GUADALUPE: LA HISPANIDAD
En el monasterio regentado por los franciscanos desde
1908, ubicado en la Puebla de Guadalupe, se unen: fe, arte e historia se
conservan verdaderas joyas artísticas.
Este centro espiritual comenzó su
andadura a principios del siglo XIV, siendo inicialmente una pequeña ermita, de
cuyo culto se encargaba el sacerdote Pedro García. El rey Alfonso XI cazaba por
esta sierra de Altamira, para ello contamos con el Libro de la Montería del propio monarca que nos ofrece una
descripción detallada del paisaje natural cercano al santuario en la primera
mitad del siglo XIV, fecha en la que el rey visitó la ermita (año 1335),
contemplando el estado ruinoso en el que se encontraba, dio órdenes para la
construcción de una iglesia en el año 1340 en acción de gracias por haber
confiado a la Virgen de Guadalupe la victoria de la batalla del Salado.
En este tiempo se fundó la Puebla y
por orden de Alfonso XI comenzaron a construir el Monasterio (año 1340)
solicitando y obteniendo para este lugar la creación de un priorato secular y
lo declaró de su real patronato. Durante los años 1341 y 1367[1]
estuvo al frente del santuario Toribio Fernández como procurador del cardenal
Gómez Barroso y, después, como prior secular hasta que se hicieron cargo del
mismo los jerónimos (priorato regular) en el año 1389.
El monasterio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1993. En su
interior se custodia la imagen de la Virgen de Guadalupe, Patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad y, con toda seguridad, la imagen tallada en madera
policromada más longeva de Extremadura. La
talla se asignó inicialmente al grupo de Vírgenes negras de Europa occidental
de los siglos XI y XII, donde el pueblo campesino sería retratado en estas
imágenes ennegrecidas, verían a sus mujeres, sus hijas, morenas del sol de los
rastrojos, realizándose así una sublimación de su mundo a las esferas de lo
sagrado[2].
Desde el siglo XIV aparece vestida con ricos mantos y joyas, dándole ese
carácter triangular que la caracteriza y habiendo recibido varias
restauraciones a través de los tiempos: en el siglo XIV (año 1389) para
presentarla vestida, tal y como hemos indicado; en el año 1928 fueron colocados
varios aditamentos para fortalecer la imagen, para que resistiese la talla al
peso de la corona de Félix Granda, con motivo de su coronación canónica; en
1967 se hizo una nueva restauración, afectando a desinsectación y consolidación
por el equipo de don Sebastián de la Torre y en 1984, sufrió otra restauración
en el taller de don Joaquín Arquillo y Francisco Arquillo Torres[3],
precisamente, este catedrático de Restauración de la Facultad de Bellas Artes
de Sevilla y director de la última restauración de Nuestra Señora, llevada a
cabo en 1984, dejó escrito en su informe técnico:
“Las operaciones
más trascendentes sufridas por la Imagen consistieron en la mutilación de una
supuesta corona almenada; en el relleno de la cabeza con mortero de yeso y
trozos de madera clavados en el original para obtener la nueva configuración
para la adaptación de una corona sobrepuesta; en los suplementos de los
costados y la espalda con piezas clavadas sobre la policromía, extendiéndose
esta última desde la cintura hasta el relleno posterior de la cabeza; en la
sustitución del brazo derecho de la Virgen por otro más acorde con la actitud
requerida por la nueva disposición del conjunto, pero con caracteres
estilísticos discordantes con el concepto estético general; y en el cambio del
brazo derecho del Niño por uno de plata, que igualmente disiente
estilísticamente del resto”[4].
Pertenece al grupo de las Vírgenes con el Niño. La
Virgen está[5]
sentada en un "rudo sillón, rodeado de un miriñaque", condecoración
en forma de aspillera y flor cuadrilobulada, talla realizada en madera de cedro
mide 59 cm. de altura y pesa alrededor de 3975 gr. y el Niño mide 23 cm y pesa
200 gr. La Virgen se cubre con un velo, tributo de sabiduría, que le acerca al
simbolismo de las Sedes Sapienciae.
Viste un manto de color verde, presenta un sobrecuello imitando un bordado en
hilo, unos puños dorados y un manto de color ocre. Sobre la cabeza lleva un
velo blanco con vueltas de color bermellón. El rostro de la Virgen es ovalado.
Es talla ingenua, inspirada en la Teótokos
bizantina, con los ojos entornados, nariz rectilínea, boca con los labios
breves, y redondeada barbilla. La Virgen sostiene al Niño, algo recostado en su
pecho, sentado en la parte central del regazo de María, con la mano izquierda
(mano que no es visible ya que se oculta bajo los vestidos), portando un cetro
con la derecha. Del cuerpo de la Virgen tan solo son visibles su rostro y su
mano derecha, muy delicadamente tallada. La mano extiende sus finos y delgados
dedos hacia el frente sosteniendo entre ellos con gran finura el cetro. El Niño
pende de un anillo sujeto a los vestidos de su madre. Sólo se aprecia su rostro
y su pequeña mano derecha que está en actitud de bendición y en la otra lleva
el Libro, símbolo de la sabiduría divina[6].
