miércoles, 18 de agosto de 2021

 

 

El COMPLEJO ARQUEOLÓGICO DE SAN JUAN EL ALTO (SANTA CRUZ DE LA SIERRA-CÁCERES). SANTUARIOS RUPESTRES

 

La Sierra de Santa  Cruz es un monte isla de 843 m de altura que domina el paso de la vía que de Norte a Sur pone en contacto las feraces vegas de la cuenca media del Guadiana con la meseta trujillana cacereña. Se trata de una ruta natural muy utilizada desde la más remota antigüedad por los distintos pueblos que por estas tierras transitaron. Prueba de su situación estratégica son los numerosos restos arqueológicos que sus moradores dejaron abandonados a lo largo de la Historia: desde las primeras etapas del metal, Bronce Final, Hierro Inicial y Pleno, pasando por la Etapa Romana y llegando hasta el Medievo.

Varios han sido los autores que se han ocupado de contar la historia de este Lugar. A comienzo del siglo pasado Mario Roso de Luna[1] realizó las primeras prospecciones aquí y allá entre los numerosos vestigios que se amontonan en sus laderas. A finales de los 70 Martín Almagro Gorbea[2] en su obra emblemática sobre la Protohistoria extremeña se hacía eco del hallazgo de un enterramiento del Periodo Orientalizante que dos décadas atrás había descubierto el maestro de la localidad Don Antonio Mena Ojea[3] en el lugar conocido como “Huerta de Mariprao”. Se convertía así nuestra montaña en un enclave fundamental para comprender la expansión hacia el Norte de la cultura tartésica y se empezaba a valorar el papel de la región extremeña en el concierto de esta corriente orientalizante que puso en contacto el ámbito fenicio y tartésico andaluz con la cultura indoeuropea de las tierras interiores de la Meseta Occidental. Ya en los 90, Ana María Martín Bravo[4] estudiaba los poblados existentes en el extremo norte de la Sierra. Mucho antes, en los años 20, José Ramón Mélida[5] analizaba los abundantes restos de edificaciones musulmanas de los siglos IX-XIII (necrópolis, hábitat, fortificación, etc.) y recientemente la profesora Gilote[6] dirigía también sus investigaciones a los vestigios de época musulmana. Por su parte, Manuel Rubio[7] realizó hace pocas fechas un interesante estudio sobre otro castro localizado en el cerro San Juan el Alto[8] e hizo referencias a los restos encontrados en 1956 por Mena en la cercana huerta de “Mariprao”.

Aquí en San Juan el Alto se localiza un impresionante complejo arqueológico nada fácil de comprender a causa de las superposiciones de culturas que ocuparon el lugar. Data de la última etapa del Bronce y pervive durante el Primer Hierro a juzgar por los materiales encontrados. De aquí proceden los restos de enterramientos localizados por Mena y se pueden ver a simple vista vestigios del recinto amurallado, altares de sacrificios, grabados rupestres al aire libre, cazoletas, cerámica y algunos objetos de metal en superficie. Las antiguas murallas se confunden frecuentemente con los muros que han servido para apuntalar el aterrazamiento que a distintos niveles jalonan la sierra. Se trata de uno de los muchos miradores que en las estribaciones de la montaña se levantan vigilando el camino que transcurría por el llano y que sirvió de refugio a sus moradores.

 

EL POBLADO

El poblado se emplaza en una elevación  residual que se alza a 453 m de altitud al suroeste de la población (fig. 1). Su parte superior forma una superficie amesetada delimitada por profundos escarpes en buena parte del perímetro. Presenta una estrangulación central que individualiza dos espacios, una mayor al Sur, situado a un nivel superior más cercano al cerro de San Gregorio que ocupa una superficie de 4 ha; y otra al Norte, más reducida y con menor elevación de algo menos de 1 ha. En la zona más estrecha entre ambas mesetas se yerguen enormes bloques de granitos que contribuyen a separar ambos espacios. Un poco más abajo, las laderas en suave pendiente se aprovechan para pastizal y las terrazas se utilizan para el cultivo de cereales. La vegetación es típicamente mediterránea: abundan las chumberas, encinas, robles, olivos, almendros, etc. junto con las plantas típicas como la escoba, la jara, el codeso y la vegetación fisulírica en la fractura de los bolos que salpican toda la montaña. La caza es muy abundante y existen numerosos manantiales de agua pura y cristalina que aun hoy día se utiliza para el consumo diario de los lugareños.

La meseta se rodeó de una muralla de material granítico aprovechando los afloramientos rocosos, que se convierten en los principales baluartes de las defensa. Los intersticios entre los enormes bolos se cierran con grandes bloques del mismo material arrancados de las canteras próximas que conservan todavía los restos de su extracción. Buena parte del paramento se ha derrumbado y forma grandes acumulaciones de piedras soterradas en las laderas al pie del yacimiento que llegan a alcanzar espesores considerables. La muralla exterior se adapta a la orografía del terreno y bordea todo el perímetro de la meseta. La potencia de la fortificación se incrementa en las zonas más desprotegidas situadas al Oeste y disminuye donde las defensas naturales son más acusadas. Es precisamente en la zona de poniente donde el recinto está más deteriorado, pues al ser éste el acceso natural al poblado, las sucesivas remodelaciones han desmantelado el paramento original que se ha utilizado para el asentamiento del camino y el aterrazamiento de cultivos.

En el extremo norte del poblado la muralla debió de estar rematada por un gran torreón a juzgar por la gran acumulación de materiales procedentes del derrumbamiento de la estructura. A partir de aquí, en dirección sur y en el lado del levante el paramento sigue la misma cota formada por la meseta que se precipita en vertientes muy pronunciadas hasta el llano situado al pie de la elevación. Se mantienen en pie todavía amplios tramos de la muralla que en alguna zona llega a tener un alzado de 3’5 m (fig. 2). En cotas inferiores se distingue un segundo recinto de menor potencia sobre el que no estamos en condiciones de asegurar que formara parte de las primitivas defensas del poblado. Hacia el Sur la muralla se pierde en el apoyo del cerro de San Gregorio. Hacia Oeste el panorama se complica, pues la muralla se confunde con los muros de terrazas y los apoyos de los caminos trazados en etapas sucesivas. Sin embargo, en algunos tramos se conservan los bloques que cerraban el espacio entre los bolos de granito.

La técnica constructiva de la muralla es muy simple y consiste en grandes bloques de granito bastante irregulares puestos en vertical y aparejados en seco que se calzan con piedras de menor tamaño para estabilizar la construcción. En el interior un relleno de cascote y tierra  consolidad el muro con el plano inclinado de la montaña. En algunos tramos el paramento presenta una forma ataludada que llega a alcanzar varios metros de altura. Destacan cuatro orificios cuadrados practicados en uno de los bolos situados en la parte nororiental, seguramente para la colocación de algún tipo de empalizada para defender el camino que discurre paralelo a la muralla. Los accesos al interior del recinto se sitúan en los flancos sur y norte, observándose claramente un vano de 1 m de luz en este lado sur de la muralla y los derrumbes de otro similar en el lado opuesto.

Las características del complejo defensivo y sus sistemas constructivos son muy similares a las que se pueden observar en otros poblados datados en esta época, como los de El Risco (Sierra de Fuente), Los Castillones de Araya (Garrovillas), La Cabeza del Buey (Santiago de Alcántara), Virgen de la Cabeza (Valencia de Alcántara) o el de La Muralla (Valdehúncar)[9].

El yacimiento de San Juan el Alto forma parte de un poblamiento caracterizado por ocupar lugares estratégicos en los rebordes montañosos de la Penillanura cacereña. Son poblados situados en altura que están en la cercanía de las rutas naturales, ya sean fluviales o terrestres, que atraviesan la región. Desde la seguridad de sus atalayas los lugareños podían ver y ser vistos y controlaban el trasiego de personas, mercancías y ganados que por estos caminos transitaban.

La mayor parte de estos poblados han sido arrasados con el paso del tiempo y casi ninguno conserva vestigios identificables del hábitat originario. Tampoco en San Juan el Alto se aprecian restos de cabañas, pero hemos de suponer que las viviendas se distribuirían de forma dispersa y sin ningún tipo de organización a lo largo y ancho de las plataformas que delimitan los grandes bolos de granito. Frecuentemente se recurre a cerrar los espacios entre los bolos próximos con muros de piedras para formar la vivienda y algunos de ellos presentan grandes oquedades que han podido ser utilizados como abrigos. Este mismo sistema de hábitat se puede observar en el poblado de Cabezo de Araya, donde los grandes bloques de granitos han sido horadados por la erosión formando amplios abrigos que sirvieron de vivienda a los lugareños. En uno de estos abrigos apareció el famoso depósito que contenía un conjunto de piezas metálicas de la última etapa de la Edad del Bronce[10].

En el Risco de Sierra de Fuentes[11], único yacimiento de la zona excavado donde se han conservado fondos cabañas, la planta era oblonga y la construcción arranca directamente de la roca madre sin ningún tipo de cimentación, a lo sumo se aplanaba el terreno y se desbastaba la superficie de la roca para colocar las primeras hiladas. A continuación se levantaba el muro sin argamasa y se cubrían los huecos con barro. La estructura se remataba con una cubierta vegetal compactada con pellas de barro.

Este tipo de hábitat es muy característico de la última etapa del Bronce y se mantiene durante la I Edad del Hierro en Extremadura, momento en que empieza a dejarse sentir la corriente Orientalizante que puso en contacto todo este mundo indígena con las culturas avanzadas del Mediterráneo a través de Tartesos. Desde el Sur irá penetrando en la región, transformando la vida y las costumbres de los lugareños que adoptarán, entre otras muchas innovaciones, las nuevas técnicas constructivas, entre las que se encuentra la planta rectangular de las viviendas.

Pero todo parece apuntar que San Juan el Alto estuvo habitado, al menos desde finales del II milenio y durante buena parte del I a. C. En varios tramos de la muralla que da al saliente se aprecia claramente dos momentos constructivos: uno más antiguo caracterizado por un paramento de grandes bloques de granito bastante regulares, formando las primeras hiladas; y un segundo nivel, más moderno, a base de muros construidos con piedras de menor tamaño y forma irregular que, en ocasiones, aparece algo desplazado de la línea de muralla que lo cimenta (fig. 3). La fase más antigua del poblado, según se desprende del sistema constructivo de sus murallas, parece corresponder a la última etapa de Bronce o comienzos del Hierro, aunque se podría retrotraer incluso a la fase Calcolítica. La más moderna, por su parte, habría que llevarla a la segunda mitad del I milenio, en plena Edad del Hierro. Esta misma secuencia cronológica comprenden las cerámicas  procedentes de este mismo yacimiento que a continuación pasamos a comentar brevemente.

En ladera oeste del poblado se aprecia en superficie abundantes restos cerámicos muy rodados, pero que nos sirven para establecer la cronología del hábitat allí emplazado. Hay abundantes fragmentos de vasos de gran tamaño de difícil adscripción cronológica. Son recipientes dedicados al almacenaje tanto de sólidos como de líquidos muy utilizados en este tipo de poblados de la edad de Bronce y que perviven a lo largo del primer milenio. En su mayor parte no llevan decoración, aunque algunas superficies presentan un tratamiento de escobillados y no faltan los estampillados. Estas últimas son muy comunes en los yacimientos extremeños de la II Edad del Hierro y aparecen mezcladas con otras cerámicas probablemente de etapas anteriores.

Entre la cerámica fina se detectan algunos fragmentos de cuencos y cazuelas elaborados a mano con decoración bruñida que son características del Bronce Atlántico. Especialmente interesante nos parece un pequeño fragmento a mano de cocción oxidante y con una decoración incisa en forma de espiga que podría encuadrarse cronológicamente en la I Edad del Hierro. También apareció cerámica ibérica a torno con decoración pintada a base de bandas y filetes en color rojizo, típica de la II Edad del Hierro, similares a las halladas en el castro de La Coraja de Aldeacentenera[12] y en buena parte de los castros extremeños de esta época. Junto a éstas cerámicas se recogieron algunos fragmentos de sigillata y cerámica árabe.

 Las cerámicas de San Juan el Alto abarcan, por tanto, un amplio periodo cronológico y que va desde finales del segundo milenio a. C. en pleno Bronce Final y I Edad del Hierro, pasando por el Hierro II y época romana, hasta la etapa de dominación árabe. Prueba inequívoca del valor estratégico de esta elevación que controla la ruta que discurría a su pie y que comunicaba las tierras del Tajo Medio con la cuenca del Guadiana en su paso al este de la Sierra de Montánchez.

Gran trascendencia tiene el hecho de que sea precisamente en este poblado donde a mediados del siglo pasado se descubriera  un conjunto de materiales procedente de un enterramiento de incineración que podría fecharse a finales del siglo VIII o comienzos del VII a. C. El hallazgo fue realizado por un agricultor de la localidad, Timoteo Rodríguez Ávila, mientras araba la tierra del olivar. En un momento de su labor debió enganchar con la reja uno de los recipientes y se decidió a excavar más detenidamente con la azada lo que allí había. Sin muchos miramientos destrozo el mayor de los tres recipientes cerámicos encontrados, que ya estaba roto y en posición inclinada. El plato que la cubría estaba desplazado y la tierra había penetrado en la urna mezclándose con los restos óseos del interior. Junto a ella se disponían dos recipientes de cerámica de menor tamaño, que también resultaron dañados, y una figurilla de arcilla en forma de pájaro. Estos dos últimos vasos fueron depositados en el Museo de Cáceres (fig. 4), pero de la urna, el plato que la cubría y la figura de arcilla nada se sabe, aunque existen fotografías de esta última y de la urna reconstruida por el propio Mena, quien dio a conocer el conjunto.

La urna de mayor tamaño está elaborada a torno con paredes más finas que los dos vasos restantes. El segundo de los recipientes tiene panza ovoide que a partir de un acentuado bisel remata en un gran cuello con forma acampanada[13]. Presenta una decoración a base de cuatro bandas paralelas de engobe rojo, la superior más ancha que las restante. Un tercer vaso, también fabricado a torno como los anteriores; tiene forma globular con cuello menos acentuado y va decorado con tres bandas del mismo engobe rojizo.

Estas cerámicas  tienen un origen feno-púnico y deben de proceder de algún taller del Bajo Guadalquivir[14] llegadas a la zona no como un mero intercambio sino más bien formando parte del ajuar de una joven entregada en matrimonio a uno de los jefecillos del lugar para introducir relaciones de amistad y garantizar los intercambios económicos entre la región, rica en metales, y el poblado de origen de la dama[15].

 

ESPACIOS SACROS

Acerca de la religiosidad de estas primeras etapas de la Historia lo desconocemos prácticamente todo y, por supuesto, no vamos a entrar aquí en detalles sobre este complejo mundo. Pretendemos solamente dar a conocer la existencia en este poblado de hasta cinco lugares relacionados con rituales de sacrificios y ofrendas.

ALTAR DE SACRIFICIOS 1 (fig. 5). El primer complejo ritual se sitúa en la entrada norte del poblado. Se trata de un espacio de forma rectangular o ara excavado en la roca de unos 4 x 2 m que se conserva solo parcialmente. Está muy deteriorado y por el frente sur apenas se distinguen sus límites. No así por el norte donde todavía se puede observar con toda nitidez su forma originaria. Al ara central se accede por dos escalinatas irregulares talladas en la roca, una en la esquina  noreste, más amplia, con  2 peldaños rectangulares de 70 x 50 cm, y otra al sureste de tamaño más reducido con 2 peldaños circulares de 60 x 10 cm.

En el frente norte se tallaron tres cubetas rectangulares a distintas alturas y en sentido descendente que parecen comunicarse entre sí, seguramente a través de canalillos que vertían los líquidos unas en otras hasta el pie del altar. Las dos cubetas inferiores están muy erosionadas y solamente se ha conservado en buen estado la superior.

 ALTAR DE SACRIFICIOS 2 (fig. 6). A unos 7 metros del altar citado  encontramos un pequeño bolo de granito con forma ovalada, más ancho en la parte superior y estrecho en el pie. Mide  3,30  m de largo por 2,10 de ancho y 1,50 de altura. Presenta una cubeta redondeada arriba en el centro relativamente profunda (90 x 60 cm), debido seguramente a la disolución del granito por efecto del agua acumulada a lo largo del tiempo. En el lateral derecho otra cubeta (50 x 40 cm), cuya forma está más desdibujada, parece comunicarse con la principal; y en el extremo que da al sur se aprecia una tercera cubeta de forma rectangular de 60 x 37 cm y unos pocos centímetros de profundidad.  En la base del altar hay una cavidad producida por la erosión del granito, con una angosta entrada, cuyo interior ha sufrido un importante metamorfismo formando oquedades de 10 cm de diámetro.

Entre ambos conjuntos rituales se aprecian restos evidentes de una cantera de donde se extrajo el material para la construcción del recinto. Son varias las canteras localizadas en el perímetro del espigón de San Juan el Alto. En algunas de ellas aún se conservan las huellas de las cuñas y los bloques cortados en distinto grado de elaboración. Se buscaron grandes planchas de granito y se cortaron siguiendo las vetas y las fracturas naturales, mediante un proceso que se iniciaba marcando con cortafríos y mazos pequeñas ranuras a intervalos regulares; después se introducían cuñas para romper por la línea marcada y así obtener bloques más o menos regulares. Dichos bloques se moverían con palancas para su partición en otros más pequeños.

ALTAR DE SACRIFICIOS 3 (fig. 7 y 8). A medio camino entre las dos mesetas predomina la formación de “grandes bolos” redondeados que la erosión se ha encargado de limar sus aristas. Allí, al pie de uno de estos gigantes pétreos, se encuentra otra de estas “peñas sacras” en una gran roca de pendientes más suaves con forma aplanada en su parte superior, donde se talló una cavidad en forma rectangular. El ara está muy erosionada y  solo conserva parte de uno de sus ángulos. Se accede a ella  por el norte a través de 5 escalones rectangulares tallados en la roca de 70 cm de largo por 30 de ancho. Por el Oeste se aprecian dos entalladuras circulares de 30 x 20 cm que ascienden hacia el ara.

ALTAR DE SACRIFICIOS 4 (fig. 9 y 10). En el extremo sur de la meseta, en su cima más elevada, situada a 511 metros de altitud, nos encontramos con otro altar de sacrificios localizado en una roca de forma irregular y suaves pendientes. En la parte superior se halla el ara en forma ovalada de 80 x 67 cm, a donde se accedía por tres peldaños tallados en la roca de 21 x 18 cm. Junto a la cubeta superior se aprecia un total de 11 cazoletas distribuidas de forma irregular y de tamaño diferente. Podemos especular de una posible formación natural transformada para un uso concreto o con la posibilidad de estar ante una especie de calendario agrícola de fases lunares, o un lugar sagrado relacionado con el culto a ciertos elementos naturales.

No es frecuente la aparición de varios de estos altares de sacrificios en un espacio tan reducido. La proliferación de espacios sacros en San Juan el Alto tiene que venir motivada necesariamente por razones relacionadas con la pervivencia del hábitat a lo largo de las sucesivas etapas protohistóricas.

Siguiendo al profesor Almagro-Gorbea, el culto a las peñas se documenta ya desde el Campaniforme en Peñatú y en Fraga da Pena, en el Bronce Final en Axtroki y en la Edad del Hierro en Ulaca y Peñalba de Villastar, siempre asociado al culto solar[16]. Estas manifestaciones religiosas las relaciona Almagro con un sustrato muy arcaico “protocéltico” que coinciden con otros rituales como los depósitos de armas en cuevas y peñas que aparecen ya desde  los primeros momentos del Bronce Atlántico y continúan hasta el Bronce Final con la costumbre de arrojar armas a las aguas[17].

El ritual del sacrificio debió de ser muy similar en los pueblos de la Hispania Céltica. El sacrificio se efectuaba en la parte superior del santuario y las piletas estaban destinadas a contener la sangre de las víctimas y a la cremación de las entrañas de las mismas. La coincidencia de la orientación del altar con la cumbre alta, podría no ser casual y estar intencionadamente buscada en asociación con algún fenómeno celeste.

No conocemos las divinidades estaban a las que estaban dedicadas todas estas ceremonias y rituales en el caso del San Juan el Alto, pero sabemos de la existencia en la zona de una deidad indígena que debió asimilarse a Lux Divina –diosa romana de naturaleza astral– y que fue venerada por los lugareños[18].

Dada la escasa distancia entre los dos primeros altares, es muy posible que ambos formaran parte de un mismo espacio ritual que habría encuadrar cronológicamente en la II Edad del Hierro. No sería descabellado pensar que el primero de ellos estuviera dedicado a rituales en los que se inmolaban víctimas de gran tamaño, como toros, caballos e incluso no habría que descartar los sacrificios humanos, de los que tenemos sobradas evidencias en las fuentes antiguas[19]. Efectivamente, la gran estancia rectangular tiene por el Este una doble escalera por las que debieron acceder los sacerdotes encargados de realizar el ritual, pero por el Sur existe una suave pendiente que permitiría el acceso de animales de gran tamaño. El segundo, estaría destinado al sacrificio de animales más pequeños: aves, conejos, etc.

Pero las posibilidades de interpretación de este primer conjunto van más allá de las propuestas hasta hora señaladas. La gran cubeta muy bien pudiera haber sido destinada a baños rituales relacionados con ceremonias de iniciación de guerreros tan comunes entre los pueblos prerromanos de la Península Ibérica en general, y entre lusitanos y vettones en particular[20]. Tampoco habría que descartar su uso como lugar de cremación de los cadáveres (ustrinum) de la gente del poblado. De este modo, tras los rituales que acompañaban a la incineración de los cuerpos, se depositaban las cenizas del difunto en su correspondiente urna y posteriormente se llevaban a la necrópolis, donde se depositaba en un hoyo practicado en el suelo junto con el ajuar y algunos cuencos y platos de ofrendas.

La disposición de ambos altares es la misma: un espacio para el sacrificio y una serie de cubetas de menor tamaño para quemar las entrañas de las víctimas sobre las que se realizaban rituales de adivinación y otras ceremonias que se nos escapan.

Para la gran cubeta del primer altar no hemos encontrado paralelos en la región ni tampoco parece haber similitudes con otros santuarios peninsulares, si exceptuamos el posible ustrinum hallado en el castro vettón de La Pinosa de Mijares (Ávila)[21]. Estaríamos en presencia, pues, de confirmarse nuestra hipótesis, de la aparición de uno de los primeros ustrina de un castro prerromano hallados en la Península donde se realizaban las ceremonias de cremación del los cadáveres y los rituales practicados en torno a la muerte.

Más común es el tipo de altar realizado sobre un pequeño bolo de granito tallado al efecto, con cubetas y canalillos. Los más cercanos los encontramos en las proximidades de la Cueva de Boquique, en Valcorchero (Plasencia)[22], donde en una de estas peñas, ya muy deteriorada, se aprecian restos de una gran cubeta tallada que ocupa casi toda la parte superior de la misma; o en el santuario de Aceituna[23] en el norte de Cáceres, otro altar rupestre, que cuenta con una profusión decorativa a base de cazoletas grabados de antropomorfos, círculos concéntricos, líneas rectas y curvas, etc.

Los altares 3 y 4 presentan una misma tipología y cronológicamente habría que retrotraerlos a la Edad del Bronce. Sus paralelos más cercanos los encontramos en los santuarios de Las Calderonas (Trujillo)[24] o en el del Huerto del Cura (Aceitunilla)[25]. Por su parte, a asociación de altares rupestres con cazoletas se documenta en el santuario de Peraleda de San Román[26], al nordeste de la provincia de Cáceres.

En ambos tipos las escaleras representan un papel simbólico más que real y junto  con los otros componentes marcarían el espacio sacro donde se realizaba el ritual. Los peldaños vendrían a significar el camino ascendente, el acercamiento al mundo celeste.

 

ESPACIO RITUAL EXTRAMUROS

Al pie de la muralla de poniente pero fuera ya del  el recinto del poblado, en un amplio espacio que mira a la población de Santa Cruz de la Sierra nos encontramos con otro complejo ritual que presenta unas características muy particulares. Aquí los  grandes bolos se integran como elemento de las defensas y en algunos de ellos se aprecian entalladuras o escalones frente a los cuales se abre la explanada a modo de plazoleta donde se congregaban los lugareños. ¿Se trata quizás de asientos tallados en la roca desde donde se presenciaban los rituales allí practicados? En la parte superior de este espacio, una de las surgencias graníticas sirvió para fabricar una pequeña plataforma sobre la que va una  pileta circular perfectamente tallada,  sin que se pueda apreciar “resbalón” o acanaladura que denuncie algún tipo de vertido (fig. 11). Probablemente estemos ante un altar de ofrendas con una tipología que se sale de las más comunes formas documentadas en la Península Ibérica.

