miércoles, 6 de diciembre de 2017


UN COMPLEJO ARQUEOLÓGICO EN SANTA CRUZ DE LA SIERRA

Existen interesantes asentamientos localizados en la Sierra de Santa Cruz de la Provincia de Cáceres correspondientes al Bronce Final, Hierro Inicial y Pleno y época medieval y que han merecido varios estudios desde Roso de Luna[1], Martín Almagro-Gorbea[2], Ana María Martín Bravo[3] en relación al castro situado en el extremo Norte de la Sierra y los abundantes restos de edificaciones musulmanas de los siglos IX-XIII (necrópolis, hábitat, fortificación) estudiados por Mélida y la profesora Sophie Gilotte[4]. Por su parte, el profesor Manuel Rubio realizó un interesante estudio sobre otro castro localizado en el cerro San Juan el Alto[5] e hizo referencias a los restos encontrados en la cercana huerta de Mariprao en el año 1956 por el profesor Mena de un rico ajuar perteneciente a un enterramiento fenopúnico[6].
En el contexto en el que el profesor Manuel Rubio localizó en San Juan el Alto un poblado y abundantes restos de cerámica en los años 70 del siglo XX. Damos a conocer en dicho cerro y en la cercana huerta Mariprao un complejo arqueológico prerromano próximo al lugar donde el profesor Mena localizó en 1956 los citados restos funerarios, donde hemos localizado restos de muralla, canteras, cazoletas, tres altares de sacrificio o “peñas sacras” y, a escasos 200 metros un nuevo santuario o altar, así como grabados rupestres al aire libro y restos de cerámica y objetos metálicos en superficie que nos permiten datar dicho conjunto arqueológico entre el Bronce Final y el Hierro Inicial.
Este complejo arqueológico está situado en el término de Santa Cruz de la Sierra (Extremadura), concretamente a 800 metros de la citada población, sus coordenadas geográficas son 39° 20’ 10,16 ‘’ Latitud Norte,  5º 50’ 11,22’’ Longitud Oeste, meridiano de Greenwich, desde esta zona se domina la llanura trujillana la hacia el norte y la depresión del Guadiana, hacia el sur.
El poblado se enclava en el apéndice de un cerro granítico que recibe el nombre de San Juan el Alto, al sureste de la población, presentando su zona más elevada una plataforma o bloque residual sobreelevado a 453 metros de altitud destacando sobre el terreno; dicha altura proporciona al Castro una posición estratégica acentuada, aprovechando la defensa natural que le proporciona este relieve de sierra. La ladera se aprovecha para pastizal y algunas parcelas dedicadas al cultivo, hay abundantes chumberas, olivos, almendros mezclados con la vegetación mediterránea (encina, roble), lo que pone de manifiesto que existen suficientes recursos en el entorno del Castro para mantener a una población estable, también hemos de destacar el codeso y la escoba (retamar) y la vegetación fisulírica en la fractura de los bolos del cerro de San Juan siendo la más característica la Digitalis thapsis; y, mamíferos como la liebre, el conejo y el zorro. Tampoco existen problemas para el abastecimiento de agua, pues existen importantes manantiales cuya agua incluso es utilizada hoy día por el pueblo.
Debido a la gran cantidad de materiales dispersos por toda la superficie del yacimiento, como consecuencia de la remoción de tierras por los agricultores, hemos podido localizar en superficie numerosos restos de cerámica del poblado de dimensiones y tipologías variables, destacando bordes aplanados o almendrados y fondo plano o curvo indistintamente, y dos colgantes amorcillados macizo, materiales que apuntan una cronología avanzada dentro del Bronce Final, situándolos en el siglo IX a. C. los colgantes amorcillados estuvieron en uso desde el Bronce Final hasta los siglos VI-V a. C[7]. No obstante, en el yacimiento se observa claramente una continuidad en el asentamiento que nos lleva hasta el Hierro Inicial. Aunque este material no es muy significativo, si es semejante al documentado en poblados del Bronce Final por lo que creemos necesario recoger esta información ya que con él son ya dos los poblados de esta época, este estamos estudiando y otro situado en el extremo Norte de la cercana Sierra de Santa Cruz cuya cota es de 743 m, frente a los 843 m que alcanza el pico más alto de la Sierra o “monte isla”[8] donde se localizan restos de ocupación del Bronce Final, Hierro Inicial y Pleno y época medieval, ya que este lugar es un enclave idóneo para situar rastros, siendo uno de los escasos sitios donde se documenta una ocupación que abarca desde la Prehistoria hasta la Edad Media.
Volviendo al asentamiento que nos ocupa, el material recogido en superficie está compuesto por cerámicas a mano, algunas con las superficies bruñidas y otros restos cerámicos fabricados a torno, vasos cuya única forma significativa son los bordes exvasados y vueltos; el material metálico es, sin embargo, el que mejor información con lógica aporta, tal es el caso del citado colgante amorcillado (mediados o finales del siglo IX a. C). Hace algunos años, el profesor Manuel Rubio recogió en este cerro de San Juan el Alto[9] varios restos de cerámica a torno, correspondientes a recipientes de paredes gruesas presentando la pasta un color rojo parduzco, la forma de los recipientes seguía la tendencia esférica u oval. Según el profesor Manuel Rubio pertenecían a grandes recipientes de almacenaje para gran permanencia temporal -las denominadas tinajas de lagar-. También encontró una serie de  fragmentos de labios; realizados con pasta fina,  sus caras son rojo anaranjado, no así el interior que es gris oscuro; la arcilla tiene presencia de desgrasante muy fino y se realizaron también a torno, posiblemente pertenecientes a vajillas de uso cotidiano aunque a veces de cierto lujo y prestigio. Igualmente, recogió importante número de restos de cerámicas estampiladas, incisas (por puntos, trazos lineales rectos, angulaciones, a peine) y pintadas consistentes en cerámicas finas y anaranjadas la presencia de seis fragmentos decorados con bandas de color rojo vinoso.
Todo el poblado se rodeó de una muralla de bloques de granito (86 metros) aprovechando los afloramientos rocosos aparejados en seco, de modo que en algunos tramos lo único necesario fue tapar los huecos entre ellos. La cantidad de piedra desplomada de los lienzos es ingente, alcanzando el derrumbe de los 3 m de altura y un espesor que oscila entre 3, 50 y 3, 70 metros. La muralla exterior marca una línea de defensa que rodea todo el cerro situándose en la zona sureste, la más desprotegida. No obstante, en esta zona se observa claramente otra línea de muralla casi paralela a la muralla principal y separada de ella tan sólo unos metros. Esta primera muralla tiene la particularidad de ser un sencillo parapeto que completa la defensa que proporcionan los escarpes casi verticales de este cerro. La superficie del asentamiento situado en San Juan el Alto pudo ser aproximadamente 700 mtrs cuadrados.

