jueves, 18 de marzo de 2021

 

 

Extremadura es una tierra que ofrece abundantes paisajes de berrocales, algunos de extraordinario interés, pues siempre han atraído al hombre, todavía más en tiempos prehistóricos, cuando las extrañas formas de los berrocales de granito y de otras peñas eran vistos con una perspectiva animista, que en algunos casos ha perdurado en el folklore hasta nuestros días. De ahí su extraordinario interés.

Con el sugestivo título BERROCALES SAGRADOS DE EXTREMADURA hemos publicado un libro en el que hemos incluido todas aquellas peñas graníticas existentes en la tierra extremeña, auténticos altares rupestres que son manifestaciones del arte rupestre que habitualmente suelen pasar desapercibidas siendo, desde nuestro punto de vista, una de las más emocionantes muestras del arte Prehistórico y Protohistórico; simplemente, nos resulta sobrecogedor pensar que sobre esas piedras nuestros antepasados realizaban sus rituales, ceremonias y sacrificios en sus intentos de comunicarse con el más allá. Estimamos que la mayoría de estas peñas sacras fueron utilizadas mayormente durante el Calcolítico y Bronce Final y que es muy probable la existencia en los alrededores de la existencia de poblados construidos durante esa época.  Estamos, por tanto, ante obras monumentales realizadas entre 3000 y 2000 años a.C. Recordemos que a este periodo pertenecen gran parte de las pinturas esquemáticas que podemos encontrar en territorio extremeño así como dólmenes, crómlechs y menhires. Tras la romanización de la zona, estos altares cayeron en desuso. Hemos de tener en cuenta que la mayoría de los altares rupestres corresponden a la Edad del Hierro. Dichos altares, desconocidos para la mayoría de los investigadores y del público en general, hasta estos momentos, son descritos como bolos de pequeño y mediano tamaño que presentan cazoletas, grabados lineales, cubetas talladas y canalillos de desagüe. Estaríamos, por tanto, ante altares donde se realizarían sacrificios y cremaciones, habiendo encontrado la mayoría de ellos en Valcorchero (Plasencia), el Pico de San Gregorio de Santa Cruz de la Sierra y en Malpartida de Cáceres (Los Barruecos). Este libro es el resultado de cuatro años de investigación y de un importante trabajo de campo que se venía realizando años atrás. Es el resultado de bastantes años de recoger información por nosotros, especializados en este campo de nuestro patrimonio etno-arqueológico. Pero en todos los casos, es un hecho el que la piedra, símbolo de lo imperecedero desde tiempos remotos, se ha constituido como base para la práctica de los rituales religiosos e incluso como objeto principal de veneración pues en ella se labran altares, se graban o pintan elementos sagrados, se encuentran grutas y simas donde se rinde culto a la Divinidad, se construyen templos, monumentos megalíticos, etc.

 

Uno de los tipos más frecuentes que hemos localizado e investigado han sido las “peñas resbaladeras” que han quedado relegadas al considerarlas relacionadas con juegos infantiles. Se analizan las referencias a estas peñas en la historiografía, se ofrece su definición y sus características y un catálogo-inventario de los ejemplares hasta ahora conocidos en Extremadura, con un análisis de su dispersión geográfica, sus nombres populares y los escasos restos conservados del rito original, que confirman su relación con ritos de fecundidad. Por ello las “peñas resbaladeras” forman parte del corpus de peñas sacras de la Península Ibérica y suponen una aportación para conocer ancestrales tradiciones prehistóricas de origen animista.  Las “peñas resbaladeras” se caracterizan por ofrecer la huella de repetidos deslizamientos realizados sobre su superficie inclinada a lo largo de los siglos. Hasta ahora nunca han sido estudiadas en su conjunto, pues apenas habían llamado la atención al considerarlas un lugar de juego de niños. Sin embargo, su análisis complementa la visión sobre las “peñas sacras” de la antigua Hispania, al margen del propio interés que ofrecen en sí mismas como confirman sus paralelos en otras áreas de Europa Occidental.

Las “peñas resbaladeras” nos ofrecen una superficie lisa e inclinada, generalmente entre los 25º y los 30º, aunque alguna alcanza casi los 50º. Es esa superficie se observa una acanaladura, generalmente de entre 30 y 50 cm de ancho, que es la huella del desgaste por roce producida al haberse resbalado miles de veces por esa superficie. Esta acanaladura es el elemento que caracteriza las “peñas resbaladeras”, pues permite identificar el rito practicado en ellas, para el que se aprovecha la altura y la inclinación de la pared, cuyo uso prolongado ha producido esa acanaladura. La longitud de la “resbaladera” o zona desgastada al resbalarse varía notablemente de unos casos a otros, pero siempre ofrece varios metros de recorrido, desde apenas 2 m, como las de Garrovillas y Piornal en Cáceres, las de Almendralejo y Zafra en Badajoz o la de Arrabalde en Zamora, hasta casos que superan los 5 m y alguna llega a alcanzar 10 m y más, como las de Aldea Moret, Montehermoso, Plasenzuela, Santibáñez el Alto y Tejada del Tiétar y Valverde, en Cáceres, aunque dimensiones semejantes se ven en otras zonas, como la del Castillo de Mirón, en Ávila. Esta “resbaladera” suele ser única, aunque en algunas peñas, como la de Garrovillas en Cáceres, existe una segunda acanaladura más o menos próxima generalmente paralela, como ocurre en otros casos, como en Campo Lameiro en Pontevedra, Villamayor en Salamanca, El Mirón y Riofrío en Ávila, Menasalbas en Toledo, etc. A pesar del elevado número de “peñas resbaladeras” localizadas en Extremadura, que se elevan sin duda a más de cincuenta, apenas han quedado testimonios del ritual que originariamente debía estar asociado a estos monumentos. Todos los casos conocidos en la actualidad se han utilizado hasta fechas más o menos recientes como lugar de diversión de chicos y también de chicas, aunque en ocasiones con ciertas diferencias, quienes se deslizaban por estas peñas a modo de tobogán, una costumbre popular no exenta de interés, pero que no parece ser la función originaria de estas peñas, que eran indicios del rito originario, actualmente perdido, que consistiría en deslizarse por la roca las mujeres jóvenes poniendo en contacto directo sus glúteos con la piedra para lograr tener hijos, tal como documentan los testimonios del rito recogidos en Francia en el siglo XIX. Otro indicio indirecto de su carácter ritual es la ubicación de alguna de estas peñas resbaladeras en santuarios a los que se acude en romerías o fiestas anuales, como la Piedra Ronchadera de Cilleros, en Cáceres, la Piedra Resbaliza de la ermita de San Marcos en Almendralejo, Badajoz, el 25 de abril, o la Faraera de la ermita de San Blas, de Agudo, en Ciudad Real, cuya romería se celebra el 3 de febrero, a las que pudieran añadirse otros ejemplos parecidos relacionados con ermitas que son centros de romerías territoriales. También debe valorarse como reflejo de su carácter ritual que, aunque algunas peñas han quedado actualmente dentro de la población, la mayoría suelen estar situadas fuera del mismo en lugares algo apartados, ya que eran ritos semiocultos y en ocasiones la peña resbaladera se sitúa en bajo una pileta natural, cerca de santuarios o junto a fuentes que se visitan sólo en determinadas ocasiones, generalmente en una romería o en el Lunes de Pascua, hecho que refuerza laidea de que estas peñas originariamente habrían tenido carácter ritual.

Hasta la publicación de nuestro libro, las peñas sacras de Extremadura han carecido de tradición historiográfica, pues apenas se han valorado a lo largo del siglo XX. Sin embargo, en Extremadura también se constata una tradición de valorar como monumentos celtas los dólmenes y ciertas piedras naturales de características especiales, como las basculantes, interpretación que alcanzó su máximo desarrollo en la arqueología tardo-romántica del siglo XIX avanzado. Estos estudios se centraron, básicamente, como hemos indicado, en los altares y las peñas caballeras o basculantes, que eran las que suscitaban mayor atención, pero sin que los estudios asocien ambos tipos, cada uno de los cuales ofrece su propia historiografía.

Son varios los tipos de peñas sacras que hemos clasificado, estudiado y organizado tipológicamente en esta obra. También podemos citar las peñas numínicas, “del tesoro”, oscilantes o bamboleantes, astronómicas o solares, peñas fálicas o menhires.  Se ha debatido mucho sobre el significado del menhir, pues es complejo y es difícil de sintetizar, ya que la mayoría de las funciones que se proponen serían compatibles en gran medida. El menhir, como el betilo en las culturas orientales, puede considerarse una peña sagrada de carácter onfálico, que representa el “centro del mundo” y el punto de unión entre las tres zonas del cosmos, cielo, tierra e infierno. Ese “centro” es sagrado, como también lo es el menhir por ser el símbolo que lo representa. En el contexto cultural megalítico se considera que era un elemento de culto y de agregación social y territorial, en ocasiones con funciones delimitadoras del territorio, pero es más evidente su carácter cultual, que debe considerase esencial, relacionado probablemente con el mundo funerario, aspecto que se conservó hasta época histórica entre los germanos de Escandinavia, pues elevaban estelas en forma de menhires en memoria de los muertos[1] y también algunas tradiciones míticas hacen referencia a este uso. Igualmente, se han relacionado con posibles preocupaciones topoastronómicas y de carácter celeste, pero, sobre todo y básicamente, el menhir es un símbolo relacionado con cultos y ritos de fertilidad agraria y de la fecundidad humana, como evidencia su forma fálica, que puede ser más o menos explícita, y que podemos considerar la conjetura cimérica del carácter fálico de estos monumentos. Los menhires, por su carácter sacro original, jamás han dejado de suscitar veneración y de ser objeto de culto. Para su veneración ha perdurado prácticamente hasta nuestros días, ya que las propiedades “sobrenaturales” del menhir y su relación con la fertilidad quedaron enraizadas para siempre en el imaginario popular, con características aún más marcadas que las de otras “peñas sacras” de origen natural con funciones semejantes, aunque las evidencias del culto originario se han debido adaptar a lo largo de más de cinco milenios, por lo que pocos monumentos arqueológicos testimonian un proceso tan evidente de “larga duración”.