En el siglo XV se le colocó al Niño una mano de plata en sustitución de la
primitiva. Es obra del último tercio del siglo XII[7].
La escultura de la Virgen con el Niño medieval más antigua de Extremadura. Es una Virgen negra, también el rostro del
Niño, con su inevitable referencia al Cantar
de los Cantares: "Negra soy pero
graciosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Quedar, como los pabellones
de Salomón. Nos dijesen que estoy morena: es que el sol me ha quemado"[8].
Según opinión fidedigna de Antonio Ramiro Chico: “El
mismo sello del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, una de las
representaciones iconográficas más antiguas de esta imagen, es una piedra
negra. Una piedra negra, es la que mueve a los musulmanes del mundo entero a
peregrinar a la Meca, como símbolo de fecundidad y fertilidad. Los propios escultores
medievales al emplear el color negro en la Virgen, tienen en la mente el citado
versículo del Cantar de los Cantares: “Soy negra, pero hermosa...”, además este
color, nunca fue empleado ni dado a otra estatua que no fuera la Virgen, salvo
a Santa Ana, madre de la Madre, en una vidriera de Chartres. Este simbolismo
del color negro se refuerza con otros colores, que los autores de estas
imágenes repiten con idéntica fidelidad en la simbología preestablecida, cual es el azul, blanco y
rojo, todos ellos presentes en las vestiduras de Nuestra Señora de Guadalupe”[9].
Los extremeños hemos visto en esta imagen lignaria el
oriente secular de la devoción, una auténtica advocación histórica, un modelo
iconográfico que visualiza la historia de la salvación teniendo como escena el
mundo medieval y el trasfondo bíblico.
Existe la leyenda de la Virgen de Guadalupe en un
documento que se conserva en el Archivo Histórico Nacional bajo la
codificación de C-48 B o el documento que aparece con la signatura C-1 en el Monasterio
de Guadalupe, y que fueron redactados a finales del siglo XV. Una leyenda que tiene la función de acrecentar y propagar el culto
primitivo a la Virgen. Si seguimos la hipótesis del profesor Sanchez Salor,
probablemente existiría una ermita visigoda (siglo VII), que sería el vehículo
material entre el culto y la leyenda. Es cierto que existía a principios del
siglo XIV (año 1327) una ermita y un
hospital, según un testamento de Sancho Sánchez de Trujillo, en el que deja una
manda para la “eglesia de sancta María de Guadalupe"[10]
y dos años después una carta de venta de casas de Valdemadel. Otorgada por Juan
Fernández a favor de frey Pero García, tenedor de la eglesia y del hospital
de Sancta María de Guadalupe. 6 de octubre de 1329[11].
Ermita o pequeña iglesia que en 1335
estaría en estado ruinoso, cuando la visitó Alfonso XI[12].
La ermita se amplió, construyendo una iglesia que pudiera atender a las
necesidades del culto y para poder acoger a los peregrinos que ya acudían,
secundando los deseos del papa Benedicto XII. Esta afirmación está en
consonancia con la carta de Alfonso XI, firmada en Cadalso, el 25 de diciembre
de 1340, en la que se dice: “Porque la hermita de Santa María, que es çerca del
río que dizen Guadalupe, era cassa muy pequenna e estaba derribada, las gentes
que ivan y benían a la dicha hermita en romería, por devoción non avían do
estar. Nos por esto tovimos por bien e mandamos fazer esta hermita mucho mayor,
de manera que la eglesia della es grande (...) e para fazer esta eglesia
diémosle suelo nuestro en que se fiziese e mandamos labrar las labores de la
dicha hermita”[13].
Un Real Privilegio de Alfonso XI de 28 de agosto del 1348
otorgado en Santa María del Paular, logró configurar la población como lugar de
señorío temporal, concedido por Alfonso XI al prior del santuario y a sus
sucesores[14].
Ese culto a Santa María de Guadalupe permanecería más o
menos aletargado durante la invasión árabe y resurgiría tras la reconquista[15].
Aunque a mí, personalmente, se me ocurren otras posibles hipótesis. pudiera
darse el caso de que la zona montañosa de las Villuercas hubiera sido hallada
en el siglo XIII junto con las reliquias de los santos visigodos Fulgencio y
Florentina no una imagen de la Virgen sino un icono romano o bizantino, con lo
cual estaríamos concretando obra artística de la época y fecha del hallazgo. De
esta manera, la imagen actual de la Virgen de Guadalupe pudiera haber sido
tallada por un artista o artesano de la zona, teniendo como muestra este icono,
presumiblemente del siglo VI, y estaría enmarcado en el contexto de la
tradición del hallazgo por parte de Gil Cordero y la leyenda, situándose en el
reinado de Alfonso XI, en la primera mitad del siglo XIV. La existencia de una
primitiva ermita, posiblemente visigoda, que visitara Alfonso XI en alguna
montería (años 1335-1336) y que, tras la batalla del Salado del año 1340, en
agradecimiento concediera privilegios y donaciones a la ermita[16].