El lugar está plagado de elementos que evidencian la existencia allí de un espacio dedicado a ceremonias y ritos conectados con la espiritualidad de los habitantes del poblado. En uno de estos peñascos que forman parte de la muralla se aprecian dos grabados, un soliforme con seis puntos o coviñas (fig. 12) rodeando uno central y, a escasos metros siete haces de líneas o barras verticales, formando todo ello un conjunto decorativo, cuya simbología se nos escapa. En cualquier caso, estas asociaciones de motivos grabados en la roca parecen representar algún tipo de código de comunicación estrechamente relacionado con las creencias religiosas de los lugareños en las que las fuerzas de la naturaleza y los astros intervenían de forma muy directa.

Para algunos este tipo de símbolos pétreos configuran una escritura ógmica[27]; símbolos que están documentados en otros muchos lugares de la Península Ibérica, siendo especialmente abundantes en el Bajo Aragón. En las proximidades de este asentamiento y con características similares los encontramos en las localidades vecinas de Puerto de Santa Cruz, Abertura, Villamesías y en la misma Sierra de Santa Cruz.

Sobre las cazoletas y los grabados sobre piedra hay una abundante literatura sobre la que no vamos a entrar aquí, pero nos introducen en un mundo simbólico complejo, producto de una sociedad a su vez también compleja. Han sido interpretadas como representaciones astronómicas o siderales, e incluso algunas se han vinculado al control del tiempo y el calendario.

El conocimiento tan superficial que tenemos de la sociedad del Bronce dificulta enormemente establecer los esquemas mentales que llevaron a realizar este tipo de representaciones sobre piedra, pero parece claro que este tipo de manifestaciones no pueden interpretarse como una simple manifestación estética, sino que en ellas subyace toda una simbología, reflejo de la existencia de un mundo espiritual complejo.

 

Llegado el momento de concluir estas pocas líneas nos percatamos de la verdadera importancia del  complejo arqueológico de San Juan el Alto. Un lugar habitado desde tiempos muy remotos y cuya dilatada pervivencia fue testigo del paso de las sucesivas civilizaciones que allí se asentaron. Quizás estuviera habitado ya en el Calcolítico cuando se produce la verdadera explosión demográfica que pobló extensas áreas de la actual Extremadura. Desconocemos si el hábitat se mantuvo en las primeras etapas del Bronce, puesto que no hay testimonios de ello, pero es seguro que durante el Bronce Final y el Primer Hierro la meseta fue nuevamente elegida para establecer un poblado desde donde controlar el trasiego de personas y mercancías que a sus pies discurría. A mediados del I milenio a. C. el panorama cambió radicalmente para la poblados de la región. Las relaciones comerciales entre el norte y el sur se perdieron y los poblados vivieron una etapa de autarquía. Sin embargo, San Juan el Alto siguió estando habitado, ahora por un grupo de vettones que levantó sus murallas sobre los bastiones de la Edad Bronce. Durante la etapa romana el poblado fue abandonado y sus moradores bajaron de las alturas, asentándose en pequeñas aldeas y villae al amparo de la calzada trazada sobre los viejos caminos. La abundante epigrafía romana de la zona así parece confirmarlo.

 

 

 

















 

 



[1] M. ROSO DE LUNA, “Excavaciones en la Sierra de Santa Cruz”. Revista de Extremadura, IV, Badajoz 1902, 253-258.

[2] M. ALMAGRO GORBEA, “El Bronce Final y el período Orientalizante en Extremadura”. Bibliotheca Praehistórica  Hispana. XIV, Madrid 1977, 204.

[3] A. MENA OJEA, “Restos prehistóricos en Santa Cruz de la Sierra”, Revista Alcántara, 1959, 41

[4] A. Mª MARTÍN BRAVO, Los orígenes de Lusitania. El I Milenio  a. C. en la Alta Extremadura. Real Academia de la Historia, Madrid 1999, 37.

[5] D. CASADO RIGALT: José Ramón Mélida y la Arqueología Española. Real Academia de la Historia. Madrid, 2006, p. 216.

[6] S. GILOTTE, Aux marges d'al-Andalus. Peuplement et habitat en Estrémadure centre-orientale (VIIIe–XIIIe siècles),  2 vol. Academia Scientiarum Fennica. Helsinki, Finlande 2010.

[7] M. Rubio Andrada;  F. J.  Rubio Muñoz, y M. I. Rubio Muñoz, “El poblado de la Edad del Hierro de San Juan el Alto de Santa Cruz de la Sierra”.  Actas de los XXXVI Coloquios Históricos de Extremadura. Tomo II. Badajoz 2008, 683-713. Lo cita A. Melchor Terrón, Santa Cruz, la Sierra y su entorno. Badajoz 2001,  97,  100-102.

[8] Nombre que recibe por la cercana ermita de San Juan Bautista, ya en ruinas, que se encuentra dentro del Cementerio construido a mediados del siglo XIX. Vid. Tomás López donde la cita en el Interrogatorio de la Real Audiencia de 14 de febrero de 1791, donde dice que a la de San Juan van los feligreses en procesión a oír misa.  Los únicos restos que quedan de la ermita es un arco triunfal que permitía el acceso al Altar Mayor y algunos restos pétreos en la entrada y en el citado ábside así como visibles pinturas murales muy deterioradas. T.  LOPEZ, (1798), La provincia de Extremadura a finales del siglo XVIII, Ed. Asamblea de Extremadura, Mérida 1991.

[9] A. Mª MARTÍN BRAVO, Los orígenes de Lusitania. El I milenio a. C. en la Alta Extremadura, Biblioteca Archaeologica Hispana 2, Madrid 1999, 33 ss. y 70 ss.

[10] A: ALMAGRO BASCH, « El depósito del Bronce III Hispano de Cabezo de Araya. Arroyo de la Luz (Cáceres)». Revista de Estudios Extremeños XVII, 1961,  7-26.

[11] J. J. ENRÍQUEZ NAVASCUÉS–A. RODRÍGUEZ DÍAZ–I. PAVÓN SOLDEVILLA, El Risco. Excavación de urgencia en Sierra de Fuentes (Cáceres) 1991 y 1993,  Mérida 2001.

[12] J. ESTEBAN ORTEGA, «El poblado y la necrópolis de La Coraja, Aldeacentenera-Cáceres, en El proceso histórico de la Lusitania Oriental en época prerromana y romana, Cuadernos Emeritenses 7, Mérida 1993, 55 ss.

[13] Agradecimiento a don Juan Valadés, director del Museo Provincial de Cáceres por permitirnos fotografiar las urnas.

[14] Esta es la opinión de la profesora Aubet, quien localiza los paralelos más cercanos en la necrópolis de Setefilla (Lora del Río) y en la de la Joya (Huelva). Véase respectivamente: Mª E. AUBET, “La necrópolis de Setefilla en Lora del Río, Sevilla”, Programa de Investigaciones. Protohistóricas. II. Barcelona, 1975;  EÁDEM,  “La necrópolis de Setefilla (Lora del Río, Sevilla). El Túmulo A. Programa de Investigaciones. Protohistóricas: Andalucía Extremadura, Barcelona 1981, 94; EÁDEM, Excavaciones en Setefilla: el Túmulo B”. Programa de Investigaciones. Protohistóricas: Andalucía Extremadura. Barcelona 1981, 213; y E. M. ORTA y J. P. GARRIDO, “La tumba orientalizante de “La Joya”, Huelva, Trabajos de Prehistoria 11, 1963, 21.

[15] A. Mª MARTÍN BRAVO, 1999, 9. Las mismas circunstancias parecen coincidir en una tumba procedente de El Carpio del Tajo (Toledo), véase: M. RUIZ-GÁLVEZ PRIEGO, “La novia vendida: Orfebrería, herencia y agricultura  en la Prehistoria de la Península Ibérica”, SPAL 1, 1992, 238.

