Evolución histórica,
arquitectónica y funcional del castillo de Santibáñez el Alto
El castillo de Santibáñez el Alto constituye uno de los
principales complejos fortificados del norte de la actual provincia de Cáceres.
Situado en una posición topográfica dominante, en las inmediaciones del núcleo
urbano homónimo, su evolución histórica estuvo estrechamente vinculada al
control territorial y a las transformaciones políticas experimentadas por el sector
occidental de la península ibérica durante la Edad Media. La fortificación
aparece asociada en las fuentes medievales a las denominaciones de «Maṣkar-As»
o «Maṣkaras» en el ámbito andalusí y «San Juan de Mascoras» en la documentación
cristiana.
La ocupación del cerro sobre el que se asienta Santibáñez
el Alto parece remontarse a periodos anteriores a la Edad Media. Las
investigaciones arqueológicas más recientes plantean la posible existencia de
un asentamiento de cronología calcolítica, sucedido posteriormente por una
ocupación de carácter prerromano. Estos antecedentes permiten interpretar el
emplazamiento como un espacio de interés estratégico desde épocas tempranas,
favorecido por sus condiciones naturales de defensa y por su amplio dominio
visual sobre el territorio circundante.
No obstante, la configuración del enclave como centro
fortificado debe situarse, con mayor seguridad, en los primeros siglos de
al-Andalus. Entre los siglos VIII y IX habría existido un modesto ḥiṣn,
probablemente relacionado con comunidades de origen bereber asentadas en el
territorio. Este primer establecimiento defensivo constituiría el núcleo
inicial de un complejo arquitectónico que experimentó numerosas modificaciones
durante los siglos posteriores.
La importancia del lugar se explica fundamentalmente por
su posición geoestratégica. El enclave se encontraba integrado en un territorio
políticamente inestable y sometido a la competencia de diferentes poderes
peninsulares. Desde época emiral, el control de la fortificación debió de
adquirir una notable relevancia dentro de las estrategias de dominio
territorial y vigilancia de las vías de comunicación regionales.
Entre los siglos IX y XI, la evolución de Maṣkaras estuvo
condicionada por la política territorial del Emirato y, posteriormente, del
Califato de Córdoba. Las noticias conservadas sobre el enclave se relacionan
fundamentalmente con los intereses del poder cordobés y con las campañas
militares desarrolladas durante el periodo de Almanzor. Aunque las referencias
documentales son fragmentarias, permiten situar la fortificación dentro de las
dinámicas políticas y militares del occidente andalusí.
Tras la desintegración del Califato de Córdoba y la
formación de los reinos de taifas, el territorio experimentó una creciente
inestabilidad. La expansión de la monarquía leonesa hacia el sur convirtió esta
región en un espacio fronterizo sometido a frecuentes cambios de dominio.
Resulta significativo que las crónicas cristianas mencionen el enclave de
manera relativamente escasa, pese a su evidente importancia estratégica.
La posterior presencia almorávide y, especialmente,
almohade supuso una nueva fase de transformación de las estructuras defensivas.
A este último periodo parece corresponder una de las manifestaciones
arqueológicas más relevantes conservadas en el castillo: el gran aljibe situado
en el patio de armas.
Durante la expansión leonesa de la segunda mitad del siglo
XII, Fernando II alcanzó este territorio acompañado por contingentes vinculados
a la Orden del Temple. Estas operaciones, desarrolladas aproximadamente entre
1166 y 1170, se produjeron en un contexto de enfrentamientos y negociaciones
con el poder almohade. El posterior acuerdo con el califa Abū Yaʿqūb Yūsuf I
permitió mantener una situación política temporalmente estable hasta
aproximadamente 1173.
Pese a la presión cristiana, Santibáñez permaneció bajo
dominio almohade hasta las campañas de Alfonso IX de León. La conquista
definitiva del enclave se produjo en 1212 con la participación de la Orden de
Alcántara. A partir de este momento comenzó una nueva etapa política,
administrativa y arquitectónica.
Tras la conquista cristiana, el castillo quedó integrado
en las estructuras territoriales de la Orden de Alcántara. Su proximidad a la
frontera portuguesa incrementó considerablemente su valor estratégico,
circunstancia que favoreció la creación de una encomienda con sede en
Santibáñez.
La implantación de la administración alcantarina modificó
progresivamente la función del antiguo recinto militar. Sin perder
completamente su carácter defensivo, el castillo comenzó a transformarse en una
fortaleza-palacio
destinada a residencia de los comendadores. Este proceso
implicó la construcción y remodelación de dependencias domésticas,
administrativas y representativas.
La complejidad arquitectónica actualmente observable es
consecuencia de las numerosas fases constructivas desarrolladas durante la Edad
Media. Sobre el primitivo establecimiento andalusí intervinieron sucesivamente
poderes leoneses, almorávides, almohades y, finalmente, la Orden de Alcántara.
