sábado, 3 de enero de 2026

 

 

Un Niño Jesús de Juan de Mesa

 

Autor: Fundidor anónimo sevillano, sobre modelo atribuido a Juan de Mesa

Material: Vaciado en bronce con baño de plata

Cronología: Primer tercio del siglo XVII

Medidas: Altura total: 57 cm

 

La obra objeto de estudio se inscribe plenamente en el contexto de la escultura sevillana del primer tercio del siglo XVII, momento de extraordinaria vitalidad artística marcado por la consolidación del naturalismo barroco. Sevilla, como principal centro artístico de la Monarquía Hispánica, concentró en estas décadas una intensa actividad escultórica, articulada en torno a la estela estética de Juan Martínez Montañés (1568–1649), cuya influencia se proyectó de manera decisiva sobre discípulos, seguidores y escultores vinculados a su círculo, entre ellos Juan de Mesa y Velasco (1583–1627).

El presente vaciado en bronce, posteriormente plateado, responde a una práctica habitual en el ámbito devocional y coleccionista del periodo, consistente en la reproducción de modelos escultóricos de éxito mediante moldes derivados de originales en madera policromada. La técnica del vaciado metálico permitía una difusión controlada de iconografías y tipologías formales asociadas a maestros reconocidos, adaptándolas a un mercado culto y devoto.

Desde el punto de vista formal, la pieza presenta una cabeza de proporciones acusadas, con un tratamiento volumétrico notable que evidencia un alto dominio técnico del modelado. El rostro, de expresión ensimismada y ligeramente melancólica, se caracteriza por facciones redondeadas: ojos almendrados de párpados bien definidos, carrillos prominentes, nariz corta y ancha, y labios finos, de delicada factura. La mirada, carente de tensión expresiva extrema, refuerza una sensación de recogimiento interior, rasgo frecuente en la producción escultórica sevillana del momento.

La cabeza aparece levemente inclinada, recurso compositivo que intensifica el carácter introspectivo del conjunto y establece un sutil dinamismo, alejándose de la estricta frontalidad clasicista. Este gesto conecta con las soluciones formales ensayadas por Juan de Mesa en sus obras maduras, donde el pathos se expresa de manera contenida pero eficaz.

Especial relevancia adquiere el tratamiento de la cabellera, auténtico eje estructurador de la composición. El cabello, densamente rizado y de acusado claroscuro, se organiza en una compleja estructura trilobulada, con una moña central elevada que avanza en pico hacia la frente despejada, generando dos marcadas entradas laterales. Los rizos, minuciosamente trabajados, se arremolinan en torno al óvalo facial, potenciando el volumen de las sienes y descendiendo en espesas patillas que enmarcan el rostro.

Este esquema capilar remite claramente a las tipologías difundidas por Juan Martínez Montañés, especialmente en lo relativo al ritmo curvilíneo y al protagonismo del mechón central. No obstante, la mayor abultación craneal, la frontal más despejada y la acentuación del volumen general distancian la obra de los modelos estrictamente montañesinos y la aproximan a las especulaciones formales de Juan de Mesa, quien reinterpretó dichas fórmulas con mayor intensidad expresiva y rotundidad volumétrica.

El vaciado en bronce, de notable calidad, evidencia un proceso técnico cuidado, con especial atención al detalle en zonas de difícil resolución como el rizado del cabello y los rasgos faciales. El posterior baño de plata no solo incrementa el valor material de la pieza, sino que responde a una intención estética y simbólica, vinculada a la nobleza del material y a su adecuación para el ámbito devocional o coleccionista.

En conjunto, la obra constituye un testimonio significativo de la difusión de modelos escultóricos sevillanos en el primer Barroco, así como de la pervivencia y reinterpretación del lenguaje formal de Montañés a través de artistas como Juan de Mesa. Su calidad técnica, la coherencia estilística y la fidelidad a los cánones estéticos del periodo permiten situarla con solvencia dentro de la producción seriada o semi-seriada derivada de moldes asociados al círculo sevillano de comienzos del siglo XVII.

Se trata, por tanto, de una pieza de notable interés histórico-artístico, tanto por su valor como objeto escultórico autónomo como por su capacidad para ilustrar los mecanismos de transmisión de modelos y estilos en la Sevilla barroca.

El modelo anatómico responde a una composición armoniosa, sustentada en un contrapposto equilibrado que revela con claridad el naturalismo característico de la producción de Juan de Mesa. La figura presenta un modelado blando y carnoso, atento a la recreación minuciosa de los pliegues y rebosamientos propios de las articulaciones. Las carnes se muestran rotundas y abundantes, especialmente en las caderas, los glúteos y los tobillos, así como en los brazos y las piernas, de musculatura fornida y poderosa presencia volumétrica.

Los brazos aparecen ligeramente separados del torso, reforzando la sensación de tridimensionalidad y evitando la rigidez compositiva. La mano derecha se dispone en actitud de bendecir, gesto de profundo significado teológico y devocional que conecta la imagen con la iconografía del Niño Triunfante. El volumen general de la obra resulta especialmente audaz, con un modelado más duro y abultado de lo habitual en la escultura de Juan Martínez Montañés, orientado a la búsqueda de una plasticidad rotunda y afirmativa de las carnes.

Este planteamiento formal alcanza tal grado de afinidad con el lenguaje de Juan de Mesa que llega a reproducir con notable fidelidad la interpretación de piernas y caderas presente en algunas de sus obras documentadas, donde los rebosamientos carnosos y los pliegues en tobillos y rodillas adquieren un protagonismo estructural. Tales rasgos permiten distanciar la pieza del canon montañesino más contenido y aproximarla a la estética mesina, caracterizada por una mayor intensidad volumétrica y expresiva.

En relación con la iconografía, Jesús Palomero distingue tres grandes versiones desarrolladas por el arte sevillano en torno a esta tipología infantil: en primer lugar, el Niño recién nacido de la Nochebuena; en segundo término, el Niño ataviado como Nazareno, identificado con la Pasión; y, finalmente, el Niño Triunfante, representado con una edad aproximada de cuatro años, bendiciendo con la diestra como vencedor sobre el pecado y la muerte. La obra aquí analizada se adscribe con claridad a esta última tipología, tanto por la actitud gestual como por la concepción anatómica y expresiva de la figura.

El destino original de este tipo de esculturas fue fundamentalmente el oratorio privado, concebido para el ámbito íntimo de la devoción personal. Con el tiempo, muchas de estas imágenes pasaron a comunidades conventuales, bien como donaciones, legados testamentarios o como parte de la dote aportada por las religiosas al ingresar en clausura, donde el Niño Jesús actuaba como trasunto simbólico del “dulce Esposo”. En estos contextos, las esculturas eran ubicadas en retablos, capillas interiores o espacios de especial recogimiento.

En consecuencia, los principales depositarios de este tipo de imágenes han sido históricamente las comunidades religiosas femeninas. Si bien esta circunstancia ha permitido, en muchos casos, la conservación de un patrimonio de extraordinario valor, también ha contribuido a que dichas colecciones permanezcan en gran medida desconocidas o insuficientemente catalogadas. Solo en casos excepcionales, como las clausuras vallisoletanas estudiadas por Arias, Hernández y Sánchez (1999; 2001; 2004), o la colección del monasterio de las Descalzas Reales de Madrid (García, 2010), se ha abordado un análisis sistemático de este conjunto patrimonial.

A esta problemática se suma la progresiva reducción del número de conventos en las últimas décadas, con el consiguiente traslado y redistribución —no siempre suficientemente documentada— de los bienes pertenecientes a cenobios extinguidos entre otras casas de la misma orden. Estas circunstancias dificultan notablemente el estudio, contextualización y atribución de estas esculturas, incrementando, a su vez, el valor histórico y documental de las piezas que han logrado mantenerse identificadas y conservadas en su integridad.

Quizás son las imágenes del Niño Jesús las que escapan en más ocasiones del cerrado espacio de la devoción privada pasando a tener un protagonismo público, pues muchos de ellos fueron comisionados por hermandades eucarísticas para sus procesiones de gloria, y de otros sabemos de su salida ocasional al exterior de los conventos para formar parte de las arquitecturas efímeras elevadas en festividades de variado tipo.

Con la llegada del Renacimiento se inicia la denominada Era Científica, contexto en el que se renueva de manera sustancial el interés por los metales y sus aleaciones, tanto desde una perspectiva teórica como práctica. Este renovado interés queda reflejado en una abundante producción bibliográfica especializada. Sirva como ejemplo fundamental el tratado De Re Metallica, escrito y publicado en latín por Georg Bauer (Agricola) en Alemania, obra de referencia para el conocimiento de la minería y la metalurgia modernas.