 

Es frecuente que los santuarios rupestres y, en general, los elementos de culto se encuentren situados en alturas, debido seguramente a la creencia de que en estos lugares es donde más cerca se está de la divinidad o donde ésta se manifiesta especialmente; aunque junto a la anterior idea, y en cierto modo opuesta a ella, existe otra según la cual las profundidades insondables de la tierra o el mar albergan otra serie de deidades de los abismos. La localidad de Malpartida de Cáceres es rica en vestigios arqueológicos diseminados por sus pintorescos parajes, que no dejan indiferentes a los viajeros que recorren sus campos en busca de naturaleza y lugares repletos de Historia. No pretendemos hacer aquí un estudio exhaustivo de los yacimientos arqueológicos localizados en su término municipal. Que nadie espere encontrar en estas líneas un recorrido por el impresionante yacimiento de Los Barruecos ni por aquellos otros lugares que ya han sido objeto de análisis por otros investigadores. Hemos prestado gran atención a los restos arqueológicos inéditos que hemos tenido ocasión de visitar y estudiar haciendo un recorrido por el norte de la localidad, en la zona de La Zafrilla de los Estantes y alrededores, en el triángulo formado entre la estación de Arroyo-Malpartida, Los Arenales y la propia localidad de Malpartida de Cáceres. En un área de unos 5 km, hemos podido documentar numerosos e interesantes vestigios del pasado. Se trata de un paisaje típico de la penillanura con suaves ondulaciones, dominado por amplias zonas de pastizal temprano y fino con un bosque residual de encinas y alcornoques a intervalos irregulares. Los omnipresentes bolos de granito rompen aquí y allá la monotonía de la llanura, configurando a veces sugerentes y caprichosas formas que la acción de los agentes meteorológicos han ido tallando con el paso del tiempo.

Nos situamos en un cruce importante de caminos que comunica Cáceres, Arroyo de la Luz y Malpartida, por donde discurren las rutas que de Norte-Sur y Este-Oeste atraviesan la región. En su entorno, surcado por varios arroyos y la existencia de numerosos pozos que aseguran el acceso al agua incluso en las épocas más secas, proliferan los asentamientos humanos desde fechas muy tempranas. Sus vestigios pueden verse hoy día dispersos por una amplia zona, algunos de los cuales detallamos a continuación. En el Polígono Industrial destacamos “Cuatro hermanas”, donde cuatro grandes bolos nos trasladan a un culto sacrifical de la Edad del Hierro. Una gran roca ceremonial alcanza los 5 m de altura por 10 de ancho, presenta formas redondeadas y amesetada en la parte superior, donde se aprecia una gran pila con desagüe de grandes dimensiones (220 x 94 x 50 cm) y al lado una cubeta cuadrada de 20 x 20 cm. Se accede a la parte superior por una escalinata de 14 peldaños tallados en la roca, algunos de ellos apenas insinuados o desgastados por la erosión, a intervalos de 40 o 50 cm de distancia. Con una orientación Norte-Sur, tiene en la cara noreste cuatro concavidades casi circulares con un diámetro aproximado de 15 cm. El bolo está repleto de petroglifos y cazoletas, así como profundos surcos paralelos cuyo significado no acertamos a comprender. La disposición de la pila con sus canales y desagüe hace pensar en una especie de recipiente en la parte  inferior para recoger la sangre de las víctimas, hipótesis que no consideramos descabellada, si tenemos en cuenta las referencias clásicas de Estrabón o Silio Itálico que mencionan sacrificios como práctica corriente entre los pueblos del noroeste y la Lusitania.

No muy lejos de aquí se han documentado otros altares de sacrificio de similares características, como el de Los Barruecos o el de La Zafrilla, que seguidamente veremos. No es frecuente la aparición de varios de estos espacios sagrados en un espacio tan reducido. Su proliferación en Malpartida de Cáceres tiene que venir motivada necesariamente por razones relacionadas con la pervivencia del hábitat a lo largo de las sucesivas etapas protohistóricas.  Siguiendo al profesor Almagro-Gorbea, el culto a las peñas se documenta ya desde el Campaniforme en Peñatú y en Fraga da Pena, en el Bronce Final en Axtroki y en la Edad del Hierro en Ulaca y Peñalba de Villastar, siempre asociado al culto solar[2]. Estas manifestaciones religiosas las relaciona Almagro con un sustrato muy arcaico “protocéltico” que coinciden con otros rituales como los depósitos de armas en cuevas y peñas que aparecen ya desde  los primeros momentos del Bronce Atlántico y continúan hasta el Bronce Final con la costumbre de arrojar armas a las aguas. El ritual del sacrificio debió de ser muy similar en los pueblos de la Hispania Céltica. El sacrificio se efectuaba en la parte superior del santuario y las piletas estaban destinadas a contener la sangre de las víctimas y a la cremación de las entrañas de las mismas. La coincidencia de la orientación del altar con la cumbre alta podría no ser casual y estar intencionadamente buscada en asociación con algún fenómeno celeste. En este sentido podemos citar la peña solar que existe en Los Barruecos. El cielo ha sido para el hombre, desde los tiempos más antiguos de la humanidad, un elemento de referencia, visible de día y de noche. Los cambios repetidos del sol, de la luna y de las estrellas dan una percepción objetiva y reiterada del paso del tiempo, que sirve para regular la actividad personal y de la sociedad, que siguen ese orden cósmico. Toda sociedad necesita conocer esos ciclos para actuar de forma coordinada. Estos conocimientos, basados en múltiples observaciones repetidas a lo largo del tiempo, se pueden considerar como el primer avance hacia el saber racional, pues implican memoria selectiva, capacidad de cálculo y una transmisión de estos conocimientos, pero también la perennidad de los ciclos celestes ha debido sugerir los primeros mitos y reflexiones religiosas para explicarlos. Por todo ello, la observación del cielo es esencial en cualquier cultura. Este contexto explica la función de algunas peñas sacras estrechamente relacionadas con los conocimientos astronómicos.

Estos últimos años se ha acrecentado de forma notable el interés por la Arqueoastronomía y cada día son más abundantes los estudios dedicados a este campo en la Prehistoria y en la Antigüedad, pues, hasta entrado este siglo XXI, se echaban en falta estos aspectos de la cultura céltica en las grandes obras de síntesis. Peñas solareso con orientación astronómica son escasas en Extremadura, pues no se conservan leyendas referentes a peñas con estas características, ni tampoco se han realizado análisis topoastronómicos. Sin embargo, el topónimo Peña del Sol es bien conocido en diversos lugares de España, como también en Francia existen pierres solaires o pierres du soly en Alemania Sonnensteine, que en el siglo XIX se relacionaron con supersticiones de tipo cósmico.En Extremadura hasta el momento apenas se han identificado con cierta seguridad tres o cuatro casos, a falta de los necesarios análisis topo-astronómicos, pero parece lógico, pues es muy posible, que existan otros casos aún desconocidos. Al margen de casos más dudosos que no se han analizado, todas las peñas conocidas en la actualidad se sitúan en la provincia de Cáceres, con una clara concentración en el municipio de Malpartida, donde destacan diversas peñas sacras con características astronómicas en el paraje de Los Barruecos. En este lugar, varias peñas ofrecen características que debieron ser utilizadas para calcular en tiempo, como la Peña del Caracol y la Peña de la Horca, situadas, además, en un lugar que se ha denominado “Observatorio Astronómico” por ofrecer características de ser un santuario con orientación astronómica. A ellas se puede añadir la Peña Horcada, en la finca del mismo nombre en el término municipal de Cáceres, a unos 5 km al este de las anteriores. El impresionante conjunto de Los Barruecos constituye un paraje muy sugestivo y de gran belleza, que fue declarado Monumento Natural por la Junta de Extremadura en 1996[3]. Como indica su nombre, es un paisaje de grandes rocas graníticas que forman parte de un batolito granítico que destaca en la penillanura cacereña de rocas pizarrosas, por lo que, probablemente, pudo ser todo él un ámbito sagrado, más que un santuario, dada la acumulación de peñas sacras y de numerosos abrigos con pinturas rupestres[4], además del ambiente sugestivo e impactante que crean las peñas que lo conforman. Las excavaciones han documentado un yacimiento fortificado usado desde el Neolítico Antiguo, datado por una fecha de C-14 en el 6060±50 BP = 5210-4800BC Cal 2σ[5], aunque su uso proseguiría hasta el Campaniforme, según indican los materiales arqueológicos hallados. Por lo tanto, el conjunto ritual de Los Barruecos debería fecharse a partir del 5000 a.C., aunque los grabados y pinturas se suelen situar en el Calcolítico e incluso en la Edad del Bronce, es decir, a partir del III milenio a.C., fechas muy antiguas que son de gran interés para datar los cultos y ritos asociados a las peñas sacras.

El monumento principal y más popular lo forman un conjunto de peñas de características muy peculiares conocido como en Los Barruecos “de abajo”, situado al suroeste del paraje de Los Barruecos. Algunas de las peñas que lo forman debieron ser utilizadas para calcular en tiempo, como la Peña del Caracol y la Peña de la Horca, además de otra peña que se ha denominado “Observatorio Astronómico”, mientras que otras, por su forma, parecen ser pareidolias, como la citada Peña del Caracol y la Peña de la Seta, a las que se añade la peña de forma umbilical que recuerda un pecho de mujer. Este conjunto de peñas queda situado al este de una gran lancha plana, que mide más de 15 m de largo por 14 m de ancho y que se eleva desde 1 m hasta los 5 m de altura, a la que se accede por cuatro escalones. Esta gran lancha con escaleras acentúa el carácter ritual del conjunto, que parece constituir un verdadero santuario, pues las escaleras deben considerarse un elemento simbólico, quizás posterior, ya que el acceso a no ofrece dificultad. Esta gran lancha plana se ha interpretado como un gran escenario para desarrollar actividades rituales integrado en el área sagrada del santuario principal de Los Barruecos y adaptado a la peculiar topografía del terreno.  La peña de más interés de este santuario, conocida como “Observatorio Astronómico”, fue descubierta el año 2012 por Juan Rosco Madruga. Esta Peña Madruga es un gran bolo de granito vaciado por taffoni erosivos en su interior que forman una cavidad con una perforación que permite ver el cielo. Este hecho ha debido siempre llamar la atención, pues ofrece varios paneles de grabados, entre los que destaca el panel principal con una superficie inclinada en la que se han labrado nueve figuras, entre ellas cuatro antropomorfos (hombre, una mujer embarazada y un niño)[6], asociadas a cazoletas, cuyas formas recuerdan la serie de barras grabadas descubiertas en San Juan el Alto, en Santa Cruz de la Sierra. La Peña Madruga permite observarcómo la luz del sol penetra en la cavidad a través de una perforación producida por la erosión en su lado meridional. Los rayos solares penetran a largo del año con diferentes ángulos según las fechas y al mediodía dan sobre el panel con los cuatro grabados antropomorfos citados, uno de ellos faliforme[7], pero tan sólo en los días equinocciales, que marcan el inicio de la primavera y del otoño (el 21 de marzo y el 22 de septiembre), la luz del sol ilumina totalmente los grabados antropomorfos, que se suponen de fecha calcolítica, por lo que se datarían en el IV o III milenio a.C. Frente a esta peña se sitúa la Peña del Caracol, que por su parte posterior ofrece una serie vertical de pequeñas oquedades erosivas[8]. Algo más apartada queda la Peña de la Horca, igualmente situada en el centro de Los Barruecos. La Peña de la Horca es un berrocal con un gran taffoni, que en su techo presenta un doble agujero circular que permite desde el suelo ver el firmamento con orientación sureste-noroeste, lo que pudo servir para observar el paso de las estrellas y precisar las estaciones desde una pequeña protuberancia existente a escasos 60 cm. del suelo, que ofrece un conjunto de cazoletas que se ha supuesto que pudiera ser una representación estelar.