También pudiera darse el caso, como era frecuente en las imágenes de campañas
militares, que esta imagen de la Virgen fuera traída por el propio Alfonso XI
al monasterio que se estaba empezando a construir en el año 1340, procedente de
Castilla, hecho que estaría también probado porque la imagen de la Virgen tiene
hueca la espalda, una característica más de las imágenes de campaña que
acompañaban a los ejércitos cristianos.
Guadalupe ocupa
un lugar especial dentro de la historia extremeña de los Reyes Católicos. El
monasterio era un centro religioso de gran importancia y recibió reiteradamente
la atención de la Corona. Su relevancia aumentó en el contexto de la expansión
atlántica. Colón visitó Guadalupe en distintas ocasiones y mantuvo relación con
los Reyes Católicos. El santuario formó parte de la geografía religiosa y
simbólica asociada a los proyectos de expansión. Uno de los episodios más
conocidos es el voto realizado por Colón durante el viaje de regreso de su
primer viaje transatlántico. Tras superar una fuerte tormenta, se comprometió a
realizar una peregrinación a Guadalupe si sobrevivía. Después de su regreso
cumplió la promesa.
La importancia
histórica de este episodio no depende únicamente de su dimensión religiosa.
También permite observar cómo los espacios de devoción peninsulares podían
conectarse con los procesos de expansión atlántica. Guadalupe pasó a formar
parte de una red simbólica que vinculaba Extremadura con América.
Durante el
segundo viaje Colón denominó Guadalupe
a una isla del Caribe. Este hecho constituye un ejemplo de la proyección
ultramarina del nombre del santuario extremeño. Posteriormente, la advocación
de Guadalupe adquirió una dimensión americana diferente y compleja. La
tradición de la Virgen de Guadalupe de México pertenece a otro proceso
histórico y no debe confundirse automáticamente con la tradición medieval
extremeña. Sin embargo, ambas quedaron vinculadas en la memoria cultural del
mundo hispánico.
Durante los
siglos XVI y XVII, numerosos extremeños participaron en la conquista,
colonización y evangelización de América. Trujillo fue uno de los principales
lugares de procedencia de algunos de estos protagonistas. La ciudad se
incorporó así a una red histórica que conectaba Extremadura con el Nuevo Mundo.
Esta dimensión
atlántica permite ampliar la interpretación de los acontecimientos de finales
del siglo XV. La consolidación política de los Reyes Católicos no se limitó a
la Península Ibérica. El nuevo marco de poder favoreció una expansión que
transformaría la posición de Castilla y de sus ciudades en el escenario
internacional.
Guadalupe actuó
como espacio de enlace entre religión, monarquía, memoria y expansión. Su
relación con Trujillo contribuye a explicar por qué Extremadura ocupa un lugar
tan destacado en la historia de la Monarquía Hispánica.
La extensa bibliografía
dedicada al estudio de la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe pone de
manifiesto la relevancia que esta advocación adquirió en el proceso de
expansión de la presencia hispánica en América. En Nueva España, la devoción
fue difundida, entre otros agentes, por los religiosos de la Observancia
franciscana de origen extremeño, contribuyendo a su progresiva implantación en
el territorio americano. Como consecuencia de este proceso, se multiplicaron
los templos, ermitas, santuarios y altares dedicados a Nuestra Señora de
Guadalupe de Extremadura en distintos territorios del Nuevo Mundo.
Entre los primeros
testimonios de esta expansión destaca la intervención de Cristóbal Colón. En
1493, durante su segundo viaje, el almirante otorgó el nombre de Guadalupe a
una isla de las Antillas Menores, decisión que constituye uno de los primeros
indicios documentados de la proyección americana de la advocación extremeña.
Asimismo, la devoción estuvo presente entre los conquistadores y colonizadores
procedentes de Extremadura y de otras regiones de la Corona de Castilla.
Fernández de Oviedo, a través de su testimonio sobre Gaspar de Carvajal y otros
hidalgos extremeños, recoge la costumbre de invocar a Nuestra Señora de
Guadalupe en situaciones de peligro, lo que evidencia la dimensión protectora y
emocional que la advocación adquirió entre quienes participaron en las empresas
americanas.
En este sentido, Guadalupe
puede ser considerada una devoción de alcance universal. Su significación
trascendió los límites geográficos y biográficos del santuario extremeño para
incorporarse al imaginario religioso de quienes emprendieron la aventura
americana. La documentación conservada en el monasterio permite aproximarse a
la intensidad de esta relación devocional. El códice 90 del monasterio,
correspondiente a un libro de capellanías, lámparas y bienhechores, registra
numerosas ofrendas procedentes del ámbito americano, entre las que se
encuentran lámparas, joyas de considerable valor y diversos objetos litúrgicos.
Estos testimonios permiten apreciar la dimensión material de una devoción que
se articulaba también mediante la entrega de bienes como expresión de
agradecimiento, protección y vínculo espiritual.