[16] M. ALMAGRO-GORBEA, «Nuevas fechas para la Prehistoria y la Arqueología de la Península Ibérica».  Trabajos de Prehistoria 33, 1976, 307-317.

[17] M. ALMAGRO GORBEA, «Sacre Places and Cults of the Late Bronce Age tradition in Celtic Hispania», en R. Habelt (ed.), Archäologische  Foschungen zum Kult-geschehen in der Jüngeren Bronzezeit und Frühen Eisenzeit Alteuropas, U. Regensburg, Bon, 1996, 43-79.

[18] En Santa Cruz de la Sierra han aparecido dos inscripciones romanas en las que se invoca a Lux Divina por parte de dos individuos, uno de los cuales lleva onomástica indígena, lo que sugiere el posible sincretismo religioso. Véase: J. ESTEBAN ORTEGA, Corpus de Inscripciones latinas de Cáceres II, Turgalium, Cáceres 2012, nº 684y 685.

[19] Véase entre otros: Estrabón (Iberia, III, 3, 6 y 7); Posidonio (Str. IV, 5), Livio (Per. 49) Plutarco (Quaest. Rom. 83). Plutarco habla de la costumbre de lusitanos y vettones de sacrificar caballos, ovejas, cabras y, también a veces, a los enemigos cautivados para escudriñar las entrañas de las víctimas.

[20] Estrabón III, 3, 6. Véase: M. ALMAGRO-GORBEA y ÁLVAREZ SANCHÍS, «La “Sauna” de Ulaca: saunas y baños iniciáticos en el mundo céltico», Cuadrenos de Arqueología de la Universidad de Navarra 1, 1992, 177-253.

[21] D. MARTINO PEREZ: «Necrópolis, área ritual, ustrinum, ídolo y santuario del castro vettón "La Pinosa" de Mijares (Ávila)». Transierra, Boletín de la Sociedad de Estudios del Valle del Tiétar  6, 2007, 235-248

[22] Una referencia a este altar en: M. ALMAGRO-GORBEA y J. JIMÉNEZ ÁVILA: «Un Altar rupestre en el prado de Lácara (Mérida). Apuntes para la creación de un parque arqueológico», Extremadura Arqueológica VIII, Mérida, 2000, 428.

[23] A. PAULE RUBIO: "Tumbas antropomorfas y Santuario de Aceituna”.  Actas de los XXXII Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo 2004, 123-145.

[24] J. A. RAMOS RUBIO: «Un altar de sacrificios de la Segunda Edad del Hierro en Trujillo» Ars et Sapientia 30, 2009,  61-69.

[25] S. MARTÍN GONZÁLEZ: «El Santuario prerromano de El Huerto del Cura en Aceituna en el Contexto de las peñas sacras del Poniente Ibérico», Revista de Estudios Extremeños  LXVIII, nº 1, Badajoz 2012, 472-502.

[26] A. GONZÁLEZ CORDERO: «De los paisajes sagrados a los espacios simbólicos. El santuario rupestre del Valle de Cancho Castillo en Peraleda de San Román», Actas de los XV Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo, Navalmoral de la Mata 2008.

[27] La escritura ógmica aparece en Irlanda entre los siglos VII y IV a. c.  Hay  quienes interpretan las cazoletas como signos pertenecientes a la escritura ógmica o hemisférica, un sistema secreto de escritura supuestamente empleado por los sacerdotes de los pueblos indígenas de la Península Ibérica. Esta teoría fue introducida en España por el inglés J. H. Rivett-Carnac en 1902, y rápidamente ganó adeptos entre los investigadores españoles como M. Roso de Luna, que interpretó así las cazoletas documentadas en Extremadura. M. ROSO DE LUNA, «La escritura ógmica en Extremadura», BRAH, 44, 1904, 357-359;  ídem., «La escritura ógmica en Extremadura», BRAH, 45, 1904, 352-353.

viernes, 4 de junio de 2021

 

LOS ESCULTORES DE LA PROVINCIA CACEREÑA EN EL SIGLO XX. TRAYECTORIA ARTÍSTICA.

 

 

                                  

En los últimos años del siglo XIX y ya en el siglo que nos ha precedido, el arte escultórico extremeño salió de su letargo con artistas como Eulogio Blasco Benito o Enrique Pérez Comendador. Nuestras localidades embellecerán algunos de sus parques y algunas de sus plazas con esculturas conmemorativas, en la mayoría de los casos, ejecutadas por artistas foráneos como Eduardo Barrón (Medellín), José da Silva (Barcarrota), Clivillés (Badajoz) o Carlos Rumsey (en Trujillo), pues la escultura no es un arte en el que nuestros artistas extremeños se prodigaran mucho, más bien sus inclinaciones contemporáneas se han orientado a la pintura.

Está claro que los procesos históricos influyeron en la producción artística de algunos autores. Cambiante será el siglo XX: abdicación del rey Alfonso XII; Guerra Civil; largo periodo de dictadura militar; restauración de la monarquía y un importante periodo de libertades políticas y democráticas en el último cuarto del siglo.
Todo esto se va a ver reflejado en el mundo creativo y cultural de España y con tintes más o menos locales en Extremadura, dividida en dos provincias desde principios del siglo XIX y que no se constituirá como Comunidad Autónoma hasta 1983.

            Los artistas que vamos a estudiar nacieron todos en la provincia de Cáceres. Algunos de ellos como Pérez Comendador o Tomás Mayoral han querido reconstruir en sus obras las huellas del pasado desde el presente, ensayando una forma de percepción de las imágenes, de las figuras, en las que conviven el rigor de la memoria con la emoción de la permanencia, con esa rara ambigüedad que caracteriza la reflexión y la observación sobre las obras artísticas. La conciencia en Extremadura del regionalismo ya había surgido en el siglo XIX, exaltando la personalidad de nuestra región y su aportación a la Cultura Española. Los artistas encuentran eco en la difusión de sus obras y su mecenazgo publicista en el periódico “El Autonomista Extremeño”; la creación en 1927 del “Centro de Estudios Extremeños” y su revista; las continuas exposiciones en salas cacereñas o en el Ateneo de Badajoz; la Exposición Ibero-Americana de Sevilla en 1929, lugar de encuentro y triunfo de varios artistas extremeños.

            Otros artistas como Angel Duarte moldea el acero inoxidable, el hierro galvanizado, creando formas cóncavas y convexas, cuya más inquietante cualidad es la de que no es necesario reconstruir los objetos, sino que permanecen en nuestro presente, perforando la historia, reclamando una forma de mirar actual, contemporánea, cuando, a la vez, sabemos que fueron realizados con intenciones y criterios distintos, para cumplir funciones precisas en el momento de su creación y para un espacio determinado.

            A pesar de que en este estudio hemos destacado a artistas ya “consagrados”, que en su trayectoria artística han expuesto sus obras en varias exposiciones, son muchos los artistas anónimos en el mundo del arte que realizan su actividad artística en algunas poblaciones de la provincia cacereña, que los podemos encuadrar en la vanguardia, con la que se ha conocido el arte moderno. “Vanguardia” es una palabra tomada del lenguaje militar que se utilizaba para denominar a aquel cuerpo de ejército que iba delante abriendo brecha. Los escultores vanguardistas continúan en tiempo real abriendo una brecha en el terreno artístico y, por tanto, también en el terreno político y social. El lenguaje periodístico utiliza esta expresión –en tiempo real- para referirse a todo acontecimiento presenciado en su entera duración. Según Einstein, el tiempo es relativo al espacio y su realidad es convencional. Lo que queremos subrayar con esta expresión es la actualidad de lo que se presencia, su realidad como presente, que refuerza la ilusión del espectador.

            Algunas expresiones artísticas planteadas en los últimos años han renunciado a la retórica vanguardista para tratar de conectar con la cultura de masas..

 

            Eulogio Blasco Benito nació en Cáceres en 1890, aunque sus orígenes paternos son riojanos y maternos portugueses[1]. Desde que sufriera la enfermedad del sarampión a los tres años quedó sordomudo, de ahí el epíteto de “El Mudo”, nombre con el que se le ha conocido popularmente, teniendo que ingresar en el colegio de sordomudos de Madrid, iniciando allí su vocación artística.