Las peñas de Los Barruecos forman parte de un complejo santuario rupestre que por sus características físicas recuerda los santuarios rupestres graníticos de la zona de Salamanca y Zamora, cuyo origen, a juzgar por Los Barruecos, pudiera remontar al Neolítico o Calcolítico, lo que los aproxima al posible santuario neolítico con estelas de Orca da Lapa de Lobos, en Nelas, al sureste de Viseu. Sin embargo, por su carácter solar, también recuerda algunos santuarios tracios, tanto por los elementos formales que lo integran como por la complejidad de los ritos que suponen. La Peña Madruga pudo servir para determinar con precisión los equinoccios y, en consecuencia, las festividades rituales de inicio de la primavera y del otoño de la población calcolítica de esa zona. El equinoccio de primavera se asocia a ritos de iniciación y probablemente de matrimonio, mientras que el equinoccio de otoño se relaciona con los ritos del final del ciclo ganadero a fines de septiembre, fecha esencial del calendario ganadero que se cristianizó en la festividad del arcángel San Miguel. Esas celebraciones rituales quizás se llevaran a cabo en la mencionada lancha con escaleras de acceso situada en su proximidad, apta para bailes y cantos rituales asociados a presumibles ritos de iniciación.

Junto a la Peña Madruga de carácter solar está la Peña de la Seta. Esta proximidad debía tener sus mitos explicativos, como es habitual en el imaginario popular de todos los tiempos y lugares, aunque esas leyendas se hayan perdido en Los Barruecos. La Peña de la Seta es una pareidolia, cuya asociación a la peña calendárica anterior hace suponer ritos de iniciación relacionados con el consumo de la Amanita muscaria como estupefaciente, como se ha constatado en los santuarios tracios, en los que peñas en forma de seta se han relacionado con ritos de éxtasis facilitados por este alucinógeno, ritos asociados a creencias en una Diosa Madre y su paredro, como testimonian los autores clásicos[9]. Esta explicación mítica podría relacionarse con la peña que recuerda un pecho de mujer situada junto a la Peña de la Seta. La forma fálica de la Peña de la Seta y la penetración de los rayos solares en la covacha del interior de la Peña Madruga hacen pensar en un mito de hierogamia, que confirmarían los grabados principales de la Peña Madruga, que han sido interpretados como un hombre, una mujer embarazada y un niño, situados, precisamente, en la zona que iluminan los rayos del sol en los equinoccios. Esta interpretación, ciertamente hipotética, recuerda algunos santuarios tracios, donde los participantes en el rito, en especial los iniciados, podían observar la penetración del rayo solar en una oquedad de la roca, concebida como útero, como una metáfora cosmogónica de la relación hierogámica de la gran Diosa Madre con su hijo y paredro, el Dios-Sol, un mito explicativo de la fecundación de la Diosa Tierra por el Dios Sol. A este respecto, podemos recordar que Paul Sébillot recogió en Francia a inicios del siglo XX la creencia de que el Sol y la Luna eran esposos y las estrellas sus hijos, aunque se consideraba al Sol como Dios y a la Luna como un genio o demonio[10]. Ecos de una hierogamia semejante se ha conservado en la Virgen de Eirita, en Tierra de Bergantiños, Galicia, pues en su territorio se localizaría el nacimiento del Sol y de la Luna, dentro de un posible mito uránico de hierogamia divina. La mitología gaélica también ofrece un buen paralelo, como es la hierogamia de la Diosa madre de la tierra, Ériu, diosa epónima de Irlanda, con Mac Gréinne, “Hijo del Sol” y nieto de Dagda, de cuya descendencia procederían los gaélicos irlandeses, dato de gran interés para confirmar la existencia de estas hierogamias en la mitología celta de Occidente. Estas interpretaciones son siempre difíciles ante la falta de testimonios históricos o epigráficos precisos, pero plantean la necesidad de estudiar estas peñas y de precisar su contexto cronológico y cultural, que tienen sorprendentes analogías con los santuarios de la lejana Tracia[11].

No lejos del paraje de Los Barruecos está situada la Peña Horcada, en una finca del mismo nombre del término municipal de Cáceres. La Peña Horcada se halla a unos 5 km al este de Los Barruecos y es otro ejemplo de una peña utilizada para calcular en tiempo. Es una masa granítica que acaba en una especie de cuello que se eleva sobre el conjunto y que termina en una V, con una altura total de unos 4 m por 3 m de diámetro máximo. Está orientada de sureste a noroeste y la V de su parte superior, que se nos muestra en forma de “horca", de lo que viene su nombre, marca el solsticio de invierno, cuando, al pasar el sol con sus rayos, éstos se dirigen hacia un altar de sacrificios que se encuentra justo en frente, a escasos 20 m.

Además de las peñas astronómicas de la zona de Malpartida de Cáceres, en Extremadura existen otras peñas de función semejante, hoy desconocidas por haberse perdido las leyendas o mitos que permiten identificarlas. Un ejemplo, a juzgar por el topónimo, debe ser el Cancho del Reloj de Solana de Cabañas, un impresionante macizo cuarcítico de la Sierra del Castillejo, en las Villuercas, cuya denominación se explica por ser el primer pico rocoso que se ilumina con los primeros rayos del sol, marcando el inicio del nuevo día a los habitantes de Solana[12], hecho al que se añade que en su base existen abrigos con pinturas esquemáticas del Calcolítico, lo que confirmaría que es una peña numínica relacionada con cultos solares.

En el marco de este mismo paisaje, a escasos 200 metros damos a conocer una peña sacra inédita que hemos bautizado como "La Peña del Culo" por su parecido a esa zona anatómica de nuestro cuerpo. Se trata de un gran bolo granítico que se alza a una altura de 6,2 m con 21 m de dimensión, al que se accede mediante unas entalladuras. En la parte superior, de superficie algo sinuosa, se aprecia una cavidad natural de forma ovalada junto al borde O de la peña, con 62 cm x 35 cm de dimensión y 8 cm de profundidad, en la que se abrió artificialmente un amplio canal de desagüe, con 80 cm de largo, y 6 de profundidad, orientado hacia el O, admitiendo claramente el uso ritual de esta estructura rupestre.

 

A unos 3 km de Cuatro Hermanas por el camino que lleva al Casar de Cáceres, en la Dehesa de los Estantes, proliferan los vestigios de la presencia humana en aquellas tierras. Constituye el lugar a un complejo arqueológico formado por lagaretos, peñas con cazoletas y tumbas antropomorfas, así como un nuevo altar rupestre situado sobre una roca aislada.  El lugar es bastante húmedo y en las cercanías se pueden ver todavía norias, construidas aprovechando las fuentes y manantíos naturales que brotan en superficie. En sus proximidades hemos localizado en superficie tégulas y sillares romanos, cerámica común correspondientes a grandes dolias destinadas al almacenamiento de productos diversos y otras cerámicas con paredes más finas perteneciente a recipientes del ajuar cotidiano. Restos todos ellos que completan una secuencia de ocupación difícil de valorar. El espacio ritual de La Zafrilla se localiza en una pequeña elevación del terreno, dominando una amplia zona salpicada aquí y allá por otros bolos de granito. Uno de estos bolos fue utilizado como altar de sacrificios. Tiene forma trapezoidal, más ancho en la parte superior y estrecho en la inferior. Con una orientación Este-Oeste, mide 242 cm de alto por 140cm de ancho y tiene un perímetro de 10 m. El ara se ubica en la parte superior y consta de una superficie cóncava de unos 41 x 29 cm. Se accede a éla través de una escalinata formada por cuatro peldaños irregulares y de dimensiones variables que oscilan entre 28 y 51 cm de ancho. Al comienzo de la escalinata se ha grabado una cruz y al lado de los primeros peldaños se aprecia un vaciado rectangular de 28 por 24 cm. Muy próximo al altar encontramos un afloramiento granítico también con una orientación Este-Oeste. El bloque se ha ido desgastando por efecto de la erosión y se ha partido, desprendiéndose de él varios fragmentos que se encuentran en la actualidad soterrados al lado del bloque principal. Esta roca en tiene una altura de 180 cm y una anchura total de 130 cm. Presenta una escalinata de cuatro peldaños tallados en la roca muy irregulares con medidas  que oscilan entre 28 y 60 cm de anchura. En las proximidades se encuentran otras peñas con unas formas características que posiblemente tuvieron relación con algún tipo de ritual sagrado. Concretamente, una gran roca volteada por efectos atmosféricos de 1 m de alto por 2,55 cm de ancho; y dos lagaretos, el más cercano está muy próximo a la peña y mide 84 x 62 cm y el más alejado se encuentra a una distancia de unos 20 m y tiene unas dimensiones de 90 x 60 cm. A finales del siglo XIX aparecieron dos exvotos de bronce en forma de cabritas dedicadas a la diosa Ataecina[13] que al parecer pueden proceder de este complejo arqueológico; se podría poner en relación los citados exvotos de la diosa celta[14] con nuestro altar de sacrificio y, por tanto, sería Ataecina la divinidad invocada en dicho santuario. Esta divinidad prerromana mantuvo su  culto profundamente arraigado en época romana y, a tenor de la presencia de los exvotos fechados entre los siglos I y II de nuestra Era, el santuario siguió manteniendo su vigencia al menos durante el Alto Imperio, cuando aparece asimilada ya a la romana Proserpina. La cruz que presenta en el arranque de la escalinata delata la cristianización posterior de este lugar de culto pagano. Los sacrificios de cabras a Ataecina, unido a la ablución purificadora con el agua de la fuente milagrosa, eran un rito en el que el animal se convertía en victima expiatoria del mal del oferente. Los exvotos broncíneos de cabras se convertirían en ofrendas permanentes ante la divinidad por parte de quien las realizaba. En este contexto debemos mencionar la existencia en la zona de un manantial de aguas mineromedicinales que seguramente habría que poner también en relación con el culto a Ataecina.