La técnica de construcción de la muralla fue la superposición de bloques de granito sin formar y largas regulares; las de mayor tamaño se colocaron en las caras exteriores del muro, utilizando las más pequeñas para acuñarlas. El interior presenta un relleno de piedras más pequeñas colocadas sin forma determinada alcanzando un espesor de 1,50 m en algunas zonas del recinto, encontrándonos en la zona Este paramentos construidos en talud llegando a alcanzar la muralla una altura de 5,78 m mientras que en el extremo Norte (que mira a la población de Santa Cruz de la Sierra) se construyeron rectos y, destacamos cuatro orificios cuadrados practicados en la roca para la colocación de una empalizada. Los accesos al interior del recinto se sitúan en los flancos Sur y Sureste. Observándose claramente un vano en el flanco sur de 1 m de luz en la muralla, que lleva una anchura de 1,30 m en el lado opuesto se observa los derrumbes de otro más pequeño. Predomina el granito de grano grueso y leucogranito, presentando un grano cuyo grosor está entre 5 mms y 3 cms. Se trata de granitos de dos micas y muy ricos en moscovitas.



El complejo sistema defensivo es característico de una etapa que va de finales del Bronce al Hierro Inicial, por lo que nos permite señalar que fue en ese periodo de transición entre una y otra fase cuando se construiría. El material arqueológico es muy escaso en el poblado los únicos indicios de viviendas son algunos pequeños fragmentos de adobes.  
Es importante destacar que en la Huerta Mariprao se localizaron dos urnas fenopúnicas (enterramiento de incineración) en torno al siglo VIII a. de C.-, es decir en Época Orientalizante o Hierro I. que fueron dadas a conocer por Mena en 1959[10]; otros estudios realizados  en 1977[11] y 1999[12]  y en el año 2007, concretamente en el Boletín número 81 del Museo de Cáceres,  traslada la ubicación de su hallazgo a la ladera noreste de la sierra de Santa Cruz, inexactitudes ya que el profesor Manuel Rubio Andrada confirma que el hallazgo tuvo lugar en la huerta de Mariprado, pues era alumno de Antonio Mena y se encontrarme en el colegio, en el momento en que un campesino llevo los restos a las escuelas. Si continuamos el razonamiento en dicho enterramiento se localizaron también en el año 1959 dos vasos colocados a cada lado, un plato y una figura de arcilla con forma de pájaro depositada junto los huesos, que fueron depositados en el Museo de Cáceres. Un vaso fabricado a torno, y se caracteriza por un cuello acampanado alto y panza ovoide separados por un marcado bisel, con la superficie cubierta por cuatro bandas paralelas de engobe rojo salvo la zona de la base. El segundo también está fabricado a torno y de una forma similar, aunque la panza es más ovoide y no se marca el bisel, también está cubierto por bandas de engobe rojo[13]. Los vasos fenopúnicos de Santa Cruz de la Sierra han sido estudiados por Aubet y los considera productos algún taller del Bajo Guadalquivir[14].
Tanto Ana María Martín Bravo, del Depº de Documentación del Museo del Prado,  como la profesora Marisa Ruiz-Gálvez han planteado la hipótesis de que el enterramiento de Santa Cruz de la Sierra podría ser de origen tartésico, una mujer que trasladaría su residencia a las tierras del interior; posiblemente estaría unida a algún jerarca, como vínculo para garantizar las relaciones entre las gentes de procedencia tardecita y la población local y controlaba los puertos de acceso a la cuenca del Tajo, influyendo en el caso de Santa Cruz de la Sierra la estratégica posición este lugar ocupa, al estar junto uno de los principales puertos que hay que cruzar para adentrarse en la Alta Extremadura[15].
En el cerro de San Juan el Alto damos a conocer la existencia de dos altares de sacrificio, uno más situado en la ladera sureste fuera del recinto amurallado –considerando que se trate de un altar de la Edad del Bronce Final-, y, en lo alto del cerro otro altar (a 200 metros de los anteriores).
ALTAR DE SACRIFICIOS DE SAN JUAN EL ALTO: Se sitúa en una de las entradas del poblado  con orientación NW-SE, tiene un amplio ara rectangular que mide 4 x 2 m y dos escaleras amplias (70 x 50 cms y 60 x 10 cms, respectivamente). El altar o “peña sacra” mide 4,50 m x 2,40 m. presentando otras dos escaleras de forma casi circular (24 x 40 cm) y dos cubetas. Correspondiente a la Edad del Hierro.