Durante las primeras décadas
del siglo XVII, la devoción guadalupense experimentó una notable expansión en
América. Un ejemplo particularmente significativo se encuentra en el ámbito de
las minas de Potosí, en el territorio del actual Bolivia. El Libro de los
milagros recoge un episodio relacionado con la intervención de Nuestra
Señora de Guadalupe en favor de cinco indígenas. Este testimonio resulta
especialmente revelador porque muestra cómo la advocación fue asumida también
por las poblaciones indígenas. Según el relato transmitido por el padre Ocaña,
algunos de estos devotos solicitaban que se dejara en aquellas tierras algún
retrato de Nuestra Señora de Guadalupe, con el propósito de disponer de un
espacio al que pudieran acudir en busca de consuelo espiritual[17].
La relación entre la
advocación extremeña y la mexicana constituye otro de los aspectos
fundamentales para comprender la proyección americana del culto guadalupense.
La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México presenta determinadas
semejanzas iconográficas con una escultura conservada en el monasterio de
Guadalupe de Extremadura, atribuida al siglo XV. Esta relación fue señalada por
el virrey Martín Enríquez en una carta-memoria dirigida a Felipe II, en la que
establecía una conexión entre ambas representaciones.
Desde el punto de vista
iconográfico, las semejanzas entre determinadas representaciones de la Virgen
de Guadalupe son notables, aunque no se corresponden exactamente con la imagen
románica titular del santuario extremeño. La escultura situada en el coro,
fechada en 1499, presenta una configuración particularmente próxima a la imagen
mexicana, hasta el punto de que algunos autores han planteado la posibilidad de
que esta última pudiera haber tomado aquella representación como modelo[18].
Una de las diferencias más
significativas reside en la ausencia del Niño Jesús en la imagen mexicana. Esta
particularidad fue relacionada históricamente con las circunstancias de la
evangelización de los pueblos indígenas. Según la explicación recogida por la
tradición, al tratarse de una imagen destinada a un contexto de reciente
conversión y procedente de un ambiente considerado idolátrico, la
representación de la Virgen sin el Niño habría evitado posibles confusiones o
interpretaciones inadecuadas [2].
Más allá de esta explicación, el estudio comparativo de ambas imágenes permite
observar la complejidad de los procesos de transmisión, adaptación y
resignificación de los modelos iconográficos en el contexto americano.
La influencia de la
advocación guadalupense en América debe situarse, asimismo, en el marco de los
principales acontecimientos que configuraron la presencia española en el Nuevo
Mundo: el descubrimiento, la conquista, la colonización, la aculturación y la
evangelización. En este contexto, el concepto de hispanidad se articuló en
torno a los vínculos históricos, lingüísticos, religiosos, culturales y
sociales establecidos entre España y los países hispanoamericanos.
Dentro de esta concepción de
la hispanidad adquirió especial relevancia la dimensión mariana,
particularmente a través de advocaciones vinculadas a los acontecimientos más
significativos de la expansión española en América. Entre ellas, Nuestra Señora
de Guadalupe de Extremadura ocupó un lugar destacado, hasta el punto de que su
consideración como Reina de la Hispanidad se fundamentó en una serie de
antecedentes históricos que vincularon estrechamente el santuario extremeño con
la empresa colombina y con la posterior evangelización americana.
Uno de estos antecedentes fue
la presencia de Cristóbal Colón en Guadalupe antes y después del descubrimiento
de América. Entre 1486 y 1496, Colón mantuvo diversos contactos con el
santuario extremeño. Asimismo, en Guadalupe fueron firmadas por los Reyes
Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, determinadas disposiciones
relacionadas con el primer viaje colombino. El 20 de junio de 1492 se
expidieron allí cartas dirigidas a Juan de Peñalosa, miembro de la casa real,
así como a los habitantes de Moguer, Palos de la Frontera y otras poblaciones,
con el propósito de facilitar el cumplimiento de las reales provisiones de 30
de abril de 1492.
A estos acontecimientos se
suma el voto realizado por Cristóbal Colón en alta mar el 14 de febrero de
1493, durante el regreso de su primer viaje. Según el relato transmitido por el
Diario de a bordo, el almirante habría prometido acudir en
peregrinación a Guadalupe para dar gracias por el descubrimiento de las nuevas
tierras. Posteriormente, durante el segundo viaje, el 4 de noviembre de 1493,
Colón impuso el nombre de Guadalupe a una isla de las Antillas Menores, hecho
que él mismo documentó en una carta dirigida a los Reyes Católicos desde La
Española en enero de 1494.
Otro episodio de particular
relevancia se produjo el 29 de julio de 1496, cuando dos indígenas vinculados a
Cristóbal Colón fueron bautizados en el contexto de las relaciones existentes
entre el almirante y el santuario extremeño. Este acontecimiento ha sido
interpretado como uno de los primeros testimonios documentados de la
cristianización de indígenas americanos relacionada directamente con Guadalupe.
