Historia
de la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" de
Trujillo
La Sociedad de Socorros
Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo fue fundada en 1910
por un grupo de trabajadores de la localidad, que se encontraban desprotegidos
frente a los riesgos derivados de enfermedades que les impedían percibir su
jornal diario. Estos trabajadores, al no contar con recursos económicos
suficientes para subsistir en momentos de incapacidad laboral, comenzaron a
reunirse para discutir su situación. Tras varias reuniones, tomaron la decisión
de constituir una sociedad obrera destinada a ofrecer apoyo en caso de
enfermedad o accidente. Esta sociedad se regiría por una serie de estatutos que
fueron aprobados oficialmente el 24 de diciembre de 1910, formalizando así la
creación de lo que más tarde sería una obra social, laboral y humana para los
trabajadores de Trujillo.
En la misma reunión, se
constituyó la primera junta directiva de la sociedad, que estuvo formada por
los siguientes socios fundadores: el presidente, don Manuel García Chamorro; el
contador, don Luis Andrada Moreno, quien era carpintero; el tesorero, don
Adrián Fernández Fernández, farmacéutico; el secretario, don Juan Fernández,
aparejador; y el vicesecretario, don Complacido Lumbreras Cancho, escribiente.
Además, como vocales fueron elegidos don Agustín Gallego, don Ramiro Jiménez
(barbero) y don Galo Ramos Bravo. La junta también incluyó a los revisores de
cuentas don Ramón Fernández Martínez, don Manuel Varela, don Paulino Cruz
Martín, y don Francisco Pinilla.
Se establecieron
diferentes categorías de socios dentro de la sociedad. Los socios protectores,
como don Rafael Fernández, don Luis Pérez Álvarez Media Villa, don José Gil
Calzada y don Diego Trespalacios Carvajal (conde de Trespalacios), se
comprometían a abonar las cuotas estipuladas, aunque carecían de voz y voto, y
no podían ocupar cargos dentro de la junta directiva.
El primer fallecido de
la sociedad fue Galo Ramos, quien ingresó a la sociedad el 28 de diciembre de
1910 y falleció el 14 de junio de 1912. Según el artículo 22 de los estatutos,
a su madre, única heredera, se le abonó una suma de 25 pesetas como
indemnización por su fallecimiento. En total, Galo Ramos había aportado 27
pesetas con 50 céntimos a la sociedad, lo que resultó en una liquidación total
de 53 pesetas con 50 céntimos, entre socorros y otros pagos.
Un aspecto relevante en
la historia de "La Protectora" es la mención al socio protector y presidente
honorario, don Jacinto Orellana y Avecia, marqués de Albayda. En reconocimiento
a su apoyo a la sociedad, incluido una donación de 250 pesetas para establecer
una clase de enseñanza, fue nombrado presidente honorario en una sesión de la
junta general celebrada en noviembre de 1911. La aceptación de este
nombramiento fue un acto de gratitud por los valiosos favores brindados por
Orellana a la sociedad.
Don Jacinto Orellana
falleció en Madrid el 4 de noviembre de 1919, lo que conmovió profundamente a la
sociedad. En su memoria, la junta acordó enviar sus condolencias a su hija,
doña María Orellana Maldonado, así como contribuir económicamente a la
suscripción organizada por el pueblo de Trujillo para costear la corona que se
regalaría en su honor. Además, se organizaron funerales solemnes en su memoria
y, en abril de 1920, se colocó una lápida conmemorativa en el lugar de su
nacimiento en Trujillo. Finalmente, la sociedad también recibió un retrato de
don Jacinto Orellana, que fue colocado en su domicilio social como homenaje
perpetuo a su legado.
Este conjunto de hechos
refleja el profundo sentido de solidaridad y compromiso social que caracterizó
a "La Protectora" en sus primeros años de existencia, consolidándose
como una entidad dedicada al bienestar y apoyo de la clase trabajadora de
Trujillo.
La Sociedad de Socorros
Mutuos e Instructiva "La Protectora" de Trujillo, que se fundó en
1910, jugó un papel clave en el bienestar social y laboral de la clase
trabajadora, adelantándose en varios aspectos a lo que hoy conocemos como el
sistema de seguridad social. La sociedad operaba mediante un modelo de
mutualismo, donde los asociados se comprometían a pagar una cuota mensual que
servía como fondo común para asistir a aquellos socios que, debido a enfermedades
o accidentes, no podían trabajar y necesitaban apoyo económico.
El proceso de ayuda
social era relativamente sencillo y eficiente. En el caso de que un socio
quedara incapacitado para trabajar, su familia debía notificarlo a la sociedad.
El presidente de la sociedad, quien actuaba como intermediario, se encargaba de
comunicar la situación al médico mediante el cobrador de la sociedad. Una vez
que el médico visitaba al socio y certificaba la incapacidad temporal, la
sociedad comenzaba a proporcionarle un socorro económico. El pago del socorro
se efectuaba el mismo día de la certificación médica y continuaba hasta que el
médico, tras realizar otra visita, confirmaba la recuperación del socio y le
daba de alta.
Si un socio fallecía,
la sociedad preparaba una liquidación en función de las cotizaciones realizadas
por el socio desde su ingreso. Esta liquidación se entregaba al cobrador,
quien, a su vez, se encargaba de entregar el dinero a los herederos del socio
fallecido. De este modo, "La Protectora" no solo proporcionaba
asistencia económica, sino que también brindaba una red de apoyo durante
momentos de gran vulnerabilidad.