ALTAR DE SACRIFICIOS DE SAN JUAN EL ALTO:  A 7 metros del altar citado  encontramos otro, posiblemente de la Edad del Bronce Final. Mide 3,30 m x 2,10 m. presenta 3 orificios en la zona superior (90 x 60 cms, 60 x 37 cms y 50 x 40 cms. el ara que vierte por un canalillo, con orientación NW-SE.  En la base del santuario hay una concavidad producida por la erosión del granito, con una angosta entrada, cuyo interior ha sido un importante metamorfismo  (metablastos de ortosa) formando hoyos de 10 cms de diámetro.
Entre ambos conjuntos o “peñas sacras” hay una cantera.
ALTAR DE SACRIFICIOS EN SAN JUAN EL ALTO: En lo alto del cerro San Juan el Alto, a 200 metros del castro y “peñas sacras” citadas predomina la formación de “bolos” debido a la acción combinada del diaclasado con el lajamiento superficial, dando lugar a capas de varios centímetros redondeando las aristas formadas por el diaclasamiento, un bolo granítico que emerge en el terreno sobre otros dos, formando una pequeña cavidad interior, incluso formando parte de la defensa natural del poblado. Allí nos encontramos con otro santuario que presenta al suroeste cuatro escaleras en reducción según ascendemos al ara que van de 70 cms. a 40 cms. y, dos escaleras más con forma cuadrangular que miden 30 x 20 cms. En la zona superior se encuentra el ara (70 x 30 cms).
A estas formas habría que unir extensas lanchas –bien trabajadas- y amplios “domos”, donde se retiene el agua de lluvia generando erosión por disgregación granular y encontrando en varios lugares escaleras practicadas en la roca que permiten acceder a los distintos lugares del asentamiento.
Fuera de todo el recinto amurallado, en el extremo Norte (que mira a la población de Santa Cruz) encontramos en un peñasco que forma parte del bloque amurallado dos grabados, un soliforme con seis puntuaciones o coviñas rodeando una central. Y a escasos metros siete haces de líneas o barras verticales. Al problema de la identificación de lo representado se añade el no menos importante de su representación, realizada desde nuestra perspectiva, que evidentemente no tiene por qué coincidir con la de otros autores. Nos encontramos ante dos asociaciones aparentemente simbólicas elaboradas mentalmente, con las que tratarían de expresar o comunicar ideas a modo de códigos de comunicación mediante una sencilla técnica y utilizando la piedra  como soporte y, teniendo muy en cuenta la primitiva elección del asentamiento.
La estructura de puntos consigue reflejar la misma idea que el petroglifo tipo “círculo trazado mediante puntos”, o que el tipo “coviña central rodeada por línea circular, seguida de anillo de coviñas rodeadas de línea circular”.
La curiosidad humana con respecto al día y la noche, al Sol, la Luna y las estrellas, llevó a los hombres primitivos a la conclusión de que los cuerpos celestes parecen moverse de forma regular. La primera utilidad de esta observación fue, por lo tanto, la de definir el tiempo y orientarse. Para los pueblos primitivos el cielo mostraba una conducta muy regular. El Sol que separaba el día de la noche salía todas las mañanas desde una dirección, el Este, se movía uniformemente durante el día y se ponía en la dirección opuesta, el Oeste. Por la noche se podían ver miles de estrellas que seguían una trayectoria similar.
En las zonas templadas, comprobaron que el día y la noche no duraban lo mismo a lo largo del año. En los días largos, el Sol salía más al Norte y ascendía más alto en el cielo al mediodía. En los días con noches más largas el Sol salía más al Sur y no ascendía tanto.
Pronto, el conocimiento de los movimientos cíclicos del Sol, la Luna y las estrellas mostraron su utilidad para la predicción de fenómenos como el ciclo de las estaciones, de cuyo conocimiento dependía la supervivencia de cualquier grupo humano. Cuando la actividad principal era la caza, era trascendental predecir el instante el que se producía la migración estacional de los animales que les servían de alimento y, posteriormente, cuando nacieron las primeras comunidades agrícolas, era fundamental conocer el momento oportuno para sembrar y recoger las cosechas.
La alternancia del día y la noche debe haber sido un hecho explicado de manera obvia desde un principio por la presencia o ausencia del Sol en el cielo y el día fue seguramente la primera unidad de tiempo universalmente utilizada.
Debió de ser importante también desde un principio el hecho de que la calidad de la luz nocturna dependiera de la fase de la Luna, y el ciclo de veintinueve a treinta días ofrece una manera cómoda de medir el tiempo. De esta forma los calendarios primitivos casi siempre se basaban en el ciclo de las fases de la Luna. En cuanto a las estrellas, para cualquier observador debió de ser obvio que las estrellas son puntos brillantes que conservan un esquema fijo noche tras noche. Los primitivos, naturalmente, creían que las estrellas estaban fijas en una especie de bóveda sobre la Tierra. Pero el Sol y la Luna no deberían estar incluidos en ella.
Del Megalítico se conservan grabados en piedra de las figuras de ciertas constelaciones: la Osa Mayor, la Osa Menor y las Pléyades. En ellos cada estrella está representada por un alvéolo circular excavado en la piedra. La literatura vertida sobre estas combinaciones circulares que tienen un contenido simbólico es abrumadora. Su amplia difusión en Europa y la existencia de figuras semejantes en América y Asia, así como su datación desde la Edad del Bronce en el área del Oriente Próximo hasta tiempos relativamente recientes en otras zonas, nos ponen ante un símbolo universal de significado posiblemente diferente según el lugar y la época en que se inscriba. Temática característica que nos muestra un mundo simbólico muy intrincado, producto de una sociedad compleja. La carencia de información objetiva sobre aspectos tan básicos como las características fundamentales de la sociedad de la Edad del Bronce nos impide todo intento serio por abordar de forma coherente un tema imprescindible, constatando la relación directa entre las rocas con grabados y el hecho de que desde ellos se contara con una amplia perspectiva visual sobre terrenos muy aptos para sustentar pastos naturales, reduciendo la existencia del pastoreo, su relación con los grabados y su elevado grado de incidencia en el régimen económico de la comunidad humana que aquí se estableció, dotada de un cierto grado de organización social en una fase transicional Bronce-Hierro. Lo que sí está claro es que el arte rupestre está muy lejos de constituir una mera manifestación estética, en él subyace un fuerte componente simbólico que es fiel reflejo de la existencia su alrededor de un mundo espiritual relativamente complejo, en el que por fuerza habrían de jugar un papel importante ciertos individuos destacados que detentarían un mayor o menor grado de poder ideológico y material, al estar en posesión de las claves necesarias para interpretar el universo simbólico representado en los grabados.
Podemos agrupar este tipo de grabados a las formulaciones teóricas de lo que se ha dado en llamar Arqueologia del Paisaje, pues consideramos que nos encontramos ante un paisaje ritual,  empleando la hipótesis cronológica tradicional –lo que nos dificulta una adecuada contextualización, cosa que nos preocupa en exceso pudiendo adaptar modelos teóricos procedentes de la órbita anglosajona, entendiendo la mayor parte de los petroglifos como una forma de apropiación simbólica del espacio por comunidades humanas en zonas muy concretas donde se produciría cierta competitividad por el acceso a determinados recursos. Ubicando los grabados cronológicamente en a finales de la edad del bronce, y permitiendo integral del fenómeno dentro de un contexto histórico específico: exactamente el mismo que la investigación arqueológica apunta a los primeros tiempos de la introducción de la metalurgia en esta zona, una época caracterizada por la apertura de este asentamiento exterior, por un dinamismo económico y un crecimiento demográfico derivados de la intensificación agropecuaria, y por el inicio de una acusada tendencia hacia la aparición de formas de organización social complejas, una hipótesis que planteamos al observar la presencia de múltiples asientos practicados en la roca teniendo que ver con el nuevo orden social, como un instrumento para la difusión y la reproducción del dominio de clase, naturalizado una representación de la realidad caracterizada por la presencia social del varón y el poder individual.
Resulta especialmente llamativo la existencia de estas oquedades formadas o practicadas en bloques graníticos, tras su observación consideramos que no se trata del desgaste del granito en proceso de descomposición, producido por agentes atmosféricos generales y algún agente local de extraordinaria virulencia. Nos encontramos ante asientos practicados en la roca donde los pobladores de este asentamiento asistirían a una especie de ritual.
Frente a este conjunto pétreo se encuentra una especie de pileta muy bien tallada en la roca con una orientación y una configuración del paisaje totalmente diferente, comienza a invitarnos inevitablemente a prestarle atención al asunto. Aquí estamos ya ante un bloque exento, ante un pequeño canchal no muy elevado que exhibe en la zona superior una circunferencia perfectamente estar tallada, sin que se pueda apreciar “resbalón” o acanaladura que denuncie algún tipo de vertido. Probablemente estemos ante un altar de ofrendas que podemos asociar a los grabados localizados en esta zona.
El paraje en que se encuentra es la planicie del cerro que estamos estudiando, mirando al Norte, concretamente a la actual población de Santa Cruz de la Sierra, en la que pueden observarse también señales de transformación, pudiéndose observar un poblamiento estable. El paraje está claramente antropizado y se observan señales claras de poblamiento; apareciendo incluso abundantes restos de cerámica correspondientes a la Edad del Bronce Final y Hierro Inicial. Definiendo con todo ello un tipo de espacio que podemos definir como paisaje ritual.