            Estudió en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando en Madrid. Instaló su taller en Madrid y desarrolló una diversa actividad como pintor, escultor y repujador. También dedicaba parte de su tiempo a restaurar imágenes. Su primera obra la ejecutó en 1914, siendo elogiado en la prensa local madrileña. Participó con esculturas, piezas de orfebrería, repujados, grabados y pinturas en 1920 en el Salón de Arte Moderno. Cuatro años después participó en la Primera Exposición Regional de Arte Extremeño. En 1929 estuvieron presentes sus obras en la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla.

            Sus primeras creaciones son relieves de tipo simbolistas, con figuras estilizadas a las que se incorporan bóvidos geometrizados. El repujado fue la técnica más utlizada por Blasco López.

            Realizó numerosos viajes por varias ciudades italianas. A su regreso se instaló en Barcelona, ciudad en la que trabajaría para la firma de las Industrias y Comercio Inglada, alternando su trabajo en el metal y el vidrio con su actividad artística.

            En 1935 se establecerá definitivamente en Cáceres, volviendo a sus orígenes. Fue profesor en la Escuela de Artes y Oficios y de Maestría Industrial. El premio que le llenó de orgullo fue el obtenido en 1940 en el Concurso Nacional de Grabado.

En los últimos veinte años de su vida alternó su trabajo como profesor con su quehacer artístico, recibiendo encargos de tipo artesanal como candelabros o escudos nobiliarios a los que incorporó su técnica simbolista con figuras alegóricas estilizadas. Realizó exposiciones en Madrid, Mérida, Almendralejo y en algunas ciudades castellanas. Murió en Cáceres en 1960.

 

            Eliseo Ruíz Corisco nació en Casatejada en 1897. Realizó su aprendizaje en Madrid ingresando en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Consiguió una pensión lo que le permitió profundizar sus estudios del modelado escultórico en Grecia. A su regreso a Madrid, empezó a trabajar en el taller de Félix Granda, destacado sacerdote dedicado a la orfebrería y a la imaginería religiosa. Se granjeó la amistad de José Capuz y Mariano Benlliure, ambos escultores, también fue amigo personal del escultor Juan Cristóbal y del pintor Romero de Torres.

            Volvió en 1929 a sus raíces. En su localidad natal montó su taller, participando en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, consiguiendo Medalla de Oro. Pero, sus salidas de Casatejada fueron muy escasas. En la provincia de Cáceres consiguió algunos encargos como el Monumento a Gabriel y Galán para Guijo de Granadilla, y en la misma línea el Monumento al Marqués de la Constancia en Plasencia. Ambas obras siguiendo el corte académico que le caracterizó durante su vida artística. Falleció en Casatejada en 1969.

 

            Enrique Pérez Comendador, nació con el siglo en Hervás (17 de noviembre de 1900). Ha sido el escultor contemporáneo de la provincia de Cáceres que más reconocimiento ha tenido en Iberoamérica, posiblemente por el elenco de obras dedicadas a los conquistadores en los que plasma el heroísmo de los extremeños en América. Vivió desde los siete años en Sevilla, allí junto al puerto desde el que tantos y tantos extremeños marcharan a América comenzó la carrera de Aparejador y su formación artística (escultura y pintura) en el taller de Joaquín Bilbao y en la Escuela de Bellas Artes[2].

Pensionado por el Ayuntamiento de Sevilla y la Diputación de Cáceres, realizó numerosos viajes durante tres años a Francia, Italia, Egipto y Grecia, en los que conoció nuevas formas de vida e influyeron abiertamente en sus obras escultóricas figurativas. Su estancia en Grecia influyó en obras en las que aparecen los perfiles sinuosos de la estatuaria griega y el rico y suave modelado de las Venus, tal y como nos dejó en Mujer saliendo del baño (Palacio de la Diputación de Cáceres). Las proporciones clásicas predominan en la obra en su conjunto. La plástica de suaves formas revelan el influjo oriental y la búsqueda del equilibrio compositivo.

            Según el profesor Bazán de Huerta: “La vida de Pérez Comendador es prototipo del escultor académico que tuvo el apoyo del mecenazgo aristocrático de la primera mitad de siglo[3].

            El 11 de noviembre de 1929 conoció a la que sería su esposa Madeleine Leroux, hija de un profesor parisino de Bellas Artes, dos años mayor que Pérez Comendador. Se casaron en París en 1931. Tres años después, Pérez Comendador es pensionado en Roma, allí permanecerán hasta el final de la Guerra Civil Española. El resto de su vida vendrá marcado por el magisterio en la Academia de Bellas Artes de Madrid (1941-1970) y la dirección de la Academia Española en Roma (1970-1974).

En la Academia de la Real de San Fernando, orientó su arte hacia el retrato, de vigorosa expresión y cuidada factura. Podríamos encuadrar su trayectoria en la estatuaria “histórica”, por la magnífica realización técnica de personajes históricos en bronce, a los que representa con la armadura y los objetos militares. Cabe citar el Busto de Francisco Pizarro o las estatuas ecuestres o a pie, siguiendo la tradición heroica, de  Núñez de Balboa, Pedro de Valdivia, Hernán Cortés (efigies conservadas en el Museo Provincial de Bellas Artes de Badajoz), etc. Dentro de una uniformidad caracterizada por su realismo y preocupación académica. Obras ejecutadas en materiales nobles como el mármol, la piedra o el bronce, fundidos la mayoría por su amigo y colaborador Eduardo Capa. Entre ellos la colección de figuras en bronce realizadas entre 1954-1957 a Núñez de Balboa (Ciudad Universitaria de Madrid y Diputación de Cáceres); el Monumento a Hernando de Soto en Bradenton-Florida (EE.UU) y la réplica para la Avenida de Huelva en Badajoz. Eduardo Capa fundió en 1986 un molde original de Hernán Cortés a caballo conservado de Pérez Comendador, que había fallecido hacia cinco años, esta monumental obra de cinco metros de altura se alzó en la Plaza de los Alféreces Provisionales de la capital cacereña.

También ejecutó obras que embellecieron parques y jardines como el poeta Gabriel y Galán en el paseo de Cánovas en Cáceres (tras obtener el Primer Premio en el concurso público nacional en 1925)[4], el de la Infanta María Luisa en su parque de Sevilla o estatuas como la de San Pedro de Alcántara en la plaza de Santa María de la misma capital cacereña (ejecutada en 1954)[5], en la cual se autorretrató el mismo artista. El santo, con hábito franciscano, tiene una posición erguida frontal, en actitud mística, meditabundo, aferrándose a una gran cruz. Es autor también de otras figuras religiosas como el paso del Santo Entierro de Santander o el monumento a San Francisco de Asís en el Monasterio de Guadalupe. El artista siempre habló de la fascinación que tenía por el santo, esa admiración por el santo extremeño le llegó de la abadesa jerónima Cristina de Arteaga, mientras le hacía un retrato en los años veinte[6].

En sus creaciones artísticas, la figura de la mujer es determinante. Realizó los bustos de su esposa Madeleine Leroux, la señora de Kadner o la señora de Sef Kramreiter. También, el retrato masculino está presente en Pérez Comendador. Utilizó el mortero policromado, el bronce y el barro cocido para deleitarnos con bellas creaciones llenas de realismo como el retrato del escritor Pedro de Lorenzo, el abogado Blas Pérez González o el músico Andrés Segovia.

Acumuló una larga lista de honores y medallas, siendo nombrado Académico correspondiente en la Real de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría; del Instituto de Francia; de la Academia Nacional de Bellas Artes de Lisboa; del Instituto de Cultura Hispánica; numerario de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Primera Medalla Regional en Badajoz (1920); varias medallas en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de Madrid (1924, 1930, 1932); Medalla de Oro en la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929); Premio Nacional de Escultura (1935); Premio Miguel de Cervantes (1975). En Italia había sido nombrado miembro de la Academia de San Lucas de Roma (1970), siendo el primer español al que se le concede, seguido de Picasso y Dalí. Ha realizado numerosas exposiciones, entre las que podemos destacar la Exposición de Arte Español en París (1936); Sala personal en la Bienal Internacional de Arte Moderno en Venecia (1938); Arte Español en Buenos Aires (1947); Exposición Internacional celebrada en El Cairo (1948); y en exposiciones oficiales de Arte Español en Londres, La Haya, Amberes, Venecia, Berlín, Lisboa, Cáceres y Badajoz.