 

Dispersas en  las cercanías del complejo ritual de La Zafrilla se encuentran un pequeño grupo de tumbas excavadas en la roca aprovechando las afloraciones graníticas que abundan en la zona. Hemos documentado un total de ocho enterramientos con una variada tipología. Tres de ellos tienen una forma rectangular simple que pueden llevar curvatura en los y la cabecera; tres más presentan forma ovoide; y dos con estructura antropomorfa. Las medidas oscilan entre los 218 cm de la tumba con mayor longitud y los 172 cm la de menor; la anchura de la cabecera suele estar en torno a los 55 cm  y el ancho de los pies 30 cm. Casi todas están en un lamentable estado de conservación, aunque las tres tumbas con forma ovoide están menos deterioradas. Todas ellas han sido vaciadas y carecen de la típica tapadera que las cubría. No parecen formar necrópolis, pues se encuentran dispersas, aunque en un área no muy extensa, en los alrededores del santuario rupestre. Siguiendo el camino de El Casar de Cáceres, a unos 4 km de distancia del complejo ritual de La Zafrilla (en las coordenadas 6º 27' 57.8" Long.W­–39º 29' 23.67" Lat. N), llegamos al sitio conocido como “La Marrada del Muro”; un paraje muy similar al descrito anteriormente, aunque quizás algo más sinuoso. Allí, en una abrupta zona de enormes lanchares graníticos planos que deben provocar una considerable escorrentía pluvial, sin formar necrópolis, hemos localizado un total de 8 tumbas excavadas en la roca. Los alrededores están plagados de restos de la acción antrópica. Al Este restos de un pequeño chozo de horma y una zahúrda, con cochineras perfectamente levantadas y cubiertas por aproximación de hiladas. Se trata de una zona eminentemente agropecuaria con abundante agua que aún conserva un antiguo manantial cubierto de zarzas, situado a unos 100 m de la zahúrda. Tres de las tumbas tienen forma trapezoidal, con la cabecera más ancha que los pies. Como en La Zafrilla, predominan las que tienen cabeceras y pie curvos, pero no faltan las simples cajas rectangulares y algunas con forma antropomorfa. Las medidas oscilan entre 179 y 167 cm de longitud, 57 cm y 49 cm de anchura. Hemos observado que la excavación de los “sepulcros” en lanchares y bolos graníticos no viene determinada por la disponibilidad del espacio rocoso útil. Hay grandes lanchares que podrían acoger un número considerable de ellos, pero que solamente contienen una tumba aislada; existen también bolos aislados que se han aprovechado para tallar el sarcófago que permanece exento y elevado sobre el terreno circundante; y otros, en fin, excavados directamente en el suelo rocoso. En la zona conocida como “Los Arenales”, a unos 9 km de Cáceres y a unos 4 km del anterior conjunto funerario, hemos localizado una auténtica necrópolis con un total de 11 tumbas, siguiendo las coordenadas: 6º 26' 13.25" O / 39º 27' 53.52" N. El paraje está situado al sur del antiguo y transitado camino que conducía a Arroyo de la Luz. La orientación de los sepulcros excavados en los lanchares y bolos graníticos de la zona está condicionada por la propia características de los afloramientos, distribuyéndose anárquicamente. Tipológicamente presentan gran variedad. La orientación predominante es O–E con la cabecera al Oeste y los pies al Este, mirando por tanto, hacia Tierra Santa, como ocurre en la mayoría de los casos de las tumbas excavadas en la roca de cronología altomedieval. Este hecho nos estaría indicando el carácter cristiano de los individuos que se enterraron en estas tumbas, y con ello, la cronología aproximada de las mismas. Otro tipo de orientación, que también se advierte en otras tumbas, podría estar en íntima relación con la natural disposición de los afloramientos rocosos localizados en las cercanías de la iglesia y/o el poblado correspondiente; de tal manera que, en determinados casos, las fosas deben adaptarse a esa topografía natural, sin olvidar tampoco otro aspecto esencial como puede ser la propia dureza de la roca. Todas las tumbas pertenecen a individuos adultos. Lo cierto es que a pesar de la disparidad de lugares, la variedad de formas y las diferentes orientaciones, cuando uno se acerca por primera vez a estos enterramientos, le envuelve la sensación de haber estado allí antes; como si hubiera una misteriosa conexión que atrapa al visitante y le transporta a parajes ya conocidos. Cabe preguntarse, y no son pocos quienes lo han hecho, si es prudente considerar uno y el mismo fenómeno algo que se presenta en tan variadas manifestaciones[15]. Estamos ante uno de los ejemplos de transformación de una antigua estructura romana en un centro de culto, un cambio que reflejaría además las alteraciones en el sistema social y en la articulación del estatus. Estas tumbas excavadas en la roca deben conectarse con en el proceso de invasión musulmana y el asentamiento de la población mozárabe en zonas rurales dispersas[16]. La mayoría de las necrópolis con tumbas excavadas en la roca ofrecen una cronología centrada, básicamente entre la segunda mitad del siglo VIII hasta el XI, centurias en las que podrían encajar nuestras tres áreas de tumbas. En ningún caso queda argumentada la cronología prerromana propuesta por algunos autores que han estudiado este tipo de tumbas en otras regiones y que deben situarse en época altomedieval[17].  La ocupación visigoda de las tierras cacereñas y las luchas familiares entre Leovigildo y su hijo Hermenegildo, traerían consigo el declive de Norba como colonia romana, que después, con la invasión de los árabes, recobraría cierta importancia estratégica.

Desde los primeros momentos de la dominación musulmana en el 713 toda la zona quedó bajo el dominio de los nuevos invasores tal y como citan las fuentes[18].  La comarca se caracterizaba, en cualquier caso, por su aislamiento, un marcado carácter rural y una profunda berberización. Sin embargo, no debemos olvidar que, además de estos nuevos pobladores, la zona contaba con los habitantes autóctonos herederos de aquellos hispano–visigodos que residían en Cáceres[19]. Los mozárabes tenían en la sociedad árabe cacereña el estatus legal de dimmíes—que compartían con los judíos—, como "no creyentes" en el Islam. A efectos prácticos su cultura, organización política y práctica religiosa eran toleradas y contaban con cierta cobertura legal. Sin embargo, se veían obligados a tributar –impuestos de los que los musulmanes estaban eximidos– además de contar con otro tipo de restricciones, pues, aunque no se destruían las iglesias ya edificadas, no se permitía construir otras ni arreglar las ya existentes. A medida que la cultura islámico-oriental arraigó en los territorios peninsulares dominados por los musulmanes, los mozárabes se fueron arabizando y muchos de ellos, por diversos motivos, se convirtieron al Islam. Los motivos eran tanto religiosos como fiscales, dejando de ser mozárabes y pasando a ser designados muladíes. La legislación islámica protegía a los grupos "ajenos", pero favorecía su integración en el Islam con medidas de orden muy diverso.

No todos los grupos de mozárabes eran pacíficos, los más intransigentes promovieron revueltas militares contra los invasores musulmanes y en su mayoría emigraron a zonas rurales cercanas a Cáceres fundamentalmente. Hasta el siglo XIII la comunidad mozárabe vivió un periodo de intranquilidad que se vio acrecentada con la llegada de los Almorávides primero y de los Almohades después, la tolerancia fue disminuyendo y acabaron por ser masacrados, esclavizados y expulsados por estos últimos. La actividad mozárabe en sus contactos con los reinos cristianos, y más aún con su definitiva deportación, contribuyó a la difusión de los conocimientos científicos y artísticos orientales por los territorios. Como hipótesis, puede plantearse que estos lugares sufrieron una remodelación en época tardoantigua, transformada en una zona de hábitat con construcciones de materiales perecederos o en espacios funerarios. Los siglos VIII al XI marcaron posiblemente el apogeo de esta forma de enterramiento con la instalación de una comunidad de mozárabes en ambas zonas, pudiendo afirmar que el momento de finalización del uso de estas necrópolis debe situarse en la consolidación del poblamiento aldeano y de la parroquia como centro de culto y eje de la articulación rural[20].No cabe duda de que la orientación O–E predominante en las tumbas sugiere, una adscripción cultural concreta, ya que estaríamos hablando de cristianos. La investigación sobre las necrópolis de tumbas excavadas en la roca se ha preocupado muy poco de profundizar en las relaciones que éstas tenían con la organización del territorio y del poblamiento. Mientras que en Los Arenales las inhumaciones aparecen en grupos concentrados, en La Marrada del Muro y La Zafrilla, por el contrario,  se extienden por un terreno amplio tal y como ya hemos señalado. Esta distribución de sepulturas aisladas sería un vestigio de necrópolis más extensas, lo que nos ha llevado a identificarlos como yacimientos diferenciados, pero podría tratarse de una misma área extensa de inhumación, dada la cercanía entre ambos conjuntos. Además, podría darse el caso de que un mismo poblado tuviera en torno a sí al menos tres focos de inhumaciones.  Otra circunstancia a tener en cuenta es la cercanía de estas necrópolis a determinadas vías locales, conservadas en forma de carreteras o de caminos que unen a determinadas aldeas. La Zafrilla y la Marrada del Muro–como ya hemos indicado- se encuentra en el antiguo camino de Arroyo de la Luz a Cáceres, y en la bifurcación del camino de Malpartida al Casar de Cáceres, y al Sur del camino está el yacimiento funerario de Los Arenales. E igualmente es interesante comprobar el emplazamiento de las tumbas en relación con los cursos de agua, en especial con determinados arroyos tales como Los Arenales que es tributario del Tallón y éste del Casillas,  afluente del Salor.  Podemos interpretar que algunas de las primeras comunidades cristianas quedaron aisladas y dispersas por la zona, en tiempos de plena dominación musulmana y así permanecieron durante algún tiempo, al menos hasta la reconquista de Cáceres en el año 1229[21].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Déchelette, 1908, 438 s.

[2] M. ALMAGRO GORBEA, «Nuevas fechas para la Prehistoria y la Arqueología de la Península Ibérica», Trabajos de Prehistoria 33, 1976, pp. 307-317.

[3] D.O.E., Decreto 29/1996, de 19 de febrero, sobre declaración del monumento natural «Los Barruecos».

[4] González Cordero, A. (1999), "Datos para la contextualización del Arte Rupestre Esquemático en la Alta Extremadura", Zephyrus 52, 191-220; Sauceda Pizarro, M. I. (2001), Pinturas y grabados rupestres esquemáticos del monumento natural de Los Barruecos. Malpartida de Cáceres, [Memorias del Museo de Cáceres 2], Mérida.

Sauceda Pizarro, M. I. (2001), Pinturas y grabados rupestres esquemáticos del Monumento Natural de Los Barruecos. Malpartida de Cáceres [Memorias del Museo Arqueológico de Cáceres 2],Mérida.

Sauceda, M. I. (1992), “La secuencia cultural de ‘Los Barruecos’. Malpartida de Cáceres (Cáceres)”,I Jornadas de Prehistoria y Arqueología en Extremadura (1986-1990) [Extremadura Arqueológica II], 27-44.

 

 

[5] Cerrillo Cuenca, E. (2006), Los Barruecos: primeros resultados sobre el poblamiento neolítico de la cuenca extremeña del Tajo, Mérida.

 

[6][6]

Alvarado, M. de y González Cordero, A. (1979), “Pinturas esquemáticas en Malpartida de Cáceres”, Alcántara 195, 16-22; González Cordero, A. y Alvarado Gonzalo, M. de (1991), “Pinturas y grabados rupestres de la provincia de Cáceres. Estado de la investigación”, Extremadura Arqueológica 2, 139-156.