La vinculación con el Nuevo
Mundo se extendió también a algunos de los principales conquistadores,
colonizadores y pobladores. Numerosos protagonistas de la expansión americana
mantuvieron relaciones de carácter devocional con el santuario extremeño,
llevando consigo la advocación y contribuyendo a su difusión en los territorios
incorporados a la Corona. Esta expansión se manifestó mediante la fundación de
cofradías, la construcción de templos, ermitas y altares, así como mediante
distintas prácticas devocionales vinculadas a Nuestra Señora de Guadalupe de
Extremadura.
La abundante toponimia
guadalupense existente en América constituye otro indicador de la importancia
alcanzada por esta devoción. La reiteración del nombre Guadalupe en lugares,
instituciones y espacios religiosos refleja la profunda implantación de la
advocación y la memoria del santuario extremeño en diferentes regiones del
Nuevo Mundo. A ello se suman los numerosos testimonios de carácter histórico y
devocional conservados en códices y legajos del monasterio: favores recibidos,
ofrendas, regalos y otros documentos que permiten reconstruir la relación entre
Guadalupe y las comunidades americanas.
Todos estos antecedentes
históricos contribuyeron a la configuración del título de Reina de las
Españas, concedido a Nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura por el rey
Alfonso XIII y por el cardenal arzobispo de Toledo, primado de España, en el
contexto de la solemne coronación pontificia de la imagen, celebrada el 12 de
octubre de 1928.
El título de Hispaniarum
Regina, incorporado a la corona elaborada por Félix Aranda con
autorización del rey y del primado, posee una significación que trasciende la
simple denominación de «Reina de España». El uso del plural Hispaniarum
debe entenderse como una referencia a las distintas comunidades y naciones
vinculadas histórica y culturalmente con España, especialmente a los países
hispanoamericanos. De este modo, la denominación expresa una concepción de la
monarquía mariana que se proyecta sobre el conjunto del mundo hispánico.
Esta dimensión simbólica debe
relacionarse con la evolución del propio concepto de hispanidad durante el
siglo XX. La antigua denominación de «Día de la Raza», aplicada al 12 de
octubre, fue progresivamente sustituida en España y en diversos países
hispanoamericanos por la de «Día de la Hispanidad». De manera paralela, en el
ámbito mariano, la expresión «Reina de la Raza» fue reemplazada por «Reina de
la Hispanidad», denominación considerada más adecuada para expresar el sentido
cultural, histórico y espiritual de los vínculos existentes entre España y las
naciones hispanoamericanas.
En consecuencia, la devoción a Nuestra Señora de
Guadalupe de Extremadura constituye un fenómeno religioso de notable alcance
histórico y cultural. Su difusión en América acompañó algunos de los procesos
fundamentales de la expansión española y de la evangelización del Nuevo Mundo,
al tiempo que permitió establecer vínculos simbólicos y devocionales entre el
santuario extremeño y las comunidades americanas. La presencia de la advocación
en la toponimia, la arquitectura religiosa, las cofradías, las imágenes, las
ofrendas y la documentación conservada en el monasterio evidencia la
profundidad de esta relación. Desde esta perspectiva, la proclamación de
Nuestra Señora de Guadalupe como Hispaniarum Regina puede
interpretarse como la culminación simbólica de una trayectoria histórica de
larga duración, en la que la devoción guadalupense pasó de constituir una
manifestación religiosa de ámbito peninsular a convertirse en uno de los
elementos marianos asociados a la configuración histórica y cultural del mundo
hispánico.´
Guadalupe puede definirse como templo, escuela, historia, cultura y piedad. Pocas expresiones
condensan con tanta precisión la grandeza histórica y espiritual del monasterio
de Guadalupe. A lo largo de los siglos, este santuario extremeño no solo constituyó
un destacado centro de devoción mariana, sino también un espacio de transmisión
de la fe, de producción cultural y de encuentro entre diferentes pueblos y
tradiciones. En torno a su advocación se articularon la esperanza y la
religiosidad de numerosas generaciones, al tiempo que el monasterio se
convirtió en un foco de irradiación cultural y espiritual de extraordinaria
relevancia.
La historia de Guadalupe está estrechamente vinculada
a la expansión de la Monarquía Hispánica y, particularmente, a la empresa
americana. La acción expansiva de España en el Nuevo Mundo tuvo una dimensión
política y militar, pero estuvo acompañada asimismo de un intenso proceso
evangelizador y cultural. En este contexto, resulta difícil abordar la historia
de la presencia española en América sin considerar la influencia ejercida por
el monasterio de Guadalupe y por la devoción a Santa María de Guadalupe. El
santuario extremeño constituyó uno de los principales referentes espirituales
para quienes participaron en la empresa americana y, posteriormente, para los
religiosos encargados de su evangelización.
La reina Isabel la Católica ocupó un lugar fundamental
en este proceso. Su profunda vinculación con Guadalupe y su participación en la
empresa del descubrimiento permiten situar al monasterio en el contexto de uno
de los acontecimientos de mayor trascendencia de la historia universal. La
devoción mariana vinculada al santuario acompañó de este modo a algunos de los
protagonistas de la expansión ultramarina y formó parte del universo religioso
desde el que se interpretaron y vivieron las nuevas circunstancias históricas.