En el ámbito hispano también se desarrolló una destacada literatura técnica sobre el empleo de los metales. Así, en España se publican textos como el Repertorio perpetuo o Fábrica del Universo (1563), dedicado al uso de los metales, y De Re Metálica (1569), ambos debidos al controvertido Bernardo Pérez de Vargas, astrólogo, astrónomo y alquimista. No obstante, dentro del marco de la Hispanidad destaca de manera sobresaliente la obra Arte de los Metales de Álvaro Alonso Barba, natural de Huelva y cura en Potosí. Este tratado, redactado en 1637 por encargo de la Real Audiencia de Charcas y remitido al Consejo de Indias para su posterior impresión en Madrid en 1640, constituye sin duda el más completo y avanzado tratado de metalurgia del siglo XVII, además de un magnífico ejemplo de la reciprocidad cultural y técnica entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

En el ámbito escultórico, a comienzos del siglo XVII se produce en España una notable expansión del uso del plomo como material artístico, hasta entonces escasamente empleado. Este auge debe ponerse en relación directa con la capacidad de dicho metal para reproducir de manera mimética, y a un coste sensiblemente inferior al del bronce o la madera policromada, los modelos escultóricos demandados por la clientela. A este rápido incremento alude Francisco Pacheco en su tratado Arte de la Pintura, redactado entre 1634 y 1638 y publicado póstumamente en 1649, cuando señala que «en este tiempo, con la demasía de cosas vaciadas, particularmente de Crucifijos y de Niños, se ha introducido el encarnar de mate sobre todos metales». Pacheco distingue, además, entre figuras de pequeño formato y «cosas mayores y Niños o imágenes grandes» al desarrollar su método de aplicación de la encarnación sobre metal (Marcos Villán).

Por otro lado, los avances técnicos en la fundición de metales desde mediados del siglo XVI permitieron la recuperación de la técnica de los moldes por piezas, prácticamente olvidada desde la Antigüedad clásica. Mediante este procedimiento indirecto de fundición a la cera perdida era posible obtener, a partir de un original en madera, barro, yeso u otro material —que se preservaba de su destrucción—, réplicas de alta calidad. Dichos originales servían como guía para el acabado final, siendo necesarias, en todo caso, las intervenciones últimas del maestro para corregir los defectos inherentes al proceso. Tal como señala Gaurico en De Sculptura (1504), estos defectos se resumen en el exceso y la falta: el primero se corrige mediante el cincel y la lima, mientras que el segundo admite dos soluciones, la adición o la soldadura.

Desde un punto de vista técnico e industrial, la existencia de un establecimiento de primer orden como la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, asentada en la ciudad desde 1565, resultó determinante para el desarrollo de la escultura metálica. Dirigida por fundidores expertos como Bartolomé Morel o Francisco Ballesteros, y apoyada por artesanos extranjeros —frecuentemente de origen flamenco—, esta infraestructura facilitó notablemente la difusión y perfeccionamiento del uso del plomo fundido en el ámbito escultórico.

A estas ventajas se sumaba la relativa sencillez con la que el plomo podía recibir un acabado policromo de calidad comparable al de la escultura en madera. El propio Pacheco afirma con orgullo en su tratado haber sido el primero, a comienzos del siglo XVII, en aplicar una encarnación mate a un crucifijo de bronce «de cuatro clavos, de los de Miguel Ángel», vaciado que había traído de Roma el platero Juan Bautista Franconio, subrayando así la modernidad y la experimentación técnica que caracterizan este momento de transición en la escultura barroca sevillana (Marcos Villán).

Lamentablemente, este tipo de obras no parece haber dejado un rastro documental sistemático, circunstancia que puede explicarse por el hecho de que no solían ser contratadas mediante los cauces habituales, sino elaboradas directamente en los talleres escultóricos y posteriormente ofrecidas a la clientela que acudía a los mismos. Esta práctica, de carácter más flexible y orientada al mercado, dificulta hoy su identificación en fuentes archivísticas tradicionales.

Los escasos datos disponibles sobre la valoración económica de imágenes realizadas en plomo proceden de los estudios de Jesús Palomero (1996, p. 329), a partir de los registros de embarque conservados en la Casa de la Contratación de las Indias. En dichos documentos se establece una tasación diferenciada para los Niños Jesús “Triunfantes” según el material empleado: 200 reales para los ejemplares en madera policromada, 175 reales para los realizados en bronce y 110 reales para los vaciados en estaño o plomo. A estas cantidades debía añadirse un incremento aproximado del 25 % correspondiente al valor de la peana, habitualmente compuesta por uno o dos cojines superpuestos (Marcos Villán).