[1] Roso de Luna, M: “Excavaciones en la Sierra de Santa Cruz”. Revista de Extremadura, IV, Badajoz, 1902, pp. 253-258.
[2] Almagro Gorbea, M: “El Bronce Final y el período Orientalizante en Extremadura”. Bibliotheca Preahistórica  Hispana. XIV, Madrid, 1977, p.  204.
[3] Martín Bravo, A. M: Los orígenes de Lusitania. El I Milenio  a. C. en la Alta Extremadura. Real Academia de la Historia, Madrid, 1999, p. 37.
[4] Mélida, J. R..: Catálogo monumental de España. Catálogo Monumental de la provincia de Cáceres. Madrid, 1924. Gilotte, S: Aux marges d'al-Andalus. Peuplement et habitat en Estrémadure centre-orientale (VIIIe–XIIIe siècles) ,  2 vol.. Academia Scientiarum Fennica. Helsinki, Finlande 2010
[5] Rubio Andrada, M;  Rubio Muñoz, F. J y Rubio Muñoz, M. I: “El poblado de la Edad del Hierro de San Juan el Alto de Santa Cruz de la Sierra”.  Actas de los XXXVI Coloquios Históricos de Extremadura. Tomo II. Badajoz, 2008, pp. 683-713.

[6] Mena Ojea, A: “Restos prehistóricos en Santa Cruz de la Sierra”. Revista Alcántara, Cáceres, 1956, p. 41
[7] Martín Bravo, A. M: Los orígenes de Lusitania. El I Milenio  a. C. en la Alta Extremadura. Real Academia de la Historia, op. cit., p. 37
[8] Gómez Amelia, D:  La Penillanura Extremeña. Estudio geomorfológico. Universidad de Extremadura, Cáceres, 1985, p. 174; Roso de Luna, M: “Excavaciones en la Sierra de Santa Cruz”, op. cit., pp. 253-258.
[9] Rubio Andrada, M;  Rubio Muñoz, F. J y Rubio Muñoz, M. I: “El poblado de la Edad del Hierro de San Juan el Alto de Santa Cruz de la Sierra”, op. cit., pp. 689-691.
[10] Se encuentran en el Museo Provincial de Cáceres. Mena Ojea, A: “Restos prehistóricos en Santa Cruz de la Sierra”, op. cit., p. 41. El análisis antropológico de los restos óseos fue realizado por los doctores Robledo y G. Trancho revelando que pertenecían a una mujer joven, que murió cuando tenía una edad  entre los 25 y 30 años.
[11] ALMAGRO GORBEA, M: “El Bronce Final y el período Orientalizante en Extremadura”, op. cit., p.  204.
[12] Vid. Martín Bravo, op. cit., p. 88.
[13] Similares a éstos son los vasos a chardon que aparecen en la base del Túmulo A de Setefilla en Lora del Río, Sevilla; otro que procede del Túmulo B y un vaso de la tumba 1 de La Joya.  Vid. Aubet Semmler, M.E: “La necrópolis de Setefilla en Lora del Río, Sevilla”. Programa de Investigaciones. Protohistóricas. II. Barcelona, 1975;  Aubet Semmler, M.E: “La necrópolis de Setefilla (Lora del Rio, Sevilla). El Túmulo A. Programa de Investigaciones. Protohistóricas: Andalucía Extremadura, Barcelona, 1981, p. 94; Aubet Semmler, M.E: Excavaciones en Setefilla: el Túmulo B”. Programa de Investigaciones. Protohistóricas: Andalucía Extremadura. Barcelona, 1981, p. 213; Orta, E. M y GARRIDO, J. P: “La tumba orientalizante de “La Joya”, Huelva. Trabajos de Prehistoria, número 11, 1963, 11, p. 21.
[14] Aubet Semmler, M.E: “La cerámica púnica de Setefilla”. Studia Archaeologica, 42, Madrid, 1976,  p. 24. Cit. Martín Bravo, op. cit., p. 88.
[15] Martín Bravo, op. cit., p. 90. Ruiz-Gálvez Priego, M: “La novia vendida: Orfebrería, Herencia y Agricultura  en la Prehistoria de la Península Ibérica”. SPAL, 1, 1992, p. 238. Explicando el tesoro de Aliseda y relacionándole con el ajuar localizado en la tumba de Santa Cruz de la Sierra, repitiendo las extrañas características de la tumba de El Carpio del Tajo, en Toledo. 