Los conquistadores estuvieron igualmente marcados por
la fe y la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Ante la imagen de la Virgen,
conocida popularmente como la «Morenita de las Villuercas», numerosos capitanes
y hombres vinculados a las expediciones americanas buscaron protección y
auxilio antes de emprender sus campañas. La devoción no desaparecía con la
partida: al regresar de sus empresas, algunos de ellos acudían nuevamente al
santuario para cumplir los votos realizados, participar en novenas y expresar
su agradecimiento por los favores recibidos.
Entre estos personajes destaca Hernán Cortés, quien
visitó Guadalupe en 1528. Su presencia constituye un testimonio significativo
de la relación existente entre los protagonistas de la conquista y el santuario
extremeño. Otro ejemplo destacado es el de Pedro de la Gasca, quien, tras su
llegada triunfal a Sevilla, retrasó su encuentro con su madre, que lo esperaba
a bordo de una embarcación procedente de Ávila, para permanecer durante un mes
en el monasterio de Guadalupe y cumplir sus votos y realizar novenas. Este
comportamiento evidencia hasta qué punto la dimensión religiosa y devocional
formaba parte de la experiencia vital de algunos de los principales
protagonistas de la expansión española.
La importancia de Guadalupe se hizo todavía más
evidente durante el proceso de evangelización de América. La advocación de
Santa María de Guadalupe constituyó una de las principales devociones marianas
difundidas por los misioneros en los territorios americanos. Durante las
primeras etapas de este proceso, el nombre de Guadalupe se encontraba
estrechamente asociado al santuario extremeño, hasta el punto de constituir un
referente mariano ampliamente conocido entre los evangelizadores y los primeros
pobladores europeos.
Esta circunstancia resulta especialmente relevante al
analizar la posterior aparición y consolidación de la advocación guadalupana en
México. Antes de la consolidación del culto a la imagen del Tepeyac vinculada a
Juan Diego, el nombre de Guadalupe ya poseía una fuerte resonancia religiosa en
el ámbito hispánico y americano. La identificación entre el nombre de Guadalupe
y la devoción mariana permitió, posteriormente, establecer un complejo proceso
de transmisión y resignificación religiosa en el contexto novohispano.
En este sentido, el monasterio jerónimo de Guadalupe
puede ser considerado una auténtica institución de irradiación espiritual y
cultural. Su función trascendió la de un simple santuario mariano: fue un
centro de formación, producción artística, asistencia religiosa y transmisión
del conocimiento. Su influencia alcanzó distintos ámbitos de la vida cultural y
religiosa de la época y se proyectó, directa o indirectamente, hacia los
territorios americanos.
La metáfora de Guadalupe como «catedral de luz y
verdad» permite expresar esta dimensión simbólica. El monasterio se configuró
como un espacio en el que la fe, la cultura y la experiencia religiosa convergieron
y desde el cual se difundió una concepción del mundo marcada por el
cristianismo. Su papel en la historia de España y de América no puede
reducirse, por tanto, a la mera influencia de una advocación mariana. Guadalupe
fue también un centro de memoria, formación y espiritualidad cuya huella
acompañó algunos de los procesos históricos fundamentales de la Edad Moderna.
Así, templo y escuela, historia, cultura y piedad
constituyen dimensiones inseparables de la identidad histórica de Guadalupe. Su
monasterio representa uno de los espacios privilegiados para comprender la
relación entre espiritualidad, cultura y expansión hispánica. Desde Extremadura
hasta América, la devoción a Santa María de Guadalupe actuó como un elemento de
continuidad simbólica entre territorios separados por el océano, contribuyendo
a articular un universo religioso y cultural común. En esta perspectiva, la
historia de Guadalupe forma parte inseparable de la historia de la
evangelización y de la configuración cultural del mundo hispánico.
La devoción a Nuestra Señora
de Guadalupe experimentó, desde el siglo XVI, una notable expansión por los
territorios de la Monarquía Hispánica. Su difusión en América estuvo
estrechamente vinculada a los procesos de conquista, poblamiento y organización
religiosa del Nuevo Mundo, pero también a la movilidad de personas, objetos
devocionales, artistas y modelos iconográficos entre la Península y los
territorios americanos. En este contexto debe situarse la presencia de imágenes
y cofradías dedicadas a la Virgen de Guadalupe en el virreinato del Perú,
particularmente en ciudades como Trujillo y Quito. La circulación de estas
representaciones permite observar cómo una advocación de origen extremeño
adquirió nuevas funciones sociales y religiosas en el espacio americano, al
tiempo que conservó elementos esenciales de su tradición peninsular.
La tradición atribuye a
Francisco Pérez Lezcano, uno de los capitanes que acompañaron a Francisco
Pizarro durante la conquista del Perú, un papel destacado en la introducción de
la devoción guadalupana en la ciudad de Trujillo. Después de la conquista de
Cajamarca, Pérez Lezcano se avecindó en la nueva ciudad y, hacia 1560, habría
llevado consigo una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura como
expresión de agradecimiento por una intervención que consideraba milagrosa.