En este contexto de circulación constante de artistas, técnicas y modelos entre Flandes y Sevilla debe situarse una interesante escultura del Niño Jesús Triunfante realizada en bronce, de 44 cm de altura, con una peana de 14 cm, actualmente conservada en el Museo de Santa Cruz de Toledo (n.º de inventario 1925). Aunque el modelo guarda una estrecha relación con la talla del Niño Jesús atribuida a Francisco de Ocampo (1607), conservada en el monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce, la extraordinaria riqueza de los materiales empleados —bronce dorado al fuego para la escultura y caoba con apliques de bronce para la peana—, así como la presencia de un monograma no identificado inciso en la planta del pie izquierdo, avalan su realización en talleres flamencos especializados en la reproducción de modelos sevillanos (Marcos Villán).

La presencia en Sevilla de fundidores y artistas flamencos dedicados al vaciado en plomo, como Pablo Legot o Diego de Oliver (Palomero, 2007: 110–111), está ampliamente documentada. Asimismo, se conocen con precisión sus relaciones comerciales y contractuales con maestros de primer orden como Juan Martínez Montañés o Juan de Mesa (Palomero Páramo), lo que permite deducir la existencia de una estrecha colaboración entre escultores, fundidores y talleres especializados.

Esta red de relaciones respondió, en gran medida, a la creciente demanda tanto del mercado peninsular como, especialmente, del americano, convirtiéndose en un negocio floreciente. Dentro de esta producción, la iconografía más solicitada fue, sin duda, la del Niño Jesús Triunfante, aunque no faltaron otras representaciones devocionales. La fabricación adquirió en muchos casos un carácter “semiindustrial”, desarrollada en los propios talleres de los maestros o bajo su supervisión, a la que se sumó una abundante serie de vaciados de menor calidad, que no pasaban de ser variaciones o interpretaciones desafortunadas de los modelos originales.

Este fenómeno explica tanto la amplia difusión de determinadas tipologías escultóricas como la desigual calidad de las obras conservadas, reforzando la importancia de un análisis estilístico y técnico riguroso a la hora de valorar y contextualizar cada pieza concreta.

Al analizar los ejemplares conservados de esta tipología de escultura devocional en plomo se constata la coexistencia de una notable diversidad temática y de tamaños, así como una clara heterogeneidad en los niveles de calidad. No obstante, conviene subrayar que un número significativo de estas obras refleja con gran fidelidad el elevado nivel artístico de los modelos originales de los que derivan. Se trata, en muchos casos, de reproducciones rigurosas que, tras el proceso de fundición, eran sometidas a un cuidadoso repasado y acabado, culminado con la aplicación de una policromía de calidad comparable a la de los mejores ejemplares en madera. A ello se añadía la ventaja de su menor coste, especialmente frente a los elevados honorarios exigidos por los maestros más cotizados del momento, como Juan Martínez Montañés.

Esta combinación de calidad artística, eficacia técnica y accesibilidad económica explica que muchas de estas esculturas de plomo fueran altamente valoradas en su tiempo, vinculándose estrechamente a las prácticas devocionales privadas y al mecenazgo de las élites españolas. Un ejemplo paradigmático lo constituye uno de estos Niños Jesús de plomo, conocido como El Emperador, conservado en la clausura del monasterio de Santa Clara de Carrión. Esta imagen fue donada en 1619 por el rey Felipe III a la madre Luisa de la Ascensión, la célebre “monja de Carrión”, figura de notable influencia espiritual y social en la España del primer Barroco.

En otros casos, estas esculturas llegaron a los conventos como donaciones de miembros de la alta nobleza. Así ocurre con el Niño dormido sobre cruz y calavera donado a mediados del siglo XVII por doña Leonor Centurión y Mendoza, esposa del III marqués de Estepa, al convento de Santa Clara de dicha localidad. De igual modo, destaca el legado realizado en 1702 por la duquesa de Viana, doña María Magdalena Pimentel, a los jesuitas vallisoletanos, consistente en un Niño Jesús y un Ecce Homo, actualmente conservados en el relicario de la parroquia de San Miguel, antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús.