La posible presencia templaria durante las campañas de Fernando II constituye
igualmente un episodio relevante dentro de la evolución histórica del enclave.
La arquitectura del castillo se encuentra profundamente
condicionada por la orografía del cerro. La necesidad de adaptar las
estructuras defensivas a un terreno abrupto determinó la configuración de una
planta irregular. Desde una perspectiva arquitectónica, el conjunto puede
definirse como un complejo fortificado compuesto por tres recintos concéntricos claramente
diferenciados.
El primer recinto corresponde al alcázar o núcleo principal,
situado en el punto de mayor elevación de la colina, hacia el sector
noroccidental. El segundo espacio puede identificarse con la alcazaba o qaṣaba,
posteriormente ocupada en parte por el antiguo cementerio municipal.
Finalmente, un tercer recinto estaba constituido por la muralla urbana,
tradicionalmente denominada de manera imprecisa «barbacana». Esta estructura se
proyectaba principalmente hacia el este y protegía el caserío desarrollado bajo
la fortaleza.
La conservación de estos sectores es desigual. Mientras
determinados lienzos y estructuras defensivas mantienen parcialmente su
configuración histórica, el recinto principal se encuentra profundamente
alterado. El expolio secular de materiales constructivos y, especialmente, la
construcción de un depósito de agua hacia 1973 provocaron una importante
destrucción de sus restos arqueológicos.
El alcázar constituía el núcleo político, militar y
residencial del conjunto. Su organización interna experimentó sucesivas
transformaciones a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna. Una parte
significativa de nuestro conocimiento sobre este sector procede de la
documentación relativa a las obras dirigidas por el arquitecto Pedro de Ibarra
durante el siglo XVI.
La construcción más destacada era la torre del homenaje,
organizada en tres niveles. La documentación menciona igualmente una «Sala
Grande», cocinas y diversas dependencias domésticas. Entre las estructuras
defensivas aparece citada la denominada «torre vana», identificada con una
torre albarrana.
Las diferentes dependencias se distribuían alrededor de
un patio central empedrado. Otros documentos conservados en el Archivo
Histórico Nacional describen la existencia de una «casa fuerte», expresión que
parece referirse a una residencia organizada mediante varias crujías en torno a
un espacio central. En estas estructuras existían dormitorios, salones, chimeneas
y otras dependencias destinadas a la vida cotidiana de los comendadores y su
entorno doméstico.
Esta organización arquitectónica evidencia la progresiva
transformación del castillo medieval en una residencia fortificada de carácter
señorial y administrativo.
El segundo recinto concentraba diferentes construcciones
vinculadas al funcionamiento cotidiano del castillo. La documentación histórica
señala la existencia de habitaciones destinadas al personal, caballerizas, graneros
y una tahona.
En este sector se encontraba asimismo una iglesia o
capilla dedicada a Santa María de los Milagros. Durante los siglos XIX y XX
se incorporaron a sus inmediaciones estructuras relacionadas con la función
funeraria del recinto, entre ellas un depósito de cadáveres y un panteón
organizado mediante nichos.
El acceso al recinto se realizaba a través de diferentes
puertas, entre las que se mencionan la «Puerta de Hierro» o puerta de Poniente
y una puerta meridional. Las fuentes documentales citan igualmente la «Torre de
la Campana» y la «Torre del Gallo».
En la actualidad, gran parte de estas construcciones ha
desaparecido. Únicamente son reconocibles algunos restos de la antigua iglesia
en el sector sureste. Tanto el recinto principal como el segundo recinto
estuvieron originalmente coronados por sistemas de almenado, reforzando el
carácter militar del conjunto.
Uno de los elementos arqueológicos más singulares del
castillo es el gran aljibe semienterrado situado en el patio de armas. Su
importancia no deriva únicamente de su función hidráulica, esencial para
garantizar el abastecimiento de agua durante situaciones de aislamiento o
asedio, sino también de la presencia de una inscripción árabe ejecutada en
escritura cursiva.
La decoración epigráfica se encuentra acompañada por
elementos ornamentales, entre ellos una rosácea y pequeños arquillos. Por sus
características formales y estilísticas, la inscripción ha sido relacionada con
el contexto almohade del territorio cacereño y fechada aproximadamente entre
1178 y 1196.
La inscripción fue identificada en 2003 por la
investigadora Sophie Gilotte. Una primera propuesta de lectura permitió
reconocer una fórmula religiosa islámica iniciada mediante la basmala: «En el
nombre de Dios, Clemente y Misericordioso…».
