metros, dominando
la penillanura extremeña como un vigía del tiempo. Su emplazamiento no es
casual: asentada sobre terrenos pizarrosos que descansan en un batolito
granítico, la ciudad ha disfrutado desde sus orígenes de una posición
estratégica privilegiada. Esa ventaja geográfica explica, en gran medida, la
sucesión de pueblos y culturas que hicieron de Trujillo un enclave clave en el
devenir histórico del suroeste peninsular.
Los orígenes de la
ciudad se remontan a un pequeño castro integrado en el espacio vetón. Su nombre
ha variado con el paso de los siglos -Turcalion en época celta, Turgalium bajo
dominación romana, Turaca según algunas interpretaciones-, siempre ligado a su
condición de promontorio fortificado. Con la romanización, el asentamiento
evolucionó hasta convertirse en cabeza de una prefectura dependiente de Augusta
Emérita, consolidándose como núcleo urbano central de su territorio.
En el siglo VIII, la
expansión islámica alcanzó Trujillo, que pasó a manos árabes y permaneció bajo
su dominio hasta comienzos del siglo XIII. Conocida entonces como Torgielo, la
ciudad se transformó en un recinto fortificado de gran relevancia dentro de la
red defensiva establecida entre los ríos Tajo y Guadiana, junto a plazas tan
significativas como Cáceres o Montánchez. Los musulmanes no solo reforzaron el
sistema defensivo, levantando castillos y fortificaciones para controlar los
pasos estratégicos, sino que también conservaron y ampliaron la infraestructura
viaria heredada de época visigoda.
La reconquista
cristiana llegó de la mano de Fernando III. Trujillo fue tomada definitivamente
el 25 de enero de 1233, y poco después, en 1234, caía Medellín. Con estas
conquistas, los ejércitos cristianos abrían el camino hacia la Andalucía Bética
y el valle del Guadiana. Para asegurar la repoblación del territorio, la Corona
concedió privilegios a los caballeros que participaron en las campañas
militares, confirmando sus derechos de propiedad mediante el Fuero otorgado por
Alfonso X en 1256. Trujillo pasó así a ser una localidad libre, vinculada
directamente a la Corona.
El reconocimiento
institucional culminó en 1430, cuando el rey Juan II concedió a Trujillo el
título de ciudad, consolidando su importancia política y administrativa en la
región.
El siglo XV estuvo
marcado por profundas tensiones internas. La ciudad se dividió en bandos
enfrentados, protagonizados por los linajes que habían acumulado poder desde la
Reconquista: los Altamirano, los Bejarano y los Añasco. Los enfrentamientos
entre la nobleza local alcanzaron episodios de gran violencia, como los
protagonizados por Alonso de Monroy, clavero de Alcántara, y Gómez de Solís,
maestre de la orden, recordados en la conocida “Farsa de Ávila”.
Para poner fin a estas
luchas y someter a una nobleza belicosa y orgullosa, los Reyes Católicos
promulgaron en 1476 un edicto que ordenaba desmochar las torres de las
casas-fuertes, inutilizar matacanes y cerrar saeteras. Se pretendía así limitar
el poder defensivo de los linajes urbanos y devolver el control a la autoridad
real. La Torre del Alfiler es uno de los ejemplos más representativos de estas
medidas.
Desde finales del siglo
XIII, Trujillo contó con una de las juderías más importantes de Extremadura,
solo superada por la de Plasencia. La aljama se asentó en el arrabal de San
Martín -actual Plaza Mayor-, en torno a calles como Gurría, Tiendas y
Carnicerías, donde aún se conservan restos de una antigua sinagoga. Sin
embargo, la convivencia estuvo marcada por la hostilidad. La población judía
fue objeto de discriminaciones y vejaciones, obligada a vivir en espacios
aislados y a desempeñar los trabajos más humillantes, lo que motivó protestas
elevadas directamente a la reina Isabel.
Junto a la nobleza,
poderosa e influyente, crecía una población pechera dedicada a la agricultura,
el comercio y la artesanía. Los nombres de muchas calles aún recuerdan la
actividad de los antiguos gremios: zurradores, herreros, olleros, tintoreros o
silleros. En 1465, Enrique IV otorgó a Trujillo el privilegio de “Mercado
Franco”, reforzando su condición de ciudad comercial y favoreciendo una elevada
población productiva.
El desarrollo
urbanístico de Trujillo se estructuró en torno a dos grandes núcleos: la
ciudadela medieval intramuros y la ciudad moderna que creció en torno a la
plaza. La ciudadela, asentada sobre un promontorio abrupto, presenta el típico
trazado medieval: calles angostas y sinuosas, pequeñas plazuelas y una poderosa
muralla reforzada por torres señoriales. En su interior se alzan el castillo y
las iglesias primitivas de Santa María, Santiago, San Andrés y la Vera Cruz.
Hasta mediados del
siglo XIV, el crecimiento arquitectónico se concentró dentro del recinto
amurallado. A partir de entonces comenzaron a desarrollarse los arrabales de
San Martín y San Clemente, aunque no sería hasta el siglo XV cuando el primero
adquiriera un protagonismo definitivo. En esta centuria se construyeron los
primeros conventos -San Miguel, la Encarnación y San Francisco- y se configuró
la Plaza Mayor, con sus soportales de arcos de medio punto y las primeras Casas
Consistoriales.
En el centro de la plaza
se levantó el Rollo o Picota, símbolo de la jurisdicción de la ciudad, de
estilo gótico-isabelino y rematado con la Cruz de Alcántara. Sus escudos reales
confirman su datación y su función.
El siglo XVI marcó el
momento de mayor esplendor histórico y arquitectónico de Trujillo. De la ciudad
partieron figuras que cambiarían la historia del mundo: Francisco Pizarro,
conquistador del Perú; Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas; o Diego
García de Paredes, el llamado Sansón extremeño. Miles de conquistadores,
colonizadores y evangelizadores siguieron sus pasos hacia el Nuevo Mundo. El
nombre de Trujillo quedó así ligado a numerosas poblaciones de América, desde
México y Perú hasta Argentina o Estados Unidos.
Durante el
Renacimiento, la ciudad se expandió fuera de la muralla. El crecimiento
demográfico y el auge de la nobleza impulsaron la construcción de grandes
mansiones en torno a la plaza, como la Casa de la Cadena, el Palacio de la
Conquista o el Palacio de los Duques de San Carlos. Frente a la antigua
casa-fuerte medieval, surgió la casa-palacio renacentista, abierta, luminosa y
articulada en torno a patios y logias.
El siglo XVII inició
una larga etapa de decadencia que se prolongó durante los siglos XVIII y XIX.
Trujillo, situada en ruta militar, sufrió las consecuencias de la guerra de
Separación de Portugal, la de Sucesión y la Guerra de la Independencia, que
provocaron despoblación, ruina económica y deterioro urbano.
A finales del siglo
XIX, la ciudad recuperó cierto protagonismo político como cabeza de distrito
electoral. En 1892, la reina regente María Cristina concedió al Ayuntamiento el
tratamiento de Excelencia, en honor a Francisco Pizarro y con motivo del IV
Centenario del Descubrimiento de América.
Hoy, Trujillo se
presenta como un testimonio vivo de su pasado. Su patrimonio artístico, su
artesanía tradicional y su oferta cultural sostienen una identidad
profundamente arraigada en la historia. El turismo, especialmente el cultural,
ha convertido a la ciudad en un destino cada vez más valorado, donde la piedra,
el arte y la memoria dialogan con el presente.
En Trujillo, la
historia no se recuerda: se camina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario