jueves, 7 de mayo de 2026

 

La ermita de San Lázaro  de Trujillo

 

La relación de Isabel con Trujillo ya comenzaría aún siendo princesa, colmando de especiales atenciones a algunos de sus más aguerridos caballeros, tal es el caso de Luis de Chaves, considerado en Trujillo como el más fiel servidor de los monarcas católicos.

 

A partir de la  paz en Castilla, los Reyes Católicos se dedican a administrar y gobernar sus ciudades, prueba de ello es el mayor número de documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Trujillo dedicados a regular la vida trujillana: el concejo, sus oficiales y competencias, la elección de sus cargos, el comercio, la artesanía y los oficios, la explotación del término así como datos esenciales sobre el urbanismo y la fundación de nuevos conventos como La Encarnación, San Miguel, San Francisco y ermitas como San Lázaro.

 

Trujillo por su parte siguió participando en los acontecimientos más  importantes que ocurrieron durante este reinado, tal es el caso de la participación activa en la Guerra de Granada (1482-1492).  Los llamamientos a la guerra conservados en el Archivo Municipal de Trujillo corresponden a los años que van entre 1483 y 1488. La cooperación que se pidieron los monarcas fue en hombres, peones que combatían a pie en sus especialidades de espingarderos, ballesteros, lanceros o simplemente iban con palos de hierros o azadas. También se pidió dinero en maravedíes para los gastos generales de la guerra. En cada campaña se especificaba el número de hombres, que varía según los años y también el dinero que para los años comprendidos entre 1483 y 1486 fue aproximadamente de medio millón. Se han conservado dos comunicaciones por parte de los reyes al concejo de Trujillo sobre los éxitos de las campañas la toma de Ronda (1485) y la toma de Granada.

 

El 20 de mayo de 1496 los Reyes Católicos en una provisión integraron en el infantazgo de su  hijo el príncipe Juan, la ciudad de Trujillo junto con Alcázar, Salamanca, Logroño, Jaén, Úbeda, Baeza, Ronda, Cáceres y Toro. Se posesionó de ella en su nombre Domingo Gómez  Dávila, en un concejo que se celebró  en la iglesia de San Martín el 7 de julio de1496. Tomó los cargos y nombró por orden del príncipe, corregidor y demás oficiales.

 

La Cofradía de San Lázaro en febrero de 1498 estaban buscando un lugar para construir una ermita con la aprobación del concejo, en marzo piden permiso para hacer una casa en el camino de La Coronada y en mayo licencia para hacer la obra[1].

 

La ermita de San Lázaro fue construida en las afueras de la ciudad en los años finales del  siglo XV, según testimonio documental, la cofradía de San Lázaro, que ya existía, estaba buscando en 1498 un lugar para construir una ermita con la aprobación del Concejo de Trujillo. En el mes de marzo del año 1498 piden permiso para hacer una casa en el camino de La Coronada y en mayo la licencia para las obras de la ermita[2]. Además, algunos de los restos que aún se conservan, atestiguan algunos detalles decorativos de la fábrica, como  ligero apuntamiento de los arcos y, sobre todo,  los motivos de bolas o besantes que decoran las columnas del pórtico  y del arco del presbiterio. Sin embargo, ha sido objeto de numerosas reformas, especialmente en la techumbre y en el pavimento.

 

Fue fundada en un lugar alejado de la población ya que fue utilizada como un lazareto destinado a albergar a los enfermos de la peste, procedentes  de lugares afectados por tal enfermedad. En los años finales del siglo XV la peste hizo estragos en España. En Trujillo existieron algunos hospitales como Santa María, Santa Lucía -situado en el arrabal de San Clemente-, San Lázaro y La Caridad. Severas medidas se tomaron a fin de que Trujillo no se contagiara, como cercar con altas tapias los barrios de la ciudad edificados y blanquear los muros de muchos templos. Así se impedía que alguno contagiado entrase en la población y era muy frecuente exigir carta de sanidad.

 

Para  la asistencia de la ermita existió una Cofradía que reza en los documentos como "Cofradía del Señor San  Lázaro" -a cuyo título se añade también  "y de San Blas "-. La entrada de nuevos miembros a la dicha cofradía era muy rigurosa, baste citar un documento que existe en el Archivo Municipal de Trujillo del año 1703, en el cual se especifica la limpieza de sangre realizada por don Alonso de Villegas Cuevas para su ingreso en la Cofradía de San Lázaro y San Blas, de los Caballeros de Trujillo.

 

Era costumbre en todas las poblaciones de alguna importancia tener dispuesto tener dispuesto en las afueras y próximo a las entradas más concurridas  de ellas un establecimiento hospital para los lacerados o sea los transeúntes  contagiados de lepra  u otra enfermedad infecciosa y  allí  se  les  detenía  y  curaba  en  conformidad  con  lo  que   prescriba  la  higiene   de  aquellos  tiempos. De los enfermos de este lazareto de Trujillo habla el testamento, fechado en 31 de julio de 1565, de Beatriz de Paredes, mujer de Diego Pizarro, quien lega una pequeña cantidad a favor de los lacerados de San Lázaro, legando una parte de sus bienes a favor de los enfermos de San Lázaro.

El  Concejo el 4 de agosto de l564, cometía a Sancho de Carvajal que mandase aderezar el caño que estaba cabe San Lázaro, y en consecuencia, al siguiente año mandaba librar al Sr. Barahona nueve mil maravedíes por la obra del caño de San Lázaro[3].

 

Diez años más tarde se hicieron obras de ampliación en esta fuente, pues el Concejo, el l7 de octubre de l575, acordó que Melchor González busque un artífice para finalizar el caño que se hace junto a la ermita de San Lázaro, y que sea persona tal, para que la obra se acabe como conviene y con brevedad.

 

De esta ermita fue principal patrono la familia  Paredes-Tapia. A lo largo de los siglos sufrió la fábrica de la ermita las acometidas de las guerras, sobre todo en la época decimonónica.

 

El primer  Conde de Canilleros que vino a Trujillo fue don Pedro Bernardo  de Porres  Acuña, el cual fue el primer patrono de esta iglesia, cuyo patronato vinculó en su familia, tal y como se observa en el frente de la  portada con el escudo nobiliario de los condes de Canilleros, adornado con lambrequines, colocado sobre un águila bicéfala y con corona imperial, obra de la primera mitad del siglo XVII (la existencia de un águila bicéfala y la corona imperial es por concesión de Carlos V a Diego García de Paredes en el año 1530).

 

Este título procede de la localidad cacereña de Brozas a mediados del siglo XVIII. El citado señor se casó en Trujillo con doña Inés Ventura de Eraso, hija de don Miguel de Eraso  y doña Gertrudis Roco de Godoy, señores de Plasenzuela, aunque de reciente asiento en la población trujillana se captaron pronto las simpatías de la nobleza por sus muchas virtudes y ocuparon puestos de significada  influencia tanto el hijo primogénito de éstos, que fue don Diego Antonio de Porres y Eraso, casado con doña Ignacia María de Arévalo, como su nieto don Pedro Porres y Eraso.

           

La Cofradía de San Lázaro y San Blas poseía bienes con los que atendía a los  lacerados y al culto, existe un Acuerdo del Concejo del día 14 de Diciembre de l7O9 en el cual se daba licencia a la  Cofradía de San Lázaro y San Blas de los Caballeros de Trujillo, para que en una cerca que tiene en el berrocal de ella y al sitio que dicen del Caño, camino de Jaraicejo, la puedan incorporar un pedazo más de tierra.

 

En el año 1823, solicitó el Jefe del Batallón de voluntarios que se formó en Trujillo, la cesión de la ermita de San Lázaro para almacén de pólvora, el Ayuntamiento se lo negó  alegando que esta ermita era propiedad de los Condes. En el año 1827, dejaron de vivir en Trujillo con la consiguiente desaparición del patronato, quedando la ermita a merced de la devoción popular. 

