miércoles, 15 de julio de 2026

 

Evolución histórica, arquitectónica y funcional del castillo de Santibáñez el Alto

El castillo de Santibáñez el Alto constituye uno de los principales complejos fortificados del norte de la actual provincia de Cáceres. Situado en una posición topográfica dominante, en las inmediaciones del núcleo urbano homónimo, su evolución histórica estuvo estrechamente vinculada al control territorial y a las transformaciones políticas experimentadas por el sector occidental de la península ibérica durante la Edad Media. La fortificación aparece asociada en las fuentes medievales a las denominaciones de «Maṣkar-As» o «Maṣkaras» en el ámbito andalusí y «San Juan de Mascoras» en la documentación cristiana.

La ocupación del cerro sobre el que se asienta Santibáñez el Alto parece remontarse a periodos anteriores a la Edad Media. Las investigaciones arqueológicas más recientes plantean la posible existencia de un asentamiento de cronología calcolítica, sucedido posteriormente por una ocupación de carácter prerromano. Estos antecedentes permiten interpretar el emplazamiento como un espacio de interés estratégico desde épocas tempranas, favorecido por sus condiciones naturales de defensa y por su amplio dominio visual sobre el territorio circundante.

No obstante, la configuración del enclave como centro fortificado debe situarse, con mayor seguridad, en los primeros siglos de al-Andalus. Entre los siglos VIII y IX habría existido un modesto ḥiṣn, probablemente relacionado con comunidades de origen bereber asentadas en el territorio. Este primer establecimiento defensivo constituiría el núcleo inicial de un complejo arquitectónico que experimentó numerosas modificaciones durante los siglos posteriores.

La importancia del lugar se explica fundamentalmente por su posición geoestratégica. El enclave se encontraba integrado en un territorio políticamente inestable y sometido a la competencia de diferentes poderes peninsulares. Desde época emiral, el control de la fortificación debió de adquirir una notable relevancia dentro de las estrategias de dominio territorial y vigilancia de las vías de comunicación regionales.

Entre los siglos IX y XI, la evolución de Maṣkaras estuvo condicionada por la política territorial del Emirato y, posteriormente, del Califato de Córdoba. Las noticias conservadas sobre el enclave se relacionan fundamentalmente con los intereses del poder cordobés y con las campañas militares desarrolladas durante el periodo de Almanzor. Aunque las referencias documentales son fragmentarias, permiten situar la fortificación dentro de las dinámicas políticas y militares del occidente andalusí.

Tras la desintegración del Califato de Córdoba y la formación de los reinos de taifas, el territorio experimentó una creciente inestabilidad. La expansión de la monarquía leonesa hacia el sur convirtió esta región en un espacio fronterizo sometido a frecuentes cambios de dominio. Resulta significativo que las crónicas cristianas mencionen el enclave de manera relativamente escasa, pese a su evidente importancia estratégica.

La posterior presencia almorávide y, especialmente, almohade supuso una nueva fase de transformación de las estructuras defensivas. A este último periodo parece corresponder una de las manifestaciones arqueológicas más relevantes conservadas en el castillo: el gran aljibe situado en el patio de armas.

Durante la expansión leonesa de la segunda mitad del siglo XII, Fernando II alcanzó este territorio acompañado por contingentes vinculados a la Orden del Temple. Estas operaciones, desarrolladas aproximadamente entre 1166 y 1170, se produjeron en un contexto de enfrentamientos y negociaciones con el poder almohade. El posterior acuerdo con el califa Abū Yaʿqūb Yūsuf I permitió mantener una situación política temporalmente estable hasta aproximadamente 1173.

Pese a la presión cristiana, Santibáñez permaneció bajo dominio almohade hasta las campañas de Alfonso IX de León. La conquista definitiva del enclave se produjo en 1212 con la participación de la Orden de Alcántara. A partir de este momento comenzó una nueva etapa política, administrativa y arquitectónica.

Tras la conquista cristiana, el castillo quedó integrado en las estructuras territoriales de la Orden de Alcántara. Su proximidad a la frontera portuguesa incrementó considerablemente su valor estratégico, circunstancia que favoreció la creación de una encomienda con sede en Santibáñez.

La implantación de la administración alcantarina modificó progresivamente la función del antiguo recinto militar. Sin perder completamente su carácter defensivo, el castillo comenzó a transformarse en una fortaleza-palacio destinada a residencia de los comendadores. Este proceso implicó la construcción y remodelación de dependencias domésticas, administrativas y representativas.