[7] Sauceda Pizarro 2001, 95 s. y 172, nº G2.

[8] “Observatorio solar y altar en los Barruecos”. Cáceres al Detalle, marzo 21, 2019 (http://caceresaldetalle.blogspot.com/2019/03/observatorio-solar-y-altar-en-los.html; consultado 2020.5.1)

[9] Kiotsekoglou, S. D. (2015), “Thracian Megalithic Sanctuaries from the Prefecture of Evros Greece”, D. Spasova, ed., Megalithic Culture in Ancient Thraciae,Blagoevgrad, 39-55.

Kiotsekoglou, S. D. y Pagkalis, S. P. (2015), “Stone mushrooms of Thracian megalithic sanctuaries in the Aegean Thrace: an archaeological and geological approach”,Proceedings of the First International Symposium Ancient Cultures in South East Europe and the Eastern Mediterranean. Megalithic Monuments and Cult Practices. Blagoevgrad-2012, Blagoevgrad, 232-254.

 

[10] Sébillot, P. (1882), Les Littératures populaires de toutes les nations. Traditions et superstitions de la Haute-Bretagne, Maisonneuve ; Sébillot, P. (1901), “451. Le moine qui marchait sur l’eau”, Revue des traditions populaires16, 91-92.

 

[11] Ivanova, S. (2008), “Early human presence and rock–cut structures in the Eastern Rhodopes”, R. I. Kostov, B. Gaydarska, M. Gurova, eds., Geoarchaeology and Archaeomineralgy.Proceedings of the International Conference, Sofia-2008, Sofia, 185-192.

[13]La primera las cabritas se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional y fue dada a conocer por F. FITA, “Inscripciones romanas inéditas de Cáceres, Brandomil, Naranco y Lérida”, Boletín de la Real Academia de la Historia6, 1885, pp. 430 ss; la otra fue cedida en 1918 por María del Carmen Jalónal Museo Víctor Balaguer de Villanueva y Geltrú (Barcelona), donde actualmente se encuentra. Esta segunda cabrita fue publicada también por el mismo autor, “Inscripciones romanas inéditas de Cáceres, Úbeda y Alcalá de Henares”, Boletín de la Real Academia de la Historia 7, 1885, pp. 45 ss.

[14]J. M. ABASCAL PALAZÓN, "Las inscripciones latinas de Santa Lucía del Trampal (Alcuéscar, Cáceres) y el culto de Ataecina en Hispania", Archivo Español de Arquología68, 1995 [1996], pp. 31-105; ÍDEM, "De nuevo sobre Ataecina y Turobriga. Exploraciones del año 1900 en Las Torrecillas(Alcuéscar, Cáceres)", Archivo Español de Arqueología, número 69, 1996, pp. 275-280.

[15]Algunos autores consideran que este tipo de tumbas corresponden a la época tardorromana (entre los siglos V y VII) como J. F. FABIÁN y M. SANTOJA, “Los poblados hispano-visigodos de Cañán (Pelayos, Salamanca)”, Estudios Arqueológicos I, Salamanca 1986, pp. 187-202; y otros a una cronología que abarca desde finales del imperio romano hasta el siglo XI, según las características de los sepulcros, considerando un mayor número de sepulcros correspondientes a necrópolis hispano-visigodas. I. MARTÍN VISO, “Elementos para el análisis de las necrópolis de tumbas excavadas en la roca: el caso de Riba Coa”,  CuPAUAM31-32, 2005-2006, pp. 83-102.

[16]Hemos podido catalogar en el afloramiento granítico que rodea la ciudad de Cáceres una buen número de necrópolis o conjuntos de tumbas, desde Trujillo a Torrequemada, desde el heredamiento de Las Seguras hasta Los Barruecos, pasando por la finca de las Breñas, desde Arroyo de la Luz hasta Garrovillas, pasando por la finca de Casa de Hurtado en el Casar de Cáceres y la ermita de la Virgen del Prado, en el paraje de La Jara de Arriba. Como ocurre en Las Breñas, se han localizado junto a las tumbas numerosos restos de edificaciones, lo que demuestra que se enterrarían cerca de sus viviendas. Constituyen, sin duda, una prueba de la existencia de pequeñas comunidades aisladas con un marcado carácter ganadero y un componente nómada estacional que refleja de forma paradigmática uno de los rasgos más típicos de esta zona, la dispersión.

[17]Algunos investigadores han planteado propuestas distintas consideran que los inicios de las necrópolis de tumbas excavadas en la roca, incluyendo las antropomorfas, deben situarse a finales del siglo VII, aunque serían entre los siglos VIII al X cuando se produjo su momento de máximo uso. Tal es el caso de J. LÓPEZ QUIROGA y M. RODRÍGUEZ LOVELLE, “L’habitat dispersé de la Galice et du Nord du Portugal entre le Ve et le Xe siècle. Essaid’intepretation à partir del’analyse macro et microrégionale”, en B. CURSENTE(ed.),L´habitat dispersé dansl’Europemédiévale et moderne, Toulouse 1999, pp. 97-119. Véase también: S. CARMONA BERENGUER, “Mundo funerario rural en la Andalucía tardoantigua y de época visigoda. La necrópolis de El ruedo (Almedinilla, Córdoba), Córdoba 1988, pp. 166–167; D. VAQUERIZO et alii,Arqueología cordobesa. El valle alto del Guadiato (Fuenteobejuna, Córdoba), Córdoba 1994, p. 227;  D. VAQUERIZO GIL et alii: “Arqueología de Conquista”, Los Pueblos de Córdoba, 2, Córdoba 1992, p. 482.

[18] Las fuentes árabes consideran Cáceres unas veces como medina y otros como hisn, su entidad funcional no está bien definida. YAQUT: Muýam al buldan, ed. WUSTENFELD: Jacut´sgeographischesWunterbuch,Leipzig 1866-1873, p. 184. J. A.PACHECO PANIAGUA, 1991, p. 63; Mª A. PÉREZ ÁLVAREZ,Fuentes  árabes de Extremadura, Cáceres 1992,  p. 63; AL-UMARI: KitabMasalik al-absar, trad. del francés de E. FAGNAN, ExtraitsinéditsrelatifsauMaghreb,Alger 1924, p. 92.

[19]C.MAZZOLI-GUINTARD, Ciudades de al-Andalus. España y Portugal en la época Musulmana (siglos VIII-XV),Granada 2000, pp. 27-33.

[20]El trabajo de BARROCA sobre el mundo funerario medieval en el norte de Portugal (M.J. BARROCA,Necrópoles e sepulturas medievais de Entre-Douro-e-Minho (séculos V a XV), Oporto 1987) da por buena la diferenciación entre tumbas antropomorfas y no antropomorfas es correcta, a pesar de las numerosas variantes formales en cada grupo, y acepta que las antropomorfas serían posteriores y surgirían en el siglo IX.

[21][Bajo el dominio musulmán estuvo la villa cacereña hasta el 23 de abril de 1229, año en que la conquista definitivamente Alfonso IX de León, obteniendo la preciada condición de Villa libre de realengo, otorgándose el Fuero Latino y un amplio territorio dependiente del Concejo. M. MURO CASTILLO; B. AGUILERA BARCHET; Mª D. GARCIA OLIVA; A. MURO CASTILLO y B.CLEMENTE CAMPOS, El Fuero de Cáceres,ed. facsímil y estudio crítico,Madrid 1998.

martes, 2 de marzo de 2021

 

El patrimonio artístico de Deleitosa (Cáceres)

 

1.      La iglesia parroquial de San Juan Evangelista

 

La iglesia parroquial está dedicada a San Juan Evangelista, aunque no es su patrón, construida en varias fases, dos de las cuales son perfectamente reconocibles en el levantamiento de los tramos. Al morir don Diego Gómez de Almaraz, legó éste en su testamento fechado en 1417 el mayorazgo de Belvís, Almaraz y Deleitosa a su hija doña Isabel, junto con las dehesas y aldeas de Valdecañas, Huertas, Mesas de Ibor, La Parrilla, Valdehúncar, Las Casas, Ganchapajares, El Campillo, Las Cabezas, las heredades que poseía en Jaraíz, Albalat, Peraleda, Gargüera, Torremenga y Torrejón, además de otras propiedades muebles, inmuebles y ganados. También legaba don Diego Gómez de Almaraz  cincuenta maravedíes para la obra de la iglesia de San Juan de Deleitosa.

Por tanto, corresponde al siglo XV una primera fase la construcción del templo, destacando la fachada de los pies con arco carpanel enmarcado en alfiz y decoración de tracería gótica. A ambos lados de la puerta hay dos inscripciones pertenecientes a una tumba fragmentada procedente del interior de la iglesia: “HE SV HIIO/ FALLESCIO/ EL PADRE A 8/ DE NOVIEN/BRE DE 1563 I EL HIIO A 3 DE NOVIENBRE/DEL 1560/ ESTAN EN ESTA SEPULTURA Y /SUS HEREDEROS”. En esta fachada se conservan los restos de una inscripción hebrea.

En el Interrogatorio de la Real Audiencia se especifica que “En esta villa no ay cementerio alguno, ni nezesidad de hazerle por tener mucha extension la iglesia parroquial para dar sepultura a los cuerpos”.

La mayor parte del edificio corresponde al siglo XVI.  Es un edificio realizado fundamentalmente a base de mampostería, sillería y ladrillo. La torre es de mampostería, sillares y ladrillo, va unida al lienzo sur de la capilla mayor; consta de tres cuerpos cuadrados, con vanos de medio punto para las campanas, a las que se accede mediante una escalera de caracol con núcleo situada a la izquierda de la capilla del Cristo del Desamparo.

La nave, de grandes dimensiones y cubierta de crucería, así como las capillas laterales con bóvedas de crucería con terceletes y combados que corresponden a la ampliación que se realiza en el siglo XVI. Las puertas laterales, de arco de medio punto y pilastras cajeadas pertenecen a los años finales de esta última centuria. Es importante destacar en los años finales de los 80 en el siglo XX se realizaron importantes reformas en la iglesia pues amenazaba ruina inminente. Según leemos en un panel en la entrada del templo: “ESTA IGLESIA HA SIDO RESTAURADA POR APROBACIÓN DE LA CORPORACIÓN MUNICIPAL EN LA LEGISLATURA 1983-1987 SIENDO ALCALDE-PRESIDENTE DON JOSÉ SÁNCHEZ SOLÍS Y SUBVENCIONADA POR EL MINISTERIO DE OBRAS PÚBLICAS Y URBANISMO, EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁCERES, EXCMO. AYUNTAMIENTO DE DELEITOSA, APORTACIONES DE VECINOS, OTROS, SIENDO CURA-PÁRROCO DON DOMINGO MORALES NIETO”.