lunes, 27 de noviembre de 2017

LOS RESTOS PREHISTORICOS DE CAÑAMERO

La fertilidad natural del suelo, unida a la gran abundancia de aguas, clima y excelente posición geográfica, determinaron el poblamiento de esta comarca desde tiempos remotos que se pierden en la bruma prehistórica. Útiles de la industria lítica se han localizado en las Mesas de las Rañas y en las terrazas del río Ruecas, consistentes en cantos rodados, raederas, bifaces. Mario Roso de Luna descubrió a principios del siglo XX en la Dehesa del Porrero, junto al río Ruecas varias hachas de fibrolita, de perfil semiovoideo, pulimentadas y finamente ejecutadas[1]. Los primeros utensilios humanos, se han encontrado en las rañas más orientales consisten en piedras hábilmente talladas que fueron transformadas en herramientas cortantes, los restos más numerosos e interesantes datan del Neolítico.
En su término municipal se ha localizado un importante conjunto de pinturas rupestres esquemáticas, formado por más de una decena de estaciones distribuidas a ambos lados del río Ruecas, en las terrazas del mirador y detrás del castillo, clara vía de penetración prehistórica hacia la zona montañosa de las Villuercas, destacando la Cueva Chiquita o de Álvarez[2], el cancho de la Burra, las pinturas de Asunción, de la Rosa y los Vencejos, del Batán o en La Madrastra[3]. Nos encontramos ante varios conjuntos de pinturas esquemáticas trazadas generalmente en las superficies rocosas más pulimentadas y visibles de las covachas, abrigos o paredes al aire libre, que se han conformado en los afloramientos de cuarcitas. En Cañamero es donde han aparecido la mayor densidad de pinturas esquemáticas de las Villuercas así como en los abrigos de las proximidades de Berzocana, desde que las descubriese en 1916 el abate francés Henri Breuil, respondiendo a figuras de tamaños pequeños, pintadas con un solo color, en tintas planas de tonos rojos, a los que siguen en abundancia pigmentos negros o blancos. Formas humanas o de animales y signos, encontrando las estaciones pictóricas más impresionantes en la margen derecha del río Ruecas, en las umbrías de la Sierra de la Madrila y la del Pimpollar.
Menos abundantes son los conjuntos de grabados rupestres. Se trata de cazoletas, series de trazos o figuras muy esquematizadas, inscritas en superficies rocosas, contando con importantes ejemplos en Cañamero concretamente en el lugar conocido como Vaciancha.
También nos encontramos con restos de viviendas o chozas presumiblemente circulares, su construcción arranca directamente de la roca madre sin ningún tipo de cimentación, a lo sumo se aplanaba el terreno y se desbastaba la superficie de la roca para colocar las primeras hiladas. A continuación se levantaba el muro sin argamasa y se cubrían los huecos con barro. La estructura se remataba con una cubierta vegetal compactada con pellas de barro. Este tipo de hábitat es muy característico de la última etapa del Bronce.
Próxima a una de las viviendas hay una peña con cazoletas. Una de las cuestiones que más incógnitas han provocado a los arqueólogos a la hora de datar y ofrecer una explicación coherente  son las cazoletas.  Se conjetura que las ha ido creando la naturaleza con el tiempo, sin que el hombre haya intervenido para nada. Pero es cierto, sin embargo, que algunas de las cazoletas que presentamos en este estudio presentan circunstancias y características que hacen sospechar que, sobre una base natural, alguien en algún tiempo y por alguna circunstancia las ha transformado por algo y para algo que no conocemos. Las cazoletas localizadas tienen un diámetro aproximado de entre 10 y 15 mm,  se encuentran agrupadas. Es difícil encontrarle el significado concreto. Lo primero y más importante en estos casos es saber discernir lo hecho por la naturaleza de lo que no lo es. Cuando estamos seguros de lo segundo es cuando comienza la investigación arqueológica.
Algunos investigadores indagan la relación que pudiera existir entre la colocación de las cazoletas sobre las peñas y las visiones del cielo. Con modernos mecanismos de medición están encontrando relaciones evidentes entre fenómenos periódicos de tipo climático (equinoccios, solsticios…) y algunos casos de cazoletas. Esto pudiera tener una explicación sencilla en unas sociedades en las que no existían los mecanismos para saber las horas, el tiempo, etc. Sabían de la periodicidad de los fenómenos en el cielo porque los veían y tenían que fijar pistas para detectarlos.  De hecho, muchas de las tareas de su economía agraria estaban basadas en los ciclos del sol, por lo tanto era preciso conocerlos con exactitud. Evidentemente esos lugares se convertían en sitios sagrados y como tales, teniendo en cuenta que su uso era durante mucho tiempo, se dejaban marcas unas veces simbólicas y otras destinadas a marcar pistas para la detección de los fenómenos celestes que les interesaran. Algunas de esas marcas eran las cazoletas aludidas y en las que a través de su estudio parece evidente que al menos las de algunos puntos tenían que ver con la observación fenómenos celestes, pero en otros no, lo cual indica que su cometido no era exclusivamente astronómico.