Las élites eclesiásticas participaron igualmente de este aprecio por la escultura devocional en metal. Resulta ilustrativo el caso de la Inmaculada que poseía en su oratorio privado el Inquisidor General don Bernardo de Sandoval y Rojas (1546–1618), cardenal y arzobispo de Toledo, tío del duque de Lerma y una de las figuras más influyentes del reinado de Felipe III. Asimismo, cabe mencionar el Niño Jesús de la parroquia de la Concepción de La Laguna (Tenerife), enviado en 1634 por los testamentarios de don Juan Manuel Suárez, canónigo de la catedral de Sevilla, quien dispuso en su testamento la donación de esta imagen, procedente de su oratorio privado, a la iglesia de su ciudad natal.

En este punto resulta necesario señalar que, pese a las referencias documentales que acreditan la existencia de obras de esta tipología realizadas en bronce —como las valoraciones consignadas en los registros de la Casa de la Contratación—, apenas se conservan ejemplares identificados con certeza en dicho material. Entre los pocos casos conocidos se encuentra un Niño Jesús de 53 cm de altura, catalogado como de bronce, conservado en el convento madrileño de las mercedarias de Don Juan de Alarcón. Esta escasez podría explicarse, en parte, por el enmascaramiento del material base mediante la policromía, circunstancia que permite plantear la hipótesis de que algunos de los ejemplares tradicionalmente considerados como de plomo sean, en realidad, vaciados en bronce.

El empleo del bronce y, especialmente, de aleaciones de menor punto de fusión —como el peltre, compuesto de plomo con proporciones variables de estaño y antimonio—, unido al menor coste del material y de su labra, así como al acceso a una creciente demanda de escultura devocional de pequeño formato, propició que Sevilla se consolidara, desde finales del siglo XVI, como el principal centro proveedor en el ámbito hispano de este tipo de imágenes vaciadas en metal. Estas piezas, gracias a su acabado polícromo, competían ventajosamente con la escultura en madera, tal como certifica Francisco Pacheco en su tratado Arte de la Pintura, publicado en 1649.

Es precisamente en este contexto donde se hace más evidente la calidad excepcional y la rareza de la escultura objeto del presente estudio, ejecutada en un material generalmente reservado a obras de carácter cortesano o de especial relevancia. La dificultad inherente al uso del bronce —cuyo punto de fusión se sitúa en torno a los 900 °C—, junto con la complejidad técnica de los procesos metalúrgicos necesarios para su vaciado y el elevado precio que alcanzaba este metal en el mercado (baste recordar que la fabricación de cañones de bronce suponía un coste aproximado de 16 ducados por cada 100 kilogramos), limitaban su empleo a encargos de alto nivel económico y simbólico.

No obstante, la presencia en Sevilla de la Real Fábrica de Artillería, establecida en la ciudad desde 1565, debió facilitar en cierta medida el acceso a estas técnicas y materiales, permitiendo su aplicación ocasional en el ámbito escultórico. Este factor, unido al conjunto de circunstancias anteriormente expuestas, perfila con claridad la importancia del donante y del destino original de la obra, y subraya el carácter exclusivo del encargo.

En consecuencia, no resulta arriesgado proponer que la pieza fuese realizada en uno de los talleres hispalenses de mayor prestigio del momento. Resulta patente la estrecha similitud de su matriz —entendida como el modelo originario o germen del vaciado— con los mejores Niños Jesús atribuibles al círculo de Juan de Mesa, tanto en lo que respecta a la concepción anatómica como a la estética general de la obra. Estos paralelismos formales y técnicos invitan a proponer la autoría de Juan de Mesa para el modelo original, del que esta escultura constituiría una réplica fidedigna, ejecutada en bronce y posteriormente bañada en plata.

Como era habitual en este tipo de producciones, la pieza habría requerido los últimos retoques del maestro para corregir los defectos propios del proceso de fundición, conforme a lo señalado por Gaurico en De Sculptura (1504), quien identifica el exceso y la falta como los principales problemas a resolver mediante el cincel, la lima, la adición o la soldadura. Todo ello refuerza la consideración de esta obra como un testimonio excepcional de la escultura devocional sevillana del primer Barroco, tanto por la nobleza de su material como por la calidad y coherencia de su lenguaje formal.

 

 

Bibliografía

 

Francisco Pacheco, 1649. “El Arte de la Pintura”. Sevilla

 

Marcos VillánMiguel Ángel., 2013. Modelos compartidos: Sobre el uso del plomo en la escultura barroca española. Ministerio de Cultura (España), Museo Nacional de Escultura, Valladolid.

 

Moreno de Soto Pedro Jaime., 2015.  ”La escultura barroca en plomo de Osuna”, Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, n.º 17 (2015), pp. 100-110.