 

A mediados del siglo XIX la asistencia hospitalaria en Trujillo prácticamente había desaparecido, en parte por el daño que habían sufrido los edificios hospitalarios durante la invasión francesa y también, y de manera más decisiva, por la falta de medios económicos para su sostenimiento, ya que las instituciones de beneficencia estuvieron incluidas entre las que se vieron afectadas por la Ley de Desamortización promulgada en 1855 y que hizo que estos establecimientos se vieran privados de su posesiones, las cuales constituían su mayor fuente de ingresos; el número de fincas rústicas enajenadas a los establecimientos de beneficencia trujillanos representó un 8% del total provincial, situándose en segundo lugar de la provincia, siendo superado únicamente - aunque a mucha distancia- por las enajenadas a las instituciones benéficas de Plasencia.

 

A mediados del siglo XIX, Madoz, al referirse a los establecimientos hospitalarios de la ciudad, sólo menciona la enfermería de Agustinos y el uso provisional que había tenido el convento de San Miguel como hospital militar, actividad que tuvo lugar durante la guerra de Independencia, cuando las monjas fueron expulsadas y se habilitó el coro para atender en él a los soldados heridos. Paralela a esta fuente, Francisco de Coello elaboró los planos de varias ciudades extremeñas, entre las que se incluyó Trujillo, en el cual se observa que la enfermería de  Agustinos, que resultó muy dañada durante la invasión francesa.

           

El abandono de la ermita se confirma en varias ocasiones en la mitad del siglo XIX. El Concejo ordena que los vecinos no extraigan las  baldosas del templo pues se necesitan para pavimentar  parte  del  Portal  del  Paño  de  esta  ciudad,  se  acuerda  que  se    comisión  a los  señores   don   Antonio  Vicente  Vázquez y  a  don  José  Moreno,  regidores,  y  al  Procurador  Síndico,  para  que  éstos  se  entrevisten  con el administrador  de  la ermita, para que de la licencia oportuna  para  extraer las expresadas  baldosas  y ser trasladadas al  sitio  referido.

 

Este abandono se confirma con otro acuerdo concejil del 14 de julio de 1858, en que consta que el corregidor comunicó al gobernador que a la entrada de la ermita de San Lázaro habían descubierto a unos chiquillos que desenterraron unas balas de cañón y  hecho  las pertinentes  exploraciones en el terreno, se encontraron  124 granadas de mano y trece balas de grueso calibre, que fueron trasladas al castillo. El corregidor sigue diciendo en su informe que ninguna noticia cierta se pudo adquirir del origen y época del expresado depósito, si bien existía el convencimiento entre los vecinos de haberlas enterrado en 1823 las tropas constitucionales que salieron precipitadamente de esta ciudad perseguidas por el Ejército francés, fundando este convencimiento en que se recordaba bien por los vecinos los innumerables cajones de cartuchos y otros efectos que aquel ejército arrojó en las lagunas situadas a la salida a Badajoz.

 

En la actualidad, la Cofradía del Cristo de la Salud se encarga del ornato y acrecienta la devoción al patrono de Trujillo junto con el clero parroquial. El cuidado de la misma lo ostentan la familia Murillo-Durán que desde hace varios años ponen todo su esmero para que la ermita y el entorno natural estén con decoro para el deleite de los fieles devotos que cada día visitan al Santísimo Cristo de la Salud. La ermita está rodeada de un atrio con bancales de granito. Frente a la misma, un artístico crucero de piedra. Hemos de destacar que Trujillo aún conserva el nombre de la calle de las Cruces, que recibía por la existencia de un Calvario del que tenemos noticias documentales y que se alzaba y se extendía por la citada calle y terminaba en la Cruz casualmente se encuentra junto a la ermita de San Lázaro: “Por el diputado don Manuel Díaz se hizo presente el despotismo que andaba en el Vía Crucis o Calvario con motivo de ir a aquel sitio a tirar la barra, de forma que iban arruinando las cruces, por lo que el señor Corregidor mandó se publicase un bando con multa para que no se volviese a tirar a la barra de jugar en dicho sitio, comisionándose por el Ayuntamiento a dos diputados para que lo celen, y que precedido reconocimiento se compongan las  Cruces que lo necesiten a costa del fondo de Propios”[4]. Es importante destacar que la calle paralela a la de las Cruces recibió el nombre del Mayor Dolor, porque se realizaban en los días de la Semana Santa actos religiosos de flagelantes el Viernes Santo, ante la imagen del Crucificado el procesionaba desde la iglesia de la Vera Cruz hasta la Encarnación, próxima a la calle del Mayor Dolor.

 

Este Calvario era un lugar de oración y penitencia. Las cruces estaban talladas en piedra. Hoy solamente queda la cruz existente en el Paseo de San Lázaro y, lugar conocido otras épocas como  Campo de San Juan, y que se ejecutó en el año 1774 según un Acuerdo del Ayuntamiento: “Se hizo presente por el señor don José de Orozco haberse obligado los maestros que están componiendo las calles de esta ciudad a poner una efigie de Nuestro Redentor Crucificado en la Cruz que se halla en el Campo de San Juan[5].

 

Consiste en una cruz elevada sobre triple graderío circular. Aún se conserva el ábaco de una columna poligonal prismática, en mal estado de conservación se encuentra la imagen de Cristo yacente en los brazos de su Madre o V Angustia, del que resta tan solo la figura del yacente en la cruz de brazos cilíndricos, sobre un hermoso capitel de hojas de acanto y volutas.

 

La ermita de San Lázaro es un edificio de mampostería, al que se accede por los pies del templo, con puerta de arco conopial sobre sencillas impostas, precedida de un pórtico con arcos de medio punto rebajado, al que flanquean columnillas ilustradas con bolas. Sobre la clave del arco se muestra un blasón con las armas de los patronos  Paredes-Tapia, con yelmo y lambrequines. La cubierta rematada en una espadaña que fue construida por don Agustín Lozano el 20 de abril del año 1884, para dos campanas que fueron fundidas por don Francisco Carvajal, que tenía su taller en Medina de las Torres.

 

Tras un pequeño pórtico presenta nave única rectangular a la que se añade la cabecera ochavada, menos ancha. La nave es de tres tramos, marcados por arcos diafragma ligeramente apuntados, que arrancan  a baja altura del muro; por la disposición de los arranques de los muros, suponemos que en un principio estuvo cubierta de directamente con  techumbre de madera a dos aguas, pero hoy tiene bóveda de cañón con lunetos, con dos tramos entre cada parte original, fruto de mejoras practicadas en el siglo XVII. La cabecera se inicia con un arco triunfal de medio punto sobre  pilastras ilustradas con bolas, de tipo gótico; el ábside es ochavado, precedido por tramo recto, cubiertos éste como la nave y aquél con  bóveda de tres paños, fruto también de la reforma indicada.

 

Carecen de importancia los bienes muebles conservados en la ermita. En la nave tiene una lámpara de hierro forjado, decorada con motivos geométricos y vegetales, regalo de don Enrique Cortés a la ermita en el año 1945. En el ábside  hay un discreto retablo con columnas de tipo clásico, realizado en el año 1927 para albergar la imagen del Cristo de la Salud. El sagrario y el manifestador son obra del año 1907. El transepto está cerrado por una verja de hierro, y en 1927 se practicaron dos ventanas.

 

En estas obras de 1927, se descubrieron en la bóveda del transepto unos frescos muy estimables que hábilmente tratados, allí están para belleza de este santuario. Han sido restaurados en sucesivas ocasiones por pintores y restauradores locales: los maestros Tamayo y Juan A. de la Cruz, y más recientemente, en el año 1982 por el taller de restauraciones artísticas de José Antonio Dejea.

 

La imagen del Cristo de la Salud es objeto de gran devoción hasta el punto de ser sacada en rogativas ante las abundantes sequías, tal y como se decidió el 1 de marzo del año 1770. En los laterales del altar mayor, se abren sendas hornacinas laterales para alojar otras dos imágenes, populares, que representan a San Lázaro, talla en madera policromada del siglo XVIII, y a Nuestra Señora del Buen Fin, obra de vestir del siglo XVIII[6]. El Santo titular del templo, que no se corresponde con Lázaro el de Betania, hermano de Marta y María, resucitado por Cristo. El que aquí aparece representado es Lázaro, relacionado con la enfermedad de la leprosería. Junto a él, está el perro del rico Epulón que le lamía las heridas. Los artistas en multitud de obras siempre han confundido iconográficamente a Lázaro, representándolo con un perro como si se tratase de su símbolo parlante, cuando en realidad, la parábola de Jesús nos dice que el pobre Lázaro cogía las migajas de pan que el rico Epulón echaba a su perro. San Lázaro, que no tiene nada que ver con el anteriormente citado y representado en Trujillo, es el de Betania, hermano de Marta y María, resucitado por Cristo. Su atributo personal es el bordón con doble cruz, propio de los primeros evangelizadores de una región, y un féretro.

 

En el año 1880 se realizaron las obras del trono para la escultura del Cristo, los nichos para la Virgen del Buen Fin y San Lázaro.

 

En la sacristía se conserva un cuadro exvoto con la representación de Francisco del Rosal cayéndose desde las murallas del castillo, por intercesión del Cristo de la Salud no murió, y dedicó dicho presente. En el lienzo aparece la leyenda: "Iº de enero de 1872. Caída de Fco. del Rosal".  La palabra exvoto es un término culto procedente del latín que designa el objeto ofrecido a Dios, la virgen a los santos como resultado de una promesa por favor recibido. Es decir, una promesa materializada en un objeto. Para definirse como tal exvoto ha de tener varias notas diferenciadoras. Ante todo ha de ser público, como es el caso de este lienzo de la ermita, pues da a conocer el favor recibido haciendo constar las circunstancias y datos que permiten conocer la acción benefactora de un ser sobrenatural. Las ofrendas se hacían para ser expuestas en los altares o camarines de las imágenes benefactoras. Es muy probable que este lienzo, al no existir camarín del Cristo de la Salud, estuviera expuesto en una de las paredes de la ermita, para que todos los devotos puedan reconocer las actuaciones milagrosas. Este lienzo es -por tanto- un pregón perpetuo de una determinada imagen y sus poderes sobrenaturales.

 

Las  pinturas votivas de carácter popular conservadas en los santuarios actuales -no hay que descartar que en la ermita de San Lázaro hubiesen existido otros exvotos, de hecho en algún otro templo trujillano existen lienzos votivos-, proceden fundamentalmente de los siglos XVIII y XIX, siendo numéricamente más importantes en este último siglo. Se observa una reducción radical a partir del segundo tercio del siglo XX.

 

De las otras formas de exvotos apenas quedan muestras, dado que la acumulación y el envejecimiento se resuelva con la periódica destrucción de los mismos. La importancia  de los exvotos en Trujillo como fuentes de conocimientos  para la historia cultural de las sociedades, es especialmente valiosa en el área  ideológica de las creencias  y valores;  aunque  son una fuente  en algunos casos  única, para el conocimiento de la cultura material, es decir, aquellas  creaciones humanas de las que se sirven la sociedad como objetos tangibles. En la ermita de San Lázaro se han conservado representaciones de miembros humanos realizadas con cera, como peticiones de salud al Santísimo Cristo. En Extremadura existen otros templos en los que se repite este sentir del devoto tal es el caso de la iglesia Ntra. Sra. de la Antigua en Valverde de Burguillos; en Santibáñez  el Bajo en la ermita del Cristo de la Paz; la iglesia de la Virgen de Carrión de Alburquerque; la de la Soterraña en Barcarrota; Ntra. Sra. del Ara en fuente del Arco;  Ntra. Sra. de Piedraescrita en Campanario o la ermita del Santísimo Cristo de la Reja en Segura del León.

 

Es de destacar -como ocurre en la ermita de San Lázaro de Trujillo- el predominio de exvotos ofrecidos por causas de accidentes sobre los donados por enfermedad y que hasta hace pocos años hemos podido ver realizados en cera y colgados de las paredes de la ermita. En cuanto al valor histórico y etnográfico del lienzo ofrece una serie de datos de gran valor para analizar con más profundidad la devoción trujillana al Santísimo Cristo de la Salud, especialmente de la vida diaria, difícil de encontrar en otros documentos. De todas formas puede decirse que la riqueza iconográfica de la pintura es pobre. Desde el punto de vista compositivo hay que señalar la destacada posición del Cristo dentro del conjunto, situado en un lateral sobre un montículo, observando la caída de devoto.      

 

En 1949, el Ayuntamiento realizó las obras de la explanada de un amplio paseo desde la carretera de Badajoz hasta el acceso al atrio de la ermita, embelleciendo los espacios laterales con jardines que, en los últimos años, se han convertido en un pequeño parquecillo, que sirve de descanso a los devotos que diariamente visitan esta ermita.

 

En Trujillo, en los últimos tres siglos la devoción cristológica primordial ha ido encaminada hacia dos imágenes, concretamente, al Cristo de las Aguas y al Cristo de la Salud. Ambas esculturas han salido frecuentemente en desfiles procesionales en solicitud de la bendita lluvia para aliviar la sequia, en una tierra agrícola-ganadera[7].

 

El primero de los crucifijos citados se conserva en la iglesia parroquial de Santiago, en una capilla del muro del Evangelio, aunque este no fue su primitivo emplazamiento, conocida popularmente como Cristo de las Aguas, ya que es la imagen -como hemos citado- que la ciudad de Trujillo sacaba en procesión en épocas de sequias[8].

 

Siempre han sido conflictivos los períodos de sequía, que suponían la amenaza de la peste con la consecución de importantes pérdidas humanas. Como medida preventiva,  entre los años 1507-1508, el Concejo de Trujillo ordenó limpiar las fuentes de la ciudad y sus alrededores (Carbonera, Almohalla, Zarzuela, Olalla, Fuente Alba, Marcinillos, Añora).

 

Los trujillanos siempre han profesado especial devoción al Cristo de las Aguas, son varios los documentos existentes en el Archivo Municipal (referentes a procesiones por sequías) o en el parroquial que hacen referencias al mismo.

 

Solamente, podemos contar con dos Libros de Cuentas de Fábrica, ambos pertenecientes al siglo XIX, los restantes libros parroquiales han desaparecido. El Cristo de las Aguas tenía sus ornamentos personales, que consistían en siete enaguas de seda y otras dos de lienzo, dos lámparas que se mantenían siempre encendidas y dos toallas; una relación muy corta, ya que mucho se perdió durante la invasión francesa[9].

 

Es un Cristo doloroso sobre una cruz de gajos, encuadrado en la escuela castellana, por ser el área castellana donde se ubican la mayoría de los crucificados que responden a la misma tipología que el Cristo de las Aguas, obra maestra en su género.  Es un Cristo del Dolor, clavado sobre cruz de gajos o "ecotée", mostrando una gran fuerza dramática acrecentada por el rostro alargado acentuado por una larga barba rizada y bífida que le cae por el pecho; al contrario, el cabello es liso y estirado, cayéndole por los hombros y la espalda. Presenta una estructura recta del tórax y marcadas costillas, así como rasgos geometrizantes en el plegado del perizoma, dejando ver la rodilla izquierda, y una expresión triste, con los ojos caídos y la boca entreabierta que deja ver sus dientes. Sin duda, fechamos a este magnífico Crucificado, entre los años 1370-1375.

 

En el siglo XVIII y en la primera mitad del siguiente, salía en procesión en solicitud de lluvias el Stmo. Cristo de la Salud. La imagen del Cristo de la Salud es ligera, novohispana, de papelón y caña de maíz, fechable en la década de los años 70/80 del siglo XVI. Es obra de molde, aunque condicionada por ciertos aditamentos que se le añaden en su ejecución, tiene muchos de los elementos principales definitorios de estos moldes. Tratamiento anatómico, especialmente en el torso y disposición del arco de las costillas, tratamiento de la cabeza, morfología del rostro, diseño de la barba, manera de discurrir el cabello en el lateral izquierdo, y hasta los dos bucles que desgajados del otro lado se trenzan caprichosamente y discurren por el pecho.

 

A continuación relatamos un milagro que el sacerdote e historiador Tena Fernández recogió en 1960 de la tradición oral y que se remonta al siglo XVIII. Pertinaz fue la sequía que martirizó los campos trujillanos en el año 1767. Después de un verano caluroso y seco llegó el otoñó triste y reseco. Los campos tostados, los ganados transidos y los corazones angustiados suspiraban al amanecer los horizontes brumosos sin promesas de nubes ni esperanzas de lluvia.

 

Tema obligado en las plazas y veladas era la tremenda seguía que presagiaba ruinas en las cosechas y mortandad en los ganados. Los más piadosos vecinos empezaron a invocar la ayuda de Dios. Pero sus plegarias no lograron romper la oquedad celeste. Era preciso lanzar un fuerte bombardeo de millares de plegarias que impetrasen, humildes y confiadas, tercas y  piadosas, en milagro de la benéfica y  salvadora lluvia.

 

Los templos trujillanos se llenaron de fieles. Manos inocentes de niños,  cariñosas de madres fecundas y callosas de curtidos labriegos se alzaban ante Dios demanda en demanda del agua para los campos sedientos y los corazones apenados. Quizá fallaba la fe en las almas y el cielo parecía cada vez más hermético y broncíneo. Entonces decidieron hacer una procesión de rogativa con la venerada imagen  de Jesús Nazareno. Avanzaba el mes de octubre. Empezaba la sementera polvorienta y caliente. Los cabildos  celebraron sendas reuniones. Dos comisiones, una civil y otra eclesiástica, organizaron y  detallaron los actos según el  rito tradicional y escrito. Y el 26 de octubre recorría las calles de la ciudad una devota y penitencial procesión sembradora de esperanza. Presidían el cortejo el Abad de los cabildos eclesiásticos y el Regidor Decano del Ayuntamiento. Pasaron los días de la esperanza; pero el cielo estaba sordo. Y las nubes lluviosas no se presentaban. Desconfiar era un pecado.

 

Era preciso reavivar la fe y multiplicar la oración fervorosa. De nuevo comisiones parlamentaron preocupadas y ansiosas de aplacar la justicia divina con públicas penitencias. Y decidieron organizar otra procesión austera y penitente. Pero esta vez acudieron a la ermita de San  Lázaro. Era el día 15 de noviembre de 1767. El devoto cortejo salió de la Parroquia de Santa  María. Al llegar a la ermita se inició el respetuoso traslado de la imagen del Santísimo Cristo a la iglesia de San Martín para implorar con más fe la gracia urgentísima de la lluvia fecunda. Se respiraba ambiente de súplica ferviente en toda la ciudad. Aquella puede afirmarse que fue la oración  todo un pueblo. Dios parecía ya complacido. Al día siguiente ante la ansiada sorpresa de todos, aparecieron unas nubes en el cielo. Tenían un color plomizo y tristón. Pocas horas después la lluvia regaba suavemente los campos ardientes y hacia derramar lágrimas de inmenso gozo a todo  el pueblo agradecido.

 

De la devoción de Trujillo al Cristo de la Salud dan testimonio varios acuerdos del Concejo. Han sido muchos los mecenas que han sufragado gastos en la ermita y que aún continúan atendiendo a las necesidades del culto en la misma. Desde 1850 a 1880 en que murió, fue párroco de San Martín, D. Francisco Reglado, quien supo conquistar la devoción de los fieles al Cristo de la Salud con el triste motivo de los focos endemoepidémicos, consecuencia de las guerras del siglo XIX y que llevaban la peste por todas partes[10]. A  este  fin  escribió  la  novena  que  hasta  hoy  reza  Trujillo  al  Señor  de  la  Salud.  Otro  Sacerdote,  para  quien  siempre  tenemos   un  entrañable  recuerdo  de  veneración  y  gratitud, don Pedro  Trancón, último  párroco  de la iglesia de Santiago,   realizó  en el año  1881  algunas  reparaciones  de  la  Ermita  de  San  Lázaro. 

 

En 1884, para sufragar los gastos de construcción de la nueva espadaña y la fabricación de dos campanas, contribuyeron los Sres. Condes de Canilleros, la Sra. Viuda de don Enrique Zuasti y doña Jacoba Pérez Aloe de Secos, cuyos gastos ascendieron a la cantidad de 1521 Reales de Vellón.

 

Doña Margarita de Iturralde, sufragó los gastos del entarimado cuyo coste ascendió a 1384 pesetas en el mes de marzo del año 1911. También, los prelados se han preocupado por la ermita de San Lázaro, de hecho el obispo de Plasencia don Ángel Regueras López, concedió el 29 de abril de 1921 cincuenta días de indulgencias a todos los fieles por cada vez que devotamente rezasen un credo ante la imagen del Cristo de la Salud.

 

En 1945, don Enrique Cortés Pérez, regaló la lámpara de hierro que cuelga de la bóveda en el centro de la ermita. Los fieles también contribuyeron con sus donativos a sufragar los gastos del piso de cantería que se colocó en agosto del año 1950.


 

 



[1] Archivo Municipal de Trujillo, leg. 2-3, 385-35.

[2] Archivo Municipal de Trujillo, leg. 5, fol. 56vº-58.

[3] Archivo Municipal de Trujillo, Libro de Acuerdos, 1569-1576. Acuerdo del 17 de octubre de 1575.

[4] Acta del Concejo con fecha 4 abril del año 1800. Archivo Municipal de Trujillo.

[5] Acuerdo del Ayuntamiento con fecha 15 julio del año 1774. Archivo Municipal de Trujillo.

[6] Se citan efigies como la del Cristo de la Salud, Nuestra Señora del Buen Fin, la de San Lázaro, un Crucifijo de metal y una imagen pequeña de mármol de Nuestra Señora del Pilar (desaparecida). Libro que contiene el Inventario de alhajas y cuentas de la ermita de San Lázaro, mandado formar por el Archipreste don Gregorio Ildefonso Cidoncha en la Santa Visita que de ella hizo en el año 1859.

[7] Archivo Municipal de Trujillo. Libro de Cuentas del Concejo, 1505-1508, 8, 24. La preocupación por el abastecimiento de agua a la ciudad, es un hecho especialmente significativo si tenemos en cuenta las características geográficas en las que se inscribe Trujillo, con frecuentes períodos de sequía.

[8] En 1512, se amplía la capilla mayor en la cual estaba el Cristo de las Aguas, para lo cual el Concejo aportó 12.000 maravedíes. Archivo Municipal de Trujillo, 8-24. A los que hay que añadir los 15.000 maravedíes que se conceden en 1517. Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, memoriales, leg. 126, núm. 95, 24 de abril de 1517.

[9] Es muy explícita la nota de don Manuel Lebrón cuando se hace cargo de la parroquia de Santiago. Manifiesta no encontrar inventarios ni libros parroquiales. Libro de Cuentas de Fábrica de la yglesia parroquial de Santiago de Trujillo, 1849.

[10] Libro que contiene el Inventario de alhajas y cuentas de la ermita de San Lázaro, Visita de 1859, fol. 32.















sábado, 2 de mayo de 2026

 

 

Tumbas excavadas en la roca en el paisaje cacereño

 

  

La Tierra de Cáceres conserva uno de los conjuntos más elocuentes y a la vez más enigmáticos del occidente peninsular: centenares de tumbas excavadas directamente en la roca granítica. Diseminadas en colinas suaves, afloramientos de lanchares y bolos, junto a cursos de agua o próximas a antiguas vías de comunicación, estas estructuras constituyen un testimonio material que, pese a su aparente simplicidad formal, encierra una complejidad histórica notable.

 

El fenómeno no es exclusivo de Extremadura. Las tumbas excavadas en la roca constituyen uno de los vestigios arqueológicos más abundantes de la Península Ibérica, con hallazgos que se extienden desde Cataluña hasta Andalucía, quedando al margen determinadas zonas del Norte Cantábrico. Sin embargo, en la Tierra de Cáceres su densidad, variedad tipológica y estado de conservación convierten el territorio en un auténtico laboratorio para el estudio del tránsito entre el mundo romano y el medieval.

 

La tierra aparentemente silenciosa revela, a quien la observa con detenimiento, las huellas de comunidades que eligieron inscribir su relación con la muerte directamente en el paisaje. Desde un punto de vista académico, el desafío es aún mayor: interpretar cronológicamente y funcionalmente estructuras que, en su inmensa mayoría, han perdido el contexto arqueológico que permitiría una datación precisa.

 

Uno de los rasgos más llamativos de estas tumbas es que casi ninguna ha conservado restos humanos. Carecen igualmente de ajuares funerarios y aparecen arqueológicamente descontextualizadas. Esta circunstancia complica cualquier intento de adscripción cronológica firme. El vacío -probablemente consecuencia de expolios antiguos, reutilizaciones o del simple deterioro por exposición a la intemperie- impide realizar dataciones absolutas y limita el análisis antropológico.

 

La historiografía tiende a considerarlas como características del medievalismo peninsular, encuadrándolas entre los periodos post-romano y altomedieval, en contraste con las prácticas funerarias plenamente romanas o las ya feudalizadas. A partir del siglo IV, en el contexto de la transformación del Imperio romano y de la progresiva cristianización, se observa una alternancia de ritos y cambios estructurales en la inhumación. El abandono paulatino de la cremación en favor del enterramiento inhumatorio, la orientación este-oeste vinculada a la esperanza escatológica cristiana y la sencillez del rito son elementos que conectan con este tipo de estructuras.

 

En la Tierra de Cáceres, además, la presencia visible de restos de villas romanas -sillares bien escuadrados, fragmentos de cerámica común y de construcción- y la identificación de posibles estructuras soterradas asociadas a hábitats altomedievales sugieren una continuidad o, al menos, una superposición de ocupaciones. Nos encontramos ante un territorio donde el final del mundo romano no supuso una ruptura abrupta, sino una transformación progresiva de las formas de poblamiento.

 

La hipótesis más plausible sitúa el origen de muchas de estas necrópolis en la época tardorromana, definida en términos generales por la preponderancia de estructuras asociadas a comunidades rurales. Se trata de asentamientos en zonas llanas o ligeramente elevadas, vinculadas a explotaciones agrícolas y, especialmente, ganaderas. El hábitat tardoantiguo y altomedieval en la Tierra de Cáceres parece haber estado vertebrado en torno a núcleos relativamente pequeños, compuestos por focos de ocupación interconectados, con una disposición laxa y flexible.

 

Este modelo podría estar relacionado con el proceso de abandono de determinadas áreas centrales de época romana en beneficio de espacios periféricos, en un contexto de crisis del sistema vilicario. No obstante, la ausencia de excavaciones sistemáticas y de datos estratigráficos impide afirmar con rotundidad esta interpretación. La conexión sincrónica entre los posibles hábitats y las necrópolis no ha sido demostrada fehacientemente.

 

Cabe plantear, como hipótesis razonable, que algunos de estos lugares experimentaron una remodelación en época tardoantigua, transformándose en espacios funerarios tras el abandono o reestructuración de edificaciones romanas. En este proceso, antiguas estructuras pudieron convertirse en centros de culto, reflejando cambios profundos en el sistema social y en la articulación del estatus. La cristianización del paisaje no sólo modificó los ritos, sino también la forma en que las comunidades se relacionaban con el territorio.

 

Las tumbas excavadas en los lanchares graníticos presentan una notable variedad tipológica. La orientación suele estar condicionada por la disponibilidad de superficie apta, lo que explica su aparente distribución anárquica. No obstante, en determinados conjuntos se aprecia cierta regularidad.

 

Podemos distinguir varias formas principales:

 

* Rectangulares.

* Ovaladas o fusiformes, conocidas como “de bañera”.

* Antropomórficas, que reproducen la silueta del cuerpo humano, con ensanchamiento en la zona de los hombros y rebaje para la cabeza.

 

Estas últimas reciben el nombre de “olerdolanas”, denominación derivada de su primera documentación en el yacimiento de Olèrdola. El rito de inhumación asociado a estas tumbas se relaciona con prácticas cristianas autóctonas: el cadáver era lavado y ungido, envuelto en una sábana de lino y depositado directamente en la fosa excavada en la roca. Posteriormente se cubría con arena y se sellaba con lajas de piedra. La ausencia de ajuares responde a una concepción cristiana de la muerte que prescinde del acompañamiento material característico de épocas anteriores.

 

Algunos investigadores han sugerido que comunidades cristianas tempranas pudieron quedar aisladas y dispersas en la región incluso en tiempos de plena dominación romana, manteniendo prácticas funerarias diferenciadas que se consolidarían en etapas posteriores, incluida la visigoda.

 

El debate historiográfico sigue abierto. Hay quienes defienden una procedencia exclusivamente visigoda o medieval para este tipo de yacimientos. En algunos casos, la aparición de elementos asociados -escasos fragmentos cerámicos o estructuras cercanas datables en esos periodos- permite sugerir al menos un uso prolongado hasta los siglos VIII al X, momento que probablemente marcó el apogeo de esta forma de enterramiento.

 

Es posible que el final de estas necrópolis coincida con la consolidación del poblamiento aldeano y el establecimiento de la parroquia como centro de culto y eje de articulación rural. La institucionalización del cementerio parroquial habría desplazado los espacios funerarios rupestres, integrando la muerte en un marco eclesiástico más estructurado.

 

Sin embargo, la prudencia metodológica obliga a reconocer las limitaciones: la ausencia de ajuares, la falta de dataciones absolutas y la posible reutilización de los espacios impiden una atribución cronológica uniforme. Tal vez no sea prudente considerar un fenómeno homogéneo algo que se presenta con manifestaciones tan variadas.

 

Más allá del debate cronológico, estas tumbas poseen una poderosa dimensión simbólica. Suelen situarse en pequeñas elevaciones que dominan el entorno inmediato, en parajes condicionados por la humedad de arroyos cercanos y por un clima que modela la vegetación circundante. Su proximidad a vías locales -hoy convertidas en carreteras o caminos entre aldeas- sugiere una relación consciente con los ejes de tránsito.

 

Donde hay tumbas, el paisaje se transforma en memoria. La roca, material permanente, fue elegida para fijar una impronta que trasciende generaciones. Cada sepultura tallada representa una decisión colectiva, una inversión de tiempo y esfuerzo que refleja la importancia concedida al tránsito entre la vida y la muerte.

 

Desde el punto de vista periodístico, recorrer estos lugares es experimentar una sensación de extrañeza y continuidad: la certeza de hallarse ante un territorio donde el ser humano plasmó en la piedra su concepción más íntima del más allá. Desde el análisis académico, constituyen uno de los ejemplos más elocuentes de transformación social en la transición del mundo romano al medieval.

 

La Tierra de Cáceres ofrece, así, una casi inagotable fuente de conocimientos arqueológicos e históricos. Cada tumba vacía no es un silencio, sino una pregunta abierta. Y en esa pregunta reside su valor: obligarnos a repensar las categorías de ruptura y continuidad, de centro y periferia, de paganismo y cristianismo, en un territorio donde la roca conserva, aún hoy, la memoria de quienes la tallaron para hacer eterna su despedida.


viernes, 17 de abril de 2026

  

HIJADA DE VACA


Situada al sur de Malpartida de Cáceres, a apenas dos leguas de Cáceres, la Casa de Hijada de Vaca se alza como un testimonio sólido de la arquitectura señorial ligada al campo extremeño. Enclavada en un paisaje de dehesa, esta propiedad combina la función residencial con la explotación agropecuaria, reflejando un modelo económico y social característico de la región desde la Edad Moderna.

El edificio principal, fechado en el tercer cuarto del siglo XVI, responde a la tipología de los palacios urbanos trasladados al ámbito rural. Sus muros robustos y su traza señorial evocan una época de consolidación patrimonial, en la que las élites nobiliarias extendían su influencia más allá de las ciudades. Sin embargo, el paso del tiempo ha dejado huellas visibles: sobre sus renovadas cubiertas, los nidos de cigüeña introducen una imagen ambivalente, entre lo pintoresco y el deterioro.

 

Los primeros registros documEntales de la finca se remontan a 1694, cuando aparece en el Libro de Yerbas como propiedad del Conde de la Enjarada. No obstante, la tradición atribuye su origen a Juan de Moctezuma-Toledo, de quien habría pasado por herencia al citado conde. Este vínculo ilustra la compleja red de transmisiones nobiliarias que caracterizó la historia de la propiedad rural en Extremadura.

 

A mediados del siglo XVIII, la casa ya contaba con un amplio conjunto de dependencias: granero, pajar, corral, caballerizas y tinados para bueyes, configurando una explotación plenamente articulada. En 1791, la dehesa —junto con su palacete, ermita y anexos— pertenecía a los Duques de Abrantes, consolidando su relevancia dentro del patrimonio aristocrático de la época.

 

Ya en los inicios del siglo XX, el complejo había ampliado notablemente sus instalaciones. Además de la casa principal y la ermita, se documentan cuadras, cochera, tinado, dos pajares, quesera, corralada para cerdos, vivienda de porqueros, un molino harinero y cercas destinadas tanto al pasto como al forraje. Este desarrollo refleja la adaptación de la finca a las necesidades productivas de cada periodo, sin perder su carácter señorial.

 

Hoy, la Casa de Hijada de Vaca permanece como una pieza significativa del paisaje histórico de la comarca cacereña: un lugar donde arquitectura, linaje y actividad agropecuaria se entrelazan en una narración que atraviesa siglos.

La Casa de Hijada de Vaca responde a un modelo de arquitectura señorial rural que combina sobriedad defensiva y funcionalidad agropecuaria. El edificio principal presenta planta rectangular, articulada en torno a volúmenes de marcada personalidad. En el ángulo suroriental se eleva un cubo cilíndrico, configurado como una estructura de dos alturas cubiertas con bóvedas de cañón, que refuerza la sensación de solidez del conjunto. En el extremo opuesto, una gran chimenea adosada —arrancando desde la planta baja— subraya el carácter doméstico y productivo de la construcción.

 

La fachada principal concentra los elementos de mayor riqueza formal. La puerta de acceso, ejecutada en sillería, se enmarca mediante un alfiz moldurado que acoge un arco de medio punto formado por dovelas redondeadas. A ambos lados de la entrada, integrados en el mismo encuadre, se disponen sendos escudos heráldicos pertenecientes a los linajes Carvajal-Toledo y Saavedra-Figueroa, testimonio de las alianzas familiares y de la representación simbólica del poder en la arquitectura residencial de la época.

 

El conjunto se completa con diversas naves anexas destinadas a usos agropecuarios, que prolongan la funcionalidad económica de la finca, así como con una ermita exenta que refuerza su dimensión espiritual.

 

En el interior del edificio principal se aprecia una clara diferenciación constructiva entre niveles. Las estancias de la planta superior se cubren con techumbres de madera, propias de espacios residenciales más ligeros, mientras que en la planta baja predominan las bóvedas de aristas y de cañón, soluciones más robustas destinadas a soportar cargas y a garantizar condiciones térmicas estables.

 

La ermita, de planta rectangular, constituye una pieza singular dentro del conjunto. Está cubierta con una bóveda de media naranja sobre pechinas, decorada con nervios de estuco, obra fechable en el siglo XVIII. Actualmente cerrada al culto, albergó durante años un óleo sobre lienzo de la Virgen de Guadalupe, también del siglo XVIII, que presidía el altar mayor y que hoy pertenece a los antiguos propietarios. En su lugar se conserva un cuadro moderno de la misma advocación, manteniendo así la continuidad devocional del espacio, aunque desprovisto ya de su función litúrgica original.

 








sábado, 11 de abril de 2026

 

LA PLAZA DE TOROS DE CÁCERES Y LA ERMITA DE LOS MÁRTIRES

 

Esta ermita se encuentra en el Paseo Alto, en la propia capital cacereña, próxima a la Plaza de Toros que recibió el nombre de la propia ermita, Plaza de Toros de los Mártires.

La Plaza de Toros se construye entre los años 1844 y 1846, según las trazas del ingeniero Secundino Pelilla, encargándose de las obras de construcción Tejada. Tiene una extensión de 4073 m cuadrados y 45 m de diámetro, con un aforo de 7000 espectadores. La primera corrida se celebró el 6 de agosto de 1846 con los diestros José Redondo, “Chiclanero” y Gaspar Dias, con toros de Gaspar Muñoz. En esa misma fecha, Pascual Madoz la define como “la mejor plaza de España”[1].

El edificio se configura con el exterior en tres pisos: el primero con arcos ciegos, de sillería, en cada uno de los cuales se abren ventanas o puertas adinteladas rematadas con ventanas y hornacinas de medio punto, a modo de medias lunas. El segundo cuerpo se corresponde con los palcos del primer piso, definiéndose sucesivos tramos encuadrados por cornisas de cantería y pilastras adosadas, de sillería falsa, abriéndose ventanas pareadas, de medio punto, en cada uno de estos tramos. El último piso coincide con el segundo nivel de palcos, con las mismas características que el anterior, si bien aquí las ventanas son de menor altura. Todo ello se corona por otra cornisa y se remata con el tejado anular vertiendo a dos aguas. En el interior presenta un tendido con doce gradas de cantería labrada, a las cuales se accede por los vomitorios abiertos en la primera de las gradas, con su angosta adosada al callejón; también se accede desde la parte superior a través de las escaleras principales.

La ermita fue construida en el año 1860 en sustitución de la vieja ermita de los Mártires[2], que había  sido demolida para  poder construir en  su  lugar  la Plaza de Toros[3]. De la antigua ermita tenemos constancia documental de que fue ejecutada en la primera mitad del siglo XVI por el cantero trujillano Sancho de Cabrera[4], también tenemos constancia documental que ante el Arcediano de Plasencia don Francisco de Carvajal, acordaron Andrés Alonso y Diego de Roa “acabar la capilla de los Mártires en fin del mes de mayo primero que verná del año treynta e ocho (1538)”. Se le daría toda la piedra que estaba en el contorno de dicha iglesia, así de cantería como de otra cualquiera y la cal, arena y madera que estaba dentro de la dicha iglesia y el Arcediano les habría de pagar 35 maravedíes. Se entiende claramente que la iglesia o ermita de los Santos Mártires ya estaba construida y que los canteros Andrés Alonso y Diego de Roa lo que construyeron fue una capilla en el interior de la ermita[5]. El cantero Gaspar Catalán ejecutó hacia el año 1574 el portal de la ermita, ya desaparecido, que se apoyaba sobre la entrada y los laterales de la fachada de las capillas de la ermita, consistían en cinco portales separados por columnas de base y capitel toscanos, con arcos abovedados rebajados[6], la obra fue rematada en la segunda mitad del siglo XVI por Juan Mateos y otros maestros alarifes que fueron sus fiadores como Juan Michel y Gonzalo Martín[7].