Los accesos al edificio se abren a los pies en ambos costados; la puerta de los pies es la más antigua, de tipología gótica, con arco carpanel encuadrado por alfiz y finos baquetones con pequeñas basas y capiteles poligonales de lados cóncavos. Posteriores a la principal son las puertas de la Epístola y el Evangelio, ambas de idéntica factura; se abren en arco de medio punto, con molduración cajeada en las pilastras y en la rosca del arco; en la clave sobresale una ménsula glifada, y cierra la estructura una cornisa de elegante vuelo. En la fachada del Evangelio destaca un reloj de sol incrustado en un lateral para buscar la orientación sur, las líneas horarias, inscritas en un cuadrado, están comprendidas entre las VI de la mañana y las VI de la tarde, y en el exterior del mismo los números horarios escritos en caracteres romanos. Se ha perdido el gnomon construido en pletina de hierro en forma de escuadra, que se apoyaba en dos puntos. En la zona superior se dibujan unas volutas y la fecha de su construcción. En el centro una media luna rodea el polo del reloj de sol.

Las partes más antiguas del edificio eclesial son las del hastial de occidente y la estructura mural de la capilla mayor, correspondientes al siglo XV. A mediados del siglo XVI se inició una amplia transformación que como testimonio destacan las capillas laterales. De finales del siglo XVI son las dos portadas laterales.

A los pies del templo, bajo el coro se sitúa la capilla bautismal que se cubre con bóveda de aristas. Arco toral, bajones, así como la apertura de las capillas, son de medio punto.  En esta zona se encuentra la subida al coro, en el proyecto inicial no se realizó, aunque se ven los apoyos de los arcos, el iban a sostener, el actual ha sido ejecutado en las obras realizadas en los años 80. Bajo el coro se conserva una hermosa y artística pila bautismal granítica del siglo XVI, se encuentra en un espacio eclesial restaurado en los años 80 del siglo XX. La pila está decorada con relieves de temas florales en medio relieve distribuida en dos registros; en uno de sus lados, y ocupando la altura de los dos registros, gran Cruz con espirales en los extremos de sus brazos y, a su lado, escudo con las cinco llagas franciscanas; es una pila esférica sobre podio prismático moldurado.

En el lado de la Epístola se abre una capilla con un retablo barroco de madera dorada, con columnas compuestas ornamentadas con follaje y angelotes, sobre las que apoya un palio con representación en relieve de Dios Padre. En el centro del retablo, el Cristo del Desamparo y símbolos pasionistas entre cartelas con hojarascas. Es un crucificado en madera policromada, de notables dimensiones, en buen estado de conservación; tiene tres clavos, ojos de cristal y boca entreabierta, alzando el rostro hacia el cielo, cabellos de mechones individualizados que se rizan en sinuosos arabescos, barba muy corta que no desfigura la perfecta silueta del rostro; paño de pureza atado al lado izquierdo con gran vuelo en la caída, del que cuelgan pliegues verticales a lo largo del muslo, y recogido por cordón, subrayando la sensación de ser el test del conjunto, animado sabiamente por una ligera contraposición de los miembros y una leve torsión. Es una obra de hacia 1647. Cristo presenta una expresión angustiada en el rostro y la abundancia de reguero de sangre confieren a la figura un patetismo inexcusable cuando se trata de representar la agonía del Redentor.

En lo referente al Cristo del Desamparo, circula en la población un milagro que nos cuenta que el 9 de marzo de 1949 había sequía, se sacó la imagen del Cristo del Desamparo para pedir agua, y comenzó a llover torrencialmente durante la procesión. En el pueblo hay una leyenda que cuentan los ancianos: que en la sierra se encuentran 7 puertas que permiten el acceso a túneles, aunque solamente se conoce una de ellas en la Sierra de la Breña. También se dice que esos túneles se utilizaron durante la Guerra Civil para huir de las tropas de Franco. En el lado de la Epístola se encuentra la entrada a la  sacristía.

En el lado del Evangelio una capilla con la Virgen del Rosario, de mediano tamaño, de vestir, con manos y cara en madera policromada y ojos de cristal; es una obra popular del siglo XVIII. Imagen y madera policromada de Santa Rita; la santa porta un crucifijo en la mano izquierda, es obra de mediano tamaño, presenta el manto abierto y los pliegues angulosos y movidos. La Santa viste el hábito agustino de la orden en la que ingresó tras enviudar y perder a sus hijos. El entrecejo ligeramente fruncido y la boca abierta conforman una ligera expresión de dolor, el que le produciría la espina clavada en la frente, desprendida milagrosamente de un crucifijo ante el que rezaba y al que pedía que le hiciera partícipe de su Pasión. El giro del cuerpo de la Santa y la inclinación de su cabeza están condicionados, pues, por su atributo más significativo, el crucifijo que sostiene con su mano derecha y hacia el que dirige su mirada.  El giro del torso imprime un cierto movimiento/a los pliegues del hábito, desde la cintura hacia abajo. Mayor dinamismo posee el velo, que parece aletear sobre los hombros de la monja, callado por el artista con una virtuosa delgadez que simula el paño, al igual que las amplísimas bocamangas que cuelgan. La importancia de éstas como medio expresivo se potencia por el gesto de la Santa al separar sus brazos del cuerpo, el izquierdo en función del crucifijo y el derecho para mostrar su sorpresa ante el prodigio, obra de hacia 1754. A ambos lados de la santa, se conservan dos Niños, datables en el siglo XVIII.

En el Altar mayor se conserva una talla de Jesús crucificado, en madera policromada. Estamos ante una talla de Cristo en cruz de gajos, con una anatomía de formas suaves y redondeadas, presentando un rostro sereno dentro de la corriente naturalista de influencia francesa. Tiene los brazos extendidos, casi en la horizontal, con las manos abiertas. Presenta un tórax algo señalado, así como las costillas, pero de marcadas formas redondeadas, lo que se llama un modelado blando. La cabeza está algo inclinada hacia el hombro derecho. El cabello se dispone en mechones que caen sobre los hombros, pegados a la cabeza a modo de casquete, y barba corta y rizada, con la boca entreabierta y los ojos abiertos. Los pies se fijan con un solo clavo, cruzando la pierna derecha sobre la izquierda, quedando el pie interior en vertical y el exterior rotando sobre el anterior. Las piernas son cortas y algo voluminosas. Se cubre con un amplio y caído perizoma, que cubre la rodilla izquierda, sujetándose con un gran lazo en el lado derecho. Es una obra de gran serenidad, en la que dominan los rasgos naturalistas y suaves. Fue restaurado en los años 80 del siglo XX. Todas las características comentadas parecen indicarnos que se trata de una obra de la segunda mitad del siglo XIV, muy relacionada con los Crucifijos vallisoletanos góticos.

A ambos lados del Altar Mayor hay dos cuadros al óleo con temas florales que obsequiaron a la parroquia en agosto del año 1995 – según reza en el cuadro- los Sres. Don José Barambones y doña María Consuelo Izquierdo.

Escultura en madera policromada de San Antonio de Padua, con un libro en la mano izquierda sobre el que apoya al Niño Jesús; ropajes desplegados angulosos, es una obra de la segunda mitad del siglo XVII.

Escultura de San Juan Evangelista, madera policromada, ojos de cristal. Porta Cáliz y tiene a sus pies el águila de Patmos, obra del siglo XVIII. El templo posee otras imágenes más modernas como un Sagrado Corazón o la Inmaculada, obra de los Talleres de Olot (1910).

En la sacristía se conserva una talla popular de Jesús crucificado, en madera policromada y pequeño tamaño, con tres clavos.

En el norte del casco urbano existió un castillo medieval. Se encuentra prácticamente desaparecido. Hacia el año 1351 se inició la construcción del castillo que terminaría don Blasco Gómez de Almaraz que falleció en las luchas con la dinastía de los Monroy. En la segunda mitad del siglo XV, durante las luchas entre los partidarios de doña Juana la Beltraneja y los de doña Isabel I, Trujillo era leal a doña Isabel pero Deleitosa cayó en poder de los partidarios de doña Juana, sin necesidad de lucha ya que era propia de don Rodrigo de Monroy, un partidario del rey de Portugal que defendía el derecho a la corona de “La Beltraneja”. Apenas queda parte de una pared original que casi no se distingue, a pesar de ello está bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, y la Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.

 

2.- El Hospital

 

Se conservan las ruinas de un antiguo Hospital en la zona oeste de la Plaza de España. Sabemos de su existencia y funcionamiento desde el siglo XVI, aún se conserva el Libro de Cuentas del Hospital de la Concepción, 1579-1652 en el Archivo parroquial de la iglesia de San Juan Evangelista de Deleitosa. Por tanto, en la segunda mitad del siglo XVI se fundó este Hospital  con su ermita de la Concepción por don Juan García Rico, dotándose de cinco médicos que atendían a enfermos emigrantes de los alrededores y del pueblo. En este hospital fue atendido San Pedro de Alcántara en su última enfermedad antes de ser trasladado a Arenas de San Pedro donde falleció. Todavía finales del siglo XVIII el hospital estaba en plena actividad. En el Interrogatorio de don Tomás López, realizado el 10 de diciembre de 1785 (la obra original fue publicada en el año 1798), recogemos literalmente: “Se halla también un hospital que fundó y dotó Juan Garzía Rico, con su hermita de Concepción, en el que se recojen pobres emigrantes, y curan enfermos de el pueblo hasta donde alcanzan sus cortas rentas”. Incluso nos ofrece una relación de las enfermedades típicas que se tratan en dicho hospital: “…que más regularmente se padecen son terzianas por acaloramiento, que con el uso de dos o cuatro sangrías y algunos refrescos se remedian, los purgantes de toda casta cusan funestos efectos, algunos dolores pleuríticos en sujetos vinosos y por lo mismo poco peligrosos, siempre en las evacuaciones no aia retraso, … tres epidemias de tavardillo…, hidropesías, con esta agua no se contrahen tisis por caso raro y en fuerza de algún golpe en el pecho ethicas, acontecen algunas más solo en mugeres poco reflexivas y zelosas de su saluz,… párvulos fallezen en bastante número de aczidente varmiginos o de sarampión y viruelas,…”. Un hospital destinado a acoger a pobres y enfermos, con un aposento para alojar en él a los peregrinos que pasarán por el pueblo o a los sacerdotes y frailes. A finales del siglo XVIII sólo se acogían en él pobres transeúntes, la mayor parte de sus ventas se destinaban ayudar algún pobre necesitado natural de la población que presentaba grave enfermedad.

El patronato del hospital estaba en manos de las autoridades civiles y eclesiásticas de Deleitosa, los cuales nombraban mayordomo y las cuentas eran periódicamente revisadas por el visitador del obispado de Plasencia.