Según la tradición, Pérez
Lezcano había invocado la protección de la Virgen durante un episodio en el que
fue conducido a la horca acusado de un delito que no había cometido. Una vez
salvada su vida, habría realizado, junto con su esposa, Luisa de Mendoza, una
peregrinación al santuario extremeño de Guadalupe. En Sevilla habría encargado
a un escultor la ejecución de una reproducción de la imagen que se veneraba en
el monasterio jerónimo. De este modo, la imagen trasladada posteriormente al
Perú se convirtió no solamente en un objeto de devoción personal, sino también
en un instrumento de difusión de la advocación guadalupana en el ámbito
americano[19].
La cuestión de los modelos
utilizados para realizar estas imágenes resulta particularmente significativa.
Los artistas que trabajaban en América no tenían normalmente acceso directo a
la imagen titular venerada en el camarín del monasterio de Guadalupe. Los
monjes jerónimos, custodios del santuario, restringían el acceso a la escultura
y no permitían que esta fuera copiada directamente. Por ello, las
reproducciones realizadas para los territorios americanos se basaron en otras
representaciones de la Virgen existentes en el propio santuario, entre ellas la
conocida como Virgen del Coro, una escultura gótico-flamenca de finales
del siglo XV.
Este hecho permite comprender
mejor la diversidad de las primeras imágenes guadalupanas americanas. La
denominación «Guadalupe» no implicaba necesariamente una reproducción literal
de la escultura titular del santuario extremeño, sino la incorporación de un
modelo iconográfico asociado al prestigio de aquella advocación. En este
sentido resulta especialmente reveladora una carta del virrey de Nueva España,
Martín Enríquez, dirigida a Felipe II en 1575, en la que, al referirse a la
imagen mexicana, señalaba que «le
pusieron por nombre Guadalupe por decir que se parece a la Guadalupe de España».
La afirmación constituye un testimonio temprano de la relación establecida
entre la imagen americana y el modelo extremeño.
Tras el ábside del coro del
monasterio de Guadalupe se conserva una imagen de la Virgen con el Niño
conocida tradicionalmente entre los frailes como la Virgen del Coro.
Su denominación procede de su emplazamiento original: en 1499 fue colocada
sobre la sillería del coro, donde permaneció vinculada a la liturgia
conventual.
Desde el punto de vista
artístico, se trata de una obra de finales del siglo XV que presenta
características propias de la escultura tardogótica de ámbito centroeuropeo y
flamenco. Su configuración encuentra paralelos en diversas xilografías y
estampas de la Virgen con el Niño difundidas en Europa durante las últimas
décadas del siglo XV y comienzos del XVI. Entre ellas pueden mencionarse el
grabado del libro de oraciones flamenco-alemán-francés de 1500, conservado en
la Biblioteca Real de Bruselas; el grabado de la Virgen del Rosario,
realizado durante el último tercio del siglo XV por Israhel van Meckenem; la
representación de la Virgen con el Niño, de hacia 1490, conservada en el
Rijksmuseum de Ámsterdam y relacionada con el círculo de Martin Schongauer; y
la propia viñeta del libro coral Officium Sanctae Luciae et Expectationis
B. M. Virginis, cuya representación reproduce la imagen de la
Virgen del Coro[20].
La existencia de estos
paralelos permite situar la escultura dentro de una tradición iconográfica
europea más amplia. Su importancia para el estudio de la devoción guadalupana
americana reside en que este modelo pudo funcionar como referencia visual para
escultores que no tenían acceso directo a la imagen titular del camarín.
Las descripciones conservadas
en la documentación del monasterio permiten reconstruir, además, el aspecto de
la escultura y su aparato devocional. En 1597, fray Gabriel de Talavera
describía la imagen en los siguientes términos: «hecha con maravillosa traça y proporción. Tiene derribada la luna a sus
pies, está coronada de doze estrellas, y su vestidura cubierta de sol»[21].
Más de un siglo después, en
1743, fray Francisco de San Joseph ofrecía una descripción mucho más detallada,
en la que destacaba el color oscuro de la piel, la disposición del cabello, la
corona, las doce estrellas, el manto y la túnica, así como la presencia del sol
y de la luna: «El color de nuestra imagen
es triguero obscuro, el rostro lleno y hermoso, frente espaciosa, ojos grandes
y juntos, el cabello es una madeja de oro muy poblada y partida en dos mitades
desde el medio de la frente»[22].
La descripción continúa
señalando que la Virgen llevaba corona real y doce estrellas, vestía manto y
túnica talares decorados con flores de oro y aparecía sobre la luna, mientras
los rayos solares formaban una suerte de dosel en torno a su figura.
Desde el punto de vista
iconográfico, la representación corresponde a la imagen de la Mujer del Apocalipsis,
cuya descripción procede del capítulo duodécimo del Apocalipsis
de San Juan: «una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y
sobre la cabeza una corona de doce estrellas»[23].