Murió en 1981. El mismo Lafuente Ferrari le ha considerado como “Uno de los más firmes y sólidos valores de nuestra escultura contemporánea[7]. En el arte de Pérez Comendador se aúnan varias tendencias, destacando entre ellas la inspirada en la tradición escultórica hispalense. De hecho, el escultor volvió la vista hacia la imaginería semanasantera barroca sevillana, realizando algunas obras de esta naturaleza. Toda su producción está impregnada de un realismo marcado por la fuerza expresiva con la que el escultor representa sus retratos.

 Hervás quiso rendir reconocimiento póstumo en 1986 a la obra artística del matrimonio Pérez Comendador-Leroux, con la creación del Museo Pérez Comendador-Leroux, gracias al beneplácito de Roger Lecourtier Morel, heredero del legado.

 

El escultor y afamado médico acupuntor afincado en Trujillo Tomás Mayoral Dorado, nació en Valencia de Alcántara en 1928. Se licenció en Medicina y Cirugía por la Universidad de Salamanca en 1954, obteniendo el título de especialista en Aparato Digestivo, Radiología y en Medicina Interna (1964-1969). Ha obtenido varios premios, destacando su obra Esculapio de Bronce, en el concurso Internacional de Médicos Artistas en Barcelona en 1969. Exposiciones: Primera Bienal del Tajo (Toledo, 1970); Primera Bienal de Arte de Pontevedra (1971), Exposición Nacional de Pequeña Escultura (Valladolid, 1972), Premio Cáceres de Escultura (1980). Es uno de los más acreditados médicos acupuntores de la Unión Científica Mundial de Médicos Acupuntores (título que obtuvo en 1977). Su profesión la alterna con sus actividades artísticas.

En sus obras es patente la mezcla de una figuración hecha con un gran dominio de las formas, pero que el autor rompe en aras al juego significativo, buscando escorzos difíciles y expresivos que nos llevan al terreno de la imaginación o del sueño. Las figuras se organizan en el espacio en planos figurativos geométricos superpuestos o sucesivos, o flotan solapándose sobre ellas y se produce la ruptura del espacio formal y lógico con masas de expresivos volúmenes, sobre todo en sus creaciones femeninas. La mayoría de sus figuras abstractas no tienen rostro lo que las convierte en seres metafóricos. Intimismo, esencialidad, equilibrio y abstracción, son los rasgos que hacen de Mayoral uno de los principales artistas, aún desconocidos en el ámbito artístico extremeño, que posibilitan la innovación del arte figurativo español. Su obra es el puente esencial que haría posible el paso hacia tendencias figurativas posteriores.

 

Fernando Mayoral Dorado, hermano del anterior, ha dedicado su vida al Arte y a la docencia. Nació en 1930 en Valencia de Alcántara. En 1947 asistió en Salamanca a la Escuela de Artes y Oficios, ciudad cultural y universitaria en la que centraría su residencia 15 años después. No sin antes, finalizar sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando en Madrid y residir algunos años en París. En 1957 viajó a Italia pensionado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Trabajó con el arquitecto Pier Luigi Nervi. Consiguió en 1965 la Cátedra de Dibujo de Enseñanza Media, ejerciendo su labor en Salamanca en el Instituto Nacional “Torres Villarroel”.

En 1953 obtiene su primer premio de escultura otorgado por el Casino de Salamanca, un año después lo volverá a obtener, esta vez como pintor (obtendrá varios premios en su trayectoria artística); premio por el monumento a San Juan de la Cruz (Salamanca, 1992); premio para al boceto presentado en Trujillo para el Monumento al Mestizaje, con la efigie de Francisca Pizarro Yupanqui (1992).

En sus obras resalta la plástica neofigurativa hacia la que ha dirigido sus pasos. Su escultura, está cargada de sugerencias expresivas y simbólicas, se encuadra dentro de la tendencia del “espacialismo vital” de los estilos figurativos contemporáneos, según la cual el dinamismo de la figura, expresado en gestos de gran fuerza, genera su propio espacio vital[8].

Ha realizado numerosas exposiciones, podemos citar en la Galería “La Araigne” de Le Pouldu (Francia, 1965-1966); en 1971, en la Primera Bienal de Pontevedra; en 1973, en el Salón de Otoño de Sevilla y un año después en el Salón de Primavera de la ciudad hispalense. En los años 80, presenta sus obras en varias exposiciones (Bienal de Valdepeñas; en la Galería Winker de Salamanca; exposición itinerante de la Diputación de Salamanca; de la Caja de Ahorros de Pontevedra y Vigo; en la Galería Artis de Salamanca. 

Ha utilizado en sus obras distintos materiales como el hierro, el bronce, la piedra y el poliéster. En 1956 ejecuta su primera gran obra de envergadura, se trata de una escultura de hierro para el Ayuntamiento de Salamanca, titulada “El Alma de la Ciudad”, actualmente está en los jardines de los comedores universitarios. Es autor del mural en piedra para el Instituto de Enseñanza Media “Fray Luis de León” en Salamanca (1962), también en esta ciudad cultural ha realizado la decoración de la Escuela de Estudios Empresariales (1963) y un medallón de Lord Wellington en la Plaza Mayor de Salamanca (1980). Ha realizado monumentos públicos como el busto del cronista oficial de Trujillo, sacerdote y fundador de congregaciones religiosas Juan Tena Fernández (1972), en el Paseo del Campillo; el monumento de realización naturalista al médico Ignacio Lorenzo Laguardia en Torrecillas de la Tiesa; al doctor Joaquín Jiménez Sánchez, en Madroñera (1964); retratos a políticos como el de Fraga Iribarne, para su domicilio en Villalba (Lugo, 1968). Ha realizado obras religiosas como una Santa Teresa para el Carmen de Boulogne de París (1967) o una Virgen en madera policromada para la iglesia de la Encarnación de Valencia de Alcántara. En madera policromada ha esculpido el paso de Semana Santa de la Santa Cena, para la Cofradía de la Vera Cruz de Zamora (1990), previo premio en el Concurso Nacional. Ese mismo año ejecutó en poliéster su original versión expresionista de San Pedro de Alcántara para la exposición de San Pedro de Alcántara y su tiempo (Cáceres, 1990). En 1993, el presidente de la Junta de Castilla y León, inaugura el Medallón de Alberto de Churriguera, ejecutado por Mayoral, en la Plaza Mayor de Salamanca. Un año después realiza la escultura de María Auxiliadora en piedra, para la fachada de su santuario salmantino. Desde entonces, sus miras artísticas y encargos han ido de la mano de la imaginería semanantera, realizando un Calvario para el retablo mayor de la parroquia de San Juan Evangelista de Santiago de Compostela (1996) o el Crucificado de madera para la Cofradía de las Siete Palabras de Zamora, aunque también ha recibido encargos públicos como el monumento en bronce de la beata Sor Eusebia Palomino para Cantalpino (Salamanca, 1998) o la estatua en bronce de Alberto de Churriguera (Ayto. de Salamanca, 1998). Entre sus últimas obras, hemos de destacar el grupo escultórico de “Las Comadres” (Ayuntamiento de Salamanca para la Plaza de San Justo, 1999); la ejecución de “La Conversión del Centurión” (Zamora, 2000); el Monumento a Gonzalo Torrente Ballester (Salamanca, 2000) o el busto en bronce de Segundo Cid (Galicia, 2000)

            Sin duda alguna, Fernando Mayoral es hoy por hoy el artista extremeño que fuera de su región más encargos recibe y ello es un claro ejemplo de su aclamada fama como excelente realizador de esculturas que deben perdurar para el deleite de todos los amantes del arte y de la historia.

 

            En 1930 nació en Aldeanueva del Camino el escultor Angel Duarte, encuadrado en la abstracción geométrica y el arte experimental, dentro de la vanguardia encabezada por artistas de la talla de Mondrian o Vantorgeloo[9]. Se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid (1945-1948). Se marchó a París en 1954, allí comenzó a granjearse la amistad de artistas bohemios como Agustín Ibarrola o Pepe Duarte, fundando el Equipo 57, realizando juntos exposiciones en varias ciudades francesas y españolas. Destacan por la creación de un arte analítico con la práctica de una abstracción calculada dentro de la tendencia geométrica cuyo principal representante es el pintor Piet Mondrian. A su vez, constituyen una vanguardia dentro del arte óptico con una actitud crítica a la política cultural que se operaba en España durante el Franquismo.