El edificio en el que se encontraba el hospital presentaba dos partes, el hospital propiamente dicho y una capilla. En el Libro de Cuentas (1579) aparece mencionada una imagen de la Virgen con el Niño que representaba a la Inmaculada Concepción, advocación del hospital, que poseía mantos, gargantillas, coronas y diademas. Existía en el hospital un portal de entrada con dos dormitorios, una cocina, un establo junto a ésta y un corral donde aún se conserva otro portal. La capilla comunicaba con una de las salas mediante una reja y por uno de sus lados limitaba con el corral. Las salas presentaban techumbre de viguería de madera a teja vana, con el tiempo se doblaron primero los aposentos de los pobres y más tarde la capilla. Según el Libro de Cuentas del Hospital de la Concepción, entre los años 1582 y 1590 se realizaron varias reformas en el hospital dirigidas a evitar los problemas de humedad, reforzando las paredes hará protegerlas de la lluvia, también hubo de rehacerse el corral del hospital porque se estaba cayendo, rehaciendo ser una portada, sustituyeron algunos cabrios, se doblaron los aposentos de los pobres y se arreglaron algunas paredes que estaban caídas.

En el segundo Libro de Cuentas del Hospital de la Concepción, 1653-1721 de nuevo encontramos datos sobre obras de mantenimiento en el hospital: arreglar los tejados, las paredes y sustituir vigas, obras realizadas en el año 1686, así como la reparación de una casa pequeña que comunicaba con el hospital en la que también se acogían pobres, obras realizadas por 146 reales pagados a don Alonso de Córdoba, vecino de Deleitosa. El hospital se mantenía con las rentas que producían sus propiedades, consistentes en un alcacer, que a finales del siglo XVI rentaba más de 30.000 maravedíes anuales, y varios censos cuyo valor se aproximaban a los 1000 maravedíes. También recibían limosnas de la condesa de Oropesa y de los habitantes de los pueblos comarcanos.

 

3.- La ermita de la Virgen de la Breña

Ha desaparecido la antigua ermita de Nuestra Señora de la Breña, cuya imagen titular, una talla barroca de la Inmaculada, se conserva en la ermita que en 1972 se construyó en sustitución de la anterior, según reza en un azulejo talaverano en la fachada: “EL PUEBLO DE DELEITOSA A NTRA. SRA. DE LA BREÑA EN SU 25 ANIVERSARIO DE LA RECONSTRUCCIÓN DE LA ERMITA. AÑO 1972 AL 1997.”. Es una sencilla construcción popular, que sustituyó a una edificación anterior de la que no quedan restos arquitectónicos. Presenta planta cuadrangular, con un zócalo de pizarra y altar mayor plano de pizarra, donde se venera la imagen de la Virgen de la Breña, una Inmaculada en madera policromada, de factura barroca del siglo XVIII, que se nos ofrece pisando la serpiente o dragón que es el símbolo del diablo, representada tal y como se narra su aparición en el Apocalipsis, capítulo 12, versículos 1-17: “Y una grande señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. (...) 9. Y fue lanzado fuera aquel gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo, el cual engaña á todo el mundo; fue arrojado en tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (...) 13. Y cuando vio el dragón que él había sido arrojado á la tierra, persiguió á la mujer que había parido al hijo varón...”. La fiesta de la Virgen de la Breña es el 15 de agosto.

 

4.- Casa de los Duques de Frías

La Casa-Palacio que perteneció a los Duques de Frías aún se conserva en la Plaza de España, también se la conoce como la Casa de los Marqueses de Deleitosa. La tradición dice que la habitó San Pedro de Alcántara, conservando en la actualidad una arquería cegada y el dintel sobre la puerta con una inscripción relativa a la construcción del edificio.  Ha desaparecido el escudo nobiliario y sólo permanece en un dintel de la ventana la inscripción: “SE IZO ESTA/ AÑO 92”.

El Ducado de Frías es un título nobiliario español concedido por los Reyes Católicos el 20 de marzo de 1492 a Bernardino Fernández de Velasco y Mendoza, III Conde de Haro y Condestable de Castilla, hijo de Pedro Fernández de Velasco y Manrique de Lara y Mencía de Mendoza. En 1520 el Emperador Carlos V distinguió a los Duques de Frías con la dignidad de Grandes de España. La Familia de los Velasco fue uno de los más poderosos e influyentes linajes nobiliarios castellanos de la Baja Edad Media y de comienzos de la edad moderna. Su arraigo señorial se concentró en la zona de Soria, Burgos, Palencia, La Rioja, Zamora, Álava y oriente de Cantabria.

 

5.- El rollo jurisdiccional

 

En la Plaza, como símbolo de la jurisdicción, está el Rollo que es obra de finales del siglo XIV cuando consigue Deleitosa el título de Villa. El día  22 de abril del año 1370 don Enrique II concede los pueblos de Almaraz y Deleitosa a don Diego Gómez de Almaraz. Esta entrega fue ratificada en los seis años siguientes por don Enrique II, por don Juan I en el 1379 y el 20 de abril del año 1383, don Enrique III en 1391 y en 1404 y, por último, don Juan II en 1408 y  en 1409.  Años importantes para Deleitosa pues consigue el titulo de Villa, construyéndose el rollo como símbolo de jurisdicción o autonomía del lugar, es decir, su mérito de Villa.

Los rollos aparecen en su origen histórico vinculados al comienzo de los señoríos, y algunos de ellos fueron utilizados, como postes de castigo. A diferencia de las picotas, su fin era el de señalar la jurisdicción o autonomía de un lugar, es decir, su mérito de Villa. Por tanto, los rollos están vinculados al comienzo de los señoríos, que es una ordenación urbana y un sistema de explotación agraria de carácter rural, agrupado en torno a un señor titular y bajo su autoridad. Fue merced de los monarcas, el agradecimiento de la ayuda estratégica y militar prestada durante los enfrentamientos bélicos medievales, los que concedieron algunas poblaciones el privilegio de señorío y a su señor el derecho de jurisdicción sobre las tierras. Para simbolizar el ejercicio de este poder se levantaron los rollos. Las poblaciones dejaron de ser una posesión de realengo, convirtiéndose en un lugar de señorío, en una villa.

El rollo está elevado en la actual Plaza consistorial sobre tres gradas circulares de piedra, en cuyo centro se levanta una columna cilíndrica de cantería, con basa compuesta y capitel toscano, rematada en un pináculo piramidal sobresaliendo cuatro figuras de león, lugar de ajusticiamiento y picota de exposición pública de los pecadores y maleantes. Signo de Villa con jurisdicción propia correspondiente a los años finales del siglo XIV, convirtiéndose en uno de los monumentos de jurisdicción señorial más antiguos de Extremadura. Los blasones fueron destruidos en el año 1837, posiblemente corresponderían a don Diego Gómez de Almaraz, al cual le fue concedido por el rey Enrique II el derecho de imponer justicia. El rollo poseía una cruz de hierro forjado del siglo XVII, que ya ha desaparecido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 7 de febrero de 2021

 




EL ARCO DE LA ESTRELLA DE CACERES

 

 

En el siglo XV se construyó la llamada “Puerta Nueva” en el lugar que hoy ocupa el Arco de la Estrella (en la entrada principal a la zona monumental). En este lugar, la reina Isabel la Católica juró respetar y defender los Fueros de Cáceres en 1477. Dos años después, haría lo mismo el rey Fernando el Católico.

En el nicho de dicho Arco, Lucas Holguín fue el autor de pintar en la capilla que había en la Puerta Nueva un cuadro de Nuestra Señora de la Antigua que tenía devoción popular en aquella época en España y en América. La escritura para la realización de la pintura de Nuestra Señora de la Antigua ejecutada por Lucas Holguín tuvo lugar en Cáceres ante Diego Pacheco el 23 octubre de 1547, el mecenas de dicha obra fue el corregidor Vázquez de Cepeda. La obra realizada por Lucas Holguín consistió en pintar al fresco en la capilla de la Puerta Nueva un cielo estrellado de color azul y en los cruceros cabezas de dragones, en el centro, una imagen de Nuestra Señora con dos ángeles que la están coronando, a los dos lados de dicha capilla, dos lienzos en uno representando a San Jorge (Patrono de la Ciudad) con el dragón y una doncella y al otro lado, a Santiago matamoros. Por la parte exterior de la Puerta, en el frontispicio, pintó el escudo de armas de la entonces Villa de Cáceres y el escudo del mecenas de la obra, el Corregidor don Antonio Vázquez de Cepeda, cobró por su trabajo 4.500 maravedíes y dos fanegas de trigo. Colaboró con Lucas Holguín otro pintor, vecino de Cáceres, Lesmes.

En el siglo XVIII, para facilitar el paso de los carruajes al Adarve y de allí al palacio de los Toledo-Moctezuma, se derribó y sustituyó por el arco actual, obras realizadas en 1726 por Manuel de Larra Churriguera, que diseñó un arco escarzano en esviaje, a expensas del Conde de la Quinta de la Enjarada, don Bernardino de Carvajal, como se hizo constar en la lápida que monta sobre la clave del arco por la parte exterior.

En el interior destaca en su centro un templete neoclásico con una efigie de Nuestra Señora de la Estrella realizada en piedra de Salamanca, talladas sus vestiduras que nos recuerdan al barroco con airosos movimientos, en cuya peana resalta el escudo de Carvajal, por ser éste el apellido del Conde de la Quinta de la Enjarada que costeó la obra. Esta imagen sustituyó a la estampa de Nuestra Señora de la Antigua (aunque en algunos documentos del siglo XVIII aparece mencionada la pintura como Nuestra Señora de la Estrella.

 

 


 

 

LA ERMITA DE SAN JORGE DE CACERES

 

 

 

  

       Está situada en la dehesa "Los Mogollones", a unos 12 km. de la capital. De reducidas dimensiones, viene a ser un curioso caso arquitectónico, tal vez único en la región, por la notable manera de cubrir el edificio: cuatro grandes arcos apoyados en fuertes muros, empotrados éstos en el terreno, dan a esta ermita el aspecto raro de estar constituida aprovechando una hondonada cubierta de agua, por la cual, a juicio de Martin Gil se hizo posible usar, para techarla, grandes piedras graníticas apoyadas juntas sobre los mencionados arcos transversales.

       Su originalidad ha contribuido a que llegue a identificar como posible lugar de recreo.

       De las cuatro partes en que queda dividida por sus arcos, tres de ellas están cubiertas por el agua, mientras que la cuarta, formada por el supuesto coro, tiene su superficie frontal ocupada por frescos que representan escenas bíblicas, por encima de las cuales se hallan inscripciones de letra gótica, de tres renglones, que contienen los versículos correspondientes a las escenas representadas, y que analizaremos al descubrir las pinturas.

       Al lado derecho de la ermita se encuentra la antecapilla, destechada hoy, y con restos de pinturas en los muros, y a su lado la capilla, lo mejor conservado, formada por una minúscula celda con bóveda de arista totalmente decorada al fresco.