También, pudiera darse el caso de que las cazoletas fueran huecos para contener líquidos utilizados para un determinado ritual, ya que algunos pueblos actuales de estructura primitiva labran estas cazoletas buscando recoger el ellas el agua lustral, por ejemplo el agua procedente del rocío. En otro caso, podemos relacionarlas con lugares donde van a reunirse para honrar a una divinidad y de paso comunicarse inventos y adelantos, cambiarse productos. También, por la disposición de las mismas, pudiera tratarse de algún tipo de juego primitivo e incluso, hemos llegado a aventurar la hipótesis de encontrarnos con los más primitivos planos de una tribu, la ubicación de sus chozas.
Del Neolítico se conservan los dólmenes del Rosano y el de La Olivilla. Al popularmente conocido dólmen de las Brujas se puede acceder una vez visitado el castillo, desde este peñón donde otea la fortaleza árabe, tras un suave descenso llegamos al collado de la Escarihuela. Continuando ladera abajo llegamos al conjunto arqueológico de El Mirador, allí está el dólmen, que recibe ese popular nombre por la tradición villuerquina de brujas blancas. Igualmente, hemos hallado restos de un castro en la ladera del castillo, la zona Oeste. Entre los restos encontrados se hallan hachas de piedra, restos de muros convertidos en majanos, ruedas de molino de piedra, cerámica fina y tosca, etc.
En los alrededores del casco urbano existen vestigios de los castros conocidos como Castillejos y Cenal. En el municipio fue localizada por don Juan Maldonado Otero una estela de pizarra con caracteres ibéricos en la que podemos leer según los vocablos: “RAIATA”. La estela fue hallada junto a varios útiles mineros, un puñal de hoja triangular, una punta de flecha y un torqués de bronce, catalogados y conservados en el Museo Provincial de Cáceres. Hallazgos que según la interpretación fidedigna de don Juan Gil Montes confirman los contactos comerciales y culturales que existieron entre los pobladores de nuestra comarca y el mítico reino de Tartessos, situado en la desembocadura del Guadalquivir, donde afluían los viajeros procedentes del Mediterráneo para adquirir estaño.
Del proceso de romanización se han localizado restos de villas en La Olivilla, Las Víboras, Los  Carrascales y en la Dehesa Boyal, habiéndose localizado en superficie abundantes tégulas, cerámicas y monedas. En el siglo IV, existía una importante  villa romana que explotaba el rico valle del Vacianchas y que sirvió, en sucesivas etapas, como núcleo de población aglutinante de lo que sería el futuro Cañamero.
Cañamero y su entorno han mantenido potencialmente la existencia de filones mineros desde su explotación en época romana, destacando los filones con material de hierro en Cañamero[4] y las minas de fosforita de Logrosán en el Cerro de San Cristóbal[5]. También, hemos de tener en cuenta que la población se encuentra ubicada próxima a la calzada romana, en el trazado entre Emérita Augusta (Mérida) y Toletum (Toledo)[6] discurre en gran parte por las estribaciones de la Sierra de las Villuercas donde nos encontramos con el Puerto Llano de Cañamero (700 m.) y el Puerto de San Vicente (800 m.). El Puerto Llano o Puerto de Cañamero debe su nombre a que se remonta fácilmente desde una gran plataforma que se extiende al pie de su ladera suroeste, formando una meseta de numerosos kilómetros cuadrados denominada Las Mesas de las Rañas en Cañamero, y los baluartes orográficos del Puerto de San Vicente.
Calzada que nacía en Mérida y continúa por la mansio Lacipea, estación caminera que era también usada para llegar hasta las ciudades de Metelinum (Medellín) al sur y a Turgalium (Trujillo) al norte. Atravesando las Vegas Altas del Guadiana por Rena en dirección a la mansio Leuciana (cerro del Castillejo de Madrigalejo), continuando por las Vegas del Ruecas hasta la antigua Venta de Valdeazores, sobre el viejo camino medieval de Guadalupe a la Dehesa de Valdepalacios y en dirección a las Rañas de Cañamero, hasta llegar primero a la Venta de La Laguna y después al Puerto Llano, donde ambas vías se separan, una en dirección norte, por el valle de Valtravieso buscando el Puerto de la Cabeza de la Brama y el valle del Ibor para alcanzar finalmente Augustóbriga (Talavera la Vieja).
En la plaza del “pueblo de abajo” o villa vieja de Cañamero aparecieron en el año 1972 tres inscripciones funerarias que se conservan en el Museo Provincial de Cáceres. Una de ellas, es un ara votiva romana (foto 4) de piedra granítica rojiza en la que leemos: “Marti/ Avgv(s)/tinv(s)/ ser(vvs)/ e(x) i(ussu)/ v(otvm) s(olvit) m(erito)[7]. Esta ara está coronada por el foculus de forma circular, en el centro del mismo se ha grabado el nombre de la divinidad: Marte. Fue donada al Museo Provincial de Cáceres por Roso de Luna en el año 1902[8].
En el citado Museo Provincial se expone una estela de granito (foto 5) fragmentada que formaba parte del pavimento de la plaza de la villa vieja. Fue localizada por Juan Gil Montes y donada al Museo Provincial de Cáceres por el Ayuntamiento de Cañamero, puede leerse en este epitafio doble: "D(is) M(anibus) S(acrum)/ Eburus / (Tauri) f(ilius)/ an(norum) LXIII / h(ic) s(itus) e(st) s(it) t(ibi)/ t(erra) l(evis) Abita.
D(is) M (anibus) s(acrum)/ Succ(e)ssa / Succ(e)ssi f(ilia)/ an(norum) LIII / hi(c) s(ita) e(st) s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) / ITM"[9].
Es importante tener en cuenta que por Puerto Llano pasaba una de las vías romanas que unían las ciudades de Mérida y Toledo, camino que perdurará durante toda la Edad Media con el nombre de “camino sevillano”. 