La asociación de María con esta figura bíblica se consolidó en el arte
cristiano occidental durante la Baja Edad Media y alcanzó una particular
difusión en el contexto de la espiritualidad mariana de los siglos XV y XVI.
La escultura presenta una
composición rígida y frontal, aunque introduce cierto movimiento mediante el
adelantamiento de la pierna derecha. La Virgen sostiene al Niño desnudo sobre
su costado izquierdo, generando un contraposto característico de la escultura
tardogótica. María viste una túnica de color jacinto, decorada mediante motivos
vegetales estofados, y un manto azul oscuro con estrellas doradas. La figura
aparece rodeada por una ráfaga de rayos alternantes, rectos y ondulados, que
refuerza su identificación con la Mujer del Apocalipsis[24].
La imagen de la Virgen del
Coro fue objeto de una importante intervención en Salamanca durante 1743. La
restauración modificó algunos elementos de su presentación, especialmente la
disposición de las estrellas que formaban parte del conjunto iconográfico[25]. Las
cuarenta y dos estrellas que la decoraban fueron colocadas en el manto de la
Virgen, del cual se pintó de azul, tal y como recoge un códice del monasterio,
en que se anota la llegada de la virgen desde Salamanca el 22 de marzo de 1744:
"En este día de la paga, llegaron
los harrieros de Salamanca y trajeron también la imagen de Nuestra Señora que
estaba en el coro y si ha de volver a colocar sobre la coronación de la silla
prior al, estofada según ella estaba, y sólo puestas en el manto que es azul,
las cuarenta y dos estrellas que antes estaban en el arco que se derribó para
alargar el coro (literal)"[26].
La documentación del
monasterio ofrece un testimonio excepcional de esta intervención. Un códice de
la fábrica y ornamentos de la iglesia registra el regreso de la imagen desde
Salamanca el 22 de marzo de 1744. El documento señala que la escultura debía ser
colocada nuevamente sobre la coronación de la silla prioral y que, después de
la intervención, se había dispuesto el manto en color azul y colocado sobre él
las cuarenta y dos estrellas que anteriormente ocupaban el arco que había sido
derribado para ampliar el coro.
Este proceso resulta
relevante porque demuestra que las imágenes de devoción no eran objetos
estáticos. A lo largo de los siglos podían experimentar transformaciones,
restauraciones y modificaciones de acuerdo con las nuevas sensibilidades estéticas
y litúrgicas. El caso de la Virgen del Coro resulta especialmente significativo
para comprender la transmisión de los modelos guadalupanos hacia América, pues
permite distinguir entre la escultura original, su presentación histórica y las
reproducciones realizadas a partir de modelos gráficos o escultóricos
accesibles a los artistas.
La expansión americana de la
advocación de Guadalupe tuvo en Nueva España una de sus manifestaciones más
importantes. La tradición sitúa en diciembre de 1531 las apariciones de la
Virgen a Juan Diego en el cerro del Tepeyac. Según el relato tradicional, la
Virgen habría solicitado la construcción de un templo en aquel lugar y, ante
las dudas del obispo, habría hecho florecer rosas en pleno invierno, quedando
posteriormente su imagen impresa en la tilma de Juan Diego.
La tradición guadalupana
mexicana desarrolló desde el siglo XVI un complejo sistema de culto,
peregrinación, producción de imágenes y legitimación institucional. La primera
capilla vinculada al Tepeyac fue ampliándose con el paso del tiempo y, durante
el siglo XVII, la imagen fue trasladada a nuevos espacios de culto. La
inundación que sufrió la ciudad de México en 1629 contribuyó asimismo a
reforzar la fama milagrosa de la imagen, pues el arzobispo Francisco Manso
habría ordenado trasladarla para solicitar su protección ante las aguas.
La consolidación del culto
estuvo acompañada por un proceso de institucionalización. En 1665 se solicitó a
la Santa Sede la concesión de un oficio litúrgico para la festividad del 12 de
diciembre. Al año siguiente se realizaron informaciones sobre las apariciones,
en las que diversos testigos declararon haber conocido desde su infancia la
tradición del prodigio. Estos testimonios fueron enviados a Roma y quedaron
también registrados en la documentación conservada en México.
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[10]
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[11]
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[12]
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[13] Archivo del Monasterio de Guadalupe, leg. 1: ALFONSO XI,
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[14] ALFONSO XI, Real Privilegio, dado en Santa María
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[15]
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[16]
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[17] TEJADA,
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[18] TEJADA
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[19] ÁLVAREZ
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[20]
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[21]
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[22]
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[23]
GARCÍA MOGOLLÓN, 1987, 108.
[24]
GARCÍA MOGOLLÓN, 1987, 108.
[25]
VILLACAMPA, 1924, 22.
[26]
Archivo del Monasterio de Guadalupe, Códice 112, Libro de recibo y gasto que
tiene la fábrica, Adornos y lucimiento de la Iglesia de Nuestra Señora de Santa
María de Guadalupe, desde el día 8 noviembre 1742, fol. 85vº. Vid. VILLACAMPA,
1924, 25. Cit. ANDRÉS, 2001, 108.
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