La complejidad arquitectónica actualmente observable es consecuencia de las numerosas fases constructivas desarrolladas durante la Edad Media. Sobre el primitivo establecimiento andalusí intervinieron sucesivamente poderes leoneses, almorávides, almohades y, finalmente, la Orden de Alcántara. La posible presencia templaria durante las campañas de Fernando II constituye igualmente un episodio relevante dentro de la evolución histórica del enclave.

La arquitectura del castillo se encuentra profundamente condicionada por la orografía del cerro. La necesidad de adaptar las estructuras defensivas a un terreno abrupto determinó la configuración de una planta irregular. Desde una perspectiva arquitectónica, el conjunto puede definirse como un complejo fortificado compuesto por tres recintos concéntricos claramente diferenciados.

El primer recinto corresponde al alcázar o núcleo principal, situado en el punto de mayor elevación de la colina, hacia el sector noroccidental. El segundo espacio puede identificarse con la alcazaba o qaṣaba, posteriormente ocupada en parte por el antiguo cementerio municipal. Finalmente, un tercer recinto estaba constituido por la muralla urbana, tradicionalmente denominada de manera imprecisa «barbacana». Esta estructura se proyectaba principalmente hacia el este y protegía el caserío desarrollado bajo la fortaleza.

La conservación de estos sectores es desigual. Mientras determinados lienzos y estructuras defensivas mantienen parcialmente su configuración histórica, el recinto principal se encuentra profundamente alterado. El expolio secular de materiales constructivos y, especialmente, la construcción de un depósito de agua hacia 1973 provocaron una importante destrucción de sus restos arqueológicos.

El alcázar constituía el núcleo político, militar y residencial del conjunto. Su organización interna experimentó sucesivas transformaciones a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna. Una parte significativa de nuestro conocimiento sobre este sector procede de la documentación relativa a las obras dirigidas por el arquitecto Pedro de Ibarra durante el siglo XVI.

La construcción más destacada era la torre del homenaje, organizada en tres niveles. La documentación menciona igualmente una «Sala Grande», cocinas y diversas dependencias domésticas. Entre las estructuras defensivas aparece citada la denominada «torre vana», identificada con una torre albarrana.

Las diferentes dependencias se distribuían alrededor de un patio central empedrado. Otros documentos conservados en el Archivo Histórico Nacional describen la existencia de una «casa fuerte», expresión que parece referirse a una residencia organizada mediante varias crujías en torno a un espacio central. En estas estructuras existían dormitorios, salones, chimeneas y otras dependencias destinadas a la vida cotidiana de los comendadores y su entorno doméstico.

Esta organización arquitectónica evidencia la progresiva transformación del castillo medieval en una residencia fortificada de carácter señorial y administrativo.

El segundo recinto concentraba diferentes construcciones vinculadas al funcionamiento cotidiano del castillo. La documentación histórica señala la existencia de habitaciones destinadas al personal, caballerizas, graneros y una tahona.

En este sector se encontraba asimismo una iglesia o capilla dedicada a Santa María de los Milagros. Durante los siglos XIX y XX se incorporaron a sus inmediaciones estructuras relacionadas con la función funeraria del recinto, entre ellas un depósito de cadáveres y un panteón organizado mediante nichos.

El acceso al recinto se realizaba a través de diferentes puertas, entre las que se mencionan la «Puerta de Hierro» o puerta de Poniente y una puerta meridional. Las fuentes documentales citan igualmente la «Torre de la Campana» y la «Torre del Gallo».

En la actualidad, gran parte de estas construcciones ha desaparecido. Únicamente son reconocibles algunos restos de la antigua iglesia en el sector sureste. Tanto el recinto principal como el segundo recinto estuvieron originalmente coronados por sistemas de almenado, reforzando el carácter militar del conjunto.

Uno de los elementos arqueológicos más singulares del castillo es el gran aljibe semienterrado situado en el patio de armas. Su importancia no deriva únicamente de su función hidráulica, esencial para garantizar el abastecimiento de agua durante situaciones de aislamiento o asedio, sino también de la presencia de una inscripción árabe ejecutada en escritura cursiva.

La decoración epigráfica se encuentra acompañada por elementos ornamentales, entre ellos una rosácea y pequeños arquillos. Por sus características formales y estilísticas, la inscripción ha sido relacionada con el contexto almohade del territorio cacereño y fechada aproximadamente entre 1178 y 1196.

La inscripción fue identificada en 2003 por la investigadora Sophie Gilotte. Una primera propuesta de lectura permitió reconocer una fórmula religiosa islámica iniciada mediante la basmala: «En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso…».