            Se trasladó a Sion (Suiza) en 1961. Una vez disuelto el Equipo 57, dejando tras de sí una amplia participación en exposiciones internacionales e interesantes logros en el terreno artístico, formó con Fischer y Tauner el Grupo. Realizaron estructuras geométricas en armonía con el espacio para las que son creadas, construidas en tres dimensiones para lugares públicos, aunque también realizó obras de pequeño formato. Uniendo los conocimientos matemáticos a medios industriales, e incorporando los servicios del ordenador, establece una serie de módulos con paraboloides hiperbólicos, dando lugar a juegos cóncavos y convexos utilizando el acero inoxidable, el hierro galvanizado o el hormigón. Es, en realidad, un artista-ingeniero que utiliza medios industriales donde el componente óptico es lo esencial. Es el artista del paraboloide hiperbólico, forma geométrica en torno a la cual articula sus composiciones. El arte de Duarte se inscribe en la tradición experimental iniciada por los futuristas y preludia una línea de desarrollo de la tecnología visual. El aroma a modernidad que tuvieron en su momento las obras de Duarte fue suficiente para que alguna de sus constantes estéticas se incorporaran rápidamente a la esfera del diseño industrial y sobre todo a la moda.    

            Su obra está presente en zonas públicas de Langenthal (Suiza), en Bienne y en varios museos de arte contemporáneo de Europa (Suiza y Francia), América e Israel, y en España en los museos de arte contemporáneo de Cuenca y Madrid.

 

En Valencia de Alcántara, en el año 1944, nació el escultor Domingo Batalla Picado, aunque desde 1970 desarrolló la mayor parte de su carrera artística en Cataluña. En sus creaciones utiliza el hierro y el bronce pulido. Sus figuras se deforman a partir de códigos personales representativos de tipo surrealista. Es un artista centrado en la tendencia neorrealista contemporánea.

 

En 1955, nació en Cáceres, Hilario Bravo, más destacado por su actividad artística en el campo de la pintura que por sus obras escultóricas, comenzando a destacar en el ambiente pictórico vanguardista en San Sebastián, ciudad en la que expuso sus primeras obras conceptuales. En 1983, consiguió una beca de la Diputación de Guipúzcoa y se marchó a Berlín, Checoslovaquia y Austria. Entre 1986 y 1989 vivirá en Cáceres realizando exposiciones en salas públicas.

Sus esculturas o grabados son reflejo de lo conceptual, de una búsqueda filosófica a través del arte. Como él mismo afirma “le fascina lo legendario, los ritos, el asunto literario e histórico, evocando a través de sus esculturas la muerte, el amor o la magia[10].

 

Juan Polo, nació en Cáceres en 1957. Su vocación artística surgió en Barcelona en 1970, a través de la cerámica y la pintura, aunque siempre sintió predilección por el dibujo. Desde su estancia en Vigo, en 1979, su arte se orientó hacia la escultura. Utiliza materiales seriados, barro, hierro y acero que nos sorprenden provocando una mirada no funcional sino gratuita. Sus obras son objetos que se pueden integrar en espacios arquitectónicos urbanos. Sus estructuras metálicos describen estados anímicos. Es grato para el artista la contraposición masa-vacío, sugiere la opresión social y la rebelión del artista. En la actualidad vive en Vigo, el único lugar en el que ha encontrado como el mismo dice “la libertad de visión que sólo el mar proporciona”.

 

En 1960 nació en Brozas el escultor José María Jabato Amado, de profesión Ingeniero Técnico Industrial, pero tras sus estudios en la Escuela de Bellas Artes y Oficios de Sevilla, se dedicó a las artes plásticas. El 20 de diciembre de 1987 inauguró en Coria el monumento en bronce que realizó al Doctor Viera López, en un espacio abierto rodeado de árboles y de cuatro columnas toscanas de piedra granítica.

En 1966 nació en Cáceres Marisé Expósito, que realizó sus estudios de Bellas Artes en la Escuela de la Diputación Provincial de Cáceres (1984-1985) y los completó en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, especializándose en Escultura (1985-1990). Ha sido galardonada con varias becas que le han permitido profundizar en la técnica escultórica. Ha participado en varias exposiciones colectivas en Cáceres (1985-1988), en el Primer Encuentro de escultores Valle de Hecho en Huesca (1989); la Primera Bienal de Artes Plásticas de Facultades de España, en Tenerife (1989) o en 1990 en la Facultad de Bellas Artes de Madrid y en la sala de exposiciones de la Asamblea de Extremadura (Mérida). En sus obras hay una mezcla heterogénea de animales y productos de consumo diario utilizando el hierro, la madera y los mismos elementos en su estado natural, ejemplo de ello es su obra Pezpájaropan.

 

 

* Agradezco los datos biográficos y artísticos, así como las fotografías, facilitados por algunos de los artistas aquí estudiados.



[1] Este artista ha gozado de varios estudios. RUBIO ROJAS, A: “Eulogio Blasco, el Mudo, pintor de Cáceres (1890-1960). Actas del V Congreso de Estudios Extremeños, t. IV. Inst. Cultural “Pedro de Valdivia”, Badajoz, 1976, pp. 83-125. MARTÍN GIL, T.: “Artistas extremeños, Eulogio Blasco”, en El Monasterio de Guadalupe, 1926, pp. 311-314. VARA, V: “Artistas de Extremadura. Eulogio Blasco, el artista mudo primer artífice de la escultura realista”, en La Libertad, 1929. CRIADO ROMERO, M.E.: “Eulogio Blasco –el Mudo-, gran repujador, pintor y escultor extremeño”, en La Unión Ilustrada, 1931. GUTIERREZ MACIAS, V: “Eulogio Blasco, ligero apunte de la vida y personalidad del polifacético artista”. Alcántara, XV, núm. 133, 1960, pp. 53-56. LOZANO BARTOLOZZI, M.M. ( y otros): Plástica Extremeña, Badajoz, 1991. BAZAN DE HUERTA, M: Eulogio Blasco, Cáceres, 1890-1960. Institución Cultural “El Brocense”. Cáceres, 1991.

[2] Vid. HERNÁNDEZ DIAZ, J: “El escultor Pérez Comendador, 1900-1981”. La Gran Enciclopedia Vasca y Caja de Ahorros Provincial de San Fernando de Sevilla. Barcelona, 1986.

[3] BAZAN DE HUERTA, M: “La promoción oficial en la Escultura Española (1900-1960)”, en Catálogo Exposición Colección Escultórica Capa. Cáceres. Institución Cultural “El Brocense”, 1990.

[4] La Dra. Lozano Bartolozzi ha realizado un interesante estudio sobre los monumentos conmemorativos en su obra  Escultura pública y monumentos conmemorativos en Cáceres  (Universidad de Extremadura, Cáceres, 1989).

[5] Véase HINJOS, J de: La estatua de San Pedro de Alcántara en Cáceres, obra de Pérez Comendador. Cáceres, 1956.

[6] PEREZ COMENDADOR, E: “Estatua monumental. Imagen de San Francisco de Asís. Atrio del Monasterio. Basílica de Guadalupe. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando ACADEMIA, núm. 49, Madrid, 1970.

[7] LAFUENTE FERRARI, E: Catálogo de la Exposición Magdalena Leroux. Sociedad Española de Amigos del Arte. Palacio de Bibliotecas y Museos. Madrid, 1942. Vid. Enrique Pérez Comendador. Escultura y dibujos. Madrid, 1947.

[8]Según los profesores Pizarro Gómez y Terrón Reynolds en su obra Catálogo de los fondos pictóricos y escultóricos de la Diputación Provincial de Cáceres (Cáceres, 1989), p. 298.

[9] Vid. LOZANO BARTOLOZZI, M.M (coord.. y otros autores): Plástica Extremeña. Caja Badajoz, Badajoz, 1990,  p. 284.

[10] Del Amor y de la Muerte. Catálogo Exposición. Caja de Ahorros Municipal de Bilbao. Noviembre de 1985. BRAVO, H: Exuberancia de la Simplicidad. Catálogo Exposición Sala de Arte “El Brocense” (Cáceres, 1986).