BIBLIOGRAFÍA

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VELO Y NIETO, G: La Orden de Caballero de Monfrag. Madrid, 1950.






[1] MÉLIDA ALINARI, 1924, 12.
[2] CABRÉ, 1915; BREUIL, 1933; MÉLIDA, 1924; HERNÁNDEZ PACHECO, 1952; FERNÁNDEZ OXEA, 1969, 41-44; GIL MONTES y RODRÍGUEZ DE LAS HERAS, 1976, 68-78; GONZÁLEZ CORDERO y DE ALVARADO GONZALO, 1991, 139-156; 1991, 281-290; 1993, 18-25; GARCÍA ARRANZ, 1990 y 1992; GARCÍA ARRANZ, 2011; V. M. PIZARRO, 2008.

[3] 1994, 45-439; GIL MONTES y RODRÍGUEZ DE LAS HERAS, 1976, 68-78; RIVERO DE LA HIGUERA, 1972-73, 304.
[4] CHECKLAND, 1967, 5.
[5] ÁLVAREZ MARTÍNEZ, 1985, 138; BLÁZQUEZ, 1968, 37; ROSO DE LUNA, 1982, 17-26.
[6] Itinerario nº 25 de Antonino Pío: “Alio Itinere ab Emerita Caesaraugustam”. Recorrido diseñado por mi buen amigo Juan Gil Montes.
[7] SANGUINO, 1900, 275; CALLEJO SERRANO, 1962, 127; BELTRÁN, 1982, 115; ESTEBAN ORTEGA y SALAS MARTÍN, 2003, 53-54; ESTEBAN ORTEGA, 2012, 72.
[8] ROSO, 1900, 322.
[9] ESTEBAN ORTEGA, 2012, 72-73; ESTEBAN ORTEGA y SALAS MARTÍN, 2003, 54-55; BELTRÁN, 1976, 24-25. Agradecimiento a don Juan Valadés por permitirnos realizar foto en el Museo Provincial de Cáceres.

sábado, 25 de noviembre de 2017

CENTRO DE ESPIRITUALIDAD DE SAN CLEMENTE (TRUJILLO)


Desde que el 14 junio del año 1926 la congregación de religiosas Hijas de la Virgen de los Dolores, fundada por la Madre Antonia María Hernández Moreno,  decretaba en la capilla de la Casa Madre en Trujillo el Nihil obstat [1]y el 21 noviembre del citado año se celebraban con toda solemnidad las aprobadas Constituciones marcando un hito en la historia de esta institución religiosa, llevaron a cabo la loable iniciativa de extender sus enseñanzas, el proyecto institucional religioso y el amor a Dios y al prójimo por los distintos rincones de la geografía española y allende de los mares, desde la fundación de la casa de Miajadas en el año 1928, Almoharín en el año 1932 y así hasta nuestros días[2].