Las actuaciones arqueológicas y de restauración desarrolladas entre 2021 y 2023 permitieron revisar la interpretación epigráfica. La nueva propuesta de lectura reconoce diversas expresiones de carácter religioso y teológico: «En el nombre de Dios, mandé (…) Todo pertenece a Dios (…) Dios es majestad (…) Dios es Señor de los mundos».

La inscripción constituye un testimonio excepcional de la fase almohade del castillo y aporta información directa sobre la monumentalización del enclave durante las últimas décadas del dominio islámico.

El tercer recinto defensivo corresponde a la muralla urbana, tradicionalmente identificada como «barbacana». Sin embargo, desde un punto de vista arquitectónico y funcional, esta denominación resulta inexacta, puesto que la estructura constituía un auténtico cinturón defensivo destinado a proteger el núcleo habitado.

La muralla presenta una planta aproximadamente semicircular y se encuentra reforzada mediante cinco cubos defensivos de planta semicircular. Su construcción se sitúa entre 1337 y 1340, durante el maestrazgo de Gonzalo Martínez de Oviedo.

Las fábricas combinan sillarejo y mampostería, técnicas constructivas ampliamente utilizadas en la arquitectura militar medieval de la región. La documentación de mediados del siglo XVI refleja el avanzado deterioro de determinados sectores de la muralla y la necesidad de realizar sucesivas campañas de reparación.

El recinto contaba con al menos tres accesos. La denominada Puerta Principal o Puerta de la Villa constituye el ingreso de mayor relevancia y presenta características arquitectónicas de tradición renacentista. Al norte se situaba la «Puerta de Gata», mientras que en el sector noroccidental existía un pequeño postigo próximo al espacio actualmente ocupado por la plaza de toros.

Durante la segunda mitad del siglo XVI se desarrollaron importantes trabajos de reparación destinados a detener el progresivo deterioro del conjunto. Los informes y pliegos de obras conservados muestran la existencia de numerosos problemas estructurales tanto en las murallas como en las dependencias interiores.

Sin embargo, desde finales del siglo XVII o durante la primera mitad del siglo XVIII, el castillo comenzó a perder definitivamente su función residencial y administrativa. Los comendadores dejaron de habitar la fortaleza y las estructuras entraron en un proceso progresivo de abandono.

La documentación municipal digitalizada permite conocer la existencia de un informe fechado en 1739 en el que se describía el estado de ruina del conjunto. En este contexto se autorizó el aprovechamiento de materiales constructivos procedentes del castillo. Esta práctica favoreció el expolio sistemático de sillares y otros elementos arquitectónicos.

Las transformaciones políticas y económicas posteriores, incluidas las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX, pudieron contribuir al deterioro del conjunto y a la ausencia de medidas efectivas para su conservación.

A comienzos del siglo XIX se produjo una profunda modificación en las prácticas funerarias españolas. En 1813 se remitieron disposiciones a los ayuntamientos destinadas a fomentar la construcción de cementerios fuera de los templos y de los principales espacios habitados. Estas medidas respondían fundamentalmente a criterios sanitarios y a la necesidad de mejorar las condiciones higiénicas de las iglesias.

En Santibáñez el Alto, el antiguo recinto fortificado comenzó a utilizarse como cementerio municipal probablemente hacia 1835. La transformación del castillo en camposanto modificó considerablemente la organización interna del segundo recinto y provocó la construcción de nuevas estructuras funerarias.

El cementerio permaneció en funcionamiento hasta 1983-1984. La falta de espacio disponible motivó la construcción de un nuevo camposanto en las inmediaciones de la localidad. Desde entonces, tanto las estructuras medievales como las instalaciones funerarias quedaron prácticamente fosilizadas, configurando un paisaje histórico resultado de la superposición de diferentes usos.

El castillo es actualmente propiedad del Ayuntamiento de Santibáñez el Alto. Su protección jurídica deriva de la declaración genérica establecida mediante el Decreto de 22 de abril de 1949 y de las disposiciones de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español.

Entre 2021 y 2023 se desarrollaron diversas actuaciones de consolidación arquitectónica y excavación arqueológica. Estos trabajos tuvieron como objetivo principal estabilizar los sectores afectados por desprendimientos y reducir los riesgos derivados del deterioro estructural. Paralelamente, las intervenciones permitieron avanzar en el conocimiento arqueológico de las diferentes fases de ocupación del castillo.

A finales de 2023 se procedió a la retirada de las estructuras y elementos vinculados al antiguo cementerio. Esta actuación respondió a una doble finalidad: facilitar futuras investigaciones arqueológicas en el interior del recinto fortificado y trasladar los restos funerarios al cementerio moderno, reuniéndolos en un espacio acondicionado para su conservación y visita por parte de los familiares.

 

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