Aparte de su labor
social, "La Protectora" también desempeñó una función cultural
significativa en Trujillo. En sus instalaciones se organizaron escuelas
nocturnas destinadas a la educación de los trabajadores, quienes podían asistir
a clases después de su jornada laboral. De especial relevancia fue la clase de
dibujo, que formó a numerosos artistas locales, quienes desarrollaron una habilidad
destacada en el uso del carboncillo. Además, se promovieron funciones teatrales
para aficionados, siendo una de las más importantes la representación de
"La Bola Negra", una obra dramática en verso escrita por Marcos
Zapata. Estas funciones no solo ofrecían entretenimiento, sino que también
servían como una herramienta para recaudar fondos para la sociedad.
Antes de su disolución
en 1968, la Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora"
de Trujillo tomó una serie de decisiones importantes respecto a la preservación
de su sede, reflejando tanto el valor histórico de la institución como la
necesidad de garantizar su conservación para el futuro. En este contexto, la
última junta directiva acordó que la sociedad se mantuviera operativa bajo la presencia
de un inquilino que residiera en sus instalaciones. Este inquilino tenía como
misión principal la conservación del edificio, lo que implicaba una gestión del
espacio y su mantenimiento. Sin embargo, la habitación que se le asignó al
inquilino era la más alejada del salón principal de reuniones, reservándose
este último exclusivamente para las actividades relacionadas con la sociedad.
El salón principal de
la sociedad estaba cuidadosamente organizado, y su disposición reflejaba tanto
la importancia funcional del espacio como el respeto a ciertos símbolos
culturales y espirituales que caracterizaban a la sociedad en sus últimos años
de existencia. En este salón se encontraba un gran armario destinado al archivo
y documentos oficiales de la sociedad, lo cual denotaba la organización
administrativa que mantenían. Además, el mobiliario incluía un aparador y una
mesa rectangular de despacho, ubicada sobre una tarima, para las reuniones y
actos administrativos. Las sillas dispuestas alrededor de la mesa completaban
el mobiliario, brindando un espacio de trabajo y reflexión para la junta
directiva.
En términos
decorativos, el salón era un lugar cargado de simbolismo. Sobre la mesa de
despacho se encontraba una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, una figura devocional
de gran significancia religiosa, que estaba acompañada de una pena como parte
de su iconografía. Además, en la pared destacaban dos grandes retratos: uno de
doña Margarita de Iturralde, la benefactora de la sociedad, quien dejó un
legado considerable en Trujillo, y otro de don Jacinto de Orellana, el
presidente honorario de la sociedad, cuyo retrato también era de gran tamaño y
evidenciaba la importancia de su figura dentro de la historia de "La
Protectora".
El crucificado con su
dosel rojo, un símbolo religioso prominente en el espacio, completaba la
decoración. Este elemento no solo hacía alusión a la espiritualidad que siempre
estuvo vinculada a la sociedad, sino que también era un testamento de la visión
moral y ética que guiaba el funcionamiento de la sociedad de socorros mutuos.
Este ambiente, con un
marcado carácter institucional, cultural y religioso, reflejaba el respeto que
la sociedad de socorros mutuos profesaba tanto a sus fundadores y benefactores
como a los principios que la guiaron durante varias décadas de actividad. Al
final de su existencia, el salón y sus objetos se convirtieron en un testimonio
tangible de una época en la que los trabajadores de Trujillo, a través de su
solidaridad y organización, crearon una red de apoyo mutuo que perduró a lo
largo de los años.
Otro de los eventos que
contribuía a los recursos económicos de la sociedad fueron las novilladas
organizadas por aficionados trujillanos. Estas corridas de toros, si bien eran
un espectáculo popular en la región, se convertían también en una importante
fuente de ingresos para la sociedad. Las rifas y papeletas para acceder a estas
novilladas gozaban de gran aceptación entre los habitantes de Trujillo, que las
adquirían con entusiasmo. Así, el apoyo popular a través de estas iniciativas
permitió a "La Protectora" seguir financiando sus actividades y
continuar con su labor social.
La sociedad también
tuvo el apoyo de personas influyentes y generosas, como doña Margarita de
Iturralde, quien se conmovió profundamente por la labor que realizaba "La
Protectora". Esta benefactora de Trujillo extendió su ayuda no solo a los
trabajadores, sino también a los ancianos y niños de la localidad. Fundó un
asilo para ancianos en las Alberguerías y un colegio para niños en el barrio de
Santiago y Santa Margarita. Además, doña Margarita de Iturralde dejó una huella
importante en el ámbito urbanístico de la ciudad al construir una barriada de
casas que se entregaban a los vecinos bajo un sistema de propiedad que les
permitía adquirirlas después de 25 años de pagos continuos. Este proyecto se
denominó la "Barriada Católica Obrera" y el sorteo de las viviendas
fue un acontecimiento que generó gran expectación en la comunidad local.
De este modo, la
Sociedad de Socorros Mutuos e Instructiva "La Protectora" no solo
cumplió con su función de proporcionar ayuda social y económica a los
trabajadores, sino que también se convirtió en un motor de cambio y progreso
para Trujillo. Su contribución al bienestar y la cultura de la comunidad dejó
una huella perdurable, tanto a través de sus servicios directos como por la
implicación de figuras como doña Margarita de Iturralde, que ayudaron a mejorar
las condiciones de vida de los más desfavorecidos.
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