La nueva ermita se ubicó próxima al coso taurino pero emplazado en un lugar más elevado. Es un edificio de mampostería enjalbegada. Se accede al interior con arco de medio punto en la fachada de los pies, sobre la que se eleva una sencilla espadaña con vano de medio punto. En su interior presenta una nave cubierta con bóveda de cañón, cabecera semicircular cubierta con bóveda de cuarto de esfera y dos sacristías simétricas, cuadradas, a los lados de la capilla mayor.

En su interior se conserva un óleo sobre lienzo del martirio de San Sebastián, del siglo XVII. También una escultura de la Virgen del Rosario con el Niño Jesús, de vestir, obra popular del siglo XVIII. Y se conservan dos imágenes que representan a los Santos Mártires San Fabián y San Sebastián, de escaso valor artístico, ya que las imágenes originarias han desaparecido.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

1.- Portales de la ermita de los Santos Mártires

 

Es condición que el oficial que se encargare de hazer el portal de la yglesia de los mártires será obligado a hazer quatro colunas de cantería con su basa y capitel y salmeres de cantería y lo demás de las bueltas an de ser de ladrillo entiendese que an de ser los arcos de la delantera del portal de un ladrillo de grueso y otro de alto y esto an de ser cinco arcos como se muestra en la traça.

Más a de aver dos arcos a los lados de ladrillo con sus salmeres de cantería y las frentes del pie derecho a de ser de cantería y entiendese que a la parte donde an de salmerar en la pared de la yglesia no a de aver pié derecho de cantería más del salmer donde naça la huella del arco ansi de la una parte de lado ques hazia el camyno del Casar como hazia lalberca.

Yten es condición q. las esquinas que an de servir destribos de estos arcos que an de ser de cantería hasta el tejado y por la parte de la delantera de los arcos an de tener quatro pies destribo y el pié derecho con su salmere de cantería y por los lados onde rresponden a de tener el estribo cinco pies y entiendese que estos pies derechos de los lados an de ser de ladrillo y medio de grueso y an de ser de cantería los pies derechos y salmeres como arriba esta dho y la buelta del arco de ladrillo y medio de alto el grueso y el punto lo que convenga.

Y quel oficial será obligado a desazer los tejados y los sillares de agora están hechos y antepecho, poyos y las gradas que fuere menester hazer para hazer la dha obra y ansi mismo bolver a hazer los dhos antepecho y poyos como agora están y el tejado maderillo y escañallo y echalle un solo de cal y una ala de ladrillo encima a costa del oficial a se le dar al oficial cal y arena y madera y clavazón y ladrillo y caña y alguna piedra de manpuesto si fuere menester y teja si faltare y entiendese que las pagas se darán en quatro partes la una en obligandose y la otra en trayendo la cantería que fuere menester al pie de la obra y la otra parte en estando asentada la cantería y la otra parte acabada la obra entiendese que an de dar fianças  a contento del mayordomo y a deponer mayordomo un oficial de su parte y el oficial que hiziere la obra y otro para que estos dos oficiales la vean y tasen con juramento si está conforme a la traça y condiciones de la obra y toda esta obra ha de ser encalada y cintada por dentro y por de fuera de cantería falsa y el oficial en que se rrematare la obra a de dar un ducado al oficial que hizo la traça y condiciones.

Mas el oficial en quien se rrematare la dha obra ha de ser obligado a enlosar el altar questá en el dho portal, entiendese que a de ser a la rredonda del dho altar losado que cada losa tenga media vara de ancho a lo menos un pie de estas losas an de bolver por la parte de afuera que haga una coxada. Gaspar Catalán. El contrato que otorgó el rematante Juan Mateos con sus fiadores Juan Michel y Gonzalo Martín fue ante Alonso de Figueroa, 9 mayo de 1574. 

 

 

 

 

 

 

 





 

 



[2] Encontramos referencias a la ermita ya en el año 1570: “Se acordó que el domingo venidero se vaya con la clerecía en procesión a los Mártires y se digan 9 misas de Ntra. Sra y se dé la limosna acostumbrada lo cual sea para suplicar a Ntro. Sr por la salud del pueblo y por los temporales”. Y en 1680: “Por falta de agua... se hicieron novenarios... y también se ha se había hecho procesión hasta los Mártires con la imagen de Ntra. Sra del Rosario, que está en el Convento de Santo Domingo y el Sumo. Cristo de Santa María, le sacó la cofradía al altar mayor”. . Corrales Gaitán, A: Ermitas cacerenses. Cámara de Comercio e Industria de Cáceres. Cáceres, 1998, p. 65.

[3] “El eremiterio era  uno de  los más antiguos  de  la  localidad  y databan  sus ordenanzas de 1466. Ya en 1573 aparece el concierto entre el arcediano Francisco de Carvajal  y Andrés Alonso  y Diego de Roa,  que  se  obligan  a  acabar  la capilla de los Mártires en fin del mes del mayo primero que vendrá del año de treynta e ocho, y en 1574 se remató la obra del portal de la ermita en Juan Mateos, que se obliga a hacerlo por la traza de Gaspar Catalán, obra con columnas de cantería, arcos de ladrillo y frentes de pie derecho de cantería, en realidad: cinco portales separados por sencillas columnas de base y capitel toscanos con arcos adoselados un tanto escarzanos o rebajados”. Según las aportaciones de Hurtado Pérez, P: Ayuntamiento y familias cacerenses, Cáceres, 1919.

[4] Pulido y Pulido atribuye a Sancho de Cabrera importantes obras en Cáceres según documentos del Archivo de Protocolos como la capilla mayor de la iglesia de Santiago, la ermita de los Mártires, la de San Antón, en Palacio de la Enjarada, etc…, Pulido y Pulido: Datos para la historia artística cacereña. Institución Cultural “El Brocense”. Cáceres, 1980, p. 105. No obstante, Carmelo Solís que realizó un profundo estudio de investigación sobre el arquitecto trujillano no hace mención alguna a su participación en la ermita de los Santos Mártires. Solís Rodríguez, C: “El arquitecto trujillano Sancho de Cabrera (1500-1574)”. Actas del V Congreso de Estudios Extremeños. Badajoz, 1976.

[5] Pulido y Pulido, 1980, 53.

[6] Escritura correspondiente en el registro notarial de Alonso de Figueroa, 9 de mayo de 1574. Cit. Pulido y Pulido, 1980, 116.

[7] Vid. Apéndice Documental.

domingo, 5 de abril de 2026

 

ICONO MARIANO, VIRGEN CON NIÑO OBRA INEDITA DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV

 

 

 

Icono Valenciano

En colección particular. Segunda mitad del siglo XV. Se encuentra en lamentable estado de conservación.

125 x 76 cms.

 

 

En colección particular de Aranjuez, población situada al sur de la Comunidad Autónoma de Madrid, hemos localizado una magnífica tabla (icono) de la segunda mitad del siglo XV[1], procedente de Valencia.

A lo largo del siglo XV Valencia conoce un notable desarrollo demográfico y económico que la convierte en una ciudad abierta y un gran centro comercial y financiero. La prosperidad otorgará a Valencia de un papel hegemónico entre las ciudades de la entonces Corona de Aragón y favorecerá un florecimiento cultural importante[2], acrecentado por su puerto, pues además de ocupar un lugar esencial en el comercio de cabotaje uniendo las costas catalanas y occitanas con las del sur de España y norte de África, se había convertido en una escala obligatoria en las comunicaciones marítimas entre el Mediterráneo y el Atlántico, llegando al puerto numerosos mercaderes y artistas extranjeros, especialmente italianos, y también alemanes y flamencos. Valencia se convirtió en la principal plaza bancaria de la Corona de Aragón, llegando a ser un centro financiero de primer orden. El auge económico elevó el nivel de vida de Valencia en la segunda mitad del siglo XV, produciendo un esplendor económico-social como testimonian los viajeros que la visitaron y dejaron constancia en sus escritos[3].