Las actuaciones arqueológicas y de restauración
desarrolladas entre 2021 y 2023 permitieron revisar la interpretación
epigráfica. La nueva propuesta de lectura reconoce diversas expresiones de
carácter religioso y teológico: «En el nombre de Dios, mandé (…) Todo pertenece
a Dios (…) Dios es majestad (…) Dios es Señor de los mundos».
La inscripción constituye un testimonio excepcional de la
fase almohade del castillo y aporta información directa sobre la
monumentalización del enclave durante las últimas décadas del dominio islámico.
El tercer recinto defensivo corresponde a la muralla
urbana, tradicionalmente identificada como «barbacana». Sin embargo, desde un
punto de vista arquitectónico y funcional, esta denominación resulta inexacta,
puesto que la estructura constituía un auténtico cinturón defensivo destinado a
proteger el núcleo habitado.
La muralla presenta una planta aproximadamente
semicircular y se encuentra reforzada mediante cinco cubos defensivos de planta
semicircular. Su construcción se sitúa entre 1337 y 1340, durante el maestrazgo
de Gonzalo Martínez de Oviedo.
Las fábricas combinan sillarejo y mampostería, técnicas
constructivas ampliamente utilizadas en la arquitectura militar medieval de la
región. La documentación de mediados del siglo XVI refleja el avanzado
deterioro de determinados sectores de la muralla y la necesidad de realizar
sucesivas campañas de reparación.
El recinto contaba con al menos tres accesos. La
denominada Puerta
Principal o Puerta de la Villa constituye el ingreso de mayor
relevancia y presenta características arquitectónicas de tradición
renacentista. Al norte se situaba la «Puerta de Gata», mientras que en el
sector noroccidental existía un pequeño postigo próximo al espacio actualmente
ocupado por la plaza de toros.
Durante la segunda mitad del siglo XVI se desarrollaron
importantes trabajos de reparación destinados a detener el progresivo deterioro
del conjunto. Los informes y pliegos de obras conservados muestran la
existencia de numerosos problemas estructurales tanto en las murallas como en
las dependencias interiores.
Sin embargo, desde finales del siglo XVII o durante la
primera mitad del siglo XVIII, el castillo comenzó a perder definitivamente su
función residencial y administrativa. Los comendadores dejaron de habitar la
fortaleza y las estructuras entraron en un proceso progresivo de abandono.
La documentación municipal digitalizada permite conocer
la existencia de un informe fechado en 1739 en el que se describía el estado de
ruina del conjunto. En este contexto se autorizó el aprovechamiento de
materiales constructivos procedentes del castillo. Esta práctica favoreció el
expolio sistemático de sillares y otros elementos arquitectónicos.
Las transformaciones políticas y económicas posteriores,
incluidas las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX, pudieron contribuir al
deterioro del conjunto y a la ausencia de medidas efectivas para su
conservación.
A comienzos del siglo XIX se produjo una profunda
modificación en las prácticas funerarias españolas. En 1813 se remitieron
disposiciones a los ayuntamientos destinadas a fomentar la construcción de
cementerios fuera de los templos y de los principales espacios habitados. Estas
medidas respondían fundamentalmente a criterios sanitarios y a la necesidad de
mejorar las condiciones higiénicas de las iglesias.
En Santibáñez el Alto, el antiguo recinto fortificado
comenzó a utilizarse como cementerio municipal probablemente hacia 1835. La
transformación del castillo en camposanto modificó considerablemente la
organización interna del segundo recinto y provocó la construcción de nuevas
estructuras funerarias.
El cementerio permaneció en funcionamiento hasta
1983-1984. La falta de espacio disponible motivó la construcción de un nuevo
camposanto en las inmediaciones de la localidad. Desde entonces, tanto las
estructuras medievales como las instalaciones funerarias quedaron prácticamente
fosilizadas, configurando un paisaje histórico resultado de la superposición de
diferentes usos.
El castillo es actualmente propiedad del Ayuntamiento de
Santibáñez el Alto. Su protección jurídica deriva de la declaración genérica
establecida mediante el Decreto de 22 de abril de 1949 y de las disposiciones
de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español.
Entre 2021 y 2023 se desarrollaron diversas actuaciones
de consolidación arquitectónica y excavación arqueológica. Estos trabajos
tuvieron como objetivo principal estabilizar los sectores afectados por
desprendimientos y reducir los riesgos derivados del deterioro estructural.
Paralelamente, las intervenciones permitieron avanzar en el conocimiento
arqueológico de las diferentes fases de ocupación del castillo.
A
finales de 2023 se procedió a la retirada de las estructuras y elementos
vinculados al antiguo cementerio. Esta actuación respondió a una doble
finalidad: facilitar futuras investigaciones arqueológicas en el interior del
recinto fortificado y trasladar los restos funerarios al cementerio moderno,
reuniéndolos en un espacio acondicionado para su conservación y visita por
parte de los familiares.
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