En el año 1933 el lugar conocido como “Las Viñas” o población de Pago de San Clemente lo formaban un conjunto de casas dispersas por zona montañosa y mansiones señoriales. La congregación de las Hijas de la Virgen de los Dolores se instalaron allí, en un lugar denominado “La Pizarra”, el día 11 de abril del año 1923 en una casona propiedad de doña Rosario Paredes. Las primeras religiosas que ocuparon esta vivienda fueron la hermana Asunción, Carmen María, Rosa Vega y Encarnación Suárez, dedicadas a la enseñanza de la doctrina cristiana y atender a los niños pobres de la zona. Pero esta vivienda se encontraba en muy mal estado y unas condiciones deplorables. Por eso, una bienhechora de Trujillo entregó el  lagar familiar, conocido como “Nuestra Señora de la Paz”, a las religiosas, fue doña Josefa Pérez Aloe en el año 1935. Al lado tenía una ermita restaurada en el año 1875 por don Francisco Villarreal Serrano, notario público de la ciudad de Trujillo que fue bendecida el 19  de mayo del año 1875 por don Francisco Reglado, caballero de la Orden de Cristo y cura de San Martín. En el año 1940, terminada la contienda civil española, se construye un pabellón para locales escolares en el denominado “Olivar del Poeta”, se prepara la vivienda para doña Josefa Pérez y se organiza un internado. En el año 1954 se empieza la construcción de una nueva planta y a finales del año 1956 se termina la estructura principal de la vivienda y centro de enseñanza. En el proceso constructivo también se realiza la actual capilla y un artístico porche con arcos apuntados y revestimiento de ladrillo visto, y en el piso superior un oratorio y salas, pues la capillita de doña Josefa Pérez Aloe estaba situada en la habitación de entrada a la Casona, donde actualmente se conservan los bienes muebles de la bienhechora. El año 1960 las hermanas consiguen tener luz eléctrica, gracias a las aportaciones -entre otras- de doña Josefa Pérez con 80.000 pesetas. A lo largo de los años se irán introduciendo mejoras, se construye una capilla amplia y se amplía el centro de enseñanza para 120 niños[3]. En tal ocasión, se encalan las paredes y, al exterior, se utiliza el color ocre, para marcar esquinas, el recercado de los vanos y el zócalo. Se trata de un edificio abierto y aparentemente compacto, en el que tanto el paseo de entrada cerrado con una artística galería, como las dimensiones del volumen único constituyen la imagen del complejo espiritual, emblemático y de fuerte carácter tradicional.
En el año 1992, la empresa Construcciones Abreu construye en su interior una amplia galería en donde existía un patio trasero. Una galería que articula el acceso a las distintas dependencias que se construyeron anexas a la primitiva edificación: servicios, habitaciones, sala de costura y plancha, y que comunica con otras dependencias traseras de la vivienda. La galería tiene planta cuadrangular con arcos carpaneles en sus lados Poniente y Mediodía con cubierta de viguería y paramento de azulejos talaveranos; mientras que en las zonas Norte y Sur, se abren vanos rectangulares y se cubre con acristalamiento que permite la entrada de luz, consiguiendo imprimir en el conjunto un cierto desahogo, tranquilidad y luminosidad. El argumento básico de intervención, que discurre sin traumatismos ni conflictos entre la arquitectura preexistente y sus nuevos contenidos, es la creación de un amplio patio interior para facilitar la penetración hacia los sectores más interiores del conjunto y conectarlo con el exterior, facilitando la iluminación natural en los cuatro pasillos o corredores que rodean al patio. La propuesta de intervención pretendía ser un ejercicio de recuperación y creación de vacíos, de búsqueda del contraste entre la luz y la sombra, de predominio del espacio horizontal bien temperado. Esta nueva zona se articula en torno al núcleo central de instalaciones y servicios, de manera que se consigue la adecuada relación entre sus alas oriental y occidental en plantas diáfanas que permiten realizar modificaciones en un futuro con gran libertad. También, en el año 1992 se lleva a cabo una importante reforma en la capilla, donde el propio maestro de obras don Antonio Abreu diseñó el Altar Mayor, también se construye el comedor grande y la sala de estar, donde existía un aula para los niños. La heterogeneidad tectónica y de escala queda superada para conformar un conjunto en el que los espacios libres juegan un importante papel relacional. El edificio resultante se aleja de la fórmula convencional del uso educativo que había tenido hasta entonces, acercándose también a la tipología de centro de espiritualidad y, en definitiva, un sitio para reunirse, para la reflexión y el estudio y la oración, pero fundamentalmente para vivir. En el año 2007 se construye el Pabellón “Juan Tena” de planta rectangular con cubierta a dos aguas y teja árabe, con un porche cerrado a la entrada. Es un edificio de reducidas dimensiones –en lo relativo a la altura- con respecto al edificio preexistente que se encuentra enfrente; tiene en su interior un amplio salón para reuniones, servicios y dormitorios, siguiendo la línea constructiva del resto de las edificaciones preexistente, con la excepción de utilizar distinto color al ocre, para marcar esquinas, el recercado de los vanos y el zócalo.






[1] Es la aprobación oficial desde el punto de vista moral y doctrinal de una obra que aspira a ser publicada realizada por un censor de la Iglesia Católica. La expresión abrevia otra expresión latina más larga, nihil obstat quominus imprimatur, que quiere decir «no existe impedimento para que sea impresa».
[2] “…Me he sentido movida a fundar colegios pobres sin pretensiones donde se enseñe a conocer y amar a Cristo, siempre con miras a fomentar el estado religioso y hasta el sacerdotal en los niños…”. Importante las Cartas de la Madre Antonia María para el conocimiento de su Obra. TENA FERNÁNDEZ, J y ANTONIA MARIA HERNÁNDEZ MORENO: Cartas. Hijas de la Virgen de los Dolores (Cartas de M. Antonia a Don Ángel Regueras, Cartas del padre Tena a las hermanas, Cartas de M. Antonia María a las Hermanas. Salamanca, 1983.
[3] Vid. ARIAS, L: Antonia María. Trujillo, 1978, págs. 108-110.