       A pesar de las indagaciones efectuadas en los diferentes archivos de Cáceres, no he podido comprobar nada documentalmente sobre esta ermita, aunque sabemos que existió una cofradía de San Jorge que estuvo agregada a la iglesia de Santa María de Cáceres, en cuyo archivo figura el libro de cuentas y sus primeras ordenanzas son del 16-abril-1548.

       La existencia de documentos acerca de la ermita y de las pinturas que contiene, unido al estar junto a la casa y torre de los mogollones, nos inclina a pensar en la hipótesis de que fuese construida a expensas de la citada familia y se utilizase con carácter particular.

       La fecha de su construcción la podemos deducir por estar firmadas y fechadas sus pinturas: sobre una columna pequeña y tosca que separa la antecapilla del coro se encuentra escrito:"Juan de Ribera pinto MDLXV", por lo que le consideramos autor de todos los murales que recubren la ermita. En la Antecapilla se encuentra la única entrada de la ermita, cuya puerta debió estar coronada por un arco de medio punto, hoy truncado, pero que en su parte conservada pueden observarse aún restos de angelotes que, acomodados al arco, debieron cubrir todas sus dovelas, lo que nos llevaría a un paralelismo evidente con la puerta decorada de la ermita de Nuestra Señora del Salor.

      




   Los cuatro compartimentos de la Antecapilla estaban decorados con los cuatro evangelistas, dado que el único trozo de techumbre conservado representa a San Lucas Evangelista en actitud de escribir el Evangelio, acompañado de su atributo característico, el buey, y de las palabras con que comienza su obra escrita sobre un libro que sirve de ilustración al tema: MISSUS / EST/ANGELUS/GABRIEL...A la izquierda de San Lucas Evangelista aparece una cabeza de león, símbolo de San Marcos, que sin duda cubriría otra cuarta parte de techumbre hoy inexistente.

   Es impresionante la escena de la Agonía de Cristo en el Monte de los Olivos, donde destaca lo cuidado del rostro y manos de Cristo arrodillado ante el ángel que le aparece con el cáliz, mientras los tres apóstoles, Santiago, Pedro y Juan, aparecen dormidos en la parte inferior.

   Otra representación destacable es la Anunciación representando al ángel con alas desplegadas exigiendo más espacio que la Virgen arrodillada sobre su reclinatorio.

   Existiendo un paralelismo evidente con las pinturas del Palacio de Carvajal de la capital cacereña.

En la capilla principal, se representa a Dios-Padre, que ocupa todo el centro de la bóveda de la capilla y las cuatro pechinas que lo circundan están decoradas por cuatro figuras que deben representar a los cuatro padres de la Iglesia Latina. Es lo mejor conservado y más perfecto técnicamente de la ermita: rostro y manos de gran valor, el resto se vale del recurso del ropaje para rellenar. Representa a Dios como anciano, centrado sobre la concepción del Dios Justiciero (mano diestra levantada en actitud amenazante, con los dedos índices y corazón dispuestos a señalar), en su  mano izquierda sostiene una esfera, símbolo de la totalidad y alegoría del mundo, que, como atributo de Dios- Padre, viene a resaltar su poder y su dignidad imperial.

            Otra escena que aún se conserva es el Descendimiento, con una disposición simétrica inscrita en un semicírculo con eje central en la Virgen y concentración de las miradas sobre el cuerpo rígido y ensangrentado del Cristo ya muerto. Cierran la composición, en los extremos, José de Arimatea, que es quien sostiene el cuerpo de Cristo en sus brazos, y Juan, que llora inmóvil, con su pañuelo en las manos para enjugarse las lágrimas. La Virgen, con las manos entrecruzadas sobre el pecho, contempla el cadáver con cierta avidez, expresando su dolor maternal.

            El Bautismo de Jesús que recoge a Jesús recibiendo el sacramento bautismal, ya que el cuerpo del bautista, de tamaño muy superior que el del bautizado, se halla en malas condiciones. Existen algunas escenas bíblicas en el Coro, pero en muy mal estado de conservación: la Bendición de Isaac a Jacob, la aparición de Yahvéh a Abraham en el encinar de Manbré, escenas que aparecen junto a párrafos de la Bíblia pertenecientes al Génesis

           

Es una lástima que estas pinturas manieristas terminen por desaparecer, ya que desde el punto de vista iconográfico representan una rara excepción ya que dentro de un conjunto homogéneo de escenas religiosas se han introducido párrafos bíblicos y un rico colorido en todas las escenas.

 

 

 

APORTACIONES HISTÓRICAS Y ARTÍSTICAS DE LA ESCULTURA DE LA VIRGEN DE LA ESTRELLA

 

En el siglo XVIII, para facilitar el paso de los carruajes al Adarve y de allí al palacio de los Toledo-Moctezuma, se derribó y sustituyó el arco de la Estrella que permite el acceso a la zona monumental por el actual, obras realizadas en 1726 por Manuel de Larra Churriguera, que diseñó un arco escarzano en esviaje, a expensas del Conde de la Quinta de la Enjarada, don Bernardino de Carvajal, como se hizo constar en la lápida que monta sobre la clave del arco por la parte exterior.

En el interior destaca en su centro un templete neoclásico con una efigie de Nuestra Señora de la Estrella realizada en piedra de Salamanca, talladas sus vestiduras que nos recuerdan al barroco con airosos movimientos, en cuya peana resalta el escudo de Carvajal, por ser éste el apellido del Conde de la Quinta de la Enjarada que costeó la obra. Esta imagen sustituyó a la estampa de Nuestra Señora de la Antigua (aunque en algunos documentos del siglo XVIII aparece mencionada la pintura como Nuestra Señora de la Estrella.



Aunque, la imagen que iba a ocupar este Nicho era otra. El Obispo don Sancho II Antonio de Velunza de Corcuera (que dirigió el episcopado entre los años 1716-1731) encargó a un taller de Badajoz una magnífica escultura de Nuestra Señora de la Estrella con el Niño, de mármol, y que no llegó  a ocupar el lugar para el que había sido destinada. Parece ser que no hubo entendimiento entre el Sr. Obispo don Sancho II Antonio de Velunza de Corcuera y los hijos de don Bernardino de Carvajal – mecenas de la obra del Arco de la Estrella- y el prelado la donó a los frailes franciscanos del Convento de San Francisco de Cáceres, estuvo colocada en la hornacina que está sobre la puerta principal del convento. Actualmente, esta imagen se encuentra ubicada en el ábside de la capilla del Cementerio de Cáceres, trasladada allí cuando se produjo la desamortización de Mendizábal de 1836 que obligó a los frailes a marcharse. Se trata de una imagen barroca de Nuestra Señora de la Estrella, de mármol, tallada en Badajoz para ocupar el nicho de la Puerta o Arco de la Estrella. En la peana de la imagen se lee: ““Nª. Sª. DE LA ESTRELLA”. El Arco de la Estrella  sustituyó a la Puerta Nueva -de cuyo único recuerdo es la palomilla-candelabro gótico de hierro que está en la zona interior, al pie del templete y de la que pende un farol moderno, es amplio, de arco rebajado y trazado en esviaje, coronado con almenas y ornamentado con el escudo de Cáceres. Mélida afirmó que este arco es admirado del vulgo y de ciertos escritores más de lo que merece. Y, pero la realidad es que la construcción tiene una agradable perspectiva, es sobria de trazado, y al interior, sobre todo, no está exenta de cierta belleza y originalidad. El Conde de la Enjarada solicitó y obtuvo licencia del Concejo para ampliar el altarcito donde estaba la imagen de Nuestra Señora de la Antigua, por resultar pequeño, y poder colocar en su lugar la imagen de Nuestra Señora de la Estrella. Considerando el Obispo que el hueco donde estaba la efigie de Nuestra Señora era lugar sagrado y exento de toda jurisdicción, menos de la eclesiástica, sin solicitar permiso de autoridad alguna decidió realizar la obra, derribando la bóveda de la Puerta Nueva y parte de la muralla a ambos lados de la puerta, enviando memorial al Concejo de las intervenciones realizadas. Después de litigar pleitos en los que intervino el Sr. Obispo, el propio Conde de la Enjarada con el Corregidor y Regidores de la Villa de Cáceres, Manuel de Larra y Churriguera y los maestros de obra y alarifes Juan del Valle y Francisco Encinales ejecutaron las obras del Arco de la Estrella.

La escultura de la Virgen de la Estrella, encargo del Sr. Obispo don Sancho II Antonio de Velunza de Corcuera, en el año 1726 a un taller escultórico de Badajoz, es de mármol blanco. La imagen descansa sobre una elaborada peana de mármol de planta cuadrada con salientes semicirculares en cada uno de sus lados, presentando una inscripción: “Nª. Sª. DE LA ESTRELLA”, en  una cartela rodeada de motivos vegetales y con un querubín que sirve de base a la imagen de María. En la base de dicha peana se “CON VNA AVE MARIA 40 DIAS DE INDVLGENCIA”.

Estamos ante una escultura de mármol limpia de pigmentos, que transparenta belleza material y conceptual por todos sus costados. El artista no ha hecho concesiones al misticismo sin carne ni ha menospreciado la hermosura intrínseca al candor de lo profano, sobre todo cuando sus formas pretenden configurar un cuerpo limpio y que se trasluce a pesar de los ampulosos ropajes de la Virgen. Aparece con un rostro de doncella, terso y limpio de arrugas, se nos muestra con facciones finas y juveniles. Tiene la frente amplia y el semblante glorioso, triunfal, sosteniendo con su mano derecha un cetro que termina en una Estrella. Su luminosidad queda reforzada por la blancura del mármol. Su estado de conservación es bastante bueno a pesar de estar expuesta a la intemperie. La imagen está ligeramente ladeada e inclinada hacia delante. Su cabello largo y ondulado, la corona sobre su cabeza y el espléndido manto  que viste sobre la túnica; replegando su manto encima del brazo izquierdo para sostener al Niño Jesús, desnudo, y que deja caer luego en grandes y holgados pliegues hasta el ribeteado inferior donde asoman los zapatos. Al efectismo de esta imagen contribuye el grácil movimiento de la figura y los paños del vestido y manto en movimiento. La expresión serena del rostro de la Virgen trasluce paz y purea. Su ademán de recogimiento, con la mirada dirigida hacia el Hijo, nos remite a las imágenes barrocas de los grandes autores españoles.

Hemos de destacar la Hornacina monumental arquitectónica de sillería que alberga la imagen de la Virgen de la Estrella, abriéndose en arco de medio punto con pilastras cajeadas, articulado entre dos columnas con fuste estriado elevadas sobre estereóbatos. Rematando el conjunto en un frontón partido, destacando la geometría de lo recto y lo curvo. En definitiva, una obra arquitectónica elegante y proporcionada enmarcada entre pilastras cajeadas y un entablamento en cuyo remate destaca un airoso frontón.