 

            El desarrollo económico tuvo su efecto cultural en un incremento notable del auge de la Iglesia valentina, aumentando su principal fuente de ingresos que eran los diezmos. El obispado de Valencia se convirtió en uno de los más ricos de la provincia eclesiástica Tarraconense, y a mediados del siglo XV ya era la mitra de mayor dotación económica de la Corona de Aragón, con 18.000 ducados de renta anual, superando a Barcelona y a Gerona[4].

            La riqueza puesta en manos de los eclesiásticos favoreció el florecimiento del arte sacro, gracias a las rentas de que disfrutaba el alto clero, pudiendo ejercer un espléndido mecenazgo en obras artísticas de gran belleza como este icono localizado en una casa particular de Aranjuez y que procede de Valencia, cuyas principales características son: Rostros y figuras de gran realismo y gran tamaño de influencia florentina; seguridad en el dibujo; composición caracterizada por figuras apretadas

Expresividad y variedad de gestos (gran tamaño de las manos y la cara); especial preocupación por la anatomía y la luz; alargamiento el canon en la figura humana y  contenido simbólico que repercute en el enriquecimiento de la iconografía. Los intercambios e influencias entre Oriente y Occidente, entre la pintura bizantina y el arte italiano, han quedado reflejados plásticamente en varias tablas, en accidentalizados iconos, que ejercieron un enorme interés entre los fieles valentinos. De Italia llegaron la mayor parte de “tablas de Oriente” que se conservan en la Comunidad Valenciana[5].

           

Por lo general esta obra inédita que presentamos en este trabajo, se caracteriza por un magnífico dibujo, la delicadeza en el uso de los colores y un gran naturalismo y refinada elegancia. La grandiosidad de las figuras con características del mundo flamenco, sobre todo en detalles y expresiones. Se respira el espíritu de la pintura italiana del Trecento, la elegancia de sus figuras, el refinamiento de la técnica, y también la influencia del arte bizantino.

Este icono está muy cercano al prototipo de Virgen de la Ternura o La Eleúsa, que es uno de los que más versiones y más variantes presenta en la pintura occidental, ya que la define el sentimiento que dejan traslucir los iconos en los que la Virgen y el Niño aparecen representados en una actitud más maternal y humana. Existe un gran afecto expresivo entre ambos, intimidad, ya que se representa a la Virgen –vestida con túnica roja y manto oscuro que cubre su cabeza y no permite ver el cabello, característica tan frecuente en los iconos postbizantinos más occidentalizados- sosteniendo al Niño con ternura e inclina levemente su cabeza para recibir la de su Hijo, que se nos ofrece casi desnudo cubriendo parte de su cuerpo con un manto púrpura y bendiciendo con la derecha al modo griego y dirigiendo la mirada al espectador, con abundante cabellera rubia ondulante. Un detalle tomado de los pintores del Trecento que se repite en todos los ejemplos de este singular prototipo iconográfico es la postura de las piernas del Niño: la derecha algo extendida y la izquierda doblada y, por tanto, representada sólo hasta la rodilla. Esta obra plásticamente los sentimientos y las emociones., detalles cotidianos consiguiendo la humanización del arte y que permitía identificar a los fieles con los personajes sagrados. Se observan algunas características típicas de los pintores italianos de iconos, como la robustez de la figura de María, los adornos góticos de la indumentaria y los marcados contornos en negro. María, pintada con una fina epidermis que resuelve su límpida tez virginal, una profunda mirada de ojos almendrados eco de la pintura bizantina asimilado por un pintor que conocía bien los modelos italianos, que conlleva implícito el irrepetible fiat de María que transformó la historia universal, la historia de la frágil condición humana. La figura de la derecha puede representar al arcángel Miguel vestido de peregrino, con cabellos ondulantes como el Niño, portando uno de los instrumentos de la Pasión.

Esta tabla, en definitiva, presenta algunos detalles primorosos como la fina factura, el dulce y delicado rostro de las figuras y la abundancia del dorado de fondo, que la revela como una obra de cierta calidad artística.

Una restauración avalada, con este documentado estudio previo podría legitimar y garantizar su adecuada conservación, y nos permitiría aproximarnos más a su origen y procedencia.

 



[1] Agradecimiento a don Carlos Alfonso Marcos Plaza

[2] Es muy expresiva la carta enviada en 1500 al papa Alejandro VI para pedirle la aprobación del Estudi General que se había creado, donde le hacían notar que la ciudad merecía esta distinción porque era “una de les principals e populosa delmón”. Archivo Municipal de Valencia, Lletres misives, 33, ff. 219vº-220 r. Valencia se encontraba demográficamente y económicamente al mismo nivel que ciudades como Roma, Gante o Génova.

[3] Munzer, H: Itinerarium Hispanicum, versión latina, recop. J. PUYOL, en Boletín de la Real Academia de la Historia, 1924, pp. 21-31; Dietari del capellà dÀnfós el magnànim, introducción, notas y transcripción por J. SANCHIS SIVERA, Valencia, 1932, p. 377.

[4] PONS ALOS, V: “La diócesis de Valencia durante los pontificados de los Borja”. Anales Valentinos, 53, 2001, pp. 93-96; SOBREQUES I VIDAL, S: “Láfer de les diócesis catalanes vacants en 1457-1460 i la politica italiana de Joan II”, en IX Congreso de Historia de la Corona de Aragón, III, Zaragoza, 1984, pp. 341 y ss.

[5] Existen obras en la iglesias parroquiales de Monteolivete y San Agustín; en el Real Monasterio de la Stma. Trinidad; en el Monasterio de Santa María del Puig; en el Convento de San Cristóbal; en el Museo Municipal Histórico de Valencia; Museo de Bellas Artes de Valencia y en la propia Catedral de Valencia; en el Monasterio de Santa Clara de Gandía, en el Convento de Corpus Christi de Villarreal o en el Monasterio de los padres Carmelitas del desierto de las Palmas en Castellón, por citar algunos ejemplos.


 


sábado, 4 de abril de 2026

 

CASETAS DE FIELATO DE TRUJILLO

En Trujillo se conservan tres casetas fielato. El fielato era una caseta o punto de control situado a la entrada de pueblos o ciudades, donde se cobraban impuestos municipales por el ingreso de mercancías, especialmente productos alimenticios. Estas estructuras fueron comunes en España hasta mediados del siglo XX, aunque su uso se remonta a épocas anteriores. Su objetivo principal era controlar el comercio local y asegurar que los ayuntamientos recaudaran los llamados "arbitrios", una especie de tasa por el transporte de productos dentro del término municipal.

Los fielatos solían estar atendidos por funcionarios conocidos como fieles, quienes inspeccionaban las mercancías transportadas por agricultores, comerciantes o repartidores. Estos trabajadores calculaban el impuesto correspondiente según el tipo y cantidad de producto que se introducía en la población. Se trataba de un sistema rudimentario de aduana local, que muchas veces generaba molestias entre los ciudadanos por su carácter obligatorio y su impacto en los precios de venta.

La presencia de estas casetas era especialmente significativa en los accesos principales de las ciudades, donde se concentraba el tráfico de carros, animales de carga y posteriormente vehículos motorizados. Su arquitectura variaba: desde simples barracas de madera hasta construcciones de piedra o ladrillo con cierto carácter oficial. En muchos casos, los fielatos llegaron a convertirse en pequeños hitos urbanos, fácilmente reconocibles por la población.

Con el tiempo, la función de los fielatos fue desapareciendo, especialmente con la modernización del sistema fiscal y la mejora en la organización administrativa del comercio. A mediados del siglo XX, su uso decayó casi por completo, y hoy en día solo sobreviven algunos como elementos históricos o convertidos en locales municipales. No obstante, su memoria persiste como un símbolo de una época en que el control del comercio local se realizaba de forma directa y visible, en una época anterior a la globalización y los sistemas impositivos actuales.