Tirso
de Molina en Trujillo
La presencia de la
Orden de la Merced en Trujillo constituye un capítulo significativo en la
historia de la ciudad, no solo por su contribución religiosa, sino también por
su impacto en el ámbito social y cultural. Fundada en 1218 por San Pedro
Nolasco en Barcelona, la Orden de la Merced, dedicada a la redención de
cautivos, tuvo una expansión notable durante los siglos XVI y XVII en diversas
regiones del mundo. En el caso específico de Trujillo, su instalación comenzó a
gestarse en 1590, marcando el inicio de una nueva etapa para la ciudad,
especialmente en términos religiosos y arquitectónicos.
En 1590, la Orden de la
Merced empezó a gestionar su instalación en Trujillo bajo el impulso de dos
religiosos mercedarios, Fray Diego de Sotomayor y Fray Juan Pizarro, ambos
provenientes de nobles linajes: los Sotomayor y los Pizarro. Fray Diego de
Sotomayor y Fray Juan Pizarro, con la firme intención de establecer un convento
en la ciudad, aprovecharon las casas moradas de las familias Higuero-Vidarte,
las cuales colindaban con la Iglesia y el Convento de San Antonio. Esta
localización estratégica fue favorecida por Catalina de la Cueva, quien cedió
la propiedad para la fundación del convento. De hecho, en el protocolo de 1602,
se menciona que los mercedarios ya se encontraban en posesión legítima de la
Obra Pía de Catalina de la Cueva, gracias a la donación de Francisco Pizarro,
consolidando así la fundación.
La familia Pizarro jugó
un papel esencial en la fundación del Convento de la Merced en Trujillo,
especialmente la figura de Francisca Pizarro, hija del conquistador Francisco
Pizarro. En el contexto de la época, la familia Pizarro no solo estaba
vinculada a la historia de la conquista de Perú, sino que también mantenía una
relación estrecha con los mercedarios, quienes recibían numerosas ayudas de
esta familia tanto en el Perú como en España. La influencia de los Pizarro no
se limitaba a la financiación del convento, sino que también se extendía a la relación
personal de Fray Gabriel Téllez, futuro Comendador de Trujillo, quien antes de
ingresar a la orden, ya había tenido contacto con varios descendientes de los
Pizarro.
Uno de los momentos más
destacados en la historia del convento fue la llegada de Tirso de Molina en
1626, quien asumió el cargo de Comendador del convento de Trujillo. Tirso,
conocido principalmente por su carrera como dramaturgo, fue también un
destacado fraile mercedario que desempeñó un papel importante en la comunidad
religiosa. Su nombramiento como Comendador, aunque inicialmente inusual dado su
fama como escritor, reflejó el reconocimiento de sus habilidades tanto
religiosas como sociales. Su desempeño en Trujillo, además de su faceta como
predicador, subraya la dualidad de su vida: una mezcla entre la vida monástica
y su vocación literaria. Tirso de Molina, en su rol de Comendador, firmó
numerosos documentos oficiales relacionados con la gestión del convento,
incluyendo contratos de arrendamiento, compromisos de redención de cautivos y
otros acuerdos importantes.
El convento de la
Merced, como muchas otras instituciones religiosas de la época, sufrió grandes
daños durante los disturbios de la invasión francesa en 1809. Durante esta
invasión, la ciudad de Trujillo sufrió la destrucción de varios edificios
religiosos, entre ellos, el convento de la Merced. A pesar de los daños
materiales, la comunidad de Trujillo guardaba un profundo respeto hacia la
Orden, como lo demuestra el testimonio de 1815, cuando la ciudad dispuso un
acto en honor a la Hermana Catalina de San Pedro Nolasco, venerada por la
comunidad debido a los prodigios que se le atribuían.
No obstante, la
exclaustración de los religiosos en 1820, producto de las reformas políticas y
sociales de la época, marcó el fin de la vida regular en el convento. Según la
legislación de ese tiempo, que favorecía la secularización de los conventos, el
Ayuntamiento de Trujillo no pudo evitar la disolución de la comunidad
mercedaria, que para entonces ya era pequeña en número y había perdido gran
parte de su infraestructura debido a las alteraciones sufridas durante los años
previos.
A pesar de su
destrucción parcial, la estructura del Convento de la Merced aún conserva
algunos de los elementos arquitectónicos originales. La iglesia del convento,
aunque muy deteriorada, presenta una planta rectangular y una serie de
características típicas de la arquitectura clasicista tardía, en la que se
observa la influencia de los modelos herrerianos. La portada principal del
convento, aunque ha perdido gran parte de su esplendor original, todavía
conserva detalles como el escudo de la Orden de la Merced y algunos elementos
del barroquismo que caracterizaban la época.
En cuanto al patio
central del convento, este mantiene su planta cuadrada y está compuesto por
arcos esviados sobre pilastras en la parte baja, mientras que la parte superior
se caracteriza por una galería interior con balcones adintelados. Este espacio,
que servía como núcleo de la vida comunitaria de los religiosos, aún conserva
la esencia del diseño original, a pesar de las alteraciones sufridas a lo largo
de los siglos.
El Convento de la
Merced en Trujillo no solo representa un importante sitio de la historia
religiosa y arquitectónica de la ciudad, sino que también refleja las complejas
relaciones sociales, políticas y económicas de la época. Desde su fundación por
los mercedarios, impulsada por la familia Pizarro, hasta la presencia de
figuras destacadas como Tirso de Molina, el convento desempeñó un papel crucial
en la vida de Trujillo. La combinación de la vida monástica con el impulso
literario de Tirso y la influencia de los Pizarro subraya la importancia
multifacética de la Orden en esta ciudad. A pesar de los retos sufridos durante
los disturbios del siglo XIX y la secularización posterior, el legado de la
Orden de la Merced sigue vivo en la memoria colectiva de la ciudad y en las
huellas de su arquitectura.
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